miércoles, 11 de julio de 2018

Un partido

Fuente: James Montague.
"Los partidos, cada partido de fútbol, es un relato, es un cuento, es una historia. Es la mejor manera de dar cuenta de lo que pasa. Si vos tenés que explicarle a alguien que no tiene la más puta idea de qué es el fútbol, se lo contás como un cuento: jugaba este contra este, este tenía estas posibilidades pero pasó esto, y en un minuto pasó esto, y después esto y después aquello y lo que iba a ser una fiesta, una comedia, terminó en una tragedia. Y este que iba a ser el héroe, lo echaron. Es un cuento. Por eso la estadística, todo el boludeo de los porcentajes... Hay dos partidos mellizos, según la estadística, con el mismo desenlace, cantidad de pateadores al arco, goles, y los dos partidos contribuyeron al mismo resultado y por eso son partidos iguales. No. Son partidos absolutamente disímiles. Uno es el resultado pobre de alguien que mereció ganar por más y el otro es el festival del culo, alguien que se salvó y se salvó y se salvó. Un partido fue hermoso, y el otro, horrible". 

Juan Sasturain, en una entrevista con Maldita Suerte, de FM La Patriada.

sábado, 2 de junio de 2018

Profesiones irreales

"También el arte es una manera de vivir y, viviendo como sea, es posible, sin saberlo, prepararse para él; en todo lo que sea real se está más cerca, más vecino de él, que en las profesiones irreales, semiartísticas, que, mientras dan la ilusión de proximidad al arte, niegan y atacan prácticamente la existencia de todo arte: como lo hace el periodismo y casi toda la crítica, y tres cuartas partes de lo que se llama y quiere llamarse literatura. En una palabra: me alegro de que haya superado el peligro de caer en ello, y que, solitario y valeroso, se encuentre en alguna parte en medio de una ruda realidad".

En la décima y última carta de Rainer Maria Rilke a Franz Xaver Kappus, fechada el 26 de diciembre de 1908 en París, publicada en Cartas a un joven poeta (1929).

viernes, 25 de mayo de 2018

Para qué y por qué se juega al fútbol

[…]

Yo dudo que en el año 2000 el fútbol sea todavía la pasión universal que aún sigue siendo, no obstante su acentuada declinación mundial.
Pero si lo fuera, confío en que para ese entonces se haya derribado una barrera absurdamente instalada entre la concepción del hombre-social y la del hombre-deportista.
De esa barrera no vacilo en culpar, como primeros responsables, a los propios intelectuales que tanto enriquecieron la vida del espíritu humano y al mismo tiempo permitieron al hombre conocer mejor al hombre. Pero con una grave omisión: la del deporte y el deportista como fenómeno etnográfico, tan cierto y tan vigente en sus riquezas y miserias como cualquiera de los personajes que desfilan por los elencos humanos de la literatura filosófica y sociológica.
Filósofos y sociólogos han tenido y tienen al deporte y al deportista un tanto relegados en la subestimación de aquellas cosas que nos parecen hechas «para jugar».
Pero entiéndase: «para jugar»... en sentido infantil, secundario en importancia a la apasionada conversación que los mayores sostienen mientras «los chicos juegan».
Digo que hago votos por el derrumbe de aquella barrera, porque pienso que, si los hombres de cultura que han enseñado al hombre común a penetrar en la vida incluyeran en tales introducciones al deporte y al deportista, no tendríamos el curioso contrasentido que seguidamente plantearemos:
1º El deporte, y el fútbol en particular, absorben la atención pasajera o permanente de un porcentaje de población mundial como difícilmente alguna de las otras atracciones humanas alcance a hacerlo en forma separada.
2º No obstante aquella realidad —que los intelectuales sólo recuerdan para deplorarla (y les doy la razón) como rasgo regresivo del hombre a la barbarie y al circo—, el hombre común (que incluye al hombre fútbol-deporte) ha sido mucho más satisfactoriamente iluminado por la filosofía y la sociología respecto de su ubicación en sectores de la comunidad que poco frecuenta, que no de la que hace a la del deporte, que frecuenta en tercer lugar después del trabajo y del amor.
3º Es así que el hombre común permanece en un estado de ignorancia mucho mayor en fútbol, en deportes, donde frecuentemente se lo ve desubicado en su misma pasión; que no en infinidad de interpretaciones de la vida y de sí mismo, donde no discuto la importancia de ubicarlo, pero que no superan los riesgos de su falta de ubicación en esa «cosa sin mayor importancia» que es el deporte, o en fin de cuentas «el juego» (sin alusión al juego como vicio de apuestas por dinero).
Esa subestimación del hecho psíquico hombre-deporte, o su desplazamiento a la órbita de las crónicas deportivas, ha contribuido grandemente el oscurantismo en que el hombre-deporte vive aún en nuestro tiempo, como si se tratara de una pasión nueva en la humanidad. Cuando lo único realmente nuevo de esa pasión, en el mundo, es su acelerada conversión en desalmado negocio del espectáculo. Aquella subestimación de los intelectuales por los deportistas abre, a su vez, y cada vez más impunemente, el camino del negocio de la noche para los mercaderes de aquel oscurantismo que cada vez más peligrosa y vehementemente fanatiza masas, siembra ignorancia, barbarie y angustia en torno del deporte, y no tanto por la intrínseca condición pasional del deporte (¿no es pasional el amor y ofrece muchas menos lamentaciones para formularnos?) que se quiere argumentar como causal de esa psicosis colectiva del enojo que acarrea la ignorancia del «porqué» del deporte.
Mucho más que por la pasión intrínseca del deporte (digamos del fútbol más concretamente), la barbarie y lo desagradable del fútbol tiene su fuente en el hecho de que el público aún no sabe para qué y por qué se juega al fútbol. Por eso es permeable a creer que en un partido de fútbol juega «el país» o «la patria».
Eso se ha dejado a cargo de los «cronistas deportivos», yo soy uno de ellos; pero lamento decir que no veo en el periodismo deportivo, y menos aún en la venalidad con que actúa para «estar en el negocio», el medio más apropiado para que, desde las verdaderas fuentes del pensamiento universal, las masas deportivas (futbolísticas) lleguen a apaciguar sus peligrosidades tangibles como apasionadas, acercándose al porqué que ignoran, sin perjuicio de seguir viviendo, pero pacífica y un poco más filosóficamente, esa misma pasión que, en sí misma, no es peligrosa ni insana; es gratísima y saludable.
Espero que en el año 2000 esta expresión de deseos acerca del trabajo de los artesanos del pensamiento no tenga motivos para ser reiterada. Si así fuera, eso daría otro motivo para que éste, mi libro, «no sirva para nada». Mucho del fútbol, y la ignorancia enorme que lo rodea maguer su enorme popularidad, estaría en tal caso mucho más claro que cuanto intenta ponerlo éste, mi libro, que, aquí lo admito, «sirve para algo» (¡ojalá...!).
En tanto, y para no dejar inconclusa mi incursión «contra» los intelectuales del mundo que suponen al deporte «un juego» (como si solamente los niños se dedicaran a «jugar»), debo confesar que lo mejor que he leído hasta ahora en libros de fútbol... han sido siempre algunos libros de sociología y filosofía.
Y esto no es ironía. Lo digo muy en serio.
Claro está: de los libros llamados «de fútbol», el mayor adversario para mi paciencia por leerlos está en que su gran mayoría tratan de ser (disimuladamente unos, descaradamente otros) algo así como Manual de instrucciones para nunca perder un partido de fútbol.
Y, obviamente, los cierro en la tercera página. Y a veces ni eso.
Ni los abro. Todavía no me asimilé a la mentalidad de los directores técnicos que dicen enseñar «fútbol de ahora» habiendo sido jugadores del que ellos llaman «el fútbol que ya no se puede jugar». Creo que el fútbol es todo jugadores, y no puedo con los manuales para no perder.
He dicho que el fútbol es una ciencia oculta del imprevisto.
¿Presuntuosa definición? ¿Irrespetuosa calificación para las ciencias todavía ocultas al ser humano?
Daré motivos para engrosar la acusación y agrego: el fútbol es el más hermoso juego que haya concebido el hombre, y como concepción de juego es la más perfecta introducción al hombre en la lección humana de la vida cooperativista.
Repito que como concepción de juego por pretexto, y como lección por finalidad. De ahí a que, como ocurre, un partido de fútbol termine en una comisaría, no es asunto que hace al juego y su concepción. Acaso sea asunto que hace a la «sin importancia» que los rectores del pensamiento universal le han dado hasta ahora viendo que «es un juego»... También un juego es el trabajo. O el amor.
Y si vemos que en un Campeonato del Mundo, unos cuantos argentinos se confabulan para tramar una farsa con reservación de los roles de víctimas, mártires y robados ellos, los verdaderos agresores, los verdaderos defraudadores... tampoco es asunto que hace al juego. Hace a la prostituida mentalidad comercial que, al giro del juego-negocio, ha cobrado forma de negocio-negocio con total desprecio del juego como negocio.

[…]

Fútbol, dinámica de lo impensado, Dante Panzeri, 1967

miércoles, 9 de mayo de 2018

El jockey

El jockey llegó a la puerta del comedor; al cabo de un momento se hizo a un lado y permaneció inmóvil, con la espalda pegada a la pared. La sala estaba a rebosar, pues era el tercer día de la temporada y todos los hoteles de la ciudad estaban llenos...

Examinó el comedor hasta que al final su mirada descubrió una mesa situada en un rincón, en diagonal desde donde se encontraba, en la que había sentados tres hombres: un entrenador, un corredor de apuestas y un ricachón. El entrenador era Sylvester, un sujeto grande, no muy recio, de nariz encarnada y unos ojos azules y lentos.

Fue Sylvester el primero que vio al jockey. Sylvester se volvió hacia el ricachón.

—Si se come una chuleta de cordero, una hora después todavía puedes ver la forma en su estómago. Ha llegado un momento que es incapaz de sudar lo que lleva dentro...

Extracto de «El jockey», un relato publicado por primera vez en The New Yorker el 23 de agosto de 1941, y escrito por Carson McCullers cuando tenía 24 años.

jueves, 19 de abril de 2018

La petite mort del fútbol

Después de salir campeón con España del Mundial Sudáfrica 2010 -de meter el gol en la final ante Holanda-, Andrés Iniesta y sus compañeros vinieron a Argentina a jugar un amistoso con la Selección. Era septiembre. Habían pasado menos de dos meses. En esos días, Luis Martín entrevistó a Iniesta en un hotel porteño. Quizá por la lejanía y las horas fuera de casa, por los momentos que quedaban atrás después de la Copa del Mundo, por la nostálgica Buenos Aires, en un instante, el periodista le dijo a Iniesta que Pep Guardiola decía que la gente los quería porque ganaban, pero también porque eran buenas personas.

La devolución fue un pase gol, que es la petite mort del fútbol.

—No tengo la sensación de que a Pedro o a Busquets les cueste ser como son. Ni a Xavi, ni a Iker, ni a Capdevila, ni a Reina... No sé... No es difícil hacer cosas normales que hace todo el mundo. Si la gente lo agradece, lo celebro. Pero no es algo que ni a mí ni a los jugadores con los que vivo en el Barcelona o en la selección nos genere demasiado problema. Somos gente que nos gusta volver al pueblo en el que crecimos, estar con nuestros amigos de siempre... A mí no me cuesta ser como soy. Es que soy como me sale, como me educaron mis padres. Y también, mucho, cómo me educaron en el Barcelona. Soy lo que soy gracias a mis padres, pero en La Masía creces rápido y vives a velocidad de crucero. Es imparable. Pero resulta imposible que pierdas según que valores. Mire, cuando tenía 12 años, mi padre ahorró durante tres meses para comprarme unas botas Predator. Puede que ahora tenga dinero, pero cada vez que miro aquellas botas sé de dónde vengo.

miércoles, 4 de abril de 2018

"Escribo mis novelas en tarjetas que reescribo muchas veces"

PH: Carl Mydnas/Time & Life Pictures.
Playboy: ¿Es cierto que usted escribe de pie y que prefiere hacerlo a mano en lugar de dactilografiar sus obras?
Nabokov: Sí. Nunca aprendí a escribir a máquina. Generalmente comienzo mi día frente a un hermoso y antiguo podio que tengo en el estudio. Más tarde, cuando siento que la fuerza de la gravedad me mordisquea las piernas, me instalo en un sillón cómodo frente a un escritorio común; y finalmente, cuando la gravedad comienza a treparme por la columna, me recuesto en un sofá en un rincón de mi pequeño estudio. Me resulta una rutina agradable. Pero cuando era joven, cuando tenía veinte años o poco más de treinta, a menudo me quedaba todo el día en cama, fumando y escribiendo. Ahora las cosas han cambiado. La prosa horizontal, los versos verticales y las glosas sedentarias truecan permanentemente los calificativos y estropean la aliteración.
Playboy: ¿Puede decirnos algo más acerca del proceso creativo involucrado en el nacimiento de un libro? Quizá leyendo algunas anotaciones al azar o algunos extractos de una obra en creación...
Nabokov: Decididamente no. Ningún feto debe ser sometido a una operación exploratoria. Pero puedo hacer otra cosa. Esta caja contiene tarjetas con anotaciones realizadas en épocas más o menos recientes y que descarté cuando escribí Pálido Fuego. Se trata de un puñado de rechazos. Le leeré algunas. (Comienza a leer las tarjetas).
“Selene, la luna. Slenginsk, una antigua ciudad de Siberia: ciudad cohete a la luna”... “Grano: protuberancia negra en el pico del cisne mudo”... “Gata peluda: pequeña oruga que prende de un hilo”... “En The New York Bon Ton Magazine, volumen cinco, 1820, página 312, las prostitutas son llamadas 'muchachas de la ciudad'”... “Sueños juveniles: calzoncillos olvidados; sueños de viejo: dentaduras olvidadas”... Un estudiante explica que al leer una novela le gusta saltearse algunos pasajes “para poder hacerse una idea propia acerca del libro sin verse influenciado por el autor”... “Naprapathy: la palabra más fea del lenguaje”.
Playboy: ¿Qué lo lleva a registrar y coleccionar esas cifras e impresiones tan inconexas?
Nabokov: Lo único que puedo decirle es que durante las primeras etapas del desarrollo de una novela, me asalta la necesidad de coleccionar detalles incongruentes aquí y allá, de comer piedritas. Nadie sabrá jamás hasta qué punto visualiza un pájaro el futuro nido y los huevos que contendrá, o si no lo visualiza en absoluto. Cuando recuerdo después la fuerza que me obligó a anotar los nombres correctos de las cosas, o sus medidas y matices, antes de necesitar realmente la información, me siento inclinado a suponer que lo que, por falta de un término mejor llamo inspiración, ya actuaba dentro de mí, señalándome en silencio un detalle u otro, haciéndome acumular materiales conocidos para una estructura desconocida. Después del primer impacto que me produce el reconocimiento —una repentina sensación de “esto es lo que voy a escribir”— la novela comienza a tomar forma por sí misma: el proceso se desarrolla solamente en mi mente y no en el papel; y para darme cuenta del estado al que ha llegado en un determinado momento, no es necesario que tome conciencia de cada frase exacta. Siento una especie de suave desarrollo, un desenvolvimiento interior, y sé que los detalles ya se encuentran allí, que en realidad lograría verlos con claridad si los mirara más de cerca, si detuviera la máquina y abriera el compartimiento interior; pero en cambio prefiero esperar que lo que vagamente recibe el nombre de inspiración haya finalizado su obra por mí. Llega un momento en que algo en mi interior me informa que la integridad de la estructura ha quedado terminada. Entonces lo único que me queda por hacer es llevarla al papel con un lápiz o una lapicera. Ya que esta estructura total, apenas iluminada en mi propia mente, puede ser comparada con una pintura, y ya que no es necesario que uno trabaje gradualmente de izquierda a derecha para percibirla de manera correcta, puedo dirigir la luz de mi linterna hacia cualquier sector o detalle del cuadro sin necesidad de llevarlo al papel. No comienzo mi novela por el principio, no llego al tercer capítulo antes de llegar al cuarto, no voy obedientemente de una página a la siguiente siguiendo un orden lógico; no, elijo un trozo aquí y un trozo allá hasta haber llenado todas las lagunas en el papel. Es por eso que me gusta escribir mis historias y novelas en tarjetas, que más adelante numero cuando el conjunto está completo. Reescribo muchas veces cada tarjeta. Alrededor de tres tarjetas forman una página mecanografiada, y cuando por fin tengo la sensación de haber copiado el cuadro concebido con tanta fidelidad como me es físicamente posible —por desgracia siempre quedan algunas “lagunas”— le dicto la novela a mi mujer, y ella escribe a máquina por triplicado.
Playboy: ¿Cuál considera que es su principal falencia como escritor?
Nabokov: La falta de espontaneidad; la molestia de pensamientos paralelos, de segundos pensamientos, terceros pensamientos; la imposibilidad de expresarme con propiedad en cualquier idioma a menos que componga cada maldita frase en mi bañadera, en mi mente y frente a mi escritorio.

sábado, 24 de marzo de 2018

Retrato de la oligarquía dominante

Las generalizaciones que siguen no podrán ser tachadas de impaciencia.
Hoy se puede ir ordenadamente de menor a mayor y perfeccionar, a la luz del asesinato, el retrato de la oligarquía dominante. Los militares de junio de 1956, a diferencia de otros que se sublevaron antes y después, fueron fusilados porque pretendieron hablar en nombre del pueblo: más específicamente, del peronismo y la clase trabajadora. Las torturas y asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la Argentina. El caso Manchego, el caso Vallese, el asesinato de Méndez, Mussi y Retamar, la muerte de Pampillón, el asesinato de Hilda Guerrero, las diarias sesiones de picana en comisarías de todo el país, la represión brutal de manifestaciones obreras y estudiantiles, las inicuas razzias en villas miseria, son eslabones de una misma cadena.
Era inútil en 1957 pedir justicia para las víctimas de la "Operación Masacre", como resultó inútil en 1958 pedir que se castigara al general Cuaranta por el asesinato de Satanowsky, como es inútil en 1968 reclamar que se sancione a los asesinos de Blajaquis y Zalazar, amparados por el gobierno. Dentro del sistema, no hay justicia.
Otros autores vienen trazando una imagen cada vez más afinada de esa oligarquía, dominante frente a los argentinos, y dominada frente al extranjero. Que esa clase esté temperamentalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas, sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos.

Rodolfo Walsh, fin del epílogo de la tercera edición de Operación Masacre, 1969

viernes, 9 de marzo de 2018

Los relatos del yo

Son formas de resistencia de los sujetos a esa especie de dinámica de la información que circula de modo impersonal y frente a la que uno es simplemente un espectador, un espectador que está viviendo una serie de cuestiones y descifrándolas a su manera. Esos que se llaman "los relatos del yo", "la presencia del yo", incluso en Facebook, más allá de mis distancias con el Facebook, que no tengo; pero me doy cuenta que ahí hay un intento de convertir en experiencia, aunque sea una experiencia trivial. Alguien pone su foto, pone a sus amigos. Eso, me parece, es un intento, en el medio de esta circulación alucinatoria de posibilidades de información; es un intento de centrar en la experiencia del sujeto, es la manera de abrir ese campo. Entonces, miro con mucho interés ese tipo de experiencias, desde Twitter hasta los mails, hasta los blogs y Facebook. Me parece que son rastros de una crisis del periodismo. Esa idea de que hoy los periodistas son los intelectuales sería una prueba de que el periodismo está en crisis, en realidad... Porque se encuentra muy acorralado por la circulación de información y por los modos en que la información que circula por Internet produce movimientos, alternativas sociales. Una de las marcas es esta idea de la subjetivización: traer los problemas al espacio donde el sujeto se mueve para que el sujeto tenga una experiencia que le permita no sólo descifrarlos sino comunicar frente a un discurso que tiende a ser impersonal. Por supuesto, los matices, lo sabemos: es cierto que las crónicas, que podemos asociarlas con Mansilla, como decía María Moreno, o podemos pensar en Hemingway como uno de los grandes escritores que en un momento dado empezó a escribir relatos de no ficción, utilizando estos elementos de crear situaciones que pudieran ser comprendidas subjetivamente y, a partir de ahí, comprender luego la guerra, o comprender elementos que parecen escapar. En definitiva, Walter Benjamin lo que dijo es que si el relato y la narración estaban en crisis, es por exceso de información. Hay que mirar con mucho interés, porque se está produciendo eso, no solamente en las nuevas tecnologías, sino en ciertas líneas de la literatura argentina contemporánea, donde también hay relatos muy personalizados de las experiencias de las Malvinas o las experiencias de las crisis económicas, que son maneras de fijar la experiencia histórica en un lugar que tenga que ver con individuos específicos y concretos. Esa ha sido siempre la tradición de la novela.

Ricardo Piglia, en Escenas de la Novela Argentina (2012)