sábado, 28 de marzo de 2020

7. Wing

El fútbol como pandemia

7. Wing

En tiempos de cuarentena se recomiendan lecturas. Lionel Messi no leyó “Memorias de un wing derecho”, pero las tiene porque para tener memoria(s) no se necesita leer.

Jenni Hermoso escribe “Ya volveremos a sonreír”, tal como lo hacía ella en los parques madrileños, cuando jugaba a la pelota con sus amigos. O tal como sonreía su familia de Atlético de Madrid en el Vicente Calderón.

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Se considera futbolista de barrio, más precisamente de Carabanchel, uno de los distritos de Madrid. Su técnica nació en las calles madrileñas jugando con sus amigos porque en su familia, salvo a su abuelo, a nadie le gustaba jugar al fútbol.


Sí nació en una casa futbolera. Su papá hacía sonar el himno eterno, el “yo me voy al Manzanares, al estadio Vicente Calderón, donde acuden a millares los que gustan del fútbol de emoción”. Pero a él jamás le gustó agarrar una pelota. Y su abuelo, quien fue arquero de Atlético de Madrid, fue quien la animó para que se fuera a probar al club madrileño. Y quedó.

“Mis mejores años fueron en el Atlético. Tengo la imagen de que el fútbol que jugué me hizo feliz. El Barça me definió como futbolista. Disfruté y disfruto con este estilo de juego, el idóneo para mí”, dijo este año en una entrevista Jenni Hermoso.


El idóneo para ella: en Barcelona, Jenni Hermoso intercala la posición de banda izquierda y falso nueve, en el 4-3-3 clásico azulgrana. Y, en esas posiciones, las marcas goleadoras de la delantera despegaron. Tal es así que ganó tres Pichichi, premio a la máxima goleadora; y, en el torneo actual, encabeza la tabla con 21 goles en 19 partidos.


“Ya volveremos a sonreír, volveremos a abrazarnos, volveremos a sentirnos cerca”, repite en cuarentena la goleadora, aunque nunca se definió como tal. Su juego requiere más movimiento y es más combinativo: “Cuando yo juego de referente no es para fijar centrales. Mediapunta es una posición que siempre me ha gustado más. Me siento más libre”.


Desde hace dos años, en cada gol, levanta los brazos y mira al cielo. Si su abuelo fue el encargado de acercarla al club colchonero, su abuela fue quien la impulsó a que jugara al fútbol en la calle. Los goles se los dedica a ella. Al lado de su casa, en el parque de Comillas, Jenni comenzó a jugar.


Y esos comienzos la jugadora no se los olvida. Por eso, cada vez que le preguntan por sus inicios en Atlético de Madrid, Jenni aclara: “Soy una jugadora de barrio y de Carabanchel, que no se les olvide”.

Por sus inicios futbolísticos, claro. Porque si de pasión se trata, cuando era chica, en la familia Hermoso Fuentes se vivió ese “olor a puro de las tardes de domingo en los partidos de las cuatro y media y el de la cerveza fermentada de la fábrica de Mahou en el lento peregrinar hacia el paseo de los Melancólicos” *.


* “Hasta siempre, estadio Vicente Calderón”
Por Delfina Corti


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Lionel Messi apenas leyó un libro en su vida. En tiempos en que recomiendan lecturas como si fuesen una Cajita Feliz, vale decirlo: Messi leyó apenas unas páginas de Yo soy el Diego, la autobiografía de Maradona. Y ya está, porque sí, si para jugar bien al fútbol no se necesita leer libros. Messi, entonces, no leyó el cuento “Memorias de un wing derecho”, pero las tiene en su cabeza, porque para tener memoria(s) no se necesita leer: se necesita vivir. En “Memorias de un wing derecho”, el Negro Fontanarrosa se mete en la cabeza de un wing derecho de metegol, en su punto de vista, en su mundo interior.


“Y aquí estoy. Como siempre. Bien tirado contra la raya. Abriendo la cancha -escucho en la lectura de Alejandro Apo-. Y eso no me lo enseñó nadie. Son cosas que uno ya sabe solo. Y meter centros o ponerle al arco como venga. Para eso son wines. No me vengan con eso de wing 'ventilador' o wing 'mentiroso' o las pelotas. Arriba y contra la raya”. Para sentirlo, mejor jugar al metegol. O al futbolín, como lo llaman en España, pero jugar. Mano a mano, en parejas. En el mediodía de un club de barrio en Ituzaingó, en un bar de una noche en Bilbao. Porque para jugar bien al metegol tampoco se necesita leer.


A la porción del ataque derecho de la cancha, en algún tiempo del fútbol moderno, se la llamó la “zona Messi”. En 2014, el Tata Martino era el entrenador de la Selección Argentina. “Hemos decidido que Messi juegue de extremo derecho -dijo-. La posición de extremo derecho es una posición de arranque”. ¿Dónde hubiese jugado Messi con Marcelo Bielsa en la Selección?


El wing derecho es el inicio de la tracción de los goles fotocopia del primer Messi: diagonal de derecha a izquierda y zurdazo. Lo que pasó luego fue lo siguiente: Messi se aburrió del extremo derecho y se corrió hacia el centro, hacia el resto de la inmensidad del campo. Cuando jugaba en Barcelona, Neymar integró la delantera con Luis Suárez y Messi. Eran la “MSN”. Que en la sigla de aquel chat sin videollamada aparezca la M de Messi en primer lugar es sólo por una cuestión de jerarquías. No de posicionamientos. ¿De qué juega ahora Messi? Algunos dicen que de “falso nueve”. Son miradas y estrategias. O son momentos y decisiones, como frizó Miguel Ángel Russo.


Hay una página que citan con pretensión de autoridad los periodistas deportivos, que se llama Transfermarkt: una noticia del 12 de febrero dice que el egipcio Mohamed Salah supera a Messi como el extremo derecho más valioso del mundo. Valioso: que el valor de mercado de Salah es de 150 millones de euros, y el de Messi, 140. Días después, el coronavirus. Ver jugar a Messi en vivo es, como dijo el escritor David Foster Wallace de Federer, una “experiencia religiosa”. Si esta mierda sigue, temo no ver jugar a Messi ya no en vivo, sino tirado en el sillón un sábado a la tarde, tomando mate. Si algo nos puede sacar de esta mierda, ese algo tendrá juego: arte, amor y Messi.


Por Roberto Parrottino

miércoles, 25 de marzo de 2020

5. Mediocampista central

El fútbol como pandemia

5. Mediocampista central


A causa de la cuarentena, en Italia se volvió a transmitir el Mundial Alemania 2006. Y, otra vez, apareció Andrea Pirlo.


La francesa Amandine Henry se adelantó con el saludo de codo. Como si estuviese en la cancha, dice: “Protegerse a sí mismo es proteger a los demás”.

Tengo debilidad por los tiros libres. Y, por eso, tengo debilidad por Andrea Pirlo. Es uno de mis jugadores preferidos. Y de mis jugadores preferidos es el único del que jamás escribí.


Miento. Una vez, al pasar, dije: “Le Corbusier definió a la arquitectura como el juego de formas más genial, correcto y magnífico que existe. Casi cien años después, Pirlo tomó esa caracterización y manejó la pelota de la manera más genial, correcta y magnífica que existe”. Y, meses después, alguien tomó esa frase y, con mi consentimiento, la publicó por mí.


A Andrea lo conocí en una noche italiana. Yo tenía doce años y, en aquel momento, vivía con la familia siciliana de una amiga mía. “Sessanta-quaranta”, gritó -como de costumbre- uno de los tanos. “Ma, per chi?”, le respondió otro entre risas. Y yo, que siempre que hablan de fútbol tengo una oreja parada, les pregunté sobre qué discutían. “Sobre el gol de Roberto Baggio”, me contestaron. Y yo, que no lo había visto, ese día me tuve que quedar callada.


Andrea Pirlo agarró la pelota y, desde mitad de cancha, le dio un pase a Baggio para dejarlo frente a frente ante el arquero de Juventus. Jugaban en Brescia. La precisión de la asistencia fue tal que Baggio la bajó y tuvo hasta tiempo de amagarlo. Sessanta para Pirlo y quaranta para Baggio, respondí tiempo después.


“Soy italiano, pero también tengo una parte brasileña: 'Pirlinho'. Cuando lanzo las faltas, pienso en portugués y, en la mayoría de ocasiones, celebro en mi lengua materna”, explicó Pirlo con humor en su autobiografía, Pienso, luego juego.


A Andrea, como dije, lo conocí en una noche italiana, pero me enamoré tiempo después. Durante los tiros libres, uno puede prepararse para gritar un gol. Similar a lo que ocurre en los penales, pero para los tiros libres no todos tienen la habilidad que se requiere. Durante un gol de jugada, las responsabilidades se reparten: “Sessanta-quaranta”. En el tiro libre, el jugador que mete el gol se convierte en maestro.


Y, durante mi adolescencia, Pirlo fue el maestro del Milan de Berlusconi. En su carrera, metió 43 goles de tiro libre. Y, según el propio jugador, todas sus faltas comparten una misma fuente de inspiración: Antônio Augusto Ribeiro Reis Júnior, mejor conocido como Juninho Pernambucano.


A causa de la cuarentena, para que la gente se quedara en su casa, en Italia se volvió a transmitir por televisión el Mundial Alemania 2006. En aquel torneo, Pirlo anotó un gol, dio cuatro asistencias y metió el primer penal de la tanda de penales en la final ante la Francia de Zidane.


Después de aquel Mundial, empecé a quererlo también por el resto de sus cualidades. Se convirtió en maestro y architetto. Una vez, alguien me dijo que después de Argentina, su país preferido en los Mundiales es Italia. Desde 2006, me pasa algo parecido.


Por Delfina Corti


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Amandine Henry le entrega el banderín francés a Christine Sinclair, que al mismo tiempo le da el canadiense. Henry acerca el codo a modo de saludo. Sinclair la mira extrañada. Menea la cabeza. Y la abraza. Las capitanas de Francia y Canadá habían sido compañeras en Portland Thorns, equipo de la liga de Estados Unidos. Sucedió el 4 de marzo, en el primer Tournoi de France, un cuadrangular organizado por la federación francesa en el que participaron Canadá, Holanda y Brasil, y en el que Francia fue campeón. Amandine Henry, mediocampista central, levantó el trofeo.


Al día siguiente de aquel saludo codito-abrazo, RTL, la radio más escuchada de Francia, tituló: “Coronavirus: el hermoso gesto de la capitana canadiense hacia Amandine Henry”. ¿Qué titularía ahora, que Francia ya pasó la barrera de los mil muertos, que directores de hospitales dicen que la cifra es muy superior, que el gobierno ordenó mantener un metro de distancia entre las personas, que hasta el presidente liberal Emmanuel Macron aceptó que la salud pública “debe estar por fuera de las leyes del mercado”? “Nuestra preparación es la misma, excepto que saludamos con los codos o los pies, eso es todo”, había dicho, incrédula, Henry.


La capitana de Francia y multicampeona con Lyon (nueve títulos de liga y cinco Champions League) destaca ahora el trabajo de los médicos. “¡Protegerse a sí mismo es proteger a los demás!”, escribió Amandine Henry en Twitter, siempre seria y respetuosa. “Por sus dotes técnicos -la describe el periodista Daniel Melluso en un perfil en El Equipo-, Henry enlaza la defensa y el ataque como si fuera, por momentos, una especie de cinco adelantada o una enganche atrasada”.


Ella dijo: “Si jugás bien en lo individual, entonces el equipo también juega bien en lo colectivo”.


Durante estos días de aislamiento en Francia, muchos niños y niñas juegan a la pelota en casas grandes y departamentos chicos. Otros, con con la muñeca Barbie de Amandine, ya que ella fue la futbolista elegida por la empresa Mattel en una campaña para visibilizar a las mujeres deportistas francesas. Y otros, acaso, leen Cree en tus sueños, una novela ilustrada en la que Henry recuerda sus primeros pasos, como el rechazo en un club por ser mujer, o esos botines azules que le regalaron para un cumpleaños, y que no se los sacaba ni para dormir.


Por Roberto Parrottino

lunes, 23 de marzo de 2020

4. Lateral derecho

El fútbol como pandemia

4. Lateral derecho

En 2019, Dani Alves renunció a su puesto de lateral derecho porque le generaba “falta de ritmo”. Ahora, en cuarentena en Brasil, menos se puede contener.

Alia Guagni, capitana de Fiorentina y símbolo de Italia, utiliza metáforas relacionadas al deporte para concientizar: “Respetá las reglas de juego”.

“Mi señor /No sé cómo pasó /De la nada, la crema /Los laterales están bien, oh-uh /En suelo brasileño, eh /Y es el lugar correcto /ya que la tierra del lateral está aquí /¿Cuántos buenos nacieron? /En los campos de Brasil, oh-uh /Con la fuerza de Brasil, oh-uh”, se escucha en “La tierra de los laterales”, con la melodía de la canción “Believer”, de Imagine Dragons. El videoclip, una parodia de FutParódias, muestra jugadas y goles de Carlos Alberto y Cafú, laterales derechos, de Júnior y Roberto Carlos, laterales izquierdos, y de tantos otros. Que Brasil es a terra dos laterais quedó certificado en 2019, cuando llegaron Rafinha y Filipe Luís a Flamengo, campeón de la Copa Libertadores. Pero también porque Dani Alves, después de reinterpretar la posición en el Barcelona de Pep Guardiola, volvió a Brasil y se puso la camiseta de São Paulo.

Después de levantar la Copa América 2019 en el Maracaná como capitán y lateral derecho, sin embargo, Dani Alves hizo su renunciamiento histórico: “Jugando en el lateral paso mucho tiempo sin tocar la pelota, y eso me genera falta de ritmo. En la mitad puedo intervenir, posicionar a mis compañeros, que el equipo tenga un orden táctico y técnico mucho mejor. Necesito tener más influencia en el juego”. Dani Alves es el 10 de São Paulo.

Y ahora, en el encierro de la cuarentena, menos que menos se puede contener. Lo vemos que simula, en ejercicios físicos, movimientos de monos, ranas, gusanos, lagartos y avestruces. Y dice: “No hablaré de los problemas, pues no los controlo ni sé por qué los hay… Hablo de soluciones, hablo de cómo hacer para minimizar más problemas. ¡Quedémonos en casa, pero aburrirse, no!”.

Lo dice en el país de Jair Bolsonaro, el presidente que calificó al coronavirus como “una histeria”. La gobernación de San Pablo ya montó un hospital de campaña en el estadio Pacaembú. Y São Paulo, el club en el que juega Dani Alves, puso a disposición el Morumbí. En Brasil ya hay 34 muertos y 1891 nuevos casos. Es el país sudamericano en el que más rápido se expande la pandemia. “Lo lamento -dijo Bolsonaro-, la gente se va a morir”.

Dani Alves, el lateral-socio de Messi en Barcelona, no empezó jugando de lateral. Era delantero en el Palmeiras de Salitre, en Juazeiro, Bahía. Jugó dos Mundiales (Sudáfrica 2010 y Brasil 2014), y se perdió por lesión Rusia 2018. La historia cuenta que la predilección por el ataque de los laterales brasileños comenzó en el Mundial de Suecia 58, cuando Brasil enfrentó a Austria en el primer partido del grupo. Nilton Santos, lateral izquierdo, recuperó una pelota en la defensa y avanzó en la cancha. Vicente Feola, el DT, se puso nervioso: le gritó una, dos, tres veces que bajara. Nilton Santos no volvió. Llegó al área rival y metió el gol. Y Feola, entonces, lo felicitó.

Por Roberto Parrottino


Eniola Aluko se fue de Turín cansada de sentirse una ladrona por cómo la miraban en la calle. Era la goleadora de Juventus y la Selección inglesa. “Nunca tuve problemas de racismo con los hinchas, pero hay un problema en el fútbol italiano y en Italia: desde presidentes hasta hinchas del fútbol masculino lo ven como parte de la cultura”, dijo Aluko en su carta de despedida. A fines de 2019, en el triunfo de Hellas Verona ante Brescia, Mario Balotelli sufrió cantos racistas. “Que quien hizo sonidos de simio se avergüence”, dijo el delantero de Brescia.

No era la primera que en Italia se vivía una situación similar en un partido del calcio. Cuando le preguntaron a Alia Guagni -lateral derecha y capitana de Fiorentina y una de las capitanas de la Selección italiana-, sobre los episodios de racismo en su país, no dudó en su respuesta: “Es inconcebible que aún hoy hablemos de racismo. Pero también es importante remarcar que afortunadamente no existe tal cosa en el fútbol femenino: esto debe subrayarse y debemos jactarnos por ello”.

Alia Guagni es un símbolo del fútbol italiano y no sólo por sus palabras. Durante el último verano europeo, la buscaron desde España, pero prefirió quedarse en la que considera su casa, Firenze. Es la única jugadora de la Selección italiana que jugó toda su carrera en un mismo club, ya que en 2015 Fiorentina adquirió los derechos de ACF Firenze y se convirtió en el primer club profesional de fútbol femenino en Italia.

Cuando le preguntaron por qué prefirió quedarse un año más en Firenze en lugar de aceptar la oferta de Real Madrid, la lateral derecha de Fiorentina fue concisa: “Llevar la camiseta viola en el pecho es algo para honrar todos los días”.

Su juego defensivo es propio del calcio. Y su juego ofensivo, propio de cualquier delantera. Durante dos años consecutivos, fue la goleadora de la Seria A. Después del último partido que disputó con la azzurra, su entrenadora, Milena Bertolini, dijo: “Primero, corre en ataque para hacer tres asistencias a sus compañeras; después, regresa a la defensa y releva cuando alguna de las defensoras se dispersa. Todo el día corriendo”.

Alia está donde se la necesita. Adentro y afuera de la cancha. Desde que se suspendió el fútbol en Italia por el coronavirus, utiliza metáforas relacionadas al deporte para concientizar: “Respetá las reglas del juego”, “Es la primera vez que somos parte de un mismo equipo”.

El momento más importante de su carrera ocurrió en 2017. No sólo jugó por primera vez en el Artemio Franchi, estadio de Fiorentina, sino que ese día se consagró campeona de la Serie A. “Recuerdo la sensación final: 'Lo logramos, lo hicimos'”. Alia recuerda la sensación final porque hace cuatro años no se hubiera imaginado ser jugadora profesional y ganar una liga, dos Copa Italia y una Supercopa con el club de sus amores. También por este motivo le dijo que no a Real Madrid, porque quiere ser parte del crecimiento del fútbol femenino en su país.

Por eso, cuando en sus redes enfatiza que “ahora podemos demostrar qué tan fuerte somos”, lo dice porque tiene conocimiento de causa. “El fútbol femenino italiano es una pequeña parte del mundo del fútbol -sintetiza-. Somos pequeñas, pero también somos grandes porque siempre estamos luchando, sin prejuicios ni discriminación por nuestra parte”.

Por Delfina Corti

sábado, 21 de marzo de 2020

2. Central derecho

El fútbol como pandemia

2. Central derecho

La última vez que Hugo Campagnaro jugó un partido en Italia salió con barbijos junto a sus compañeros de Pescara. Un mes y medio después, relata: “La situación es dramática”.

Como si volviera a la niñez en las playas de Martinica, Wendie Renard, capitana de la selección de Francia, recomienda un libro de Zidane para la cuarentena.

Hugo Armando Campagnaro no tiene coronavirus. Tampoco hace jueguitos con un rollo de papel higiénico. No se graba haciendo ejercicios ni envía selfies a la red. El 8 de marzo -sí, parece que fue hace un siglo-, salió a jugar con barbijos junto a sus compañeros de Pescara ante Benevento, por la Serie B de Italia. El árbitro pidió que se los sacaran antes del partido. Los que mandan ya le habían cerrado las puertas de las canchas a los hinchas. Ante la luz de los hechos, la decisión de Pescara fue un gesto de protesta. Y de alerta.

En Italia, donde el argentino Campagnaro juega desde 2002, cuando pasó de Deportivo Morón a Piacenza, hay 4825 muertos por el coronavirus. En las últimas 24 horas, como en ningún otro día, fallecieron 793 personas. Y a un mes de la primera víctima, se registraron 6557 nuevos casos positivos. “La situación en el inicio se subestimó, la gente no hacía caso y es por eso que se propagó tanto”, cuenta Campagnaro, cordobés, 39 años, defensor central, subcampeón en el Mundial Brasil 2014 con la Selección Argentina.

“La situación -relata- es dramática. Hay gente que necesita respiradores y no hay para todos. Los hospitales están llenos. Lo que conocemos de la enfermedad es lo que se ve en la tele y lo que se muestra en Internet. Sabemos bien que lo mejor es quedarse en casa y frenar el contagio; así tratamos de ayudar”. Campagnaro vive con su mujer y dos hijos en Pescara, centro de Italia, región de los Abruzos. En cuarentena, además de ejercicios físicos, les ayuda con la tarea a sus hijos, lee a García Márquez y Benedetti, escucha a Héroes del Silencio y los Redondos y, de a ratos, toca la guitarra.

Muchos conocieron a Campagnaro porque Alejandro Sabella lo colocó de titular en la línea de cinco defensores en el debut ante Bosnia en Brasil 2014. Y porque solía jugar con un protector bucal por recomendación médica. Cultor del perfil bajo, curtido en los potreros campestres de Coronel Baigorria y en el barro del fútbol de Ascenso, al capitán de Pescara no le gusta a hablar de él.

“Pero -le dijo a El Gráfico en 2012, cuando recibió la citación a la Selección- creo que lo que más me ayudó a salir adelante fue la fortaleza mental. La personalidad y la perseverancia para luchar siempre y no claudicar jamás. 'Non mollare mai', como dicen en Italia: nunca te rindas”. Ahora, sí, se trata de un poco de todo eso.

Por Roberto Parrottino

Mar y fútbol. Así fue para Wendie Renard su vida en Martinica, una pequeña isla del mar Caribe que pertenece a Francia.

“Era raro que las niñas jugaran al fútbol en Martinica, por lo que era aún más raro que fueran las mujeres de mi familia las que me empujaron a jugar”, escribió Wendie en “La vida en el fin del mundo”, un texto que escribió en The Players Tribune. A su papá, no le interesaba el fútbol, prefería hablar de política. En cambio, su tía era árbitra y a su mamá le apasionaba tirarse en el sillón a ver partidos.

En Martinica, cuando uno se para frente a la playa -y le da la espalda al monte Pelée- lo único que ve son kilómetros de agua cristalina. “De donde soy, lo llamamos 'El fin del mundo'”, cuenta. Y ahí, en el fin del mundo, Wendie arrancó de chica a jugar a la pelota. Y, un día, mientras miraba un partido de fútbol femenino, encontró a su referente: Marinette Pichon, la máxima goleadora del fútbol francés femenino. “Yo también llevaré esa camiseta”, le dijo en voz alta a su mamá.

Cumplió. Se puso la camiseta bleu en 2011 y nunca más se la sacó. En 100 partidos, gritó 19 goles. La mayoría los hizo de cabeza gracias a su casi metro noventa. Estatura que también hace que adentro de la cancha se desplace con mucha elegancia.

“Ya estabas pateándome el vientre incluso antes de venir a este mundo”, le contestaba su mamá cada vez que ella le preguntaba si tenía dudas sobre lo que sería cuando creciera. La mamá no las tenía y Wendie tampoco.

En Martinica, cada vez que jugaba con los varones en la playa, sabía que tenía que jugar “el doble de duro, el doble de inteligente”, para obtener respeto. Aún con 29 años, 6 Champions y 13 ligas francesas con el Olympique de Lyon -todas las ligas en las que participó-, Wendie sabe que la igualdad en el fútbol todavía está lejos.

Una mañana, en el colegio, la maestra les pidió a sus alumnos que dijeran qué querían ser cuando fueran grandes.

-Futbolista y auxiliar de vuelo -contestó Renard.
-Wendie, uno de estos no es un trabajo -le contestó su maestra.
-Perdón. Futbolista -respondió la capitana de Les bleus.

En 2006, dejó el sol y el mar de Martinica para mudarse a Lyon. El fútbol la acompañó. Aquel año, vio alejada de la isla la final Italia-Francia del Mundial Alemania 2006. Y recordó la vez que su selección salió campeona en su propio país en el 98. Ese año, de la mano de Zizou -a quién Wendie admira y así lo hizo notar cuando recomendó el libro Zidane, de Frédéric Hermel, para la cuarentena-, Les bleus salieron campeones. Aquel campeonato lo festejó con toda su familia: hermanas, tía, mamá y papá.

-¿Sobre qué están gritando?
-¡Wendie sigue organizando el partido de fútbol! -contestaba una de sus hermanas.
-¿En serio? ¿Quién está jugando? -respondía la mamá mientras se sentaba al lado de su hija para disfrutar un partido más.

Meses después del Mundial de Francia, su papá moriría por culpa del cáncer: “Cuando tienes ocho años, no tienes nada de qué preocuparte. Cuando tienes ocho años, tienes fútbol. Cuando tienes ocho años, tienes la playa. Cuando tienes ocho años, se supone que tu papá estará para siempre”.

Por eso, en aquella final de Alemania 2006, Wendie recordó el Mundial 98. En realidad, añoró por primera vez su vida en Martinica. El mar y el fútbol.

Por Delfina Corti

martes, 10 de marzo de 2020

"Yo no pienso, vengo a jugar"

Foto: Osvaldo Abades (h)
El futbolista habla de la importancia de la concentración, de lo que tiene que hacer en el partido, y yo no. Yo no pienso, vengo a jugar, a divertirme. Hago la entrada en calor y estoy bailando, estoy jodiendo. Yo siento que el fútbol es así, que tenés que demostrar lo que sabés y si sabés jugar tenés que estar tranquilo. Ahora hay jugadores que están nerviosos, les duele la cabeza, pero porque están constantemente pensando en el partido. No hay que pensar mucho en el partido, hay que jugarlo.

José Luis "Garrafa" Sánchez,
en la revista El Gráfico,
febrero 2001

martes, 31 de diciembre de 2019

Recuerdos

Recuerdo un gran níspero.

Recuerdo mi asombro y fascinación al contemplar los rascacielos de Nueva York desde Park Avenue, a la hora del crepúsculo.


Recuerdo la cazuelita de aluminio a la que le faltaba un asa y donde mi madre freía los huevos.


Recuerdo la voz de Rabagliati saliendo de un gran tocadiscos y cantando: “E tic e tac cos´è che batte è l´orologio del cuor”.


Recuerdo a Clark Gable muy joven, en blanco y negro, de espaldas; luego se vuelve y sonríe... Así. Un tunante irresistiblemente simpático. ¿Qué película era? Quizá Sucedió una noche.


Recuerdo la carpintería de mi abuelo y de mi padre. Mi abuelo está haciendo una silla.


¡Recuerdo el olor de la madera, el olor de la madera!


Recuerdo los uniformes de los alemanes.


Recuerdo a los refugiados.


Recuerdo que en una ocasión soñé que vivía en un dirigible. O quizás era una astronave.


Recuerdo a H. G. Welles, a Simenon, a Ray Bradbury.


Recuerdo las ilustraciones en color de La Domenica del Corriere. Y también Flash Gordon.


Recuerdo que Fellini me llamaba Snaporaz.


Recuerdo la primera vez que fui de campamento.


Recuerdo a Chéjov, en particular al capitán Solioni, que en Las tres hermanas dice: pío, pío, pío.


Recuerdo la primera vez que vi las montañas, y la nieve, y la emoción que sentí.


Recuerdo la música de Stardust. Era antes de la guerra. Bailaba con una chica que llevaba un vestido floreado.


Recuerdo los caballos del viejo anuncio de cervezas Peroni.


Recuerdo perfectamente el sabor y el olor del cocido de garbanzos.


Y recuerdo que la noche de Navidad se jugaba al bingo.


Recuerdo el terrible zumbido de los Liberators, los aviones norteamericanos del primer bombardeo sobre Roma.


Recuerdo la agilidad tan elegante de Fred Astaire.


Recuerdo la primera vez que el hombre pisó la luna al ralentí. Pero, ¿dónde estaba yo?


Recuerdo que fui por primera vez al cine en Turín. Vi Ben Hur, con Ramón Novarro. Tenía seis años.


Recuerdo París, cuando nació mi hija Chiara.


Recuerdo las croquetas de arroz. Pero era imposible comprar todos los días, costaban cuarenta céntimos.


Recuerdo mi primer sombrero de hombre; era modelo Saratoga.


Recuerdo las películas cómicas de Charlot.


Recuerdo a mi hermano Ruggero.


Recuerdo que Cicerón nació en el año 106 A. C., es decir, 2122 años antes que yo, pero a dos pasos de mi casa, en Arpino. Mi abuelo se sentía orgulloso de ello. “Vitam regit fortuna, non sapientia”, me decía, citando a nuestro conciudadano. Luego dejaba escapar un suspiro y añadía: “Pues sí, la fortuna es la que dirige la vida, no la sabiduría”.


Recuerdo una noche de verano con olor a lluvia.


Recuerdo las aventuras de Ulises: “Háblame, musa, de aquel varón de multiforme ingenio...”.


Recuerdo a Cassius Clay (llamado La Lengua) en Nueva York, enfrentándose a Frazier.


Recuerdo la espléndida cabeza cana del arquitecto Ridolfi, mi profesor de dibujo arquitectónico.


Recuerdo los primeros dibujos de mi hija Bárbara.


Recuerdo mi proyecto de elevar el Tíber construyendo debajo una carretera.


Recuerdo a Greta Garbo mirándome los zapatos y diciendo: “¿Italian shoes?”.


Recuerdo el primer cigarrillo que fumé. Estaba hecho, lo recuerdo perfectamente, con barbas de mazorcas.


Recuerdo las manos de mi tío Umberto, unas manos fuertes como tenazas, manos de escultor.


Recuerdo el silencio que se hizo en el restaurante Chez Maxim's cuando apareció Gary Cooper vestido con un esmoquin blanco.


Recuerdo una pequeña estación y el ruido de los trenes.


Recuerdo a la cajera del bar de la estación. La caja hacía: "¡Clin, clin, clin, clin! ¡Cobrado!".


Recuerdo a Marilyn Monroe.


El primer automóvil que tuve, lo recuerdo, era un Topolino modelo camioneta.


No sé por qué recuerdo esta estúpida retahíla: “¡Oh cuántas chicas guapas, Madame Doré, oh cuántas chicas guapas!”.


Recuerdo las luciérnagas, que ya no se ven.


Recuerdo la nieve en la plaza Roja de Moscú.


Recuerdo un sueño en el que alguien me dice que me lleve los recuerdos de la casa de mis padres.


Recuerdo un viaje en tren durante la guerra: el tren penetra en un túnel, se hace una gran oscuridad y, entonces, en el medio del silencio, una desconocida me besa en la boca.


Recuerdo a los kurdos masacrados en un éxodo bíblico; recuerdo que no debo olvidar la violencia de tantas imágenes absurdamente violentas.


Recuerdo también la sensación de silencio y de luz suspendidos sobre la ciudad de Jerusalén como un halo místico.


Recuerdo el deseo de ver qué será de este mundo, qué sucederá en el año 2000, y de estar allí y recordarlo todo como un viejo elefante, sí, porque lo recuerdo. ¡Siempre he sido curioso, muy curioso!


Y hasta recuerdo cuando íbamos a cazar lagartijas. ¡Mi tirachinas!


Recuerdo mi primera noche de amor.


Sí, ya me acuerdo.



"Como un viejo elefante",
en Sí, ya me acuerdo (1998),
las memorias del actor italiano Marcello Mastroianni.