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domingo, 23 de marzo de 2025

Estética y estilo

Cuando hacés lo que hacés, no estás del todo consciente de cómo es lo que querés hacer, sino que simplemente lo hacés. (...) La mayoría de las escuelas de cine no enseñan tanto estéticamente, me refiero a lo que se necesita para llegar a tener una estética propia. Y, de hecho, parte de convertirse en un artista es en realidad el descubrimiento de la propia estética. Quiero decir: se puede enseñar la sincronización de sonido con imagen, o algunos trucos de edición diferentes, o pueden enseñarte a hacerlo con una cámara de alta resolución y blablablá, te muestran algunas películas, pero parte de todo artista es descubrir su estética. Empezás haciendo, diciendo “me gusta esto y esto no”. Y después, pero después, una vez que empezaste, “quiero ser un artista”, entonces tenés que empezar a darte cuenta realmente de la diferencia entre un buen trabajo y un mal trabajo. No es igual a “me gusta esto, no me gusta esto”. Y así le empezás a dar forma a tu estética. Y lo ponés en práctica.
Quentin Tarantino
La lengua está más acá de la Literatura. El estilo casi más allá: imágenes, elocución, léxico, nacen del cuerpo y del pasado del escritor y poco a poco se transforman en los automatismos de su arte. Así, bajo el nombre de estilo, se forma un lenguaje autárquico que se hunde en la mitología personal y secreta del autor. Sea cual fuere su refinamiento, el estilo siempre tiene algo en bruto: es una forma sin objetivo, el producto de un empuje, de una intención, es como la dimensión vertical y solitaria del pensamiento. Sus referencias se hallan en el nivel de una biología o de un pasado, no de una Historia: es la “cosa” del escritor, su esplendor y su prisión, su soledad.
Roland Barthes

domingo, 5 de diciembre de 2021

Escritura y lenguaje

No puedo escribirme. ¿Cuál es ese yo que se escribiría? A medida que ese yo entrara en la escritura, ésta lo desinflaría, lo volvería vano; se produciría una degradación progresiva –en la que la imagen del otro sería, también ella, arrastrada poco a poco (escribir sobre algo es volverlo caduco)–, un hastío cuya conclusión no sería otra que: ¿para qué? Lo que bloquea la escritura amorosa es la ilusión de expresividad: escritor, o pensándome tal, continúo engañándome sobre los efectos del lenguaje: no sé que la palabra “sufrimiento” no expresa ningún sufrimiento y que, por consiguiente, emplearla, no solamente es no comunicar nada, sino que incluso, muy rápidamente, es provocar irritación (sin hablar del ridículo). Sería necesario que alguien me informara que no se puede escribir sin pagar la deuda de la “sinceridad” (siempre el mito de Orfeo: no volverse a mirar). Lo que la escritura demanda y lo que ningún enamorado puede acordarle sin desgarramiento es sacrificar un poco de su Imaginario y asegurar así a través de su lengua la asunción de un poco de realidad. Todo lo que yo podría producir, en la mejor de las hipótesis, es una escritura de lo Imaginario; y para ello me sería necesario renunciar a lo Imaginario de la escritura –dejarme trabajar por mi lengua, sufrir las injusticias (las injurias) que no dejará de infligir a la doble Imagen del enamorado y de su otro.
El lenguaje de lo Imaginario no sería otra cosa que la utopía del lenguaje; lenguaje completamente original, paradisiaco, lenguaje de Adán, lenguaje “natural, exento de deformación o de ilusión, espejo límpido de nuestros sentidos, lenguaje sensual (die sensualische Sprache)”: “En el lenguaje sensual todos los espíritus conversan entre ellos; no tienen necesidad de ningún otro lenguaje puesto que es el lenguaje de la naturaleza”.
...
Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura.
Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes, 1977