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martes, 30 de octubre de 2018

Cinque minuti en el paraíso

Hay una puerta abierta. Ya dimos tres cuartos de vuelta. Si bien detectamos una puertita a medio abrir por la que colarse, ésta es la puerta abierta, el portón, la entrada. Más allá, el impacto: el verde entre tanto cemento y gris. Reclinado, volcado hacia su izquierda, el hombre fuma. Camisa, saco, pantalón de vestir. Todo desprolijo, ajado, la cara transpirada. Habla con otro, pero él es el que está sentado, como si aplastase con el culo cualquier verdad a la redonda.
Llegamos hasta acá después de pifiarle a la combinación del metro, después de atravesar la plaza derruida que te atrapa a la salida de la estación Campi Flegrei, después de caminar junto a dos rubias con pinta de futbolistas de una selección escandinava: después, sobre todo, de recorrer con la mente en esos tres cuartos de vuelta los flashes, los goles y los partidos que se jugaron del otro lado del viejo canoso que fuma, en ese césped.
Tengo que hablar. Esta vez, más que nunca. En general, me joden, soy paja, y delego y descanso en los demás. Saben que no es así. Que acaso es pragmatismo. Pero soy el que mejor parla italiano, verissimo, mas no el dialecto napolitano, gutural y cóncavo. Tal vez mi camiseta aplaque el trabajo.
Este lugar está muy lejos de ser un punto destacado en una guía turística, de tener un museo con visita guiada en cinco idiomas, de ser un club multinacional. Es, más bien, el objetivo de los racistas en Italia, su basurero. Afuera hay pintadas de los ultras. Muchas. A la noche juega el equipo de visitante ante Udinese (vamos a ver la victoria 3-0 en la pizzería Totò e Peppino: fiesta di calcio). De abajo, desde los costados de la autopista, sube el olor de las bardas de mugre, y los mosquitos pican fiero.
No pienso. No sirve pensar en la mayoría de las situaciones de la vida (o en estas, las mejores). Y, de última, vimos la puertita y somos argentinos y estamos acá, aunque el estadio parece estar a resguardo con tres líneas de contención y no va a ser fácil entrar.
-Scusi -le digo, porque le interrumpo la charla con el otro-. Podemos visitare lo stadio.
El hombre sopla una bocanada de humo entre el calor.
Cualquiera sea la respuesta, voy a decirle esto: "Cinque minuti".
-El estadio -comprendo que me dice- no se visita.
Silencio, y entonces: "Cinque minuti".
Son cinco minutos o nada. Es la primera vez, ahora, que siento que nos mira. Que ve mi cara, al menos. Que escanea con los ojos que, de todos los visitantes del mundo, unos en especial nos sentimos locales en Nápoles, ahí adentro, en el estadio San Paolo. Somos tres de ellos.
Con una economía gestual envidiable, con poder de síntesis, con capacidad de interpretación, levanta la mano con el envión del pulgar hacia atrás, un movimiento seco y concreto: "Cinque minuti e fuori". No sabe -sí sabe, tiene que saberlo- todo lo que viaja con nosotros hacia su espalda cuando damos el primer paso.
Ho visto a Maradona, y innamorato estoy.

sábado, 30 de octubre de 2010

De Diegos, de mafias, de Nápoles

Amor después del amor. En su última visita al San Paolo, en 2006.
"No pueden entender lo que se han perdido". La frase, pintada en una pared externa del cementerio de la ciudad, ilustra el éxtasis. Los fanáticos vivos les hablan a los difuntos. Napoli gana el Scudetto de la temporada 1986/87, el primero de su historia. Diego Maradona, a quien se perdían los destinatarios de la frase, hacía vivir un sueño a Nápoles. San Gennaro, el revolucionario Masaniello y el actor y poeta Totò tenían un nuevo compañero de devoción.
La historia del graffiti a los muertos es registrada en el documental italiano Ho visto Maradona, uno de los múltiples trabajos cinematográficos sobre su figura. Stefano Ceci, un amigo napolitano de Diego, da su testimonio en el sugestivo film argentino Amando a Maradona. Ceci imita su corte de pelo, modo de hablar, ademanes y tiene los mismos tatuajes en la piel.
"Nunca lo olvidamos porque tocamos el cielo con las manos", dice Stefano, y canta en su auto “¡Napoli, Napoli, forza Napoli!”. Ama a Maradona, como invita el título de la cinta-homenaje. “Antes de Diego -cuenta un cocinero de un clásico restaurante portuario- Nápoles nunca había sido una ciudad importante. Desde que se fue, perdimos todo. Ahora es el desprecio de Italia”.
La película La mano de Dios, en cambio, muestra a un Maradona enfermo y amigo de la Camorra. La parte de su historia que muchos deciden saltear. Y que otros, peor, dedican páginas de infamias, como lo hizo El Gráfico dirigido por el periodista Aldo Proietto en 1991, cuando retrató su detención en el departamento de Caballito con testimonios y datos falsos.
Maradona, es cierto, encandiló a una ciudad pobre del Sur italiano por su aura de ídolo rebelde y por los éxitos deportivos, pero también por la magia del juego. El fútbol en estado celestial. Las imágenes de sus trucos -golazos, apiladas, caños, sombreros- inundan cualquier repaso fílmico de su trayectoria en las canchas.
En 1989, en el calentamiento previo a la semifinal de vuelta de Copa UEFA ante Bayern Munich, bailó al ritmo de Life is life, la canción de Opus, el grupo del momento: salía por los altoparlantes del estadio Olímpico de Berlín. Asombra mirar hoy en YouTube cómo combina movimiento y música con la pelota de compañera. No es una publicidad de Nike ni Cristiano Ronaldo.
El lazo eterno entre Maradona y Nápoles promete un nuevo capítulo. La tierra prometida espera al “argentino por error”, como lo definió un tifosi. Ahora en el rol de director técnico. El actual DT de Napoli, Walter Mazzarri, puso incluso su cargo a disposición de Diego ante los rumores de la prensa. “Si bajase 20 kilos -ironizó en julio pasado- hasta le encontraría un puesto”. En Nápoles, hoy la ciudad más violenta de la Unión Europea y el basurero de Italia, ya estiran la agonía.


Nota publicada en la revista Nos Digital (están invitados a darse una vuelta).