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lunes, 27 de enero de 2025

Fútbol: arte y juego

Es evidente e incontestable que un gigantesco business gravita cada vez más en torno al fútbol y lo impregna por todas partes. Pero también el cine de Hollywood es un gigantesco business y eso no impide a algunos cineastas realizar películas geniales, y, por muy asfixiante que sea su ambiente para numerosos artistas, la industria cinematográfica, lejos de asfixiar al arte del cine, le permite desarrollarse.

Era algo habitual que las elites intelectuales de los años 30-60 denunciasen el cine como la "diversión de los ilotas" y que los supuestos marxistas viesen en él a un nuevo opio del pueblo que impedía al proletariado acceder a la conciencia revolucionaria.

Por su parte, la actual elite intelectual denuncia que el horror futbolístico y su conversión al dios del dinero es como el nuevo opio que sirve para camuflar el paro y los demás problemas sociales. Pero como toda visión reductora, también ésta olvida lo evidente: el arte, el juego, la poesía y el amor.

El fútbol es un arte cuyas sutilezas son inteligibles y están al alcance del público de cualquier nivel. Como todo arte clásico, respeta las reglas que precisamente suscitan la habilidad y el talento dentro del marco de sus propias exigencias. Es cierto que las reglas hacen surgir numerosas trampas, que se han multiplicado durante este Mundial (agarrones, codazos y zancadillas), pero éstas no han desnaturalizado el conjunto de los partidos de esta Copa.

Arte y juego, el fútbol necesita una estrategia móvil y plural. El arte futbolístico se plasma en el terreno de juego no sólo cuando hay integración, sino también cuando hay dialéctica entre el juego individual, enfocado al lucimiento personal, y el juego colectivo, en el que el individuo es sólo una pieza en todo el engranaje del conjunto. De ahí su permanente complejidad. ¿Qué debe hacer con el balón que tiene en los pies el jugador bien colocado? ¿Pasárselo a un compañero, corriendo el riesgo de que lo intercepten, o intentar la jugada personal, corriendo el riesgo de fallar? La estrategia del equipo debe elaborarse imaginando la estrategia del rival e implica también una contraestrategia. Cada equipo tiene que aplicarse no sólo en fabricar su propio juego, sino también en destruir el del rival. De hecho, las mejores ocasiones en un partido proceden de las faltas y de los errores cometidos por éste. Por último, la espera del gol es tan tensa y tan angustiosa, su consecución tan difícil y aleatoria, cuesta tantos esfuerzos y energías, que el gol desencadena, en el terreno de juego y en las gradas, un orgasmo colectivo violento y extático, lo que a su vez suscita entre los aficionados un torrente de amor hacia el goleador y hacia su equipo.

El fútbol bien jugado implica una técnica refinada, el arte de la improvisación, la intuición y, en los momentos de máxima inspiración, una cuasi-telepatía entre los compañeros de equipo, que se presentan ante el arco contrario sin dejarse ver. Pero ninguna estrategia elimina la vigencia todopoderosa del azar. Todo partido implica una serie de casualidades, suerte y mala suerte. De ahí que algunos partidos mantengan la incertidumbre hasta el final. Francia tuvo baraka ante Italia, cuando el delantero italiano estrelló el balón en el travesaño; ante Croacia, con los dos goles inesperados del defensa Thuram, que sorprendieron a su mismo autor, que nunca había conseguido un gol en una Copa del Mundo; se benefició, en la final, de dos tantos sorprendentes de un Zidane acostumbrado a marcar con el pie, mientras que el equipo brasileño sufría las consecuencias de una crisis de desesperación amorosa de Ronaldo.

El fútbol es, pues, un juego soberbio, en el que, como en todo gran juego, el arte y la suerte se combaten y se combinan. Evidentemente, las grandes victorias estéticas son menos frecuentes que los episodios aburridos y estériles, pero éstos hacen más preciados a aquéllos. ¡Y una vez conseguida la victoria, qué gran sentimiento de belleza, qué sensación de poesía vivida, cuánto entusiasmo!

¿Qué pasó en Francia con este Mundial? Antes de su inicio, una serie de corporaciones estaban dispuestas a sacrificar el Mundial en el altar de sus reivindicaciones laborales. Al principio, el interés y la pasión no superaban el círculo de los aficionados al fútbol. Pero al igual que se necesita tiempo para calentar un líquido hasta la temperatura de la ebullición, también fue necesario el paso del tiempo para que el país comenzase a calentarse hasta alcanzar el paroxismo final. Hubo que superar los obstáculos de las eliminatorias previas. De tal forma que la angustia, el suspense y la esperanza iban creciendo tras cada nuevo partido superado.

El estadio se fue convirtiendo, pues, poco a poco, en una gigantesca copa de amor ofrecida, regalada y mágica. Los espectadores, convertidos en actores, sintieron en su interior y comenzaron a exteriorizar comportamientos cada vez más arcaicos: pintura de los colores nacionales en los rostros y en el cuerpo, onomatopeyas recitadas, cantos, ritmos, gritos, gestos rituales, como si de una ceremonia sagrada se tratase, olas tribalizando todo el estadio en un mismo temblor circulatorio. Y es que, sin duda, todo espectador sintió la necesidad de reencontrarse con su naturaleza arcaica tan insistentemente controlada en la vida cotidiana. Una naturaleza que, como reacción a la prosa de esta vida, se expresa hoy en las múltiples fiestas de comunión que proliferan por todas partes.

La magia y la tribalización se extendieron progresivamente fuera del estadio. En un subidón pasional, cada vez más adolescentes de ambos sexos y cada vez más adultos se pintaron mejillas y frente de tricolor. Y a través de las televisiones de las casas, de los cafés, de las pantallas gigantes de las calles, en las ciudades y en las aldeas, una parte cada vez mayor de la nación se sumaba a lo que iba adquiriendo caracteres de epopeya. La milagrosa victoria sobre Italia, la contundente victoria sobre Croacia, amplificaron una espera obsesiva cada vez más llena de esperanza y de angustia. Y la obsesión fue en aumento, jaleada por los medios de comunicación, en cuyas páginas y programas el Mundial devoró a cualquier otra información. A medida que se iba precisando la esperanza de una victoria, Francia se convertía en el ombligo de un mundo mágicamente transformado en una aldea global lúdica, infantil y efímera.

Y en aras de su generosidad, de los cabezazos geniales de Zidane, de las paradas increíbles de Barthez (dos tipos de hazañas individuales en el seno de un juego completamente colectivo) y, evidentemente, en aras de la suerte, Francia accedió por fin a una victoria jamás antes conseguida. Entonces, el orgasmo futbolístico de la victoria se transforma en una ola gigantesca de felicidad, en una verdadera ola nacional que se adueña de todo el país. La tribalización del estadio, en espera de la de toda la nación, se torna en comunión nacional y proporciona un intenso placer patriótico en el que el amor narcisista del propio yo se funde con el amor común y se confunde con el amor comunitario, que cambia la superación de uno mismo en un gran Nosotros.

De esta forma, todo pasa del nivel del estadio al nivel de la nación. En el primer nivel, el fútbol es una especie de campana de cristal en la que se crea, de una forma efímera, un gran momento de alegría, de identidad compartida, de poesía y de amor. Después, la gran comunión de la identidad se extiende fuera del estadio, más allá del momento del partido. Una comunión que descubre y descubre un patriotismo profundo, encubierto, invisible, escondido, dormido, pero de pronto regenerado y revitalizado por el paso del tiempo. No es un acontecimiento estatal, político o social, sino un acontecimiento periférico, de carácter lúdico, que adopta una dimensión histórica. Este acontecimiento, al romper una capa de inercia, de costumbres y de cotidianidad, hace surgir lo que era, a la vez, muy profundo e invisible: los fundamentos místicos y míticos de la pertenencia nacional. Hubo también un síndrome de revancha. La Francia siempre vencida en el Mundial accedía milagrosamente a la victoria y (¿quizá?) reencontraba en su memoria histórica los milagros de Bouvines, Valmy y la Marne. Pero por vez primera en su Historia, la comunión francesa no procedía de una victoria militar ni de una liberación nacional, ni de una gozosa explosión como la de las dos primeras semanas de Mayo del 68, sino, al igual que en Brasil, del deporte del fútbol, lo que podría hacer pensar que el Brasil vencido brasileñizó a su vencedor. Y esta borrachera victoriosa estuvo, como en la mayoría de las competiciones futbolísticas, exenta de cualquier agresividad, de cualquier desprecio hacia el adversario, que nunca fue considerado como un enemigo. El patriotismo no se transformó en nacionalismo.

"Francia ha dejado de existir", se lamentaban los frentenacionalistas y los socialnacionalistas. Pero la que se reveló en los campeonatos mundiales fue la Francia de azul, blanco y rojo, un equipo multicolor con un tercio de cuyos héroes tiene nombre extranjero.

Y todo esto, por una de esas felices coincidencias de la vida, tuvo lugar la antevíspera de un 14 de julio. La Marseillaise es entonada espontaneamente en el estadio y en las plazas públicas. Una Marseillaise del 12 que se prolonga y se transforma en la Marseillaise del 14 de julio. Las dos fechas entraron en ósmosis y en simbiosis.

De esta forma y durante tres días, se produce una invasión y un predominio de la parte lúdica y estética de la vida en una gran parte de la población francesa y, correlativamente, se intensifica y generaliza fuera del estadio la comunión nacional que se vive durante los partidos. Algo que inevitablemente sólo podía ser provisional. Porque, a partir del mismo miércoles, nos penetró insidiosamente la melancolía poscoital. Ya comenzábamos a estar hartos y a ver hasta en la sopa los gloriosos goles de Thuram y de Zidane. Quizá por eso volvió la prosa de la vida y los intelectuales abstractos se pusieron de nuevo manos a la obra, para desmitificar el fútbol, el Mundial, el patriotismo vivido y la felicidad popular. Como siempre, desprecian en vez de comprender. Evidentemente, el éxtasis no podía durar. Pero seguirá siendo para siempre un momento de éxtasis en nuestra Historia.

Edgar Morin, sociólogo y filósofo, miércoles 22 de julio de 1998, "El éxtasis histórico de Francia", diario El Mundo, de España.

domingo, 15 de septiembre de 2024

El fútbol es un juego que nunca cansa

El fútbol es un juego de suburbios; se aprende en los escabrosos terrenos de las últimas casas, entre los escombros de los edificios en construcción. Uno aprende descalzo a encajar los golpes sin sentirlos, protegido por el capricho de gobernar el lanzamiento del balón con un pie. Las zapatillas, los árbitros y las superficies de hierba llegan tarde, después de la más gozosa selección natural. El fútbol es un juego que nunca cansa: uno sube a casa por la noche con las ganas intactas de volver a empezar de inmediato. En verano era una alegría cuando, después de la cena, a uno le daban permiso para bajar otra vez al patio y darse una última carrera. El fútbol es un juego que se aprende aun a solas frente a una pared haciendo voleas sin parar. Sólo en el fútbol los suburbios son una mina, una cantera de talentos legendarios.
Para cualquier otra profesión hacen falta las bocconi y las harvard; se necesitan las acreditaciones que proporcionan la pertenencia a una clase y la riqueza. En cambio, el fútbol hace brotar la gloria en las chabolas de los mortificados, junto a los vertederos de Buenos Aires, en las ardientes playas de Brasil. El astro más fulgurante, el más bravucón y el mayor prestidigitador del fútbol de todos los tiempos viene de las míseras Américas del Sur, súbditas del Norte, viene de las tiranías fratricidas. Maradona, Diego Armando, argentino como el tango, vino para que al viejo continente se le desorbitaran los ojos y se le desollaran las manos de tanto aplaudir. Su pie izquierdo fue el más sofisticado instrumento de precisión de la geometría y de los malabares del fútbol.

viernes, 13 de octubre de 2023

Armando Nogueira, el fútbol y yo, pobrecita

Y el título sería más largo, sólo que no cabría en una única línea.
No leo todos los días a Armando Nogueira —aunque todos los días le dé por lo menos una ojeada rápida— porque “mi fútbol” no me permite entender todo. Aunque Armando escribe tan lindo (no digo solamente “bien”), que a veces, confundida con la parte técnica de su crónica, lo leo sólo por lo lindo. Y ha de ser en una de las crónicas que se me escaparon que salió una frase citada por el Correio da Manhã, entre frases de Robert Kennedy, Fernandel, Arthur Schlesinger, Geraldine Chaplin, Tristão de Athayde y muchos otros, y que me leyeron, por teléfono. Armando decía: “De buen grado yo cambiaría la victoria de mi equipo en un gran partido por una crónica...”, y ahí viene lo sorprendente: sigue diciendo que cambiaría todo eso por una crónica mía sobre fútbol.
Mi primer impulso fue el de una venganza cariñosa: decir aquí que cambiaría muchas cosas que valen mucho por una crónica de Armando Nogueira sobre digamos la vida. Por otra parte, mi primer impulso, ya sin venganza, sigue: lo desafío, Armando Nogueira, a perder el pudor y a escribir sobre la vida y sobre usted, lo cual sería lo mismo.
Pero, si su equipo es Botafogo, no puedo perdonarle que cambie, ni en broma, una victoria suya por una novela mía entera sobre fútbol.
Deje que le cuente mi relación con el fútbol, que justifica lo de pobrecita del título. Soy Botafogo, lo que ya resulta de entrada un pequeño drama que no hago mayor porque siempre quiero retener, como riendas de un caballo, mi tendencia a lo excesivo. Es lo siguiente: no me resulta fácil tomar partido en fútbol —pero, ¿cómo podría aislarme a tal punto de la vida de Brasil?— porque tengo un hijo Botafogo y otro Flamengo. Y siento que estoy traicionando a mi hijo Flamengo. Aunque la culpa no sea toda mía, y ahí aparece una queja contra mi hijo: él también era Botafogo, y así como así, tal vez sólo para agradar a su padre, resolvió un día pasarse a Flamengo. Ya entonces era demasiado tarde para que decidiera, aun con esfuerzo, no tomar partido: yo me había entregado toda a Botafogo, e incluso le había dado mi ignorancia pasional por el fútbol. Digo “ignorancia pasional” porque siento que podría llegar un día pasionalmente a entender el fútbol.
Y ahora voy a contar lo peor: excepto las veces que lo vi por televisión, sólo estuve en un partido de fútbol en la vida, quiero decir, de cuerpo presente. Siento que esto es algo tan anormal como si yo fuera una brasileña anormal.
¿Cuál era el partido? Sé que era Botafogo, pero no recuerdo contra quién. Quien estaba conmigo no despegaba los ojos del campo de juego, como yo, pero entendía todo. Y yo de vez en cuando, aun sintiendo que estaba molestando, no me contenía y hacía preguntas. Las cuales eran respondidas con la mayor prisa y síntesis para que yo no siguiera interrumpiendo.
No, no imagine que voy a decir que el fútbol es un verdadero ballet. Me recordó una lucha entre la vida y la muerte, como de gladiadores. Y yo —probablemente pobrecita de nuevo— tenía la impresión de que la lucha no salía de las reglas de juego y se volvía sangrienta únicamente porque un juez vigilaba, no lo permitía, y mandaría fuera del campo a quien actuara como yo, en caso de que yo jugara (!). Bueno, por más amor que tuviera por el fútbol, jamás se me ocurriría jugar... Preferiría el ballet. Pero, ¿acaso el fútbol se parece al ballet? El fútbol tiene una belleza propia de movimientos que no necesita comparaciones.
Cuando lo miro por televisión, mi hijo botafoguense mira conmigo. Y, cuando hago preguntas, probablemente bien tontas como lega que soy, él responde con una mezcla de impaciencia piadosa que se transforma después en paciencia casi mal controlada, y algo de ternura por la madre que, si sabe de otras cosas, se ve obligada a valerse de su hijo para estas lecciones. También él responde rápido, para no perderse los lances del juego. Y si sigo preguntando de vez en cuando, termina diciendo aunque sin encolerizarse: ah, mamá, tú no entiendes de esto, no vale la pena.
Lo cual me humilla. Entonces, en mi avidez por participar de todo, y tan luego del fútbol que es Brasil, ¿no voy a entender jamás? Y cuando pienso en todo de lo que no participo, Brasil o no, me desanimo con mi pequeñez. Soy muy ambiciosa y voraz para admitir con tranquilidad una no participación en lo que representa vida. Pero siento que no desistí. En cuanto al fútbol, un día entenderé más. Aunque esté, si llego a vivir hasta entonces, viejita y caminando despacito. ¿O cree usted que no vale la pena ser una viejita de esas modernas que tantas veces, por puro prejuicio imperdonable nuestro, llegan al límite de lo ridículo por interesarse por lo que ya debía quedar en el pasado? Es que, y no sólo en fútbol, sino también en muchas otras cosas, yo no querría solamente tener un pasado: querría estar teniendo siempre un presente, y alguna porcioncita de futuro.
Y ahora reitero mi desafío amigable: escriba sobre la vida, lo que significaría usted en la vida. (Si no fuera cronista de fútbol, de cualquier manera sería escritor.) No importa que, en esta columna que pido, usted entre por la puerta del fútbol: eso le facilitaría romper el pudor de hablar directamente. Y más, para facilitárselo: le dejo que escriba una crónica entera sobre lo que el fútbol significa para usted, personalmente, y no sólo como deporte, lo cual terminaría revelando lo que usted siente por la vida. ¿El tema es demasiado general, para alguien que está habituado a una especialización? Lo que me parece es que usted no conoce sus propias posibilidades: su modo de escribir me garantiza que podría escribir sobre innumerables cosas. Avíseme cuando resuelva responder a mi desafío, pues, como le dije, no es todos los días que lo leo, a pesar de tener verdadero gusto en ser su colega en el mismo diario. Quedo a la espera.
Clarice Lispector, 30 de marzo de 1968, Jornal do Brasil

martes, 29 de agosto de 2023

Fútbol, gran rito global, religión sin Dios

¿La timidez de las ciencias humanas frente a los grandes rituales modernos como el fútbol no se debe al hecho de que quienes pueden observarlos y analizarlos están demasiado cerca? ¿Se puede, por ejemplo, disfrutar del fútbol, mirar televisión y dar cuenta del hecho de que, por primera vez en la historia de la humanidad, a intervalos regulares y en horarios fijos, millones de individuos se instalan frente a su altar doméstico para asistir y participar en la celebración de un ritual? Es muy probable, en cambio, que si fueran etnólogos, los hurones y los persas del siglo XX -cuya ciencia moderna nos invita a situar el origen fuera de las fronteras del Sistema Solar-, recién desembarcados, serían sensibles a la regularidad y a la intensidad de los movimientos de masas durante un campeonato de fútbol. Observarían rápidamente que estas concentraciones populares están acompañadas, paradójicamente, por una intensificación del culto doméstico y descubrirían con interés que el drama celebrado en un lugar central es seguido, con la misma fe, en sus hogares por millones de practicantes tan familiarizados con detalles de liturgia que se ponen de pie, exclaman, vociferan y se vuelven a sentar al mismo ritmo de la multitud reunida en el estadio. El gran rito global.

Luego vendrían observaciones más detalladas y estudios más minuciosos; los geógrafos hurones o persas, recopilando los datos de la historia y la demografía, formularían la hipótesis de un espacio social variable de diversas dimensiones para dar cuenta del hecho de que la estructura culto central-cultos domésticos tiene una extensión variable en función de parámetros espaciales y temporales: un partido local menor sólo es acompañado por un comentario televisivo con una finalidad doméstica, mientras que, en el Mundial, en ocasión de un encuentro entre la Argentina y Brasil, es la población de toda la Tierra la que participa en el gran ritual. Los etnólogos, para quienes estos datos macrosociológicos son difíciles de dominar, aportarían, sin embargo, un principio de respuesta a los interrogantes planteados por los geógrafos, al gozar de la confianza de las poblaciones y, utilizando conceptos de totemismo y segmentarismo, harían valer que, de alguna manera, es el grupo el que se presenta a sí mismo en la ceremonia del estadio. Pero los grupos enfrentados, observarían, sólo lo están a un cierto nivel de identificación: puede reconciliarse a un nivel superior contra un adversario que también es presa de esta lógica segmentaria de identificación-oposición. Religión sin Dios.

El juego de los colores o de las representaciones animales corresponde a este doble juego, que también puede percibirse en la organización estrictamente institucional de los campeonatos y, más aún, de las copas regionales, nacionales, continentales y mundiales. Los etnólogos, a esta altura, todavía dudarían de formular su hipótesis central: los habitantes de la Tierra practican una religión única y sin Dios. Sólo tendrían que leer a Durkheim y Las formas elementales de la vida religiosa para admitir que no hay diferencia esencial entre una asamblea de cristianos que celebran las principales fechas en la vida de Cristo o de judíos festejando la salida de Egipto o la promulgación del Decálogo, y una reunión de ciudadanos que conmemoran la institución de una nueva carta moral o algún gran acontecimiento de la vida nacional, y para asombrarse de que los seres humanos puedan ser tan perspicaces y, a la vez, tan ciegos respecto de la naturaleza de su alienación.

Finalmente, no es sorprendente que sean los historiadores los primeros en emprender, de manera sistemática, un estudio del deporte: lo mantienen a distancia, se podría decir, por definición, y lo observan desde su nacimiento, analizan sus primeras transformaciones y se abocan a descifrar su sentido. Numerosas publicaciones dan testimonio del interés que genera el más popular de los deportes de masas, el fútbol; pero muchas de estas publicaciones dan más cuenta del placer más o menos elaborado que experimentan ciertos espíritus o de la pasión más o menos informada de los especialistas de profesiones emparentadas o paralelas, que de una observación cuidadosa, objetiva y sistemática de los hechos.

La antropología religiosa recién tuvo existencia científica cuando dejó de ser el monopolio de los misionarios u otros profesionales de la religión: es hora de que la sociología del deporte salga de las revistas deportivas. Por más respeto que uno le tenga a los ministros del culto, a los comentaristas deportivos o a los árbitros de fútbol, hay que admitir que ellos forman parte del objeto de estudio y no sabrían, como tales, ser sus observadores privilegiados. Lejos de nosotros, sin embargo, está la idea de que el calor de una experiencia íntima, la emoción fugitiva ligada a un recuerdo personal no pueda ayudar, en estas cuestiones, a imaginar y comprender los resortes de la eficacia simbólica. El fútbol constituye un hecho social total porque está relacionado con todos los elementos de la sociedad, pero también porque se puede analizar desde diferentes puntos de vista. Su naturaleza es doble: práctica y espectáculo. Práctica suficientemente expandida por ser considerada en sí misma un fenómeno masivo. Espectáculo bastante atractivo para que el número de espectadores aumente y para que los días de la semana se vean afectados con antelación o a posteriori (por las conversaciones, los comentarios, la lectura de las crónicas).

El espectáculo de fútbol se convirtió en algo de todos y no puede estar destinado a un grupo particular que, según los puntos de vista, encontraría allí la imagen de su propia cohesión o el espejo de su alienación. En este sentido, el fútbol funciona como un fenómeno religioso y como ritual. Podríamos decir que la relación entre deporte de masas y religión no tiene nada de metafórico. El hecho de que sus funciones sociales puedan interpretarse, según las circunstancias, de manera diversa y hasta contradictoria lo acerca más al fenómeno religioso. Y, como sucede con todo ritual, uno espera que se produzca: que llueva, que se detenga la epidemia, que las cosechas sean buenas y los dioses, favorables.

El ritual se repite pero inaugura, da comienzo a la espera. En el ritual deportivo, esta espera se consuma con la celebración misma. En África, por ejemplo, la protección mágica del arco y del arquero, la consulta a los adivinos y el embrujamiento de los jugadores son prácticas bien conocidas de las que los europeos se burlan -aunque con más discreción cuando se trata de los brasileños y los argentinos que se persignan al entrar a la cancha, sin duda porque marcan más goles-. Tal vez Occidente esté frente al avance de una religión sin que todavía se haya dado cuenta.

"¿Deporte o gran ritual moderno?", de Marc Augé, etnólogo y director de estudios de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Clarín y Le Monde Diplomatique, 1998. Traducción de Claudia Martínez.

viernes, 4 de marzo de 2022

El ayudante de campo

Mi primo Rodrigo dice que quedé por él. Que me acompañó y que me dio las indicaciones fundamentales antes de que entrara a la cancha con unos botines de mi viejo con punta de acero. Yo le digo que sólo me sostuvo el botinero. Moyano, Rebustini, un arquero acomodado al que apodamos “Tenazas” y yo fuimos los que quedamos en la prueba y entramos a la Novena de Deportivo Morón, categoría 1989.

A finales de Octava, me hicieron una oferta imposible de rechazar: una prueba en River. Éramos casi 200 pibes en una cancha en Villa Martelli. No permitían el ingreso de familiares. La pasamos dos. Fue el 20 de octubre de 2004. Lo recuerdo -gracias a Google- porque mientras volvíamos a casa con mi viejo en el Renault 12 escuchamos por radio Boca-Banfield y Palermo metió un gol de chilena. Lo grité, aunque por dentro ya pensaba como si fuera un futbolista (de River).

En la segunda prueba, sobre el final, se me acercó Daniel Onega, un histórico jugador de River entre los 60 y 70, entrenador en las inferiores. Me preguntó si tenía el pase en mi poder. Había vuelto a jugar muy bien. Dudé.

-No, lo tiene Morón -le dije la verdad.

-En la 89 tengo un cinco titular y dos que juegan igual o mejor que vos. River no va a poner dinero por tu pase -me respondió.

Pegué media vuelta y seguí en Morón. Hoy pienso cómo un instante (una decisión) puede cambiarte la vida.

Aunque en los últimos años reniegue del fútbol, mi primo Rodrigo -hincha de River- repite su hazaña: en 1994, a los siete años, con la categoría 1987 del Ateneo San Antonio de Padua, apenas le hicieron 19 goles en 30 partidos, nada en el baby. Fue el récord de valla menos vencida del Ateneo hasta 2016. “Pero el del pibe que lo rompió fue en menos partidos y en el Ascenso -me aclaró-. De Primera hay uno solo”. Días atrás me regaló una foto: él, de chico, pose de arquero, apretando una pelota, un mini Chilavert.

Ahora con mi primo retomamos un viejo ritual: jugar horas y horas, cada tanto, al PC Fútbol 2001, como cuando yo tenía doce años y él me despertaba los sábados a las siete de la mañana. Como un ayudante de campo, lo quiero siempre al costado de mi cancha.

viernes, 5 de marzo de 2021

Baggio en el banco

Para mí, la imagen sintética más fuerte es la de Roberto Baggio en el banco. Me explico: cuando un deporte, debido a un montón de motivos, se transforma hasta el punto en que se vuelve sensato no hacer saltar al campo a su punto más álgido (el talento, el artista, la excepcionalidad, lo irracional), entonces es que algo ha ocurrido. ¿Qué deporte sería el tenis si John McEnroe no estuviera entre los cien primeros? En la tristeza de los números 10 sentados en el banco, el fútbol refiere a una mutación aparentemente suicida.

Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, Fútbol, Alessandro Baricco, 2006

lunes, 20 de julio de 2020

El fútbol de los martes

“Sorteooo”, escribe Juani en el grupo de WhatsApp “El fútbol de los martes”. Son las 14.14 del martes 14 de julio, hora habitual de los sorteos de los equipos -remeras negras, remeras blancas- a través de una aplicación de dudosa transparencia. “Nooooooo -responde Seba al minuto-, vi el mensaje y de golpe me ilusioné. Duró un segundo, pero fue lindo”. Poyi agrega al rato que para sentir que es un martes “común” necesita que yo diga “confirmo más tarde”. Sí, soy el forro que confirma siempre sobre la hora. Un grupo y sus roles.

Los fútbol de los martes a las 21 ya pasaron los diez años ininterrumpidos. Punto de encuentro entresemana. Corte mental. Hasta antes de la pandemia, más de la mitad se preguntaba si no era mejor ir directamente a comer. Sincerarse. Pegaron los 30. Arreciaron las lesiones. Eran más los invitados que los jugadores originales. Y porque muchos fuimos al fútbol de los martes a las pizzas y cervezas post partido (pizzas altamente condimentadas por Steve, un petiso rechoncho de pelo largo con colita al que bautizamos así por Steven Seagal). Intuyo que no tendría sentido.

En 2002, durante el programa El Sello, le preguntaron al Negro Fontanarrosa qué tal jugaba al fútbol. Tenía 58 años. Todavía se juntaba a patear los sábados con sus amigos en Rosario. “Ya soy inexistente”, respondió, con humor. Ramiro Sánchez Ordóñez, el periodista que hacía el asado, le repreguntó entonces cómo era antes. “Absolutamente mediocre -apuntó Fontanarrosa-. Siempre mal”. El Negro murió el 19 de julio de 2007 y, desde el más allá, nos avisa año tras año que llega el Día del Amigo. “Es muy difícil reemplazar el programa del fútbol -dijo aquel día entre el crepitar de las brazas y el canto de los pájaros-. La descarga viene a través del fútbol, de ir a jugar. No sólo el hecho de ir a patear, sino de estar con los muchachos, de la joda, de reírse, de hablar. Esa casi es la parte más linda. Después salir a la cancha... Yo decía: 'Qué lindo sería este juego si no hubiera que correr'”.

Nosotros, como precisó Fontanarrosa, aún tratamos de “coincidir con la pelota”. Y lo bueno es que a medida que perdemos velocidad, fuerza y agilidad, perdemos amor propio y ganamos amor fraterno.

El fútbol de los martes empezó los lunes. Los integrantes de la mesa chica lo sabemos. Alquilábamos la cancha del Club Castelar los lunes a las 23 y arrancábamos a jugar pasada la medianoche, hasta que aparecía el tipo que nos avisaba que se había cumplido la hora, pero a la una y media, casi a las dos de la mañana. Nos mudamos los martes a las 21 a Rancho Aparte, a la cancha del fondo de siete (“seis y el arquero”). Si Messi parece cansado en el Barcelona, imaginen a cualquier grupo de jugadores amateurs como nosotros. Pero hay esquemas y estrategias antes del partido, puteadas, cada tanto patadas, golazos (como el que hice de chilena la misma semana que el de Cristiano Ronaldo en Real Madrid), sobremesas alegres que duran más que la hora de juego, y un mojón en ese retorno inevitable a la niñez que supone el uso de pañales a la tercera edad: volvimos a festejar cumpleaños en la canchita de fútbol, con torta, souvenirs y camisetas de nuestros equipos.

Extrañamos que las bolitas de caucho ensucien la casa cuando nos sacamos los botines y entramos a bañarnos (aunque unos se vayan a dormir sucios, no es cuestión de botonear), repasar las jugadas con la almohada, las cargadas en el grupo de WhatsApp al día siguiente, preguntar quién carajo se llevó la pelota una hora antes del partido: que los martes a las 21 vuelvan a ser ese punto de encuentro. No se trata de un canto a la amistad. No todos somos amigos-amigos. Con algunos compartimos ese rato y es suficiente. Empatía. Con otros el fútbol de los martes fue el puntapié de una amistad.

“¿Qué se retira primero? ¿La cabeza o el cuerpo?”, le pregunta Iván Noble a Pablo Aimar en una entrevista en Canal (á), de 2018. “Nooo, el cuerpo -responde Aimar, que hacía pocos meses había dejado el fútbol profesional-. La cabeza no se retira nunca. Sabés las jugadas que veo ahora que no puedo hacer. Las veo a todas los martes con mis amigos. Digo tengo que ir por acá y la toco al costado…”.

domingo, 17 de mayo de 2020

El 10

(Daniel Jayo, El Gráfico, 1998)

El protagonismo del 10 es evidente pero su mayor virtud consiste en mejorar a los demás, que se esmeran por recibir sus pases. Si el rival anula a este estratega, el equipo sufre muerte cerebral. El verdadero sentido del número en su espalda consiste en indicar cuántos jugadores dependen de él.

Juan Villoro, en Balón dividido (2014)

domingo, 26 de abril de 2020

Jugar de memoria

Los sábados pedía hacer “el nochero” en el colectivo. Entonces llegaba a las ocho de la mañana a casa, con una docena de facturas y el diario. Se batía el café Arlistan y, desde mi habitación, escuchaba el tictictic de la cuchara contra la taza. Yo ya tenía puestas las medias azules y blancas del Argentino desde la noche del viernes. Le salía espumoso, volcánico. Heredé esa técnica. Esas mañanas soñaba con ser futbolista. Pero mientras mi viejo leía la sección Deportes, creo que también empecé a querer ser periodista para que me leyera. Una vez escribí que el tercer domingo de junio no es el Día del Padre: que es un sábado que pide salir temprano del trabajo, vamos al Argentino, juego al baby fútbol y me compra una Coca.

-¿Pero tu viejo murió? -me preguntó el lunes Andrés Burgo en un taller de periodismo acerca de cómo narrar la pasión.
-No, no.
-...
-Está enfermo hace siete años y, desde hace cuatro, en un hogar. Y no habla, nada.

El que había hablado en pasado de él era yo. Lo suelo hacer. Y había contado que mi viejo no se había hecho hincha de Boca por su padre. Que su papá, a quien no conocí, era un tano que consideraba que lo único importante en la vida era el cemento y la tierra. Que seguro era hincha de Mussolini. Mi viejo se hizo hincha de Boca por “El abuelo de la esquina”. Así le decía a un vecino de pelo blanco y cara curtida que le había regalado una camiseta de lana de la Juventus. En ese sentido, mi viejo fue un marginal. Si siete de cada diez personas se hacen hinchas de un club por mandato paterno, él se había quedado afuera. De ese y de otros cariños.

La primera vez que fui a la Bombonera tenía once años. Fue el 12 de marzo de 2000. Lo había pedido como regalo de cumpleaños. Mi viejo, como dicta una regla futbolera no escrita, me llevó a un partido “tranquilo”. Boca-Argentinos Juniors. Ganamos 1-0 con un gol de cabeza de Alfredo Moreno. A los pocos días, el Chango le metió cinco goles a Blooming por la Copa Libertadores. Pero ese gol no lo vi desde la segunda bandeja del Riachuelo, porque fue abajo del travesaño, casi en la línea del arco. Lo de menos. Estaba impactado por el olor a meo en las escaleras, por la inmensidad del verde, por la multitud, por la cabeza de león de Maradona asomándose desde su palco. Por mis lágrimas.
La última vez lo llevé yo a la Bombonera. Fue el 27 de abril de 2014. El día anterior había cumplido 58 años. Mi regalo. Fuimos viajando. Lo hice correr desde Plaza de Mayo porque el tránsito era peor que caminar. Le ganamos 4-2 a Arsenal. Anteúltimo partido de Riquelme en el patio de su casa, su último gol. La degeneración cognitiva ya había avanzado lo suficiente como para que, al final del primer tiempo, me preguntara: “¿Para qué lado ataca Boca?”. Ese día lo cuidé como si fuese mi hijo. Que no se me escapara entre los hinchas, que no se perdiera en un acceso. Al día siguiente le conté a un amigo de humor ácido que habíamos ido a la cancha. “Lo llevaste engañado”, me dijo. “Sí -le respondí-, le dije que debutaba García Cambón”.

Carlos María García Cambón debutó ante River en 1974. Le metió cuatro goles. Inigualable. Cuando me gané una mochila de Deportivo Morón en un sorteo del programa de televisión “Aguante Gallo”, fuimos con mi viejo a retirarla a un local-set de Castelar. Estaba como invitado el entrenador de Morón, que en ese entonces era Mané Ponce. Y que había sido un gran puntero derecho de Boca a finales de los 60, principios de los 70. O sea, la niñez y la adolescencia de mi viejo. Le estrechó la mano, le palmeó la espalda y sonrió levantando el bigote y mostrando los dientes. Reaccionó igual cuando vio a Houseman. Volvía a ser un pibe. Acompañaba el saludo con una arenga: “¡René, viejo y peludo!”. Y, a los minutos, volvía a ser un hombre de pocas palabras.

Hoy es 26 de abril. Cumple 64 años. Sí, enfermó muy joven. Y hoy también cumple años Bianchi. Siempre me lo recordaba. “Qué grande, Carlitos Bianchi”. El año pasado le mandé un feliz cumpleaños por WhatsApp. Quizá porque mi viejo ya no podía responderme. Recibí un audio: “Hola, qué tal, Roberto. Te agradezco mucho tus deseos. Felicidades, Carlos”.

Camisetas de la Fiorentina y la Roma, porque ante todo el calcio. Partidos con sus compañeros de trabajo. Un casete con la grabación de la final Italia-Alemania del Mundial España 82 con los relatos de Víctor Hugo. Peleas en las canchitas. Pelotas de las promociones de Olé y Esso. La colección completa de la revista Un Caño. El dinero para el primer año en la escuela de periodismo deportivo. Además de Boca, mi viejo me dio mucho más en relación al fútbol. Todavía no tuve un hijo. Pero tengo a Mateo, mi sobrino, una relación más relajada. Mateo ya fue por primera vez a la Bombonera. A los dos años. Boca-Banfield, 29 de marzo de 2019. Ganamos 2-0. Fuimos con los padres, también bosteros.

Algún día, si se enamora del fútbol, preguntará por su primera vez en una cancha. Guardo la foto con él a upa en la tercera bandeja de la Bombonera que da a Casa Amarilla. Porque la memoria es traicionera y, también, nunca se sabe cuándo se puede perder. Casi como un partido.

lunes, 20 de abril de 2020

11. Mediocampista izquierdo

El fútbol como pandemia


11. Mediocampista izquierdo

La brasileña Milene Domingues cambió para siempre el fútbol femenino español en 2002, a pesar de que la apodaron Ronaldinha y olvidaron sus logros deportivos.

Toni Kroos es el único futbolista nacido en la República Democrática de Alemania en ser campeón del mundo. Quizá por eso prefiere la izquierda y socializar la pelota.

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La fichó Rayo Vallecano en 2002, pero también la querían Atlético Madrid Féminas y AD Torrejón. Antes de su llegada a España, las extranjeras no podían jugar en la Superliga femenina. Según el artículo 168 del reglamento de la Real Federación Española de Fútbol, “las extranjeras sólo podrán obtener licencia como futbolistas aficionadas para participar en competiciones territoriales”. Pero en 2002, Real Madrid fichó a Ronaldo Nazário, y la historia del fútbol femenino español cambió para siempre.


Milene Domingues -o Ronaldinha, como la apodaron en España- nació en São Paulo. Arrancó su carrera futbolística en Corinthians, pero tocó su pico de popularidad en 1997, cuando estuvo nueve horas y seis minutos dándole 55.197 toques a una pelota.


-¿Quién es esa mujer que entró en el Libro de los Récord Guinness? -dicen que preguntó Ronaldo cuando se enteró de la hazaña.
-Milene Domingues -le respondieron.


El 27 de diciembre de 2002, el diario Marca de España publicó en portada la llegada de la jugadora a Rayo Vallecano. “No soy Ronaldinha, esas eran otras mujeres que estaban con Ronaldo. A la mujer de Zidane no la llaman Zidana. Llámenme Milene, yo también soy profesional”, pidió.


Durante la temporada 2002/03, Milene jugó en el Rayo, donde la familia Ruiz-Mateos, dueña del club de Vallecas, le ofreció un contrato de publicidad. Milene cobró 3 mil euros mensuales -cuando el sueldo de las jugadoras rondaba los 180 euros- tan solo por entrenar y prestar su imagen, ya que el reglamento le impedía jugar en España por ser extranjera.


Sin embargo, durante aquel año Milene viajó todos los fines de semana a Italia para jugar con Fiammamonza en la Serie A femenina y, así, no perder ritmo competitivo. “Después del nacimiento de Ronald en el 99, tardé un par de años en volver a jugar al fútbol. En Italia, mientras Ronaldo jugaba en el Inter, fui a probarme a Fiammamonza y quedé, pero cuando empezaron los entrenamientos y la temporada, a Ronnie, que volvía del Mundial, lo vendieron a Real Madrid”, contó a la revista GQ.


Mamen Hidalgo, periodista española, publicó durante la cuarentena un video del 2001 de la serie estadounidense Friends. En aquella temporada, Rachel -uno de los personajes principales, quien se encontraba embarazada- hace referencia a una de las mejores futbolistas de Estados Unidos en aquel momento, Mia Hamm, debido a las patadas que recibía de su beba.


Sin embargo, Hidalgo muestra que, en la traducción española, la referencia es muy diferente. “Tanto por trascendencia deportiva y calidad como por los términos que se utilizan”, acentúa Mamen, “Hamm es reemplazada por Ronaldinha, esa futbolista rubia tan guapa”.


Lo que sucedió es que si bien Milene llegó a jugar el Mundial de Estados Unidos 2003 con Brasil e incluso fue campeona en 2008 en la Primera División Nacional con el CF Pozuelo en España, sus logros deportivos pasaron a un segundo plano y en el país europeo siempre fue reconocida por su belleza y por su vínculo matrimonial con Ronaldo.


Milene dejó el fútbol en 2009, cuando se lesionó gravemente su rodilla y, al año siguiente, regresó a Brasil. Una vez retirada, le preguntaron sobre su apodo “Ronaldinha” y ella respondió: “Creo que por jugar al fútbol la gente pensaba que yo podía ser como mi exmarido. Incluso me daban siempre el 9 y yo decía que no jugaba de delantera, que no marcaba goles. Y menos mal que no estaba casada con un arquero, porque si no me hubieran dado el 1”.


Por Delfina Corti

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Si el mundo se terminase por la implosión Covid-19, una de las últimas escenas que quedaría en la memoria de los futboleros sería esta: Toni Kroos controla la pelota en la izquierda, contra la raya, y levanta y agita la mano izquierda para marcarle el pase al juvenil brasileño Vinicius. Noche del 2 de marzo en el Bernabéu, el clásico global, Real Madrid ante Barcelona. Y el alemán Kroos habilita como si manejase un joystick, le mete un puñal por la espalda a la defensa de Barcelona. Gol de Vinicius.


“Aunque su posición es la de mediocentro, Kroos suele dejarse caer habitualmente por la banda izquierda cuando planifica cómo debe comenzar la jugada desde atrás -escribió, en septiembre de 2019, Gorka R. Pérez en El País-. Apoyado en el giro hacia afuera que le da su pierna derecha, el alemán no solo disemina la actualidad de su zona, sino que evalúa cuál es la distancia apropiada a la que debe lanzar la pelota”.


Campeón del mundo en Brasil 2014, Kroos parece un futbolista salido de los Supercampeones. En Rusia 2018, cuando Alemania quedó eliminada por primera vez en la historia de los Mundiales en primera ronda, Kroos jugó ante Suecia, en el segundo partido del grupo, a lo Riquelme. Además de clavar un golazo de tiro libre desde la izquierda al minuto 95, versión Román en Argentinos-Racing por Copa Argentina 2014, Kroos tocó 144 veces la pelota, casi siempre en la zona izquierda de la mitad de la cancha, récord de un futbolista alemán desde Inglaterra 66.


En plena pandemia, Kroos se vio envuelto en una polémica, porque se negó a que Real Madrid le recortase los salarios a los futbolistas: “Una bajada de sueldo es como una donación en vano al club”. ¿Qué puso en cuestión? ¿El recorte salarial o el destino de ese dinero? “Es posible que no se haya traducido correctamente o que algunos no quieran entender -aclaró luego-. Desde el primer momento, mi opinión la conocen bien, y es ésta: si podemos ayudar a trabajadores y áreas en el club, veo lógico renunciar a parte de nuestro salario, algo que se ha podido comprobar”.


Kroos nació el 4 de enero de 1990 en Greifswald, en lo que hasta octubre de ese año se llamó República Democrática de Alemania. Y quizá por eso prefiere la izquierda y socializar la pelota: es el primer y único futbolista nacido en el Este en ser campeón del mundo. De chico, una profesora de Educación Física lo obligaba a jugar descalzo para que los compañeros pudieran sacarle un rato la pelota. Y, con el padre, la madre y su hermano -un año más chico-, se entrenaban en la plaza de la pequeña ciudad, cerca del Mar Báltico. Su hermano, Felix, es mediocampista en el Union Berlin de la Bundesliga; su padre, Roland, también fue futbolista; y su madre, Birgit, fue campeona en bádminton en la Alemania comunista.

“Cuando pienso en mi infancia -dijo Kroos, el líder que vino del Este- llego a una conclusión sencilla: nunca tuve otra oportunidad que no fuera ser futbolista”.


Por Roberto Parrottino

lunes, 6 de abril de 2020

9. Centrodelantero

El fútbol como pandemia

9. Centrodelantero

En cuarentena, Gabriel Batistuta, siempre capocannoniere, se disciplina como cuando era un chico que le preparaba el mate y lustraba los zapatos a su papá.

Vivianne Miedema, goleadora de la selección holandesa, no festeja sus goles porque, como dijo Cruyff, “no hay que enseñar lo bueno que eres: hay que jugar”.

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Durante los doce años que jugó en el calcio fue la idea del N° 9 goleador, un verdadero capocannoniere. Cuando le preguntaron sobre el segundo gol de Diego Maradona a los ingleses en México 86, Gabriel Omar Batistuta respondió: “Yo hubiera pateado tres veces antes. Desde 30 metros, desde 25 y dentro del área. Jamás hubiera gambeteado al arquero”.


Batistuta tenía el arco entre ceja y ceja. Por este motivo, eligió a Francesco Totti y a Maradona como los dos mejores futbolistas con los que jugó. Al eterno capitán de la Roma, porque “sabe lo que el atacante quiere”. Y, al Diego, porque “lo único que tenía que hacer era estar atento para ver cuando él alzaba la cabeza. Ahí, hacía el movimiento”.


Totti y Batistuta jugaron alrededor de 60 partidos juntos. Maradona y Batistuta, tan sólo diez. Los tres jugadores conocen a la perfección el fútbol italiano, cada uno es poco más que un rey en la ciudad en la que jugó: Roma, Florencia y Nápoles.


“En Italia, los jugadores entrenan para defender. Gabriel hizo que los defensores italianos se mostraran ridículos”, lo definió Maradona. Y Totti no se quedó atrás. Hace algunos años, cuando le preguntaron sobre el compañero que más lo había impresionado, no dudó en responder: Batistuta.


Cuando tenía 16 años, un día de lluvia, Batistuta se levantó a las cinco de la mañana, puso la pava en el fuego y preparó el mate. Después, agarró el cepillo y la pomada, y dejó todo preparado para que su papá se levantara, tomara unos mates, se calzara los zapatos y se fuera a trabajar.


Durante la cuarentena, circuló un video sobre el día en que la Roma le prometió -si dejaba la Fiorentina- la camiseta N° 9, la cinta de capitán y pelear el campeonato.


De las tres promesas romanistas, a Batistuta sólo le interesó la última. Durante su primera temporada, usó la 18 y Totti, la cinta de capitán. Cuando le preguntaron el porqué, el goleador argentino respondió: “Eso es lo que llamo disciplina, la que nunca me permitió abandonar y siempre me permitió mantener el ego en el lugar que correspondía. La misma disciplina que aplicaba todos los días para levantarme, preparar el mate y lustrar los zapatos”.


Por Delfina Corti


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Aunque cada vez le cuesta menos, a Vivianne Miedema no le gusta festejar sus goles: “No lo hago por respeto a mis rivales”. En el Mundial de Francia 2019, sin embargo, su segundo gol ante Camerún en la fase de grupos, el 3-1 final, le valió una voltereta en el aire: con ese gol, Miedema se convirtió en la máxima goleadora histórica de las selecciones de Holanda. Es decir, superó a Robin van Persie (50 goles), su ídolo del Feyenoord, con el que se sacó una foto de pequeña, y a Manon Melis (59). Miedema, goleadora silenciosa, el Nº 9 en la camiseta naranja, tiene apenas 23 años. Y 69 goles en 88 partidos.


-¿Estás en una relación? -le preguntó un periodista de la TV holandesa en 2019.
-Sí -respondió ella.
-¿Y es un chico malo o el yerno ideal?
-¿Cómo?
-¿Que si es un chico malo o el yerno ideal?
-Bueno, no es el yerno ideal, pero sí que es la nuera ideal.


Ahora, Miedema pasa la cuarentena en Londres, junto a Lisa Evans, su novia y compañera en el Arsenal. Hace unos días, en una entrevista a través de un vivo en Instagram con 433nl, le preguntaron quién era mejor futbolista, si la estadounidense Alex Morgan o la brasileña Marta. “Por el momento -dijo-, Alex Morgan. Es una verdadera Nº 9”. Miedema es, según la revista Forbes, una de seis deportistas europeas que marcan el futuro, por “su calidad como futbolista, por ser autora de libros infantiles y por su defensa de los derechos de la mujer y de la comunidad gay”.


El escritor argentino Fabián Casas dice que Holanda no tenía una tradición futbolística a mediados de los 60, antes de que el entrenador Rinus Michels cambiase primero la historia del Ajax y luego de la selección. Porque Michels, dice Casas, tomó elementos de otros deportes, como el handball y el hockey -movimiento permanente y ataque coordinado-, y los aplicó al fútbol. “Al no tener tradición, le podés robar a todos”. Miedema, quien practicó tenis, creció con una madre jugadora de hockey sobre césped a nivel semiprofesional. Pero también con un padre futbolero. Lars Miedema, su hermano, ya debutó en el FC Den Bosch. Como centrodelantero.


En el Mundial 2019, la Holanda de Miedema perdió la final ante la local Francia. Otra selección holandesa, como la masculina en Alemania 74  y Argentina 78, que acariciaba la Copa. Subcampeona. Una vez le preguntaron a Johan Cruyff qué pasó en 1974, por qué después de empezar con un gol de penal a los 2 minutos tras una jugada de arranque con 16 toques en 56 segundos, sin que los rivales tocasen la pelota, Alemania había dado vuelta la final y ellos nunca habían podido reponerse.


“Entre dominar y enseñar hay poca diferencia -respondió Cruyff-, pero significa mucho. No hay que enseñar lo bueno que eres: hay que jugar. ¡Nos gustamos de nosotros mismos! ¡Estábamos tan contentos con nosotros que era imposible ganar! Eso está un poco en nuestro carácter”.


Quizás también por eso Miedema prefiere no festejar sus goles.

Por Roberto Parrottino