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martes, 26 de julio de 2022

Desde adentro

En el Parque Lezama, un rato antes de entrar a La Bombonera, les cuento a mis amigos que lo hablé con la psicóloga: que es dar un paso. “Como cuando estás en el andén -le había exagerado- y viene el tren”. Un amigo da en la tecla: me dice que es lo más cerca que voy a estar de jugar en Boca. Cuando entré a la cancha, y me paré detrás del arco de La 12, no pensé en dar ningún paso: perdí la noción del tiempo dentro de una nube de humos y de gritos.

El primer tiempo del 3-1 a Estudiantes lo vi junto a un alcanzapelotas. Vázquez metió el centro adelante nuestro en el gol de Pol, el 1-0. “¿De qué jugás?”, le pregunté sin dejar de mirar el partido. “De 5”, me dijo. Categoría. “Octava”. Apellido. “Moyano”. Se limitaba a responder, hasta que me dijo: “¿Sabés cuál es mi nombre? Blas…”. Yo también jugaba de 5 en las inferiores (de Morón). Yo también fui alcanzapelotas. No se lo dije: quería escucharlo, no pecar de nostalgia viejo choto. Si algo aprendí en el periodismo es que no soy el protagonista, aunque ahora sí. Me lo guardé: mareo, nudos en el cuerpo, afloje: un par de lágrimas felices. Le señalé, sí, que la tribuna de La 12 se llama Natalio Pescia, un 5 de Boca al que le decían “Leoncito” (hay que trabajar la identidad bostera lacerada en los largos años macristas). Miré el palco de Riquelme. No estaba. Identifiqué al Negro Martínez. Y le metí un codazo a Blas: “¡Mirá quién está!”. Era Giunta. Blas.

Los carteles de publicidad tiemblan cuando La Bombonera late. Los futbolistas no se escuchan a más de 15 metros (el arquero Andújar puede dar fe). Los suplentes del equipo visitante miran boquiabiertos a las populares de Boca. Los nenes se cuelgan de los alambrados y se sostienen sobre buzos anudados. Los jugadores no se chocan tan fuerte como nos engaña la TV. Le pegan con un efecto cuya clave reside en el sonido: el golpe a la pelota y el beso a la red.

El vainazo de Marcos Rojo lo certificó en el 2-0. Alguien saltó al campo de juego a festejar el gol con los futbolistas. Rojo empujó al seguridad que había cazado al invasor. Era un niño, el sobrino de Rojo, nos enteramos después. Los pocos que sabían que iba a ver un partido de Boca desde adentro temieron lo peor.

domingo, 17 de mayo de 2020

El 10

(Daniel Jayo, El Gráfico, 1998)

El protagonismo del 10 es evidente pero su mayor virtud consiste en mejorar a los demás, que se esmeran por recibir sus pases. Si el rival anula a este estratega, el equipo sufre muerte cerebral. El verdadero sentido del número en su espalda consiste en indicar cuántos jugadores dependen de él.

Juan Villoro, en Balón dividido (2014)

domingo, 26 de abril de 2020

Jugar de memoria

Los sábados pedía hacer “el nochero” en el colectivo. Entonces llegaba a las ocho de la mañana a casa, con una docena de facturas y el diario. Se batía el café Arlistan y, desde mi habitación, escuchaba el tictictic de la cuchara contra la taza. Yo ya tenía puestas las medias azules y blancas del Argentino desde la noche del viernes. Le salía espumoso, volcánico. Heredé esa técnica. Esas mañanas soñaba con ser futbolista. Pero mientras mi viejo leía la sección Deportes, creo que también empecé a querer ser periodista para que me leyera. Una vez escribí que el tercer domingo de junio no es el Día del Padre: que es un sábado que pide salir temprano del trabajo, vamos al Argentino, juego al baby fútbol y me compra una Coca.

-¿Pero tu viejo murió? -me preguntó el lunes Andrés Burgo en un taller de periodismo acerca de cómo narrar la pasión.
-No, no.
-...
-Está enfermo hace siete años y, desde hace cuatro, en un hogar. Y no habla, nada.

El que había hablado en pasado de él era yo. Lo suelo hacer. Y había contado que mi viejo no se había hecho hincha de Boca por su padre. Que su papá, a quien no conocí, era un tano que consideraba que lo único importante en la vida era el cemento y la tierra. Que seguro era hincha de Mussolini. Mi viejo se hizo hincha de Boca por “El abuelo de la esquina”. Así le decía a un vecino de pelo blanco y cara curtida que le había regalado una camiseta de lana de la Juventus. En ese sentido, mi viejo fue un marginal. Si siete de cada diez personas se hacen hinchas de un club por mandato paterno, él se había quedado afuera. De ese y de otros cariños.

La primera vez que fui a la Bombonera tenía once años. Fue el 12 de marzo de 2000. Lo había pedido como regalo de cumpleaños. Mi viejo, como dicta una regla futbolera no escrita, me llevó a un partido “tranquilo”. Boca-Argentinos Juniors. Ganamos 1-0 con un gol de cabeza de Alfredo Moreno. A los pocos días, el Chango le metió cinco goles a Blooming por la Copa Libertadores. Pero ese gol no lo vi desde la segunda bandeja del Riachuelo, porque fue abajo del travesaño, casi en la línea del arco. Lo de menos. Estaba impactado por el olor a meo en las escaleras, por la inmensidad del verde, por la multitud, por la cabeza de león de Maradona asomándose desde su palco. Por mis lágrimas.
La última vez lo llevé yo a la Bombonera. Fue el 27 de abril de 2014. El día anterior había cumplido 58 años. Mi regalo. Fuimos viajando. Lo hice correr desde Plaza de Mayo porque el tránsito era peor que caminar. Le ganamos 4-2 a Arsenal. Anteúltimo partido de Riquelme en el patio de su casa, su último gol. La degeneración cognitiva ya había avanzado lo suficiente como para que, al final del primer tiempo, me preguntara: “¿Para qué lado ataca Boca?”. Ese día lo cuidé como si fuese mi hijo. Que no se me escapara entre los hinchas, que no se perdiera en un acceso. Al día siguiente le conté a un amigo de humor ácido que habíamos ido a la cancha. “Lo llevaste engañado”, me dijo. “Sí -le respondí-, le dije que debutaba García Cambón”.

Carlos María García Cambón debutó ante River en 1974. Le metió cuatro goles. Inigualable. Cuando me gané una mochila de Deportivo Morón en un sorteo del programa de televisión “Aguante Gallo”, fuimos con mi viejo a retirarla a un local-set de Castelar. Estaba como invitado el entrenador de Morón, que en ese entonces era Mané Ponce. Y que había sido un gran puntero derecho de Boca a finales de los 60, principios de los 70. O sea, la niñez y la adolescencia de mi viejo. Le estrechó la mano, le palmeó la espalda y sonrió levantando el bigote y mostrando los dientes. Reaccionó igual cuando vio a Houseman. Volvía a ser un pibe. Acompañaba el saludo con una arenga: “¡René, viejo y peludo!”. Y, a los minutos, volvía a ser un hombre de pocas palabras.

Hoy es 26 de abril. Cumple 64 años. Sí, enfermó muy joven. Y hoy también cumple años Bianchi. Siempre me lo recordaba. “Qué grande, Carlitos Bianchi”. El año pasado le mandé un feliz cumpleaños por WhatsApp. Quizá porque mi viejo ya no podía responderme. Recibí un audio: “Hola, qué tal, Roberto. Te agradezco mucho tus deseos. Felicidades, Carlos”.

Camisetas de la Fiorentina y la Roma, porque ante todo el calcio. Partidos con sus compañeros de trabajo. Un casete con la grabación de la final Italia-Alemania del Mundial España 82 con los relatos de Víctor Hugo. Peleas en las canchitas. Pelotas de las promociones de Olé y Esso. La colección completa de la revista Un Caño. El dinero para el primer año en la escuela de periodismo deportivo. Además de Boca, mi viejo me dio mucho más en relación al fútbol. Todavía no tuve un hijo. Pero tengo a Mateo, mi sobrino, una relación más relajada. Mateo ya fue por primera vez a la Bombonera. A los dos años. Boca-Banfield, 29 de marzo de 2019. Ganamos 2-0. Fuimos con los padres, también bosteros.

Algún día, si se enamora del fútbol, preguntará por su primera vez en una cancha. Guardo la foto con él a upa en la tercera bandeja de la Bombonera que da a Casa Amarilla. Porque la memoria es traicionera y, también, nunca se sabe cuándo se puede perder. Casi como un partido.

sábado, 16 de mayo de 2015

Entretiempo

Es el comienzo del fin de la posibilidad de perder con River y llorar en La Bombonera.
Los jugadores ya están en su campo. Los ojos llorosos, las caras hinchadas, las espaldas quemadas. Bengala y gas pimienta. Socios del club y policías. De pronto, un canoso de traje y corbata corre con otros detrás: es el presidente Rodolfo D'Onofrio. Arriba de las cabezas, sube y baja un dron con un fantasma de la B. Leonardo Pisculichi le tira un pelotazo para bajarlo. Le erra. Hay dos barras bravas en el estadio, una en cada bandeja media. Ha pasado un primer tiempo en el que Boca se dedicó a tirar envíos de guión: de Guillermo Burdisso y Daniel Díaz a Cristian Pavón y Federico Carrizo, con Fernando Gago con el llanto y la queja a flor de piel, con Pablo Pérez tirándose con los pies para adelante cuando el árbitro ya había cobrado falta. La respuesta a las patadas y a las faltas de River en el Monumental son patadas y faltas. Boca pierde uno a cero, y antes de que la manga sea nuestro Vietnam, en general, se hablaba en las tribunas de por qué Nicolás Lodeiro en el banco, de cómo entrarle a las gallinas, de qué debía cambiar el entrenador Rodolfo Arruabarrena. 
Al pedo. Porque la histeria de la trilogía de superclásicos llega al colmo.
En el banco apantallan a Leonardo Ponzio. El equipo de Boca hace el acting: los jugadores se mueven, pican, se posicionan. Roger Bello, el carcamán de la Conmebol, entra en la escena de circo para decidir si continúa el partido. A su lado, el hombre de la chalina blanca: Jorge Antico, el gerente de Torneos y Competencias, la productora dueña del show televisivo de la Copa Libertadores. Los hinchas, de a poco, enfilan para la salida. Antes, incluso, de que la voz del estadio anuncie la suspensión. Sentido común. Abajo hay más policías, bomberos, seguridad privada, más dirigentes. Por el borde cercano a la platea camina el vicepresidente segundo Juan Carlos Crespi, la campera de cuero de Tony Soprano. Todo menos un partido de fútbol. Pasan los minutos. El presidente Daniel Angelici se refugia en la manga. Si sale, lo putea la cancha. Menos la barra brava. 
La delegación de River intenta salir por el túnel hacia el vestuario visitante. Botellazos desde la platea de copetudos, desde el lugar de los tipos que pagan miles de pesos. Los imitadores de barrabravas. El hincha es lo más sano del fútbol. 
Ahora, mientras escribo, leo un zócalo en el programa Estudio Fútbol: "¿La vergüenza más grande del fútbol argentino?”. ¿Las muertes en el fútbol argentino? La hipocresía y la exageración de la prensa que, después, se lava las manos.
Como los futbolistas. Arruabarrena sale junto a Marcelo Gallardo y los jugadores de River esquivando las botellas. Sus dirigidos le dan la espalda. Agustín Orion, el Capitán Escarlata de Angelici, pega un par de gritos y el plantel saluda a La Doce. No a los cuatro costados. Gago y Orion. Los referentes post Juan Román Riquelme. Los que se deglutieron a Carlos Bianchi. El jugador es lo más sano del fútbol.
Nos quitamos hasta la experiencia del dolor. “El fútbol siempre da revancha -dijo el escritor bostero Sergio Olguín-. La estupidez no”.

Foto: Mariano Vega.

martes, 24 de marzo de 2015

Enterrar

-Parrottino te mato.

Pablo se descolgó de la persiana de metal del estacionamiento, la agitó sin demasiada fuerza, giró y quedó de frente al escudo de Boca que iluminaba la noche de azul y amarillo. En el medio, yo, y lo que me dijo: una sentencia nerviosa de corrido: parrottinotemato. 

Salió disparado por la calle Brandsen. Le preguntó a un pibe que se asomaba desde La Glorieta de Quique si el hombre que cuidaba los autos se había ido. Con sus palabras, casi que lo mandó a que se fijara si seguía adentro del galpón, acariciando al perro, escondido en la oscuridad del tinglado en el que guardan los autos los días de partido los empleados de Boca. Miró desde la vereda. Y no: se había rajado.

Pablo trabaja ahora como jefe de prensa del club. Hace dos años me editaba notas en el diario. Cuando terminó el partido con Defensa y Justicia y bajé a escribir al departamento de prensa, me dijo que dejara la notebook a un costado, que me sentara en su computadora. Sus compañeros se empezaron a ir mientras escribía la nota. Tardaba. Tuve que dejar unos minutos la compu para que subieran un video al canal oficial de Boca en YouTube. No es excusa. Me gusta tomarme mi tiempo. Chequear y rechequear. Agregar una palabra, citar, cortar una frase, darle un rulo al final. Cuando hay margen, soy lento. “No te la puedo creer. Otra vez me estás enterrando, Parrotta”, me jodió, y me sacó una foto sentado en el escritorio. Se la envió por WhatsApp al editor que esperaba mi texto en la redacción. “Que se apure o pego un cable de Télam”, le respondió. Enterrar, en el argot del periodismo gráfico, es la acción de tardar más de la cuenta, de sobrepasarse de la hora de cierre. Pensé que lo tendría que enterrar de verdad cuando lo escuché decir que había quedado guardado en la guantera del auto el pasaporte -y la valija en el baúl-, y que en siete horas volaba a Venezuela junto al equipo. Pablo traspiraba, hacía y recibía llamados, traspiraba más, caminaba ya por los pasillos de La Bombonera, volvía al hall, pasaba por el costado del busto de Camilo Cichero. Ensayó, en vano, una técnica de respiración oriental. Imaginó al viejo cuidacoches empinando un vaso de vino tinto en un tugurio de La Boca. Era sábado a la noche. Se intuyó explicándole a uno y a otro por qué se perdía la primera salida al exterior con Boca.

Pasó una hora. O más. Un último llamado lo calmó un poco. Igual iba y venía. Se asomó por la puerta tres, al costado de las ventanillas de Cobranzas y, entonces, vio venir a paso firme por el pasaje Juan de Dios Filiberto a Silvestre, el capataz del estadio que vive a tres cuadras, un señor de unos cincuenta y tantos, corpulento, canoso, con ropa de trabajo Pampero.

-Estaba leyendo el diario. No hay problema.

Silvestre nos condujo al cuarto de maestranza y abrió una cajita amurada a la pared en la que, nos contó, se guardan las copias de las llaves de La Bombonera. En el fondo, estaba maravillado por conocer un lugar secreto de la cancha: soy bostero. Pero era ahora el cofre de la felicidad. “Vamos a probar si andan, porque las hice hace poco”. Pablo pensó que sí, que podía pasar que se trabaran en las rendijas porque justo ese día había bajado para plastificar el cartelito que coloca en el parabrisas e identifica de quién es el auto, porque justo ese día le había caído yo y se había ofrecido a bancarme, porque por diez putos minutos, por mala suerte, según nos contó el guardia de seguridad del hall, habíamos perdido al viejo del estacionamiento. Pensé que qué bueno que el club tenga empleados que vivan cerca de la cancha; y pensé esto: no hay nada más lúgubre que La Bombonera de noche después de un partido: papeles que se aspiran, luces que se apagan, gritos que se alejan. La desolación. El vacío después del lleno.  

Cruzamos. La puerta abrió. Feliz domingo.

En el camino de vuelta, arriba del auto, sólo hablamos de lo que había pasado. “Me sentí un hijo de puta, Pablín, el peor del mundo”, le comenté. “Tendrías que haber visto tu carita en el hall”, me sorprendió. ¿Era yo el que lo miraba a él o al revés? Todavía resuena en mi cabeza: Parrottino te mato: parrottinotemato. 

Porque si había un entierro, había una muerte.

domingo, 8 de febrero de 2015

Esto es Boca

-¿Qué es y qué cabe en la frase “Esto es Boca”?
-Boca es el equipo que se agranda en las malas, el que prefiere jugar de visitante. Al que le echan un jugador y se agranda. Es la pasión mezclada con la habilidad, porque históricamente Boca ha tenido grandes habilidosos. Boca aplaude el caño de Riquelme y también la patada de Krupoviesa. Es esa combinación. Es el aguante, no entendido como la tradición de los últimos años, vinculada a cierta militancia con los grupos de rock, sino el aguante, la idea de esperar al ídolo caído, el famoso “los goles que ya van a venir”, que le cantaban a Saturno, que nunca hizo un puto gol en Boca y le aplaudían la bicicleta. Es esperar hasta que se vaya Bianchi, no echarlo. Es esa cosa cargada de dramatismo que implica dar vuelta un resultado. Me acuerdo de una crónica de Osvaldo Ardizzone del ‘78, previa al Mundial, de un Boca-Chacarita que se jugó un viernes. Boca iba perdiendo 3-1 y lo dio vuelta en los últimos 15 minutos y lo ganó 4-3. La última parte empezaba así: “Los suizos nunca supieron del terror que podía despertar un reloj. La agarra Lacava Schell, las medias caídas, se la pasa…”. Tenía una carga dramática. Me acuerdo de ese partido porque el de los viernes lo transmitían. Y no me acuerdo casi imágenes, pero tengo grabada la crónica. Y eso era Boca. Ese dramatismo. Esos triunfos afuera. Ganarle al Real Madrid cuando era el equipo más importante del mundo. Y ganarle como le ganó. Tocándola, con Riquelme en su mejor momento. Esas cosas son las que más se relacionan con ser de Boca.

"Boca aplaude el caño de Román y la patada de Krupoviesa", 
Sergio Olguín, 
Tiempo Argentino, 
2015

martes, 27 de enero de 2015

El poder de Riquelme

Román tiene once hermanos. Es el hijo mayor de la familia Riquelme. Ernesto -Cacho, o Piturro para los íntimos, por aquel personaje pícaro de la historieta cordobesa de Julio Olivera- es el padre exigente.
"Román no era de hablar mucho. Era como ahora: cuando no le gusta algo sí que habla y después no. Hoy habla un poco más porque tiene que hablar un poquito más, pero siempre fue así", cuenta Cacho, y revela características que su primogénito aplica no solo al momento de hablar, sino al moverse en la vida. "Las cosas que sentía que estaban mal las decía. Y Boca es Boca. Ahí es distinto a todo. Después fue a Europa y ahí tuvo que hablar por contrato. Cuando vos decís las cosas que pensás, esté mal o esté bien, y sea contrario a la gente poderosa, no les gusta. Pasa en todo ámbito. A veces no podés hablar porque si no te meten un voleo en el orto. A veces uno tiene que callarse. Pero él nunca se calló lo que piensa".
El poder de la villa es el Topo Gigio que le hizo en 2001 a Mauricio Macri, entonces el presidente de Boca, hoy el alcalde de Buenos Aires, en una Bombonera ardiente: las manos detrás de las orejas para que el niño rico escuche desde el palco vidriado. El poder del crack es asistir a Martín Palermo para el gol récord, el 219, el que lo convirtió en el goleador histórico del club, y eludir el abrazo del festejo para marcar que él no pacta con La Doce, la barra brava. El poder del ídolo es inclinar La Bombonera a su favor y en contra de Diego Maradona. El poder de su juego es apuntarle a Héctor Veira que no jugaría de "carrilero". El poder de su figura es que la presidenta Cristina Fernández diga, minutos después de ser reelegida en 2011, que estaba feliz como Riquelme.
El poder también fueron las decisiones del corazón: en 1996, después de un par de pruebas truncas, le dijo a Marcos Franchi, su representante, que a pesar de que River le ofrecía más del doble de dinero que Boca, no podía aceptarlo porque no entraba a la casa. Dijo lo que pensaba y, al final, el 10 de noviembre de aquel año debutó con la camiseta azul y amarilla ante Unión de Santa Fe con la ocho en la espalda. Fue dos a cero, y el segundo lo metió el Negro Fernando Cáceres después de un pase-gol de Riquelme. Ese día, La Bombonera coreó su apellido dos veces durante el partido. Fernando Pacini, el periodista del campo de juego, lo entrevistó.
-Riquelme, ¿qué se siente? La primera vez que jugás en esta cancha, ovacionado…
-No, no es la primera. Jugué en Reserva. Pero esto es impresionante, no se puede creer... La verdad que es un sueño.
-No lo podés creer, ¿no?
-No, no, es algo impresionante.
-Jugaste un partido bárbaro.
-Ah, pregúntenle eso al técnico.

sábado, 27 de diciembre de 2014

La Bombonera

"Fricia dice que hoy no tiene sentido hacer una cancha como se hizo la Bombonera en 1940. Es como volver a hacer el Coliseo de Roma con los mismos materiales y el mismo régimen de mano de obra con que se construyó hace casi dos mil años: inviable. Los datos surgen de la Bombonera como ráfagas de ficción. La distancia entre los bordes de las cabeceras más altas es de 180 metros y la altura es de 32 metros. Está clavada sobre 72 pilotes de 12 metros de profundidad, unas raíces monstruosas de hormigón que se hunden en la antigüedad de la tierra. Las juntas de dilatación oscilan 6 centímetros cuando los hinchas saltan sobre las tribunas, que no sufren porque el coeficiente de seguridad con que fueron hechas es casi el doble del que se utiliza en la construcción actual. Hubo una prueba de fuego el 16 de diciembre de 1962, cuando Boca dio su enésima vuelta olímpica en un partido contra Estudiantes de La Plata. Ese día entraron 83 mil personas (el doble de las que se permite entrar hoy), la mayoría acomodadas en parejas, de perfil, dándose la cara como bailarines a la espera que suene el tango.
Pero el alma arquitectónica de la Bombonera, según Gagliardo, se ve en sus 61 pórticos. Vistos en corte, son las 'costillas' que sostienen el estadio, y no todas son iguales. Cada uno -imaginemos que estamos dibujando a mano alzada ese corte- tiene un perímetro de más de cien metros. En el plano sobresale la belleza barroca de la composición. Obligados por Sulčič y sus socios a responder a la presión del terreno, insuficiente para los propósitos de gigantismo que perseguía el estadio, encontraron en la necesidad de ir hacia arriba la posibilidad de ir hacia el arte. Los tres niveles de las tribunas, que los hinchas llamamos bandejas, y quienes las construyeron llaman 'escamas', tienen la magia de la asimetría.
La ligera inclinación de la tribuna baja se agrava en la tribuna media y llega a los 44º en la tercera, un ángulo de vértigo por el que el espectador no alcanza a saber si lo que está experimentando es un ascenso, una caída o un suspenso insoportable entre ambos peligros. Lo que sostiene esas plataformas volátiles es lo que los arquitectos llaman solicitación de carga combinada, lo que hace que el esfuerzo de la estructura funcione a diferentes niveles según la cancha esté vacía o llena. La máxima expresión de ese recurso, por el que la física alcanza estatus de milagro, no está en la Bombonera sino a pocos metros, en el trampolín de la pileta, una pieza entera de hormigón, curva, por la que el ingeniero Delpini -que hizo del hormigón un mundo que podía competir con la eternidad y le dio posteridad a su nombre- creyó llegar a la perfección".

Con el corazón en la Boca, La Bombonera: intimidad del mundo exterior, Juan Becerra, Aguilar, 2014

domingo, 10 de agosto de 2014

Sombras

A la altura de Don Torcuato, el flaco con colitas cubanas en el pelo esperaba a un costado de la Panamericana la llegada del Volkswagen Carat. Martín Tradito le abrió la puerta a Juan Román Riquelme. Camino a Juan Agustín García y Boyacá, el lugar en el jugaban las inferiores de Argentinos, Tradito escuchó el susurro que salía del asiento del acompañante: “Que me quede un ratiiito más”. No lo comprendió hasta el día que Román se subió y colocó en el pasacassette Boquita de caramelo (1995), del grupo de cumbia Sombras. En el lado B, Daniel Agostini cantaba “Porque yo”: “Tu me pides que me quede un ratito más/no puedo, no puedo, no, no/Como un juego comenzó/esta historia de amor/y me ayudaste a soportar mi dolor”. 
En el supermercado La Horqueta de Boulogne, donde ahora trabaja, Tradito cuenta.
-Román fue el primero en escuchar a Sombras entre los pibes. Mi viejo me prestaba el auto para ir a entrenar. Él era el único que lo conocía. Y cantaba, y entre que no hablaba mucho, no se le entendía un carajo.
El 24 de agosto de 1997 Riquelme y Martín recordaron a Sombras después del partido. Boca, el equipo de Román, le ganó cuatro a dos a Argentinos en La Bombonera. Tradito entró en el segundo tiempo en el Bicho. Fueron los primeros de la categoría 1978 que debutaron en Primera.

viernes, 20 de diciembre de 2013

El pase

"A mi hermano le gusta mucho el fútbol, y cada vez que termina el partido hablo mucho con él. Vemos el fútbol bastante parecido. Por ejemplo, él se enojó conmigo porque le di el pase a Escalante, y él me decía que la tenía que seguir yo y pegarle al arco. Sé que tomo decisiones equivocadas, pero si mis compañeros están en una mejor posición debo pasarles la pelota. Él se enoja porque yo disfruto más del pase para que el delantero haga el gol". Juan Román Riquelme

jueves, 21 de febrero de 2013

Detrás de Roma

Es un tema recurrente, explorado, quizá un tanto obvio, pero no por todo eso menos potente: el vínculo entre un padre y un hijo a través del prisma que nos ofrece el fútbol. Acá va un ejemplo, de mi amigo Ale Wall en Tiempo Argentino, y otro de Nahuel Gallotta publicado en la sección Mundos Íntimos de Clarín. La muerte de Antonio Roma, uno de los grandes arqueros de la historia bostera, me trajo el siguiente: en el último partido de Boca de 2012, frente a Godoy Cruz en La Bombonera, el club lo homenajeó. Ese día se cumplían cincuenta años de la atajada. Roma se apareció en la cancha. Por delante iba su panzota. Tenía el pelo blanco y una camisa negra: conservaba la facha, el porte de Tarzán. Lo veíamos, con mi viejo, desde la platea para periodistas. Sobraba una credencial en el diario y me pareció piola invitarlo. Al fin y al cabo, él me había llevado por primera vez allí, aquel uno a cero a Argentinos con el gol de Alfredo Moreno, acaso mi regalo del cumpleaños de once, y ahora yo, así, se lo agradecía. Llegamos a nuestras ubicaciones. Saqué el papel para los apuntes, coloqué el celular con el cronómetro en cero y me calcé los auriculares. Él miraba asombrado. Habíamos bajado a la puerta del vestuario y había visto al Flaco Schiavi, que jugaría su partido de despedida con la camiseta azul y amarilla. En la radio, de repente, Walter Saavedra anunció que iban a pasar el relato de Bernardino Veiga del penal tapado a Délem contra River en 1962. Le pasé un auricular. Era el relator que escuchaba mi papá de chico. Roma se ubicó en el arco. No pegaba saltos, no era un Godzilla suelto en La Boca, no era un clásico: era un abuelo que, dispuesto, afable, posaba para los fotógrafos y saludaba. Fueron unos segundos, la voz de Bernardino en nuestros oídos y corazones, en los que validé la felicidad que, sin pedir nada a cambio, gratis, nos regala la condición de ser hinchas. De ser padres. De ser hijos.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Román

Ese domingo estaba en una calle empedrada de Banfield.
A la sombra de algunos árboles.
Era noviembre.
Tenía siete años.
Mi abuela había sido derivada a una clínica de ese mundo desconocido.
Mi mamá, con ella.
Y yo con mi viejo, en la vereda, escuchando Boca-Unión por la radio.
Le pregunté: "Pa, ¿es el Riquelme de Videomatch?".
Muchas cosas cambiaron.
La magia de Román, no.