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miércoles, 3 de febrero de 2021

Stephen King, periodista deportivo

Gould me recibió con una mezcla de recelo e interés. Dijo que, si yo no tenía inconveniente, nos pondríamos mutuamente a prueba.

Como estaba lejos de los despachos del instituto, apelé a cierto grado de sinceridad y le dije al señor Gould que no sabía mucho de deporte. Él contestó:

—Piensa que la gente va al bar, se emborracha y entiende los partidos. Sólo tienes que esforzarte un poco.

Acto seguido me entregó un rollo enorme de papel amarillo para escribir a máquina las crónicas (me parece que sigo teniéndolo) y prometió pagarme medio centavo por palabra. Era la primera vez que me ofrecían dinero a cambio de escribir.

Los primeros dos artículos que presenté versaban sobre un partido de baloncesto en cuyo transcurso un jugador del instituto había superado el 35 récord de puntos del centro. Uno era la típica crónica, y el otro un apunte sobre el partido que había hecho Robert Ransom, el detentor del nuevo récord. Le llevé los dos a Gould el día después del partido, para que pudiera tenerlos el viernes (que era el día en que se publicaba el semanario).

Gould leyó la crónica, corrigió dos detalles y la descartó. Después, bolígrafo en ristre (grande y negro), acometió la lectura del articulito de fondo.

Los dos años que faltaban para acabar el instituto me depararían muchas clases de literatura, y la facultad muchas de narrativa y poesía, pero aprendí mas en diez minutos con John Gould.

Ojalá conservara el artículo, porque merecería enmarcarse con las correcciones, pero guardo un recuerdo bastante claro del texto y de su aspecto después de que Gould lo hubiera repasado con el bolígrafo negro. He aquí un ejemplo:

Anoche, en el popular gimnasio del instituto de Lisbon, la hinchada local y la de Jay Hills reaccionaron con el mismo asombro ante una proeza deportiva sin parangón en la historia del centro. Bob Ransom, cuya estatura y puntería le han granjeado el apodo de «Bob, el Bala», marcó treinta y siete puntos. No, no han ustedes leído mal. Lo hizo, además, con elegancia, rapidez... y una educación poco frecuente, que se tradujo en dos únicas personales en toda su búsqueda caballeresca de un récord que no se había roto en Lisbon desde los años de Corea... (1953)

Al llegar a «los años de Corea», Gould interrumpió la lectura y me miró.

—¿De qué año era el último récord? —preguntó.

Suerte que yo tenía mis apuntes.

—De 1953 —contesté.

Gould gruñó y siguió corrigiendo. Cuando terminó de marcar el texto tal como aparece encima de estas líneas, levantó la cabeza y vio algo en mi cara. Debí de parecerle horrorizado, pero estaba en éxtasis. Pensé: ¿por qué no hacen lo mismo los profesores de lengua? Era como el «hombre visible» que tenía Diehl en su mesa del aula de biología.

—Oye, que sólo quito lo que está mal, ¿eh? —dijo Gould—. En general es muy correcto.

—Ya —dije yo, refiriéndome a las dos cosas: a que en general era muy correcto y a que sólo quitaba lo que estaba mal—. No se repetirá.

Él rió.

—Pues entonces nunca tendrás que ganarte la vida trabajando. Podrás dedicarte a esto. ¿Quieres que te explique alguna de las correcciones?

—No —dije yo.

—Escribir una historia es contársela uno mismo —dijo él—. Cuando reescribes, lo principal es quitar todo lo que no sea la historia.

El día en que presenté mis primeros dos artículos, Gould dijo otra cosa interesante: que hay que escribir con la puerta cerrada y reescribir con la puerta abierta. Dicho de otra manera: al principio sólo escribes para ti, pero después sale afuera. Cuando ya tienes clara la historia y la has contado bien (al menos dentro de tus posibilidades), pertenece a cualquier persona que quiera leerla. O criticarla. Si tienes mucha suerte (ahora es una idea mía, no de John Gould, pero creo que él habría suscrito el concepto), serán mayoría los que prefieran lo primero a lo segundo.

Cuando Stephen King fue periodista deportivo en el Weekly Enterprise de Lisbon Falls. Lo cuenta en Mientras escribo (2000).

jueves, 14 de mayo de 2020

Kid Charol

En la Argentina, en la era de afianzamiento del boxeo, murió un ídolo popular: el cubano Esteban Gallard. Kid Charol, notable bailarín de charlestón, bohemio y amante de la noche, falleció en la madrugada del 7 de octubre de 1929, en el hospital Ramos Mejía, a los 28 años. Amigo de Gardel, a quien cruzaba en el Lincoln Boxing Club, fue el mejor extranjero en el país. Con 49 triunfos (35 por nocaut), Kid Charol, que de niño trabajó de jornalero azucarero en su pueblo de Sagua la Grande, había vencido en 1926 al estadounidense Larry Estridge en La Habana. El título mundial de los medianos era suyo, pero sólo “de raza negra”. Conocía la discriminación: eligió partir a Sudamérica antes que al Sur racista de los Estados Unidos. Enfermo, escapó del hospital por sus innumerables deudas. Cinco meses antes de su muerte, en el Parque Romano, protagonizó “la pelea más técnica” y “extraordinaria de boxeo-esencia” , como escribió Félix Daniel Frascara en El Gráfico. Fue empate ante el consagrado estadounidense Dave Shade, que gozaba de otra ventaja: su mayor peso. Esteban Gallard, Kid Charol, opacado en Cuba por los campeones Kid Chocolate y Kid Gavilán, no pudo con su tuberculosis, lenta y progresiva, pero dejó una marca en la historia del boxeo argentino.

martes, 12 de mayo de 2020

El bosque de los triperos

(...)

El Club de Gimnasia y Esgrima La Plata, el más antiguo de América, fue fundado el 3 de junio de 1887, solo cinco años después de que empezara a construirse la propia ciudad de La Plata por un grupo de funcionarios y comerciantes, gente acomodada y respetuosa del orden. Uno de ellos era Ramón Lorenzo Falcón, el más siniestro jefe de policía que tuvo Buenos Aires, asesinado en 1909 por un anarquista y reasesinado en 2018 con una bomba anarquista en su tumba de la Recoleta, lo cual da idea de su fama.

Al principio, la institución se mantuvo ajena al fútbol, un juego que por esa época empezaban a importar profesores y ferroviarios británicos. Pero el fútbol se hizo rápidamente popular. En 1903, el Gimnasia y Esgrima contaba ya con dos equipos. Un cuarto de siglo después, la masiva inmigración europea se había hecho con el club. Eran tipos rudos, obreros, peones, muchos de ellos empleados en los frigoríficos cárnicos de Berisso, de ahí que les llamaran triperos. El proletariado de la zona prefirió en general el blanquiazul del Gimnasia al rojiblanco del otro club de la ciudad, el Estudiantes (llamados pincharratas, aunque hoy siguen siendo considerados más chetos o elitistas), y así quedaron las cosas. Para los triperos, el Gimnasia es el equipo del pueblo llano. El que sabe sufrir. El que no se rinde.

(...)

Maradona se estrena como director técnico del Gimnasia y Esgrima el domingo 15 de septiembre frente a uno de sus antiguos equipos, el Racing de Avellaneda. Es la locura. En el pequeño estadio El Bosque, oficialmente llamado Juan Carmelo Zerillo (farmacéutico y presidente del club hace un siglo), no cabe ni un aficionado más. Se trata de una construcción de 1924, de aire modernista, con instalaciones polideportivas (piscina semiolímpica, canchas de tenis, sala de boxeo) y unas peculiares gradas montadas sobre una estructura metálica que permiten acoger a 25.000 personas. Cuando está vacío, El Bosque, con su jardín y su exterior arbolado, resulta casi bucólico. El 15 de septiembre de 2019 es una olla a presión. Hay cámaras de todo el mundo. Incluso la directiva del Estudiantes, el gran rival, se siente obligada a enviar una delegación para rendir pleitesía al ídolo.

(...)

La gente del Gimnasia no cae en el desaliento. A esta hinchada se la llama La 22 porque tuvo como jefe espiritual al Loco Fierro, de nombre real Gustavo Amuchástegui, muerto en 1991 por disparos de la policía de Rosario. El loco en la baraja del tarot se asocia al número 22. La 22 ha protagonizado acontecimientos telúricos (el 5 de abril de 1992, un gol contra el Estudiantes fue festejado con tanta pasión que el Observatorio de la Universidad de La Plata registró un leve movimiento sísmico), hazañas discutibles (en 2013 celebró el ascenso quemando una gigantesca bandera de 100 metros robada a los rivales del Estudiantes) e incontables peleas callejeras. Para la Filial Maradona, cada partido empieza temprano, con un asado en un predio de Los Hornos, un barrio popular de La Plata, regado con abundante alcohol; las calles se cortan y los autobuses urbanos desvían su recorrido. “Llegamos ya calientes a El Bosque”, comenta Nano Oliver, jefe de la filial. “A veces hacemos cosas que no deberíamos hacer, pero son cosas que forman parte del folclore del fútbol”, se disculpa.

(...)

Enric González, en La última cruzada del rey Diego

Fotos: Delfina Corti.

viernes, 4 de octubre de 2019

Vivir no es mostrarnos

Mire, yo soy un tipo sin currículum. Porque desdeño todas las palabrejas de esa laya, que han puesto de moda los realizados, y porque me parece que es de bobos mostrar currículum en esta vida donde el currículum de todos se reduce al día en que nacemos y al día en que morimos. Lo que hacemos o dejamos de hacer entre esas dos fechas, es absolutamente intrascendente. Es vivir y nada más, según cada cual nació. Solamente es trascendente para los hombres vanidosos que suponen que el hombre es trascendente.
El hombre vale o no vale. Vale, si hace lo que tiene que hacer en la vida y no dice nada de sí mismo, como sentencia don Atahualpa Yupanqui. Y no vale, cuando a pesar de ser un genio en alguna cosa es el primero en proclamarlo, como un pavo real se proclama el más hermoso y colorido entre los pavos. Y yo le tengo miedo a los pavos. Mucho más que a los sinvergüenzas.
Le tengo mucho miedo a los hombres que denuncian en la ropa, en el pelo o en la piel, que ocupan mucho tiempo de cada día frente al espejo. Desconfío de los que tienen que "sudar mucho" para hacer algo bien.
Todo es importante, nada es importante.
Entre un decente y un millón de importantes, deme un decente que nunca hable de sí mismo y que no tenga currículum.
Vivir no es mostrarnos. Vivir es estar muy solos y sentirnos muy vivientes, porque sentimos por muchos. Para mostrarnos basta la muerte, que es cuando nos vienen a ver los que quieren ser vistos.
Hacen más daño diez pavos que un terrorista con una bomba y una ametralladora.
Piense cómo cambian las modas, y calcule cuántos hay.

sábado, 11 de mayo de 2019

Periodistas II

No existe lo que se llama periodismo independiente, a menos que se trate de un periódico de una pequeña villa rural. Ustedes lo saben y yo lo sé. No hay ni uno solo entre nosotros que ose expresar por escrito su honrada opinión, pero, si lo hiciera, sabe perfectamente que nuestro escrito no sería nunca publicado.
Me pagan 150 dólares semanales para que no publique mi honrada opinión en el periódico en el cual he trabajado tantos años. Muchos, entre nosotros, reciben salarios parecidos por un trabajo igual al mío. Y si uno cualquiera de nosotros estuviera lo suficientemente loco para escribir su honrada opinión se encontraría en medio de la calle buscando un empleo cualquiera, exceptuando el de periodista.
El oficio de periodista en Nueva York, y yo creo que en todas partes, consiste en destruir la verdad, mentir claramente, pervertir, envilecer, arrojarse a los pies de Mammón, vender su propia raza y su patria para asegurarse el pan cotidiano.
Ustedes lo saben y yo lo sé; así pues, ¿a qué viene esta locura de brindar por la salud de un periodismo independiente?
Somos las herramientas y los lacayos de unos hombres extraordinariamente ricos que permanecen entre bambalinas. Somos unas marionetas; ellos tiran de los hilos y nosotros bailamos al son que ellos quieren.
Nuestros talentos, nuestras posibilidades y nuestras vidas, son propiedad de otros hombres. Somos unas prostitutas espirituales.
John Swinton, redactor jefe de The New York Times entre 1860 y 1870, en una cena en su honor brindada por el gremio de prensa en 1880

sábado, 9 de marzo de 2019

Leer

Hay que leer a otros escritores para ver cómo lo hacen (cómo evitan la manipulación abierta), o leer libros sobre el arte de escribir –hasta los peores pueden ser de cierta utilidad, y sobre todo, hay que escribir, escribir y escribir. Antes de abandonar este tema permítaseme añadir que cuando el joven novelista lea libros de otros escritores, debe hacerlo no como lo haría el universitario especializado en literatura, sino como lo haría un novelista. El primero estudia la obra para comprender y valorar su significado, para ver de qué forma se relaciona con otras obras de su época, etcétera. El joven escritor debe leer tratando de averiguar cómo lo hace el autor para crear los efectos que consigue, de captar sus procedimientos, incluso pensando qué habría hecho él en la misma situación y si su manera de hacerlo habría dado mejor o peor resultado y por qué. Tiene que leer con la misma actitud que el arquitecto novel al mirar un edificio, que el estudiante de medicina al presenciar una operación, con devoción y espíritu crítico al mismo tiempo, deseando aprender de un maestro y atento a cualquier error posible.

Para ser novelista, John Gardner, 1983

viernes, 14 de septiembre de 2018

Su lloriqueo de eternos inocentes

Esos pibes no sienten nada
No sienten que se pueden morir
y nada por vos
Indio Solari

"Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes".

Antonio Gramsci, en el número único del diario La città futura, 11 de febrero de 1917

lunes, 6 de agosto de 2018

El arma

"Los medios de comunicación no son el cuarto poder. Son el arma fundamental de los poderosos del mundo. Hay que tomar en cuenta, por ejemplo, que desapareció el Mercosur y en meses estaba Barack Obama mirando el petróleo y le tocaron el hombro y le dijeron: 'Mirá lo que está pasando acá. Acá también hay agua...'. Los americanos, dicen, aprenden geografía invadiendo. En la mentalidad de un artista popular, tengo mi paranoia. Creo que por más que uno sea paranoico, puede ser que te estén siguiendo, ¿no? Y un poco la idea que tengo es que, cuando hay en el sur tierras y terratenientes americanos, son la excusa que necesitan siempre para mandar a los marines. El día que un grupo de gente vaya a entrar a esos campos y qué se yo, van a decir: 'Para proteger a nuestros ciudadanos en el exterior, acá están nuestros gloriosos Green Beret'. Entonces los medios de comunicación han sido el arma que han tenido. Las empresas de prensa que hay en toda Latinoamérica han sido las que han volteado los gobiernos, la prensa hegemónica, como la llaman ahora, los medios más importantes, llamémosle. Por eso también agrego, para no implicar una dimensión de ese tipo, esta necesidad que tengo de que siga existiendo otra voz, una voz disonante".

Indio Solari, acá, 2 de agosto de 2018

miércoles, 11 de julio de 2018

Un partido

Fuente: James Montague.
"Los partidos, cada partido de fútbol, es un relato, es un cuento, es una historia. Es la mejor manera de dar cuenta de lo que pasa. Si vos tenés que explicarle a alguien que no tiene la más puta idea de qué es el fútbol, se lo contás como un cuento: jugaba este contra este, este tenía estas posibilidades pero pasó esto, y en un minuto pasó esto, y después esto y después aquello y lo que iba a ser una fiesta, una comedia, terminó en una tragedia. Y este que iba a ser el héroe, lo echaron. Es un cuento. Por eso la estadística, todo el boludeo de los porcentajes... Hay dos partidos mellizos, según la estadística, con el mismo desenlace, cantidad de pateadores al arco, goles, y los dos partidos contribuyeron al mismo resultado y por eso son partidos iguales. No. Son partidos absolutamente disímiles. Uno es el resultado pobre de alguien que mereció ganar por más y el otro es el festival del culo, alguien que se salvó y se salvó y se salvó. Un partido fue hermoso, y el otro, horrible". 

Juan Sasturain, en una entrevista con Maldita Suerte, de FM La Patriada.

sábado, 2 de junio de 2018

Profesiones irreales


"También el arte es una manera de vivir y, viviendo como sea, es posible, sin saberlo, prepararse para él; en todo lo que sea real se está más cerca, más vecino de él, que en las profesiones irreales, semiartísticas, que, mientras dan la ilusión de proximidad al arte, niegan y atacan prácticamente la existencia de todo arte: como lo hace el periodismo y casi toda la crítica, y tres cuartas partes de lo que se llama y quiere llamarse literatura. En una palabra: me alegro de que haya superado el peligro de caer en ello, y que, solitario y valeroso, se encuentre en alguna parte en medio de una ruda realidad".

En la décima y última carta de Rainer Maria Rilke a Franz Xaver Kappus, fechada el 26 de diciembre de 1908 en París, publicada en Cartas a un joven poeta (1929).

viernes, 25 de mayo de 2018

Para qué y por qué se juega al fútbol

[…]

Yo dudo que en el año 2000 el fútbol sea todavía la pasión universal que aún sigue siendo, no obstante su acentuada declinación mundial.
Pero si lo fuera, confío en que para ese entonces se haya derribado una barrera absurdamente instalada entre la concepción del hombre-social y la del hombre-deportista.
De esa barrera no vacilo en culpar, como primeros responsables, a los propios intelectuales que tanto enriquecieron la vida del espíritu humano y al mismo tiempo permitieron al hombre conocer mejor al hombre. Pero con una grave omisión: la del deporte y el deportista como fenómeno etnográfico, tan cierto y tan vigente en sus riquezas y miserias como cualquiera de los personajes que desfilan por los elencos humanos de la literatura filosófica y sociológica.
Filósofos y sociólogos han tenido y tienen al deporte y al deportista un tanto relegados en la subestimación de aquellas cosas que nos parecen hechas «para jugar».
Pero entiéndase: «para jugar»... en sentido infantil, secundario en importancia a la apasionada conversación que los mayores sostienen mientras «los chicos juegan».
Digo que hago votos por el derrumbe de aquella barrera, porque pienso que, si los hombres de cultura que han enseñado al hombre común a penetrar en la vida incluyeran en tales introducciones al deporte y al deportista, no tendríamos el curioso contrasentido que seguidamente plantearemos:
1º El deporte, y el fútbol en particular, absorben la atención pasajera o permanente de un porcentaje de población mundial como difícilmente alguna de las otras atracciones humanas alcance a hacerlo en forma separada.
2º No obstante aquella realidad —que los intelectuales sólo recuerdan para deplorarla (y les doy la razón) como rasgo regresivo del hombre a la barbarie y al circo—, el hombre común (que incluye al hombre fútbol-deporte) ha sido mucho más satisfactoriamente iluminado por la filosofía y la sociología respecto de su ubicación en sectores de la comunidad que poco frecuenta, que no de la que hace a la del deporte, que frecuenta en tercer lugar después del trabajo y del amor.
3º Es así que el hombre común permanece en un estado de ignorancia mucho mayor en fútbol, en deportes, donde frecuentemente se lo ve desubicado en su misma pasión; que no en infinidad de interpretaciones de la vida y de sí mismo, donde no discuto la importancia de ubicarlo, pero que no superan los riesgos de su falta de ubicación en esa «cosa sin mayor importancia» que es el deporte, o en fin de cuentas «el juego» (sin alusión al juego como vicio de apuestas por dinero).
Esa subestimación del hecho psíquico hombre-deporte, o su desplazamiento a la órbita de las crónicas deportivas, ha contribuido grandemente el oscurantismo en que el hombre-deporte vive aún en nuestro tiempo, como si se tratara de una pasión nueva en la humanidad. Cuando lo único realmente nuevo de esa pasión, en el mundo, es su acelerada conversión en desalmado negocio del espectáculo. Aquella subestimación de los intelectuales por los deportistas abre, a su vez, y cada vez más impunemente, el camino del negocio de la noche para los mercaderes de aquel oscurantismo que cada vez más peligrosa y vehementemente fanatiza masas, siembra ignorancia, barbarie y angustia en torno del deporte, y no tanto por la intrínseca condición pasional del deporte (¿no es pasional el amor y ofrece muchas menos lamentaciones para formularnos?) que se quiere argumentar como causal de esa psicosis colectiva del enojo que acarrea la ignorancia del «porqué» del deporte.
Mucho más que por la pasión intrínseca del deporte (digamos del fútbol más concretamente), la barbarie y lo desagradable del fútbol tiene su fuente en el hecho de que el público aún no sabe para qué y por qué se juega al fútbol. Por eso es permeable a creer que en un partido de fútbol juega «el país» o «la patria».
Eso se ha dejado a cargo de los «cronistas deportivos», yo soy uno de ellos; pero lamento decir que no veo en el periodismo deportivo, y menos aún en la venalidad con que actúa para «estar en el negocio», el medio más apropiado para que, desde las verdaderas fuentes del pensamiento universal, las masas deportivas (futbolísticas) lleguen a apaciguar sus peligrosidades tangibles como apasionadas, acercándose al porqué que ignoran, sin perjuicio de seguir viviendo, pero pacífica y un poco más filosóficamente, esa misma pasión que, en sí misma, no es peligrosa ni insana; es gratísima y saludable.
Espero que en el año 2000 esta expresión de deseos acerca del trabajo de los artesanos del pensamiento no tenga motivos para ser reiterada. Si así fuera, eso daría otro motivo para que éste, mi libro, «no sirva para nada». Mucho del fútbol, y la ignorancia enorme que lo rodea maguer su enorme popularidad, estaría en tal caso mucho más claro que cuanto intenta ponerlo éste, mi libro, que, aquí lo admito, «sirve para algo» (¡ojalá...!).
En tanto, y para no dejar inconclusa mi incursión «contra» los intelectuales del mundo que suponen al deporte «un juego» (como si solamente los niños se dedicaran a «jugar»), debo confesar que lo mejor que he leído hasta ahora en libros de fútbol... han sido siempre algunos libros de sociología y filosofía.
Y esto no es ironía. Lo digo muy en serio.
Claro está: de los libros llamados «de fútbol», el mayor adversario para mi paciencia por leerlos está en que su gran mayoría tratan de ser (disimuladamente unos, descaradamente otros) algo así como Manual de instrucciones para nunca perder un partido de fútbol.
Y, obviamente, los cierro en la tercera página. Y a veces ni eso.
Ni los abro. Todavía no me asimilé a la mentalidad de los directores técnicos que dicen enseñar «fútbol de ahora» habiendo sido jugadores del que ellos llaman «el fútbol que ya no se puede jugar». Creo que el fútbol es todo jugadores, y no puedo con los manuales para no perder.
He dicho que el fútbol es una ciencia oculta del imprevisto.
¿Presuntuosa definición? ¿Irrespetuosa calificación para las ciencias todavía ocultas al ser humano?
Daré motivos para engrosar la acusación y agrego: el fútbol es el más hermoso juego que haya concebido el hombre, y como concepción de juego es la más perfecta introducción al hombre en la lección humana de la vida cooperativista.
Repito que como concepción de juego por pretexto, y como lección por finalidad. De ahí a que, como ocurre, un partido de fútbol termine en una comisaría, no es asunto que hace al juego y su concepción. Acaso sea asunto que hace a la «sin importancia» que los rectores del pensamiento universal le han dado hasta ahora viendo que «es un juego»... También un juego es el trabajo. O el amor.
Y si vemos que en un Campeonato del Mundo, unos cuantos argentinos se confabulan para tramar una farsa con reservación de los roles de víctimas, mártires y robados ellos, los verdaderos agresores, los verdaderos defraudadores... tampoco es asunto que hace al juego. Hace a la prostituida mentalidad comercial que, al giro del juego-negocio, ha cobrado forma de negocio-negocio con total desprecio del juego como negocio.

[…]

Fútbol, dinámica de lo impensado, Dante Panzeri, 1967

miércoles, 9 de mayo de 2018

El jockey

El jockey llegó a la puerta del comedor; al cabo de un momento se hizo a un lado y permaneció inmóvil, con la espalda pegada a la pared. La sala estaba a rebosar, pues era el tercer día de la temporada y todos los hoteles de la ciudad estaban llenos...

Examinó el comedor hasta que al final su mirada descubrió una mesa situada en un rincón, en diagonal desde donde se encontraba, en la que había sentados tres hombres: un entrenador, un corredor de apuestas y un ricachón. El entrenador era Sylvester, un sujeto grande, no muy recio, de nariz encarnada y unos ojos azules y lentos.

Fue Sylvester el primero que vio al jockey. Sylvester se volvió hacia el ricachón.

—Si se come una chuleta de cordero, una hora después todavía puedes ver la forma en su estómago. Ha llegado un momento que es incapaz de sudar lo que lleva dentro...

Extracto de «El jockey», un relato publicado por primera vez en The New Yorker el 23 de agosto de 1941, y escrito por Carson McCullers cuando tenía 24 años.

jueves, 19 de abril de 2018

La petite mort del fútbol

Después de salir campeón con España del Mundial Sudáfrica 2010 -de meter el gol en la final ante Holanda-, Andrés Iniesta y sus compañeros vinieron a Argentina a jugar un amistoso con la Selección. Era septiembre. Habían pasado menos de dos meses. En esos días, Luis Martín entrevistó a Iniesta en un hotel porteño. Quizá por la lejanía y las horas fuera de casa, por los momentos que quedaban atrás después de la Copa del Mundo, por la nostálgica Buenos Aires, en un instante, el periodista le dijo a Iniesta que Pep Guardiola decía que la gente los quería porque ganaban, pero también porque eran buenas personas.

La devolución fue un pase gol, que es la petite mort del fútbol.

—No tengo la sensación de que a Pedro o a Busquets les cueste ser como son. Ni a Xavi, ni a Iker, ni a Capdevila, ni a Reina... No sé... No es difícil hacer cosas normales que hace todo el mundo. Si la gente lo agradece, lo celebro. Pero no es algo que ni a mí ni a los jugadores con los que vivo en el Barcelona o en la selección nos genere demasiado problema. Somos gente que nos gusta volver al pueblo en el que crecimos, estar con nuestros amigos de siempre... A mí no me cuesta ser como soy. Es que soy como me sale, como me educaron mis padres. Y también, mucho, cómo me educaron en el Barcelona. Soy lo que soy gracias a mis padres, pero en La Masía creces rápido y vives a velocidad de crucero. Es imparable. Pero resulta imposible que pierdas según que valores. Mire, cuando tenía 12 años, mi padre ahorró durante tres meses para comprarme unas botas Predator. Puede que ahora tenga dinero, pero cada vez que miro aquellas botas sé de dónde vengo.

miércoles, 4 de abril de 2018

"Escribo mis novelas en tarjetas que reescribo muchas veces"

PH: Carl Mydnas/Time & Life Pictures.
Playboy: ¿Es cierto que usted escribe de pie y que prefiere hacerlo a mano en lugar de dactilografiar sus obras?
Nabokov: Sí. Nunca aprendí a escribir a máquina. Generalmente comienzo mi día frente a un hermoso y antiguo podio que tengo en el estudio. Más tarde, cuando siento que la fuerza de la gravedad me mordisquea las piernas, me instalo en un sillón cómodo frente a un escritorio común; y finalmente, cuando la gravedad comienza a treparme por la columna, me recuesto en un sofá en un rincón de mi pequeño estudio. Me resulta una rutina agradable. Pero cuando era joven, cuando tenía veinte años o poco más de treinta, a menudo me quedaba todo el día en cama, fumando y escribiendo. Ahora las cosas han cambiado. La prosa horizontal, los versos verticales y las glosas sedentarias truecan permanentemente los calificativos y estropean la aliteración.
Playboy: ¿Puede decirnos algo más acerca del proceso creativo involucrado en el nacimiento de un libro? Quizá leyendo algunas anotaciones al azar o algunos extractos de una obra en creación...
Nabokov: Decididamente no. Ningún feto debe ser sometido a una operación exploratoria. Pero puedo hacer otra cosa. Esta caja contiene tarjetas con anotaciones realizadas en épocas más o menos recientes y que descarté cuando escribí Pálido Fuego. Se trata de un puñado de rechazos. Le leeré algunas. (Comienza a leer las tarjetas).
“Selene, la luna. Slenginsk, una antigua ciudad de Siberia: ciudad cohete a la luna”... “Grano: protuberancia negra en el pico del cisne mudo”... “Gata peluda: pequeña oruga que prende de un hilo”... “En The New York Bon Ton Magazine, volumen cinco, 1820, página 312, las prostitutas son llamadas 'muchachas de la ciudad'”... “Sueños juveniles: calzoncillos olvidados; sueños de viejo: dentaduras olvidadas”... Un estudiante explica que al leer una novela le gusta saltearse algunos pasajes “para poder hacerse una idea propia acerca del libro sin verse influenciado por el autor”... “Naprapathy: la palabra más fea del lenguaje”.
Playboy: ¿Qué lo lleva a registrar y coleccionar esas cifras e impresiones tan inconexas?
Nabokov: Lo único que puedo decirle es que durante las primeras etapas del desarrollo de una novela, me asalta la necesidad de coleccionar detalles incongruentes aquí y allá, de comer piedritas. Nadie sabrá jamás hasta qué punto visualiza un pájaro el futuro nido y los huevos que contendrá, o si no lo visualiza en absoluto. Cuando recuerdo después la fuerza que me obligó a anotar los nombres correctos de las cosas, o sus medidas y matices, antes de necesitar realmente la información, me siento inclinado a suponer que lo que, por falta de un término mejor llamo inspiración, ya actuaba dentro de mí, señalándome en silencio un detalle u otro, haciéndome acumular materiales conocidos para una estructura desconocida. Después del primer impacto que me produce el reconocimiento —una repentina sensación de “esto es lo que voy a escribir”— la novela comienza a tomar forma por sí misma: el proceso se desarrolla solamente en mi mente y no en el papel; y para darme cuenta del estado al que ha llegado en un determinado momento, no es necesario que tome conciencia de cada frase exacta. Siento una especie de suave desarrollo, un desenvolvimiento interior, y sé que los detalles ya se encuentran allí, que en realidad lograría verlos con claridad si los mirara más de cerca, si detuviera la máquina y abriera el compartimiento interior; pero en cambio prefiero esperar que lo que vagamente recibe el nombre de inspiración haya finalizado su obra por mí. Llega un momento en que algo en mi interior me informa que la integridad de la estructura ha quedado terminada. Entonces lo único que me queda por hacer es llevarla al papel con un lápiz o una lapicera. Ya que esta estructura total, apenas iluminada en mi propia mente, puede ser comparada con una pintura, y ya que no es necesario que uno trabaje gradualmente de izquierda a derecha para percibirla de manera correcta, puedo dirigir la luz de mi linterna hacia cualquier sector o detalle del cuadro sin necesidad de llevarlo al papel. No comienzo mi novela por el principio, no llego al tercer capítulo antes de llegar al cuarto, no voy obedientemente de una página a la siguiente siguiendo un orden lógico; no, elijo un trozo aquí y un trozo allá hasta haber llenado todas las lagunas en el papel. Es por eso que me gusta escribir mis historias y novelas en tarjetas, que más adelante numero cuando el conjunto está completo. Reescribo muchas veces cada tarjeta. Alrededor de tres tarjetas forman una página mecanografiada, y cuando por fin tengo la sensación de haber copiado el cuadro concebido con tanta fidelidad como me es físicamente posible —por desgracia siempre quedan algunas “lagunas”— le dicto la novela a mi mujer, y ella escribe a máquina por triplicado.
Playboy: ¿Cuál considera que es su principal falencia como escritor?
Nabokov: La falta de espontaneidad; la molestia de pensamientos paralelos, de segundos pensamientos, terceros pensamientos; la imposibilidad de expresarme con propiedad en cualquier idioma a menos que componga cada maldita frase en mi bañadera, en mi mente y frente a mi escritorio.

sábado, 24 de marzo de 2018

Retrato de la oligarquía dominante

Las generalizaciones que siguen no podrán ser tachadas de impaciencia.
Hoy se puede ir ordenadamente de menor a mayor y perfeccionar, a la luz del asesinato, el retrato de la oligarquía dominante. Los militares de junio de 1956, a diferencia de otros que se sublevaron antes y después, fueron fusilados porque pretendieron hablar en nombre del pueblo: más específicamente, del peronismo y la clase trabajadora. Las torturas y asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la Argentina. El caso Manchego, el caso Vallese, el asesinato de Méndez, Mussi y Retamar, la muerte de Pampillón, el asesinato de Hilda Guerrero, las diarias sesiones de picana en comisarías de todo el país, la represión brutal de manifestaciones obreras y estudiantiles, las inicuas razzias en villas miseria, son eslabones de una misma cadena.
Era inútil en 1957 pedir justicia para las víctimas de la "Operación Masacre", como resultó inútil en 1958 pedir que se castigara al general Cuaranta por el asesinato de Satanowsky, como es inútil en 1968 reclamar que se sancione a los asesinos de Blajaquis y Zalazar, amparados por el gobierno. Dentro del sistema, no hay justicia.
Otros autores vienen trazando una imagen cada vez más afinada de esa oligarquía, dominante frente a los argentinos, y dominada frente al extranjero. Que esa clase esté temperamentalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas, sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos.

Rodolfo Walsh, fin del epílogo de la tercera edición de Operación Masacre, 1969

viernes, 9 de marzo de 2018

Los relatos del yo

Son formas de resistencia de los sujetos a esa especie de dinámica de la información que circula de modo impersonal y frente a la que uno es simplemente un espectador, un espectador que está viviendo una serie de cuestiones y descifrándolas a su manera. Esos que se llaman "los relatos del yo", "la presencia del yo", incluso en Facebook, más allá de mis distancias con el Facebook, que no tengo; pero me doy cuenta que ahí hay un intento de convertir en experiencia, aunque sea una experiencia trivial. Alguien pone su foto, pone a sus amigos. Eso, me parece, es un intento, en el medio de esta circulación alucinatoria de posibilidades de información; es un intento de centrar en la experiencia del sujeto, es la manera de abrir ese campo. Entonces, miro con mucho interés ese tipo de experiencias, desde Twitter hasta los mails, hasta los blogs y Facebook. Me parece que son rastros de una crisis del periodismo. Esa idea de que hoy los periodistas son los intelectuales sería una prueba de que el periodismo está en crisis, en realidad... Porque se encuentra muy acorralado por la circulación de información y por los modos en que la información que circula por Internet produce movimientos, alternativas sociales. Una de las marcas es esta idea de la subjetivización: traer los problemas al espacio donde el sujeto se mueve para que el sujeto tenga una experiencia que le permita no sólo descifrarlos sino comunicar frente a un discurso que tiende a ser impersonal. Por supuesto, los matices, lo sabemos: es cierto que las crónicas, que podemos asociarlas con Mansilla, como decía María Moreno, o podemos pensar en Hemingway como uno de los grandes escritores que en un momento dado empezó a escribir relatos de no ficción, utilizando estos elementos de crear situaciones que pudieran ser comprendidas subjetivamente y, a partir de ahí, comprender luego la guerra, o comprender elementos que parecen escapar. En definitiva, Walter Benjamin lo que dijo es que si el relato y la narración estaban en crisis, es por exceso de información. Hay que mirar con mucho interés, porque se está produciendo eso, no solamente en las nuevas tecnologías, sino en ciertas líneas de la literatura argentina contemporánea, donde también hay relatos muy personalizados de las experiencias de las Malvinas o las experiencias de las crisis económicas, que son maneras de fijar la experiencia histórica en un lugar que tenga que ver con individuos específicos y concretos. Esa ha sido siempre la tradición de la novela.

Ricardo Piglia, en Escenas de la Novela Argentina (2012)

jueves, 4 de enero de 2018

Datos

El poema es mera información. Es la Constitución de la patria interior. Si lo declamas y lo hinchas con nobles intenciones, no eres mejor que esos políticos que tanto desprecias. No haces más que agitar una bandera y llamar patéticamente a la patriotería emocional. Piensa en las palabras como ciencia, no como arte. Son un informe. Es como si dieras una conferencia en la Federación de Montañismo. Las personas que te escuchan conocen todos los riesgos de la escalada, y te honran dando por sentado que lo sabes. Si se los pasas por la cara, estás insultando la hospitalidad que te ofrecen. Informales de la altitud de la montaña, describe el equipo que utilizaste, especifica el tipo de superficie y fija el tiempo que duró la escalada. No busques dejar al público boquiabierto. Si el público se queda boquiabierto, no será debido a tu apreciación de los hechos, sino a la suya. Tu mérito estará en la estadística y no en las inflexiones de tu voz ni en los ademanes enérgicos de tus manos. Estará en los datos y en la tranquila organización de tu presencia.


Cómo decir poesía, Leonard Cohen