-"Aurora y Enrique" es su último disco. Son los nombres de sus padres. Habla, refiriéndose a ellos, del amor idílico. En la generación de usted, ¿se sigue creyendo en el amor para toda la vida? ¿Usted lo cree?
-Quiero creer.
-¿Cómo?
-Creo que se puede encontrar a alguien con el que puedes hacer una vida compartida. En lo que no creo es en el cuento de Walt Disney. No creo que nadie vaya a venir a salvarte, por mucho que te quiera tu pareja, tu amiga o tu madre. En primer lugar, creo en el amor propio, en la dignidad, en la intuición y, a raíz de ahí, cuando tú crees en ti mismo, cuando estás bien contigo mismo, cuando te estás realizando, cuando te enfrentas, cuando luchas contigo mismo, cuando ese debate interno que todos tenemos lo aceptamos, y nos arremangamos un poco la camisa y llegas a un momento en el que estás bien contigo, puedes conocer al amor de verdad. Repito: no creo en el cuento que nos contaban de pequeños.
-Autoestima.
-Se puede encontrar el amor de verdad cuando te respetas a ti mismo. Entonces elegirás a alguien acorde con tu manera de ver la vida, de respetarte y de respetar a los demás. Cuando la autoestima está baja, cuando no te respetas, cuando estás muy influida por creencias limitantes o juicios que no te dejan ser feliz, estás enfadado o enfadada, frustrado o frustrada, entonces a lo mejor te vas con alguien que te hace la vida todavía más complicada.
Yo creo en la canción. La canción es la cosa. Hay diez mil canciones en el mundo hechas sobre la misma secuencia de acordes, pero lo que las diferencia es la melodía. Una buena canción es esa que parece que no podría ser escrita de otra manera. Lo que hace que tanto el pibe joven, que se masacra para llegar al pie del escenario, como los viejos amigos que están bebiendo en el fondo, vibren al mismo tiempo. Si cantan todos, algo está pasando: un estado de conmoción.
Indio Solari, en Recuerdos que mienten un poco (2019)
Esos pibes no sienten nada No sienten que se pueden morir y nada por vos Indio Solari "Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado? Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas. Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes".
Antonio Gramsci, en el número único del diario La città futura, 11 de febrero de 1917
[…] Mr. Schaeffer sintió de repente un ataque de timidez. Tras saludar al capitán con una inclinación, desapareció entre las sombras de la explanada. Y permaneció allí, susurrando los nombres de las estrellas a medida que iban abriendo sus flores en lo alto del cielo. Le gustaban mucho las estrellas, pero aquella noche no le sirvieron de consuelo; no bastaron para recordarle que lo que nos ocurre a los que vivimos en la tierra carece de importancia contemplado desde el eterno fulgor de la eternidad. Mirándolas, volvió a pensar en la guitarra tachonada de brillantes, en su relumbrón mundano. Podría decirse de Mr. Schaeffer que en toda su vida sólo había hecho una cosa mala de verdad: había matado a un hombre. Las circunstancias de ese crimen carecen de importancia, y sólo vale la pena mencionar que aquel hombre merecía la muerte y que por ella Mr. Schaeffer fue sentenciado a noventa y nueve años y un día. Durante mucho tiempo -de hecho, muchísimos años- no había pensado en cómo era su vida antes de llegar a la granja. Su recuerdo de aquellos tiempos era como una casa deshabitada en la que hasta el mobiliario ha terminado pudriéndose. Pero esa noche parecía que hubiesen encendido las lámparas de todas aquellas tenebrosas habitaciones muertas. Este fenómeno comenzó a producirse en cuanto vio que Tico Feo surgía de la oscuridad con su espléndida guitarra. Hasta ese momento no se había sentido solo. Sin embargo, ahora que reconocía su soledad, también se sentía vivo. No había querido vivir. Estar vivo equivalía a recordar ríos fangosos poblados de peces veloces, el brillo del sol en el cabello de una mujer. Mr. Schaeffer dejó caer la cabeza. El brillo de las estrellas le humedeció los ojos. […]
"Los medios de comunicación no son el cuarto poder. Son el arma fundamental de los poderosos del mundo. Hay que tomar en cuenta, por ejemplo, que desapareció el Mercosur y en meses estaba Barack Obama mirando el petróleo y le tocaron el hombro y le dijeron: 'Mirá lo que está pasando acá. Acá también hay agua...'. Los americanos, dicen, aprenden geografía invadiendo. En la mentalidad de un artista popular, tengo mi paranoia. Creo que por más que uno sea paranoico, puede ser que te estén siguiendo, ¿no? Y un poco la idea que tengo es que, cuando hay en el sur tierras y terratenientes americanos, son la excusa que necesitan siempre para mandar a los marines. El día que un grupo de gente vaya a entrar a esos campos y qué se yo, van a decir: 'Para proteger a nuestros ciudadanos en el exterior, acá están nuestros gloriosos Green Beret'. Entonces los medios de comunicación han sido el arma que han tenido. Las empresas de prensa que hay en toda Latinoamérica han sido las que han volteado los gobiernos, la prensa hegemónica, como la llaman ahora, los medios más importantes, llamémosle. Por eso también agrego, para no implicar una dimensión de ese tipo, esta necesidad que tengo de que siga existiendo otra voz, una voz disonante".
El soberano era un hombre respetado en todo el mundo; su sonrisa apacible mostraba que vivía, efectivamente, a cuerpo de rey; pero en su interior su alma era pequeña y mezquina como una arvejita. Tenía dos hijos: el menor era de su agrado, pero temía al mayor. Una mañana sonaron los tambores en el castillo, y el rey partió con sus hijos a caballo, seguido por una importante escolta.
Marcharon por dos horas hasta llegar al pie de una montaña oscura, muy escarpada y casi sin vegetación.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó el hijo mayor.
—Atravesaremos esa montaña —dijo el rey, y sonrió para sí.
—Mi padre sabe lo que hace —replicó el hijo menor.
Cabalgaron dos horas más, hasta llegar a orillas de un río negro que era increíblemente profundo.
—¿Adónde vamos? —preguntó el mayor.
—Cruzaremos el río negro —dijo el rey, y ocultó una sonrisa.
—Mi padre sabe lo que hace —dijo el menor.
Luego de cabalgar todo el día, con las últimas luces del atardecer, llegaron al borde de un lago, donde se alzaba un castillo.
—Ése es nuestro destino —dijo el rey—, es la morada de un rey que también es sacerdote; en esa casa aprenderán cosas muy importantes.
El señor de la casa —que era rey y también sacerdote— los aguardaba en la entrada. Era un hombre de aspecto solemne. A su lado estaba su hija: tenía la belleza del amanecer, la sonrisa suave y los párpados entornados con recato.
—Éstos son mis dos hijos —dijo el primer rey.
—Y ésta es mi hija —dijo el rey que era también sacerdote.
—Es una doncella muy hermosa y delicada —continuó el primer rey —, y me agrada la manera cómo sonríe...
—Tus hijos son gallardos —respondió el segundo rey—, y me gusta su seriedad.
Los dos reyes se miraron y se dijeron: "Puede que esto resulte bien".
Entretanto, ambos jóvenes contemplaban a la doncella. Uno de ellos palideció y el otro se ruborizó, mientras ella miraba hacia abajo y sonreía.
—Ésta es la doncella con la que me voy a casar —dijo el hermano mayor—, pues creo que me ha sonreído.
Pero el menor tomó al padre del brazo.
—Padre —dijo—, permíteme decirte una palabra al oído: si cuento con tu apoyo y aprobación, ¿no podría ser yo quien se casara con la doncella, puesto que me parece que es a mí a quien sonríe?
—Y yo te digo —contestó el rey, su padre—: la paciencia asegura una buena cacería, y guardar silencio es signo de prudencia.
Entraron en el castillo y fueron agasajados con un festín. La casa era hermosa e imponente y los jóvenes quedaron maravillados. El rey que era sacerdote estaba sentado en la cabecera de la mesa y permanecía en silencio, así que los jóvenes mantuvieron una actitud reverente. La doncella les servía con su discreta sonrisa, de modo que el corazón de los jóvenes se colmaba de amor.
Cuando el mayor se levantó al amanecer, encontró a la doncella hilando, puesto que la joven era hábil y diligente.
—Doncella —le dijo—, quiero casarme contigo.
—Debes hablar con mi padre —respondió, mientras miraba hacia abajo sonriendo, y lucía como una rosa.
"Su corazón me pertenece", se dijo el hijo mayor y, cantando, se encaminó hacia el lago.
Poco después llegó el hijo menor.
—Doncella —le dijo—, si nuestros padres lo aprueban, mucho desearía casarme contigo.
—Puedes hablar con mi padre —respondió ella. Miró hacia abajo, sonrió y floreció como una rosa.
"Es una joven respetuosa de su padre", se dijo el menor. "Será una esposa obediente". Y entonces pensó: "¿Qué debo hacer?".
Recordó que el rey, su padre, era sacerdote, así que se dirigió hacia el templo y sacrificó una comadreja y una liebre.
Rápidamente se propagaron las noticias; los dos jóvenes y el primer rey fueron convocados ante el rey que también era sacerdote, quien los aguardaba sentado en su trono.
—Poco me importan bienes y posesiones —dijo el rey que también era sacerdote—, y poco el poder. Pues nuestra vida transcurre entre las sombras de las cosas y el corazón está hastiado del viento. Pero hay una cosa que amo, y ésa es la verdad. Y sólo por una cosa entregaré a mi hija, y ésa es la piedra de la verdad. Porque al reflejarse en esa piedra, las apariencias se esfuman y se ve la esencia del ser, y todo lo demás carece de valor. Por lo tanto, jóvenes, si desean desposar a mi hija, vayan en busca de esa piedra y tráiganmela porque ése es el precio por ella.
—Padre, permíteme decirte una palabra al oído —dijo el menor a su padre—. Creo que podríamos arreglarnos muy bien sin esa piedra.
—Y yo te digo —respondió el padre—: comparto tu idea, pero guardar silencio es lo más prudente. —Y le sonrió al rey que también era sacerdote.
Pero el hijo mayor se dispuso a partir y se dirigió al rey que era sacerdote con el nombre de "padre".
—Ya sea que despose o no a tu hija, me permitiré llamarte con ese nombre por amor a tu sabiduría, y de inmediato saldré a recorrer el mundo en busca de esa piedra.
Se despidió y se lanzó a cabalgar por los cuatro vientos.
—Creo que yo haré lo mismo, padre, si tengo tu permiso, pues esa doncella está en mi corazón.
—Tú vendrás a casa conmigo —respondió el padre.
De modo que cabalgaron de regreso a su hogar; al llegar al castillo, el rey guió a su hijo hacia la estancia donde guardaba sus tesoros.
—He aquí —dijo el rey— la piedra que muestra la verdad, pues no hay otra verdad que la simple verdad, y si te miras en ella, te verás tal como eres.
El hijo menor se miró en ella, y vio su rostro como el de un joven imberbe, y se sintió muy complacido, ya que la piedra era también un espejo.
—No se trata de algo tan especial que merezca un gran esfuerzo —dijo—, pero si me permite desposar a la doncella, bienvenido sea. ¡Qué tonto es mi hermano! ¡Sale a recorrer el mundo buscando algo que está en su propia casa!
Y así fue que cabalgaron de regreso hacia el castillo y le mostraron el espejo al rey que era sacerdote.
Cuando se hubo mirado en el espejo y se vio a sí mismo como rey y a su castillo y a su trono tal como eran, comenzó a bendecir a Dios a viva voz, y dijo:
—Ahora sé que no hay otra verdad más que la simple verdad, que soy en realidad un rey, aunque mi corazón me llenaba de dudas.
Y mandó destruir su templo y construir uno nuevo, y el hijo menor del primer rey se casó con la doncella.
Mientras tanto, el hijo mayor recorría el mundo en busca de la piedra de la verdad; cada vez que llegaba a un paraje habitado, preguntaba a los lugareños si habían oído hablar de aquella piedra.
Y en todas partes le respondían:
—No sólo hemos oído hablar de ella, sino que somos los únicos, entre todos los hombres, que la poseemos, y desde siempre cuelga a un lado de nuestra chimenea.
Entonces el hijo mayor sentía gran alegría y rogaba que le permitieran verla. Algunas veces se trataba de un trozo de espejo, que reflejaba las cosas tal como se veían, y el joven decía:
—No puede ser ésta, porque tiene que haber algo más que la apariencia.
Otras veces se trataba de un trozo de carbón, que nada reflejaba, y él decía:
—Es imposible que sea ésta, pues ni siquiera muestra las apariencias.
En más de una ocasión encontró una piedra de toque real, de bellos matices, lustrosa y resplandeciente; en tal caso, rogaba que se la dieran, y la gente así lo hacía, pues todos los hombres eran generosos de aquel obsequio, hasta que, por fin, su saco estuvo tan lleno de tales piedras que chocaban y resonaban entre sí mientras cabalgaba. Cada tanto se detenía a la vera del sendero, sacaba las piedras y las ponía a prueba hasta que la cabeza le giraba como aspas de molino.
—¡Maldito sea este asunto! —exclamó el hijo mayor—. ¡No percibo su fin! He aquí la piedra roja, allá la azul y la verde, todas me parecen excelentes, y sin embargo, una empalidece a la otra. ¡Maldito sea el trato! Si no fuera por el rey que es un sacerdote, y al que he llamado padre, y si no fuera por la hermosa doncella del castillo, que endulza mis labios y colma mi corazón, arrojaría todas las piedras al agua salada, y regresaría a mi hogar para ser un rey como cualquier otro.
Pero él era como el cazador que ha visto un ciervo en las montañas, y aunque caiga la noche y se encienda el fuego y las luces brillen en su hogar, no puede arrancar de su corazón las ansias de poseer aquel ciervo...
Y bien, después de muchos años, el hijo mayor llegó a la orilla del mar; la noche era oscura y el lugar desolado. Se sentía el clamor de las olas. Por fin divisó una casa y a un hombre sentado a la luz de una vela, pues no tenía fuego. El hijo mayor se acercó a él y el hombre le ofreció agua para beber, pues no tenía pan; y movió la cabeza cuando le habló, pues carecía de palabras.
—¿Tienes tú la piedra de la verdad? —preguntó el hijo mayor, y cuando el hombre asintió con la cabeza, exclamó—: ¡Debí haberlo imaginado! ¡Tengo conmigo un saco lleno de piedras! —Y rió, aunque su corazón estaba exhausto.
El hombre rió también, y con el aliento de su risa apagó la vela.
—Duerme —le dijo el hombre—, porque creo que has llegado muy lejos, tu búsqueda ha concluido y mi vela ya no tiene luz.
Entonces, por la mañana, el hombre puso un simple guijarro entre sus manos. Carecía de belleza y de matices. El hijo mayor lo miró con desprecio, meneó la cabeza y se fue, porque aquello le parecía muy poca cosa.
Cabalgó durante todo el día, tranquilo de mente, y aliviado su deseo de cazar.
—¿Y si este pequeño guijarro fuera la piedra de la verdad, después de todo? —murmuró para sí; se apeó del caballo y vació su saco a un lado del sendero.
Unas junto a otras, todas las piedras parecían desprovistas de matices y de fuego, y empalidecían como las estrellas del amanecer, pero a la luz del guijarro mantuvieron su belleza, aunque el guijarro era, entre todas, la más brillante.
El hijo mayor se golpeó la frente:
—¿Y si ésta fuera la verdad? —exclamó—. ¿Que todas ellas encierran un poco de verdad?
Tomó el guijarro y dirigió la luz hacia el cielo y el cielo abismó su alma; dirigió la luz hacia los cerros, y las montañas eran frías y escarpadas, pero la vida corría por sus laderas de modo que su propia vida renació; dirigió la luz hacia el polvo, y lo contempló con alegría y temor; dirigió la luz hacia sí mismo, y cayó de rodillas y elevó una oración.
—Gracias a Dios —susurró el hijo mayor—, he encontrado la piedra de la verdad, y ahora puedo regresar al castillo del rey y de la doncella que endulza mis labios y colma mi corazón.
Pero cuando llegó al palacio vio a unos niños jugando delante de la puerta donde el rey lo había recibido en los viejos tiempos, y se desvaneció su placer, pues dentro de su corazón pensó: "Mis propios hijos deberían estar jugando aquí".
Cuando entró en el castillo su hermano estaba sentado en el trono y la doncella a su lado. Sintió ira, pues dentro de su corazón pensó: "Yo debería estar sentado en ese trono, con la doncella a mi lado".
—¿Quién eres tú? —dijo su hermano—. ¿A qué has venido a mi castillo?
—Soy tu hermano mayor —le respondió— y he venido a tomar por esposa a la doncella, pues he traído conmigo la piedra de la verdad.
El hermano menor rió a carcajadas.
—¿Cómo dices? Yo encontré la piedra de la verdad hace años y me casé con la doncella y los niños que viste jugando son nuestros hijos.
Ante estas palabras, el rostro del hermano mayor adquirió el tono gris del alba:
—Ruego que hayas obrado con justicia, porque percibo que he malgastado mi vida.
—¿Con justicia? —dijo el hermano menor—. No es digno de ti, que eres un prófugo y un vagabundo, dudar de mi justicia o de la del rey, mi padre, pues ambos somos sedentarios y conocidos en toda la comarca.
—No —dijo el hermano mayor—, posees todo lo demás, pero ten paciencia también, y permíteme decirte que el mundo está lleno de piedras de la verdad, y no es fácil saber cuál es la auténtica.
—No me avergüenzo de la mía —dijo el hermano más joven—. Aquí la tienes, mírate en ella.
Entonces el hermano mayor se miró en el espejo y se asombró de pena, porque ya era un anciano de cabellos blancos. Se sentó en la sala y lloró.
—Ah —dijo el hermano más joven—. Fuiste un tonto; recorriste el mundo buscando lo que se encontraba en el tesoro de nuestro padre, y regresaste como un pobre viejo infeliz al que ladran los perros, sin mujer y sin hijos. Y yo, que cumplí con mi deber y fui cauto, estoy aquí, sentado en mi trono, coronado de virtudes y placeres, y feliz a la luz de mi hogar.
—Creo que tu lengua es cruel —dijo el hermano mayor, y sacó del bolsillo su simple guijarro y dirigió su luz sobre su hermano. ¡Ah! El hombre mentía, su alma se había encogido hasta el tamaño de una arvejita, y su corazón era una bolsa llena de pequeños temores parecidos a escorpiones, y el amor había muerto en su pecho. Entonces el hermano mayor lanzó un grito, y dirigió la luz hacia la doncella. ¡Oh! No era sino una máscara de mujer, y estaba muerta en su interior, y sonreía como hace tictac el reloj, sin saber siquiera por qué.
—¡Qué vamos a hacer! —dijo el hermano mayor—. Veo que existe tanto lo bueno como lo malo. Espero que les vaya bien en el palacio. Yo iré por el mundo con mi guijarro en el bolsillo.
Robert Louis Stevenson, en Cuentos breves para leer en el bus 1, 2004
Es -no quiero que sea, quiero que sea, sé que va a llegar- el final. Son las 17:47, y el micro recién encara por Chacabuco, la calle del camping del Club Estudiantes de Olavarría, punto de estacionamiento. Como nunca antes, llegamos cerca de la hora del comienzo del recital. Desde el último asiento, arriba, veo ese mundo que vi -vimos- tantas veces, y con ojos aguados, vidrio de por medio, porque ahí siento que es el final. Ya no cuando un amigo capta señal en el celular, cerca de la una y media de la mañana, después del concierto, y me dice que informan que hubo muertos por una avalancha. Trece, siete. El show había sido interrumpido cuatro veces por Indio para pedir por favor que pararan con los pisotones y que intervinieran para ayudar a los caídos, y luego había dicho, fastidiado, que así andaba con pocas ganas de seguir. No hubo trece, ni siete. Hubo dos -una gran cagada-, ninguno por aplastamiento ni asfixia. Pero a la carroña oportunista no le importa el número (no le importa nada de la organización, los accesos, los puestos sanitarios, nada de nada). Y nada fue diferente en términos generales a Tandil, Mendoza, Junín. Fue igual, mejor o peor ese regodeo en ocasiones simbólico con la muerte -en cuerpo y en alma- asignado tantas veces a nosotros, y trasladado ahora, sin escalas, a las bocas de los comunicadores mediáticos y detractores ensillonados, con dosis racistas, prejuiciosas, gusánicas, Pamelas David. Opino que todo el tiempo todos opinan de todo. La vida como panel de TV. Y sí: soy un negro cabeza que según las plumas de la moral no entiendo las letras. Si mañana -o dentro de un año, dos, tres- Indio vuelve a presentarse, voy a volver a ir, y así hasta el final. Aunque el final haya sido en aquel momento, cuando mis amigos tal vez se dieron cuenta de mi angustia, y decidieron recargarme con un abrazo de ese capitán no sé qué. No hay en estas líneas -no puedo que haya- cobertura periodística, como la de Fero Soriano. Tampoco análisis político social, como este de Martín Rodríguez.
El deseo de acabar con cualquier “referencia moral” que organice conflictos, que tenga una narrativa de la fractura, es también un signo de época. Ese “plus” molesto que impide pensar al Indio como un hombre solo de la música y su industria lo complementan también sus detractores que esperan siempre que asome la hilacha, que se vea la costura de su “doble moral”, la letra chica de su contrato, las exenciones impositivas, lo que sea que derribe el peregrinar creyente de tantos chicos y chicas, adultos y adultas hacia un lugar “mítico”. Silo habla en la Montaña. El Indio toca en Salta. Porque un Juan Carr es un Juan Carr, es de todos. Es nuestro “24 horas por Malvinas” ambulante de la guerra (perdida) contra el hambre y la pobreza. Pero Solari incluye una referencia ética para sus “fieles” (ahorrémonos, por Dios, la etnografía de esas “misas”) como si eso naturalmente se emplazara contra los intereses de aquellos que sólo quieren una Argentina del comercio y que en espejo son capaces incluso de acusarte de capitalista para defender el capitalismo. Como si para hacer capitalismo hubiera que declarar la fe en él, como si hubiera escapatoria, como si en la venta de entradas no se consagrara el principio de su orden. O, también, aparecen las conciencias del taller de costura del periodismo de rock a decir que el problema de la Argentina es el “fanatismo”, que esto empezó con Illia, que el rock es paz y amor. Dicho lo cual: todos toman demasiado en serio “esto que pasa” en torno al Indio. Como si no pudieran ver la exterioridad de una, llamémosle exageradamente, “creencia”, para ver en cambio una “amenaza” desbordante.
Entonces, lo único que había hecho la intendencia de Cambiemos, una aplicación sobre el recital llamada "Indio en Olavarría", no sirvió para nada cuando más falta hacía algún tipo de información. En vez de celulares inútiles podría haber habido carteles, volantes, personas identificadas (no policías, que no hacían falta, porque el clima era de absoluta alegría y fraternidad) que orientaran, puestos con agua fría y caliente, mapas, tachos para la basura, lugares para cargar los celulares y usar wifi, baños químicos, puestos sanitarios. Entonces, Olavarría se transformó en un meadero y un basural a cielo abierto. Ya me imagino las fotos del domingo y el lunes, comentaba yo: miren lo que hacen estos bárbaros. No me imaginé que además morirían dos personas, y todxs nosotrxs seríamos llamados "sobrevivientes". Cuando hablamos de la selectividad del sistema penal, podríamos dar como ejemplo la enorme cantidad de contravenciones que sucedieron el sábado y domingo (orinar en la vía pública, hacer choris en cualquier lado, transformar una ruta en un estacionamiento, circular en contramano, falsificar entradas, cobrar en negro miles de cosas, vender alcohol y tomarlo en la calle, tirar basura por doquier, etc.). Mientras veía todo eso suceder, sabía que a nadie se le ocurriría ponerse a labrar infracciones. Ahora, a caballo de lo que los medios instalan como "Tragedia", acabo de ver a un señor, supongo que es un fiscal, diciendo que van a investigar "todos los delitos" que se cometieron. Son los momentos en que odio más fuertemente lo habitual al sistema penal y sus caranchismos. Después, cuando veo el modo en que lo que sucedió se presenta en algunos medios de comunicación, el odio se reparte en partes iguales. No sé qué pasará ahora. Temo que nada bueno. Yo creo que le caen al Indio por lo mejor que es, no por todo lo que no funcionó en la organización de este recital, no por las puertas que no alcanzaron, ni siquiera por las dos muertes, que no creo le sean imputables ni siquiera en la mente carancha más afiebrada.
Son, de acuerdo, marcas distintivas en el medio de la podredumbre. Lo único que tengo claro con el paso de las horas -que tuve, que tendré- es la tristeza: mirar para atrás y llorar, tratar de no ser ingrato, no apenarme dentro de las "normas" de los hijos de puta. En todo caso, con los míos, desde adentro, comiendo nuestro dolor a veces inexplicable, vitalmente inexplicable.
"He estado mucho tiempo, por el tipo de actividades que hago en un grupo de rock que, de alguna manera, es considerado subterráneo, en lugares como éste, en sótanos. Y aquí se da cuenta uno por qué es útil proteger el estado de ánimo de la gente. Yo le diría a la gente, a la señora que pueda estar viendo esto, que cuide su estado de ánimo, porque las ratas se ríen de nosotros. He ido reconociendo a través de mi vida ámbitos que son fastos para que mi estado de ánimo sea protegido, sea defendido, no sea humillado, no sea vilipendiado. Eso me ha ocurrido en lo subterráneo, en toda esa información que mutiló y separó como bastarda, como inútil, hasta como pecaminosa, las instituciones, la lectura oficial. Que ha ido dejando desde los poetas malditos, todo eso que ha ido dejando de lado como inútil y ha convencido a la gente... La gente cree que la vida es el noticiero de ayer, no nos engañemos. Vos vas a un trabajo, y compartís un almuerzo de trabajo con la gente, y la vida, lo que le pasó ayer, lo que te transmite, lo que te llega de su vida, es el noticiero de ayer, ni siquiera el noticiero de mañana".
Pensamos las fotos que no sacamos. Sobre el acoplado de un camión, cuando el día le deja el paso a la noche y el color de Tandil es anaranjado, un flaco con gorro piluso flamea una bandera y, abajo, el malón que camina hacia el recital. Nou click. No la sacamos por paja. Pero, sobre todo, porque el aquí y ahora es más potente -es, ya no es-, porque estamos de acuerdo con el paisa Pablo Emilio: los mejores momentos de la vida, humanito mío, no se publican: se disfrutan. Un Fiat Uno cubierto de polvo con el baúl abierto va a paso de hombre por la ruta provincial 226: hacia afuera, un parlante casi del tamaño del auto tira las canciones de los Redondos con un sonido crujiente. Podría ser otra foto. Como, mirá, pelotudo, mirá eso… Pero no. A la mierda. Somos nosotros: estar entre nosotros, bancarse entre nosotros, conocerse entre nosotros, repetirse entre nosotros, jugarse entre nosotros, recargarse entre nosotros: ser, a pura muerte, a todo gramo, uno y nosotros. "Y es que de todo esto sólo quedarán cenizas, quedará el recuerdo, serán anécdotas, serán historias de vejez, de que algún día un grupo de amigos, de hermanos, compartieron una noche de música, una noche de amistad, retratada en nuestras pupilas”, escribe el Negro Luis Fernández. Y el día después, que es domingo, es más domingo que cualquier otro.
"El estado de paranoia hace que uno esté permanentemente cuestionando y buscando no aceptar determinadas situaciones que se presentan como dadas". Stephen Mallinder
Postpunk: Romper todo y empezar de nuevo, Simon Reynolds, Caja Negra, 2013
"Y entonces, oh milagro de los milagros, oh duende o hada
o ángel o vaya a saber uno qué bicho real o mitológico, fue que pasó algo. Algo
concreto que se sumó a todo lo demás e hizo que eso que intentaba contener se
derramara a mares hacia el lugar correcto. Algo que a veces me pasa, algo
indefinible, una sensación al borde de un sentimiento que no se puede
cristalizar en una expresión concreta, que necesita vueltas y vueltas del
lenguaje para tomar forma, para poder asomar fantasmalmente, al menos un poco, su
silueta. Algo que es desesperante pero a la vez salva de la desesperación. Eso
que 'es', aunque no tengo la más remota idea de lo que digo cuando digo esto. Pero a mí me pasa, y yo sé que a muchos les pasa: que a
todos los que escribimos nos pasa, que a todos los solitarios nos pasa, que a
todos los que extrañamos lo perdido nos pasa, que a todos los que lloramos por
tonterías nos pasa, que a todos los que no tuvimos dónde dormir nos pasa, que a
todos los que estuvimos presos, enfermos o muertos, nos pasa. A todos los que
podemos contarlo, a todos nosotros, nos pasa. Y me pasó: castañas asadas. Eso
fue lo que pasó. Justo cuando me levantaba para despedir al jardinero negro de
barba blanca de huesos de polvo sentí el aroma. En un principio no pude
definirlo, pero era perfecto, era el anticipo perfecto de algo perfecto, de 'eso' que iba a venir a visitarme, por unos pocos segundos, una vez más. Y fue justo
cuando sinhá Mari me servía mi taza de café recién preparado que se completó la
orquesta. Porque justo cuando miro a mi suegra, que se iba hacia el fondo, y
miro al jardinero y después miro a sinhá Mari, es que suspiro chiquito, desde
un lugar secreto del corazón o del alma. Ella sonrió, como sabiendo íntimamente
algo que yo ignoraba. –Castanhas assadas –dijo".
El camino de la luna, "Castañas asadas", Pablo Ramos, Alfaguara, 2012
En
la pantalla de led, las aves de la tapa de "Pajaritos, bravos muchachitos" vuelan de oeste a este. La foto que
se sacó Indio en Bahía Mansa, Villa La Angostura, o que encontró mientras
boludeaba en Google, cobra vida. Se mueve. Acá estamos embarrados hasta los tobillos. “¿Hay
alguna canción que tenga la palabra ‘barro’?”, les pregunto a los pibes. Somos
cinco. Ya perdimos a nueve con los que salimos de la casa alquilada en Gualeguaychú.
Ninguno responde. No falta nada para que empiece el recital. Son las diez de la
noche y estamos cada uno en nuestro mundo. Ansiosos y nerviosos y
preguntándonos qué carajo hacemos en el lodazal. Esta vez le fallo al ritual de
sentarme en el piso con las piernas cruzadas hasta que se apaguen las luces y se escuche la danza sioux.
“Qué Indio hijo de puta”. Llegamos
el viernes, sin complicaciones -más allá de que uno se olvidó la entrada en
Buenos Aires-, y nos alojamos en el segundo piso de un hogar familiar de un
paisano, a tres cuadras de la Unidad Penal N° 2 de la ciudad, un castillo del
terror que terminó con un simulacro de motín: con los internos pogueando en el techo las canciones de Los Redondos. “Si en Mendoza aguantamos los grados bajo
cero y aguanieve -me digo-, esto no es nada”. Es verdad: soy proclive a suscribir
a la idea de que para alcanzar el placer hay que pasar, tarde o temprano, por
el túnel del sufrimiento. Pero esto lo pienso ahora, mientras escribo, y no
cuando pego saltos en el lugar para ver si de una puta vez sale el vejete. Los
recitales de Indio, como los Mundiales de fútbol, se han convertido en
una medida de tiempo. Con R. fui por primera vez, y a la platea del estadio,
porque estábamos todo cagados en La Plata; con S. O., la amiga que dejaría de
serlo por una vuelta de perilla del corazón, pasamos la tarde al pie del dique en
el segundo Tandil; con M. caminé los diez kilómetros -ida y vuelta- de la combi al
autódromo de Junín, bordeando la Laguna de Gómez. Y así. “¿Si sale, canta
Jijiji y nos vamos?”. La idea pendula en mi cabeza y, de
pronto, se va a la mierda porque se cae la estantería. El apagón, la danza, el damas y caballeros, con
ustedes, los fundamentalistas, y vas corriendo, con tus nikes, y las balas, van
detrás... El décimo tema en la lista, veo ahora, es Black Russian. “Lucha en el barro/ con tus amigas”. Y el decimosegundo,
Beemedobleve. “El barro se hace
cruel/ nos viene a sepultar”. Con los redondos Dawi, Semilla y Sidotti, Indio
cantó Ya nadie va a escuchar tu remera,
una canción que garpó el viaje. Recordé que en un diccionario que
heredé de él, mi primo había escrito en el lomo fechas y resultados de los
partidos de River. Por ejemplo: “Riv 1-0 Rac S. A 28/4/02”. Entonces, en
uno de sinónimos y antónimos, garabatee: “Tic... Tac efímero”. Ya nadie va a escuchar tu remera me -nos-
enseñó a que cuidemos nuestro estado de ánimo. A la vuelta del hipódromo,
en la casa, jugamos una temporada con la Roma al PC Fútbol 2001, que había
bajado Eneco la noche anterior de insomnio y larguirucho. Ganamos la liga y nos eliminó el
Milan de la Copa UEFA. Ese juego y Los Redondos llegaron en aquella época con mi primo. El domingo a la tarde, cuando rajamos
por la Avenida del Valle de fisuras para regresar por la Ruta 14, disfruté la melancolía de
ya no ser; de lo que ya no era.
"Tuve momentos buenos, tuvimos momentos buenos, y ahora voy a tener que empezar otra vez a los sesenta y pico. Sola. Mi memoria y yo. Algunos versos sueltos en mi memoria, leer va a ayudarme, también recuerdo partes de esta Biblia. Y por más que tenga el don de la profecía, y hable la lengua de los hombres y de los ángeles, y conozca todos los misterios, toda la ciencia, y tenga toda la fe de manera que sea capaz de mover montañas, si no tengo amor no soy nada. Cada tanto, repito y repito esas palabras de San Pablo, muchas veces. Si no tengo amor no soy nada. Y después viene que somos amor, y después viene que el amor, al menos el verdadero, no se acaba nunca, y después viene, sin duda, que nosotros tampoco nos acabaremos nunca. Ésa es tu verdad, María, y escuchala con atención porque en estos días también se va a nublar tu mente, te vas a poblar de sombras, vas a sentir que no es justo y tentarte y tentarlos a todos pero jamás, ni una vez, este amor debe siquiera sumergirse en el barro. Este amor es más grande y más importante que cualquier duda, y toda esta vida se encaminará otra vez".
En cinco minutos levántate María, Pablo Ramos, Alfaguara, 2010
El viaje. Más de mil kilómetros. Buenos Aires-Mendoza. Las estacas de la carpa, el piso de tierra-cemento y el ruido -todo el tiempo- del río que corre ahí nomás. La tranquilidad, sólo interrumpida por el relato de Arcapalo. El asadazo del Gonza Ruiz (gracias por bancarnos). Uspallata -“chupete de poio”-, Puente del Inca diez años después, Aconcagua. Quemando la turbina no se desdibujan los momentos si nos basamos en prejuicios y preconceptos. Las rosarinas de la chocolatada en Las Cuevas. La gata Sol. “Jijiji”. Los rosarinos, canayas y lepras, de la noche del camping. ¿Nieva? Porro, fernet y vino -mucho- del mejor. El reencuentro con los amigos de las viejas misas en la ciudad. La Arístides con todo y todos, hasta con los Fundamentalistas. Más porro, fernet y vino del mejor. El día, y esas putas dos horas y media que esperaste desde que se confirmó el recital -¿recital?- que ahora sí, de verdad, se aproximan. El micro y la peregrinación: apoyar el culo, cerca del escenario, encapucharse, bajar la cabeza, meterse dentro de uno para después explotar. Filoricoterazen. Y el Indio que te encara con Luzbelito, te da vuelta con Blues de la libertad, te delira con Divina TV Führer y te empercha para siempre con Gualicho. El final. La salida. Ciento treinta mil. Y vos, que preguntás. -¿No apareció en las pantallas cuándo vuelve a tocar, no?
El man está encanado en Ezeiza por robo. Tiene ojeras hasta los dientes, las puntas de los dedos marrones de tanto gastar rubios y poco pelo. De noche duerme en el mismo módulo del que se escaparon trece pibes a fines de agosto. Cuando me enteré de la fuga, un compañero de trabajo me escribió para preguntarme por él. Entonces lo recordé caminando por la pasarela, con el sol perdiéndose al noroeste, detrás de los pabellones, las rejas, los muros. “Juan, no falté a un recital en 21 años, salvo cuando caía en cana. Los fui a ver a todos lados. Tengo todas las entradas guardadas en mi casa, las banderas. Mirá los tatuajes loco, te digo la verdad amigo, si me escapo algún día de acá, va a ser para ir a ver al Indio”. Al revisar la lista de prófugos recé para que su nombre estuviera allí. Nadie se merecía más la fuga. Lo imaginé en Mendoza, saltando, fumando, abrazado al demonio. Busqué un largo rato pero su apellido no figuraba en la nómina de evadidos. En silencio comprendí que se había quedado en la celda, recordando cuando corría por el campo con las manos llenas de bengalas, con la cara desencajada, sucio, transpirado. Libre.
martes, 25 de octubre de 2011
Reina Momo
Ella empezó sonriéndome en un bar sin luz, ah, ah
dicen que lo hizo hasta con el diablo.
Linda desde la cabeza hasta los pies, ah, ah
y con su carcajada ronca me tentó.
La Reina Momo todo el tiempo anda a la pesca
del vino que nos va a poner un poco tontos, pide más.
Es tan golosa que no hay tiempo que perder, ah, ah
La melancolía puede extenderse durante una semana. Son múltiples y contradictorias las emociones compactadas que se desprenden de esa aventura. Hubo ansiedad, felicidad, dolor, nostalgia. Hay. En los días posteriores regresan, y todas ellas deambulan y se baten a duelo en un ring de cuerpo y mente. Aquí, en este momento, pasaron 48 horas. Escanear una y otra vez con los ojos este poema de Camilo Blajaquis -o escuchar La hija del fletero, o charlar con un amigo sobre el viaje a la Luna, o que se te presente esa escena hacia un Armageddon de vida- son todas maneras de volver. Ahora y para siempre.
REZÁNDOLE AL REY, FLETANDO EN RUTAS DE RICOTA
(este mundo, esta empresa, este mundo de hoy…)
¡Lobos!
Si todavía amenazan con su apetito
es hora que le rindan cuentas a los bosques.
¿O acaso les asustan los corderos que andan desatados y rebeldes?
¡Mejor teman!
que algunos ya vaguean furiosos con mandíbulas ansiosas.
¡Lobos!
Los invoca un idólatra más de su gualicho
un devoto más de sus patricias joyas
un adicto más del fuego que alumbró conciencias
con octubres y luzbeles, soledad y toxi taxis.
¡Lobos!
La vejez es maduración o remordimiento
no se opaca fácilmente a un talismán de temblores y utopías,
a lo social se lo atormenta con destellos de poesía.
¡Lobos!
¿Pudieron olvidarse de esa magia de ilusiones
temblando en recitales surrealistas?
Me dolería saber que ahora sus estrellas son de un rojo opaco
y sus hocicos ya no crujen, ni babean libertad.
¡Lobos!
Escuchen mi oración
escuchen esta plegaria que sueña
con ver renacer su rabia más elegante.
Lobos, teoría de los tabiques,
que su olfato recupere el instinto,
al menos por piedad
y como ataque de amor a esta época maldita.
¡Lobos!
Por más que su rey viva atormentado por alambrados
por más que ángel guardián vague como un nómade
y relinchen sus seis cuerdas en veredas del planeta pánico.
¡Lobos!
Aunque los hayan secuestrado los hechizos de la burguesía
sus melodías de arco iris los absuelve,
ni hablar del espejismo, del lujo de ser viento
serán mis héroes más sonoros
la ecuación: canción reflexión libertad.
¡Lobos!
Cuídense de esos pantanos que los encandilaron
yo seguiré implorando e invocando a la Diosa Arte
que fabrique ese puente que los enamore de vuelta
(denle!!! que grandes debates generó su aventura)
Camilo Blajaquis es César González. Acá su particular historia de reconversión. "Puedo resonar con su universo de palabras", dijo el Indio sobre su poesía. Este es parte de su libro La venganza del cordero atado.
Qué bien armadito este especial de la Rolling Stone sobre el recital del Indio Solari en Tandil. No sólo por el testimonio de él. Vean, por ejemplo, el video de la travesía ricotera. O al uruguayo que viajó 15 horas para verlo. Fui, y un poco de lo que sentí lo describió acá el Negro Máximo, un colega. Y eso que todavía nos preguntamos si somos un público respetable.