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lunes, 29 de junio de 2015

Mambo

Para mí que estoy enfermo.
Hace tres meses que no juego a la pelota y en seis horas voy a intentarlo de nuevo.
La rodilla derecha no sé si está curada y tampoco sé si el traumatólogo me dice que sí, que está curada, y entonces le creo y ya me curé.

***

"Buscás el dolor". 
Victoria.

***

Mañana -en seis horas- voy a volver y voy a seguir pensando que, a pesar de respetarte, M., coincidimos en un momento de la noche con N. que ella -ella, C.- te mira como para siempre.

***

"Trato de no pedir demasiado, ¿viste? No sé. El que da mucho también está pidiendo mucho... Para mí el amor es muy importante en mi vida, ¿no? En ese sentido, no soy una mujer tan moderna. Y trato entonces de descomprimir. Mi trabajo diario es distraerme un poco para que dé mejor resultado. Cuando descomprimo todo funciona mejor. Porque si no entro en mi propia trampa, ¿viste? Si me pongo a observar mucho al hombre termina siempre fallando".
Violeta.

***

Me atravesó un rayo de pies a cabeza,
y todo cambió adentro y afuera de mí (en mi cara y en mi corazón).
Ahora me recorro con precisión,
y sólo atiendo mi lección (y sólo sigo mi propio GPS).

***



***

¡Banzai!

miércoles, 20 de noviembre de 2013

G. I.



G. I. estaba sentado en la última fila del 166. Desde ahí escuchó cómo un pibe -voz aflautada, medias con bermuda, cara chillona- empezaba a gritar en el centro del colectivo. Algunas cabezas le obstruían la visión.
-¡Bajo acá! ¡Toqué el timbre, bajo acá! ¡Daleee, dale, abrime, bajo acá! ¡Daleee, abrime la puerta!
El padre de G. I., un tano furioso que nunca entibió el alma con canciones de Erica Mou, había trabajado veinticinco años de chofer en la línea 238, allá en el oeste conurbano; de colectivero, como decían. “Vos no te podés quejar -lo había boludeado una vez un arquitecto-, manejás un Mercedes Benz todos los días”. El pibe corrió hacia la puerta delantera y, mientras buscaba complicidad con los demás pasajeros, veía que el punto en el que tenía que bajarse se achicaba en el horizonte.
-¡Dale, loco, que te cuesta! ¡Abrimeee, hijo de puta, dale!
Sólo llegó a aclararle en un mensaje unívoco, los ojos cubiertos de gafas para protegerse del sol de Juan B. Justo, que no podía frenar ahí -el bondi avanzaba por la cinta asfáltica del metrobus- porque le podían hacer una multa. De bronca, y con los oídos supurados de la mierda que le gritaba el pibe, ahora a quemarropa, al lado, pasó de largo en la estación Pueyrredón, quizá para hacérsela caber.
-¡Hijo de putaaa! ¡Abrime, qué te cuesta, hijo de putaaa!
A G. I. se le dibujaba la mañana en la que se levantó y su madre le dijo que a papá un borracho lo había bañado en cerveza por la plaza de Ituzaingó, y que por eso estaba en casa temprano, como los sábados, que traía facturas para mojar en el café y lo llevaba a la tarde a jugar al club Argentino.
Frenó en la siguiente estación: Murillo.
El pibe le repitió que era un hijo de puta y, al traspasar la puerta, lo gargajeó.
Bajó a buscarlo, a ofrecerle que viniera a pegarle. “¡Qué me decís boliviano, vení!”, reprodujo lo que el pibe le había lanzado desde el cruce de la avenida, y que nadie había oído.
G. I., mientras los pasajeros miraban y cuchicheaban -“la sociedad está loca, enferma”, “la puta madre, voy a llegar tarde”- le ordenó a la vieja que tenía sentada a un costado, sin que lo registrara, que le mirara la mochila. Caminó hasta la puerta, bajó a la plataforma de la parada y trató de contenerlo. Con las manos en sus hombros, le dijo al oído que lo comprendía: que su viejo había dejado la columna -y el cerebro- arriba de un colectivo.
Que se tranquilizara: que él valía la pena.
G. I., antes de bajarse en Guatemala, con la sangre calabresa recorriéndole las manos y los cables cruzados, se acercó a él: “Tendría que haberlo puesto. Vos no podés; estás laburando”.
-Estaba esperando que me tirara la piña, pa; por eso puse el freno de mano -le respondió mientras bajaba la mano izquierda, ya engafado, no sin dejar de mover el cuerpo por el mal trago.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Remisero



Siempre pasaba algo. 
La primera vez, que lo fue a buscar a la cancha de Vélez, llegó tarde. Y, en el camino al diario, se le paró el auto -un Bora gris con alfombras bordó platinado- en el medio de la vía del tren San Martín. 
-Me quedé sin batería.
El periodista, ese domingo, caminó las doce cuadras que lo separaban de la redacción para escribir su puto comentario de fútbol. 
La segunda, esta vez en la vuelta desde la cancha de Quilmes, el remisero dobló en la Avenida Mitre y rozó el auto de un chabón que, al bajarse para pedirle los datos del seguro, vio la cara del banana que iba al volante. Escuchaba "Acuyuye", una salsa que trasladó al periodista, sentado en el asiento trasero, la vista clavada en la noche, al culo de Yamila en la quinta huérfana de dueños en la que el Ale cortaba el pasto -usurpaba e invitaba a la pileta a los amigos-.
La tercera fue diferente: lo buscó en su casa de Castelar y, cuando le indicó que iba a la cancha de Gimnasia La Plata, el engelado le aclaró que primero debía dejar una valija del Ministerio de Salud en Mendoza y Arcos, Belgrano. "El barrio de las veredas soreteadas", pensó el periodista, que nunca pisó el Bosque porque estacionaron en la esquina porteña media hora antes de que empezara el partido. 
Y, sobre todo, porque con el bobina siempre pasaba algo.