sábado, 21 de marzo de 2020

2. Central derecho

El fútbol como pandemia

2. Central derecho

La última vez que Hugo Campagnaro jugó un partido en Italia salió con barbijos junto a sus compañeros de Pescara. Un mes y medio después, relata: “La situación es dramática”.

Como si volviera a la niñez en las playas de Martinica, Wendie Renard, capitana de la selección de Francia, recomienda un libro de Zidane para la cuarentena.

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Hugo Armando Campagnaro no tiene coronavirus. Tampoco hace jueguitos con un rollo de papel higiénico. No se graba haciendo ejercicios ni envía selfies a la red. El 8 de marzo -sí, parece que fue hace un siglo-, salió a jugar con barbijos junto a sus compañeros de Pescara ante Benevento, por la Serie B de Italia. El árbitro pidió que se los sacaran antes del partido. Los que mandan ya le habían cerrado las puertas de las canchas a los hinchas. Ante la luz de los hechos, la decisión de Pescara fue un gesto de protesta. Y de alerta.

En Italia, donde el argentino Campagnaro juega desde 2002, cuando pasó de Deportivo Morón a Piacenza, hay 4825 muertos por el coronavirus. En las últimas 24 horas, como en ningún otro día, fallecieron 793 personas. Y a un mes de la primera víctima, se registraron 6557 nuevos casos positivos. “La situación en el inicio se subestimó, la gente no hacía caso y es por eso que se propagó tanto”, cuenta Campagnaro, cordobés, 39 años, defensor central, subcampeón en el Mundial Brasil 2014 con la Selección Argentina.

“La situación -relata- es dramática. Hay gente que necesita respiradores y no hay para todos. Los hospitales están llenos. Lo que conocemos de la enfermedad es lo que se ve en la tele y lo que se muestra en Internet. Sabemos bien que lo mejor es quedarse en casa y frenar el contagio; así tratamos de ayudar”. Campagnaro vive con su mujer y dos hijos en Pescara, centro de Italia, región de los Abruzos. En cuarentena, además de ejercicios físicos, les ayuda con la tarea a sus hijos, lee a García Márquez y Benedetti, escucha a Héroes del Silencio y los Redondos y, de a ratos, toca la guitarra.

Muchos conocieron a Campagnaro porque Alejandro Sabella lo colocó de titular en la línea de cinco defensores en el debut ante Bosnia en Brasil 2014. Y porque solía jugar con un protector bucal por recomendación médica. Cultor del perfil bajo, curtido en los potreros campestres de Coronel Baigorria y en el barro del fútbol de Ascenso, al capitán de Pescara no le gusta a hablar de él.

“Pero -le dijo a El Gráfico en 2012, cuando recibió la citación a la Selección- creo que lo que más me ayudó a salir adelante fue la fortaleza mental. La personalidad y la perseverancia para luchar siempre y no claudicar jamás. 'Non mollare mai', como dicen en Italia: nunca te rindas”. Ahora, sí, se trata de un poco de todo eso.

Por Roberto Parrottino

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Mar y fútbol. Así fue para Wendie Renard su vida en Martinica, una pequeña isla del mar Caribe que pertenece a Francia.

“Era raro que las niñas jugaran al fútbol en Martinica, por lo que era aún más raro que fueran las mujeres de mi familia las que me empujaron a jugar”, escribió Wendie en “La vida en el fin del mundo”, un texto que escribió en The Players Tribune. A su papá, no le interesaba el fútbol, prefería hablar de política. En cambio, su tía era árbitra y a su mamá le apasionaba tirarse en el sillón a ver partidos.

En Martinica, cuando uno se para frente a la playa -y le da la espalda al monte Pelée- lo único que ve son kilómetros de agua cristalina. “De donde soy, lo llamamos 'El fin del mundo'”, cuenta. Y ahí, en el fin del mundo, Wendie arrancó de chica a jugar a la pelota. Y, un día, mientras miraba un partido de fútbol femenino, encontró a su referente: Marinette Pichon, la máxima goleadora del fútbol francés femenino. “Yo también llevaré esa camiseta”, le dijo en voz alta a su mamá.

Cumplió. Se puso la camiseta bleu en 2011 y nunca más se la sacó. En 100 partidos, gritó 19 goles. La mayoría los hizo de cabeza gracias a su casi metro noventa. Estatura que también hace que adentro de la cancha se desplace con mucha elegancia.

“Ya estabas pateándome el vientre incluso antes de venir a este mundo”, le contestaba su mamá cada vez que ella le preguntaba si tenía dudas sobre lo que sería cuando creciera. La mamá no las tenía y Wendie tampoco.

En Martinica, cada vez que jugaba con los varones en la playa, sabía que tenía que jugar “el doble de duro, el doble de inteligente”, para obtener respeto. Aún con 29 años, 6 Champions y 13 ligas francesas con el Olympique de Lyon -todas las ligas en las que participó-, Wendie sabe que la igualdad en el fútbol todavía está lejos.

Una mañana, en el colegio, la maestra les pidió a sus alumnos que dijeran qué querían ser cuando fueran grandes.

-Futbolista y auxiliar de vuelo -contestó Renard.
-Wendie, uno de estos no es un trabajo -le contestó su maestra.
-Perdón. Futbolista -respondió la capitana de Les bleus.

En 2006, dejó el sol y el mar de Martinica para mudarse a Lyon. El fútbol la acompañó. Aquel año, vio alejada de la isla la final Italia-Francia del Mundial Alemania 2006. Y recordó la vez que su selección salió campeona en su propio país en el 98. Ese año, de la mano de Zizou -a quién Wendie admira y así lo hizo notar cuando recomendó el libro Zidane, de Frédéric Hermel, para la cuarentena-, Les bleus salieron campeones. Aquel campeonato lo festejó con toda su familia: hermanas, tía, mamá y papá.

-¿Sobre qué están gritando?
-¡Wendie sigue organizando el partido de fútbol! -contestaba una de sus hermanas.
-¿En serio? ¿Quién está jugando? -respondía la mamá mientras se sentaba al lado de su hija para disfrutar un partido más.

Meses después del Mundial de Francia, su papá moriría por culpa del cáncer: “Cuando tienes ocho años, no tienes nada de qué preocuparte. Cuando tienes ocho años, tienes fútbol. Cuando tienes ocho años, tienes la playa. Cuando tienes ocho años, se supone que tu papá estará para siempre”.

Por eso, en aquella final de Alemania 2006, Wendie recordó el Mundial 98. En realidad, añoró por primera vez su vida en Martinica. El mar y el fútbol.

Por Delfina Corti

martes, 10 de marzo de 2020

"Yo no pienso, vengo a jugar"

Foto: Osvaldo Abades (h)
El futbolista habla de la importancia de la concentración, de lo que tiene que hacer en el partido, y yo no. Yo no pienso, vengo a jugar, a divertirme. Hago la entrada en calor y estoy bailando, estoy jodiendo. Yo siento que el fútbol es así, que tenés que demostrar lo que sabés y si sabés jugar tenés que estar tranquilo. Ahora hay jugadores que están nerviosos, les duele la cabeza, pero porque están constantemente pensando en el partido. No hay que pensar mucho en el partido, hay que jugarlo.

José Luis "Garrafa" Sánchez,
en la revista El Gráfico,
febrero 2001

martes, 31 de diciembre de 2019

Recuerdos

Recuerdo un gran níspero.

Recuerdo mi asombro y fascinación al contemplar los rascacielos de Nueva York desde Park Avenue, a la hora del crepúsculo.


Recuerdo la cazuelita de aluminio a la que le faltaba un asa y donde mi madre freía los huevos.


Recuerdo la voz de Rabagliati saliendo de un gran tocadiscos y cantando: “E tic e tac cos´è che batte è l´orologio del cuor”.


Recuerdo a Clark Gable muy joven, en blanco y negro, de espaldas; luego se vuelve y sonríe... Así. Un tunante irresistiblemente simpático. ¿Qué película era? Quizá Sucedió una noche.


Recuerdo la carpintería de mi abuelo y de mi padre. Mi abuelo está haciendo una silla.


¡Recuerdo el olor de la madera, el olor de la madera!


Recuerdo los uniformes de los alemanes.


Recuerdo a los refugiados.


Recuerdo que en una ocasión soñé que vivía en un dirigible. O quizás era una astronave.


Recuerdo a H. G. Welles, a Simenon, a Ray Bradbury.


Recuerdo las ilustraciones en color de La Domenica del Corriere. Y también Flash Gordon.


Recuerdo que Fellini me llamaba Snaporaz.


Recuerdo la primera vez que fui de campamento.


Recuerdo a Chéjov, en particular al capitán Solioni, que en Las tres hermanas dice: pío, pío, pío.


Recuerdo la primera vez que vi las montañas, y la nieve, y la emoción que sentí.


Recuerdo la música de Stardust. Era antes de la guerra. Bailaba con una chica que llevaba un vestido floreado.


Recuerdo los caballos del viejo anuncio de cervezas Peroni.


Recuerdo perfectamente el sabor y el olor del cocido de garbanzos.


Y recuerdo que la noche de Navidad se jugaba al bingo.


Recuerdo el terrible zumbido de los Liberators, los aviones norteamericanos del primer bombardeo sobre Roma.


Recuerdo la agilidad tan elegante de Fred Astaire.


Recuerdo la primera vez que el hombre pisó la luna al ralentí. Pero, ¿dónde estaba yo?


Recuerdo que fui por primera vez al cine en Turín. Vi Ben Hur, con Ramón Novarro. Tenía seis años.


Recuerdo París, cuando nació mi hija Chiara.


Recuerdo las croquetas de arroz. Pero era imposible comprar todos los días, costaban cuarenta céntimos.


Recuerdo mi primer sombrero de hombre; era modelo Saratoga.


Recuerdo las películas cómicas de Charlot.


Recuerdo a mi hermano Ruggero.


Recuerdo que Cicerón nació en el año 106 A. C., es decir, 2122 años antes que yo, pero a dos pasos de mi casa, en Arpino. Mi abuelo se sentía orgulloso de ello. “Vitam regit fortuna, non sapientia”, me decía, citando a nuestro conciudadano. Luego dejaba escapar un suspiro y añadía: “Pues sí, la fortuna es la que dirige la vida, no la sabiduría”.


Recuerdo una noche de verano con olor a lluvia.


Recuerdo las aventuras de Ulises: “Háblame, musa, de aquel varón de multiforme ingenio...”.


Recuerdo a Cassius Clay (llamado La Lengua) en Nueva York, enfrentándose a Frazier.


Recuerdo la espléndida cabeza cana del arquitecto Ridolfi, mi profesor de dibujo arquitectónico.


Recuerdo los primeros dibujos de mi hija Bárbara.


Recuerdo mi proyecto de elevar el Tíber construyendo debajo una carretera.


Recuerdo a Greta Garbo mirándome los zapatos y diciendo: “¿Italian shoes?”.


Recuerdo el primer cigarrillo que fumé. Estaba hecho, lo recuerdo perfectamente, con barbas de mazorcas.


Recuerdo las manos de mi tío Umberto, unas manos fuertes como tenazas, manos de escultor.


Recuerdo el silencio que se hizo en el restaurante Chez Maxim's cuando apareció Gary Cooper vestido con un esmoquin blanco.


Recuerdo una pequeña estación y el ruido de los trenes.


Recuerdo a la cajera del bar de la estación. La caja hacía: "¡Clin, clin, clin, clin! ¡Cobrado!".


Recuerdo a Marilyn Monroe.


El primer automóvil que tuve, lo recuerdo, era un Topolino modelo camioneta.


No sé por qué recuerdo esta estúpida retahíla: “¡Oh cuántas chicas guapas, Madame Doré, oh cuántas chicas guapas!”.


Recuerdo las luciérnagas, que ya no se ven.


Recuerdo la nieve en la plaza Roja de Moscú.


Recuerdo un sueño en el que alguien me dice que me lleve los recuerdos de la casa de mis padres.


Recuerdo un viaje en tren durante la guerra: el tren penetra en un túnel, se hace una gran oscuridad y, entonces, en el medio del silencio, una desconocida me besa en la boca.


Recuerdo a los kurdos masacrados en un éxodo bíblico; recuerdo que no debo olvidar la violencia de tantas imágenes absurdamente violentas.


Recuerdo también la sensación de silencio y de luz suspendidos sobre la ciudad de Jerusalén como un halo místico.


Recuerdo el deseo de ver qué será de este mundo, qué sucederá en el año 2000, y de estar allí y recordarlo todo como un viejo elefante, sí, porque lo recuerdo. ¡Siempre he sido curioso, muy curioso!


Y hasta recuerdo cuando íbamos a cazar lagartijas. ¡Mi tirachinas!


Recuerdo mi primera noche de amor.


Sí, ya me acuerdo.



"Como un viejo elefante",
en Sí, ya me acuerdo (1998),
las memorias del actor italiano Marcello Mastroianni.

lunes, 14 de octubre de 2019

Palabras y actos

Mucho después de que lo que he dicho haya abandonado sus mentes, ya sea en semanas o en meses, y cuando no quede sino la sensación de haber asistido a un importante acontecimiento público, el que marca el final de un periodo significativo en sus vidas y el comienzo de otro, traten entonces, mientras se ocupan de sus destinos individuales, de recordar que las palabras, las palabras exactas y verdaderas, pueden tener el poder de los actos.

Recuerden también esa palabra poco usada que acaba de salir del empleo público y privado: ternura. No les hará mal. Y esa otra palabra: alma -llámenla espíritu si quieren, si así es más fácil la reivindicación territorial. No la olviden tampoco. Préstenle atención al espíritu de sus palabras, de sus actos. Ésa es una preparación suficiente. Y no más palabras.

La vida de mi padre, Meditación sobre una frase de Santa Teresa, Raymond Carver, 1984

miércoles, 9 de octubre de 2019

Afición

A ojos de sus enemigos morales, el fútbol es una Disneylandia portátil e invasora de la trabazón social, infiltrada en las articulaciones de la realidad y dañina como un elixir morfonizante... A la afición al fútbol se la presenta como evasiva, infantil, acaso irresponsable, para hacer creer que la gente adulta, los que han tomado conciencia, está resguardada en lo real y para esconder que el verdadero infantilismo (bárbaro, conmovedor, titubeante) está en todas partes. O, en definitiva, para ocultar que todos somos aficionados al fútbol.


Vicente Verdú, El fútbol: mitos, ritos y símbolos (1980)

viernes, 4 de octubre de 2019

Vivir no es mostrarnos

Mire, yo soy un tipo sin currículum. Porque desdeño todas las palabrejas de esa laya, que han puesto de moda los realizados, y porque me parece que es de bobos mostrar currículum en esta vida donde el currículum de todos se reduce al día en que nacemos y al día en que morimos. Lo que hacemos o dejamos de hacer entre esas dos fechas, es absolutamente intrascendente. Es vivir y nada más, según cada cual nació. Solamente es trascendente para los hombres vanidosos que suponen que el hombre es trascendente.
El hombre vale o no vale. Vale, si hace lo que tiene que hacer en la vida y no dice nada de sí mismo, como sentencia don Atahualpa Yupanqui. Y no vale, cuando a pesar de ser un genio en alguna cosa es el primero en proclamarlo, como un pavo real se proclama el más hermoso y colorido entre los pavos. Y yo le tengo miedo a los pavos. Mucho más que a los sinvergüenzas.
Le tengo mucho miedo a los hombres que denuncian en la ropa, en el pelo o en la piel, que ocupan mucho tiempo de cada día frente al espejo. Desconfío de los que tienen que "sudar mucho" para hacer algo bien.
Todo es importante, nada es importante.
Entre un decente y un millón de importantes, deme un decente que nunca hable de sí mismo y que no tenga currículum.
Vivir no es mostrarnos. Vivir es estar muy solos y sentirnos muy vivientes, porque sentimos por muchos. Para mostrarnos basta la muerte, que es cuando nos vienen a ver los que quieren ser vistos.
Hacen más daño diez pavos que un terrorista con una bomba y una ametralladora.
Piense cómo cambian las modas, y calcule cuántos hay.

sábado, 17 de agosto de 2019

Juventud

El hombre aspira, por un lado, a la madurez, a la plenitud, a convertirse en un ser acabado, es decir, a ser alguien similar a Dios. Y, por otro lado, está fascinado por la juventud. ¿Por qué? Porque la juventud es la vida, es la fase ascendente, es la fase en que uno es cada vez más vital. Que uno no haya conocido aún el fracaso, quizás, no sea tan importante. Lo importante es que todos esos movimientos son ascendentes durante la juventud. Entonces aquel que envejece, naturalmente, el que se siente amenazado por la muerte, tiene una nostalgia muy profunda por la juventud, y creo que esa nostalgia, en nuestra cultura actual, ha sido camuflada. No se le ha dado suficiente lugar a ella, y yo lo veo en nuestra manera de sentir la belleza. Ahora existe una crisis enorme: se niega la belleza clásica, la belleza perfecta, se busca la belleza inferior y la belleza imperfecta, y es algo enorme, porque eso cambia los gustos. Envejecer es otra cosa. Schopenhauer hizo una buena comparación, como todas las comparaciones de Schopenhauer. Dijo que la vida misma es así: se sube y, después, se baja. Pero cuando uno sube no ve que está detrás, es decir, la muerte. Es sólo cuando se llega a la cima, cuando uno empieza a ver. Es una cuestión espiritual y biológica muy distinta la de la juventud y la del hombre adulto. Todo lo que uno hace es una negación a envejecer. Evidentemente, todo lo que uno hace, incluso tomarse una taza de café con leche, significa negarse a envejecer. Eso es evidente. Cada uno busca la vida.

Witold Gombrowicz, escritor polaco

jueves, 11 de julio de 2019

Subrayar

PH: Masahide Tomikoshi.
Apenas empecé a leerlo me di cuenta que debía ir lento, el texto me imponía su propio tiempo, subrayando cada página. Subrayar, es sabido, no sólo constituye una forma de apropiación del texto, es leerse en el mismo, inscribirnos en sus frases, trazar una línea que indica la detención en tal o cual idea a la que, seguro, habremos de volver.

Guillermo Saccomanno, 
Escribir el desastre

jueves, 4 de julio de 2019

Comunicación

Hay dos silencios. Uno, en el que no se dice palabra. El otro en el que quizá se está empleando un torrente de lenguaje. El discurso que oímos es una indicación de aquello que no oímos. Es una evitación necesaria, una pantalla de humo violenta, astuta, angustiosa o burlona que mantiene a lo otro en su sitio. Cuando el silencio real acaece aún nos quedamos en medio del eco pero estamos más cerca de la desnudez. Una manera de mirar al discurso es decir que es una estratagema constante de encubrir la desnudez.

Hemos escuchado muchas veces esa frase cansina, torva: "Falla de comunicación"... Y esta frase ha sido adosada a mi trabajo bastante consistentemente. Yo creo lo contrario. Yo creo que nos comunicamos sencillamente demasiado bien, en nuestro silencio, en lo que no se dice, y que lo que sucede es una continua evasión, desesperados intentos de retaguardia para resguardarnos dentro de nosotros mismos. La comunicación es algo demasiado alarmante. Entrar en la vida de otro es demasiado aterrador. Desenmascarar ante los otros la pobreza que nos habita por dentro es una posibilidad demasiado temible.


Escribir para teatro, Harold Pinter, fragmento del discurso leído en abril de 1962 durante el National Student Drama Festival, en Bristol, Inglaterra.