domingo, 23 de marzo de 2025
Estética y estilo
lunes, 27 de enero de 2025
Fútbol: arte y juego
Es evidente e incontestable que un gigantesco business gravita cada vez más en torno al fútbol y lo impregna por todas partes. Pero también el cine de Hollywood es un gigantesco business y eso no impide a algunos cineastas realizar películas geniales, y, por muy asfixiante que sea su ambiente para numerosos artistas, la industria cinematográfica, lejos de asfixiar al arte del cine, le permite desarrollarse.
Era algo habitual que las elites intelectuales de los años 30-60 denunciasen el cine como la "diversión de los ilotas" y que los supuestos marxistas viesen en él a un nuevo opio del pueblo que impedía al proletariado acceder a la conciencia revolucionaria.
Por su parte, la actual elite intelectual denuncia que el horror futbolístico y su conversión al dios del dinero es como el nuevo opio que sirve para camuflar el paro y los demás problemas sociales. Pero como toda visión reductora, también ésta olvida lo evidente: el arte, el juego, la poesía y el amor.
El fútbol es un arte cuyas sutilezas son inteligibles y están al alcance del público de cualquier nivel. Como todo arte clásico, respeta las reglas que precisamente suscitan la habilidad y el talento dentro del marco de sus propias exigencias. Es cierto que las reglas hacen surgir numerosas trampas, que se han multiplicado durante este Mundial (agarrones, codazos y zancadillas), pero éstas no han desnaturalizado el conjunto de los partidos de esta Copa.
Arte y juego, el fútbol necesita una estrategia móvil y plural. El arte futbolístico se plasma en el terreno de juego no sólo cuando hay integración, sino también cuando hay dialéctica entre el juego individual, enfocado al lucimiento personal, y el juego colectivo, en el que el individuo es sólo una pieza en todo el engranaje del conjunto. De ahí su permanente complejidad. ¿Qué debe hacer con el balón que tiene en los pies el jugador bien colocado? ¿Pasárselo a un compañero, corriendo el riesgo de que lo intercepten, o intentar la jugada personal, corriendo el riesgo de fallar? La estrategia del equipo debe elaborarse imaginando la estrategia del rival e implica también una contraestrategia. Cada equipo tiene que aplicarse no sólo en fabricar su propio juego, sino también en destruir el del rival. De hecho, las mejores ocasiones en un partido proceden de las faltas y de los errores cometidos por éste. Por último, la espera del gol es tan tensa y tan angustiosa, su consecución tan difícil y aleatoria, cuesta tantos esfuerzos y energías, que el gol desencadena, en el terreno de juego y en las gradas, un orgasmo colectivo violento y extático, lo que a su vez suscita entre los aficionados un torrente de amor hacia el goleador y hacia su equipo.
El fútbol bien jugado implica una técnica refinada, el arte de la improvisación, la intuición y, en los momentos de máxima inspiración, una cuasi-telepatía entre los compañeros de equipo, que se presentan ante el arco contrario sin dejarse ver. Pero ninguna estrategia elimina la vigencia todopoderosa del azar. Todo partido implica una serie de casualidades, suerte y mala suerte. De ahí que algunos partidos mantengan la incertidumbre hasta el final. Francia tuvo baraka ante Italia, cuando el delantero italiano estrelló el balón en el travesaño; ante Croacia, con los dos goles inesperados del defensa Thuram, que sorprendieron a su mismo autor, que nunca había conseguido un gol en una Copa del Mundo; se benefició, en la final, de dos tantos sorprendentes de un Zidane acostumbrado a marcar con el pie, mientras que el equipo brasileño sufría las consecuencias de una crisis de desesperación amorosa de Ronaldo.
El fútbol es, pues, un juego soberbio, en el que, como en todo gran juego, el arte y la suerte se combaten y se combinan. Evidentemente, las grandes victorias estéticas son menos frecuentes que los episodios aburridos y estériles, pero éstos hacen más preciados a aquéllos. ¡Y una vez conseguida la victoria, qué gran sentimiento de belleza, qué sensación de poesía vivida, cuánto entusiasmo!
¿Qué pasó en Francia con este Mundial? Antes de su inicio, una serie de corporaciones estaban dispuestas a sacrificar el Mundial en el altar de sus reivindicaciones laborales. Al principio, el interés y la pasión no superaban el círculo de los aficionados al fútbol. Pero al igual que se necesita tiempo para calentar un líquido hasta la temperatura de la ebullición, también fue necesario el paso del tiempo para que el país comenzase a calentarse hasta alcanzar el paroxismo final. Hubo que superar los obstáculos de las eliminatorias previas. De tal forma que la angustia, el suspense y la esperanza iban creciendo tras cada nuevo partido superado.
El estadio se fue convirtiendo, pues, poco a poco, en una gigantesca copa de amor ofrecida, regalada y mágica. Los espectadores, convertidos en actores, sintieron en su interior y comenzaron a exteriorizar comportamientos cada vez más arcaicos: pintura de los colores nacionales en los rostros y en el cuerpo, onomatopeyas recitadas, cantos, ritmos, gritos, gestos rituales, como si de una ceremonia sagrada se tratase, olas tribalizando todo el estadio en un mismo temblor circulatorio. Y es que, sin duda, todo espectador sintió la necesidad de reencontrarse con su naturaleza arcaica tan insistentemente controlada en la vida cotidiana. Una naturaleza que, como reacción a la prosa de esta vida, se expresa hoy en las múltiples fiestas de comunión que proliferan por todas partes.
La magia y la tribalización se extendieron progresivamente fuera del estadio. En un subidón pasional, cada vez más adolescentes de ambos sexos y cada vez más adultos se pintaron mejillas y frente de tricolor. Y a través de las televisiones de las casas, de los cafés, de las pantallas gigantes de las calles, en las ciudades y en las aldeas, una parte cada vez mayor de la nación se sumaba a lo que iba adquiriendo caracteres de epopeya. La milagrosa victoria sobre Italia, la contundente victoria sobre Croacia, amplificaron una espera obsesiva cada vez más llena de esperanza y de angustia. Y la obsesión fue en aumento, jaleada por los medios de comunicación, en cuyas páginas y programas el Mundial devoró a cualquier otra información. A medida que se iba precisando la esperanza de una victoria, Francia se convertía en el ombligo de un mundo mágicamente transformado en una aldea global lúdica, infantil y efímera.
Y en aras de su generosidad, de los cabezazos geniales de Zidane, de las paradas increíbles de Barthez (dos tipos de hazañas individuales en el seno de un juego completamente colectivo) y, evidentemente, en aras de la suerte, Francia accedió por fin a una victoria jamás antes conseguida. Entonces, el orgasmo futbolístico de la victoria se transforma en una ola gigantesca de felicidad, en una verdadera ola nacional que se adueña de todo el país. La tribalización del estadio, en espera de la de toda la nación, se torna en comunión nacional y proporciona un intenso placer patriótico en el que el amor narcisista del propio yo se funde con el amor común y se confunde con el amor comunitario, que cambia la superación de uno mismo en un gran Nosotros.
De esta forma, todo pasa del nivel del estadio al nivel de la nación. En el primer nivel, el fútbol es una especie de campana de cristal en la que se crea, de una forma efímera, un gran momento de alegría, de identidad compartida, de poesía y de amor. Después, la gran comunión de la identidad se extiende fuera del estadio, más allá del momento del partido. Una comunión que descubre y descubre un patriotismo profundo, encubierto, invisible, escondido, dormido, pero de pronto regenerado y revitalizado por el paso del tiempo. No es un acontecimiento estatal, político o social, sino un acontecimiento periférico, de carácter lúdico, que adopta una dimensión histórica. Este acontecimiento, al romper una capa de inercia, de costumbres y de cotidianidad, hace surgir lo que era, a la vez, muy profundo e invisible: los fundamentos místicos y míticos de la pertenencia nacional. Hubo también un síndrome de revancha. La Francia siempre vencida en el Mundial accedía milagrosamente a la victoria y (¿quizá?) reencontraba en su memoria histórica los milagros de Bouvines, Valmy y la Marne. Pero por vez primera en su Historia, la comunión francesa no procedía de una victoria militar ni de una liberación nacional, ni de una gozosa explosión como la de las dos primeras semanas de Mayo del 68, sino, al igual que en Brasil, del deporte del fútbol, lo que podría hacer pensar que el Brasil vencido brasileñizó a su vencedor. Y esta borrachera victoriosa estuvo, como en la mayoría de las competiciones futbolísticas, exenta de cualquier agresividad, de cualquier desprecio hacia el adversario, que nunca fue considerado como un enemigo. El patriotismo no se transformó en nacionalismo.
"Francia ha dejado de existir", se lamentaban los frentenacionalistas y los socialnacionalistas. Pero la que se reveló en los campeonatos mundiales fue la Francia de azul, blanco y rojo, un equipo multicolor con un tercio de cuyos héroes tiene nombre extranjero.
Y todo esto, por una de esas felices coincidencias de la vida, tuvo lugar la antevíspera de un 14 de julio. La Marseillaise es entonada espontaneamente en el estadio y en las plazas públicas. Una Marseillaise del 12 que se prolonga y se transforma en la Marseillaise del 14 de julio. Las dos fechas entraron en ósmosis y en simbiosis.
De esta forma y durante tres días, se produce una invasión y un predominio de la parte lúdica y estética de la vida en una gran parte de la población francesa y, correlativamente, se intensifica y generaliza fuera del estadio la comunión nacional que se vive durante los partidos. Algo que inevitablemente sólo podía ser provisional. Porque, a partir del mismo miércoles, nos penetró insidiosamente la melancolía poscoital. Ya comenzábamos a estar hartos y a ver hasta en la sopa los gloriosos goles de Thuram y de Zidane. Quizá por eso volvió la prosa de la vida y los intelectuales abstractos se pusieron de nuevo manos a la obra, para desmitificar el fútbol, el Mundial, el patriotismo vivido y la felicidad popular. Como siempre, desprecian en vez de comprender. Evidentemente, el éxtasis no podía durar. Pero seguirá siendo para siempre un momento de éxtasis en nuestra Historia.
Edgar Morin, sociólogo y filósofo, miércoles 22 de julio de 1998, "El éxtasis histórico de Francia", diario El Mundo, de España.
domingo, 15 de septiembre de 2024
El fútbol es un juego que nunca cansa
domingo, 12 de mayo de 2024
Preguntar e imaginar
(...)
Usted es escritor, tiene, como dijo hace poco, obligación de conocer las palabras, sabe que los adjetivos no sirven para nada, si una persona mata a otra, por ejemplo, sería mejor enunciarlo así y confiar que el horror del acto, por sí solo, fuese tan impactante que nos liberase de decir que fue horrible, Quiere decir que tenemos palabras de más, Quiero decir que tenemos sentimientos de menos, O los tenemos, pero dejamos de usar las palabras que los expresan, Y, en consecuencia, los perdemos, Me gustaría que me hablasen de cómo vivieron en la cuarentena, Por qué, Soy escritor, Sería necesario haber estado allí, Un escritor es como otra persona cualquiera, no puede saberlo todo, ni puede vivirlo todo, tiene que preguntar e imaginar, Un día quizá le cuente cómo fue aquello, luego podrá escribir un libro, Estoy escribiéndolo, Cómo, si está ciego, Los ciegos también pueden escribir, Quiere decir que ha tenido tiempo de aprender el alfabeto braille, No conozco el alfabeto braille, Entonces, cómo puede escribir, preguntó el primer ciego, Voy a mostrárselo. Se levantó de la silla, salió, en un minuto regresó, llevaba en la mano una hoja de papel y un bolígrafo, Es la última página completa que he escrito, No la podemos ver, dijo la mujer del primer ciego, Tampoco yo, dijo el escritor, Entonces, cómo puede escribir, preguntó la mujer del médico, mirando la hoja de papel, donde, en la penumbra de la sala, se distinguían las líneas muy apretadas, sobrepuestas en algunos puntos, Por el tacto, respondió sonriendo el escritor, no es difícil, se coloca la hoja de papel sobre una superficie un poco blanda, por ejemplo sobre otras hojas de papel, después sólo es escribir, Pero, si no ve, dijo el primer ciego, El bolígrafo es un buen instrumento de trabajo para escritores ciegos, no sirve para darle a leer lo que haya escrito, pero sirve para saber dónde escribió, basta con ir siguiendo con el dedo la depresión de la última línea escrita, ir andando así hasta la arista de la hoja, calcular la distancia para la nueva línea y continuar, es muy fácil, Noto que las líneas a veces se sobreponen, dijo la mujer del médico, cogiéndole delicadamente de la mano la hoja de papel, Cómo lo sabe, Yo veo, Ve, recuperó la vista, cómo, cuándo, preguntó el escritor, nervioso, Supongo que soy la única persona que nunca la perdió, Y por qué, qué explicación tiene para eso, No tengo ninguna explicación, probablemente no la hay, Eso significa que ha visto todo lo que ha pasado, Vi lo que vi, no tuve más remedio, Cuántas personas había en aquel lugar de la cuarentena, Cerca de trescientas, Desde cuándo, Desde el principio, salimos sólo hace tres días, como le he dicho, Creo que yo fui el primero en quedarme ciego, dijo el primer ciego, Debió de ser horrible, Otra vez esa palabra, dijo la mujer del médico, Perdone, de repente me parece ridículo todo lo que he estado escribiendo desde que nos quedamos ciegos, mi familia y yo, De qué trata, De lo que hemos sufrido, sobre nuestra vida, Cada uno debe hablar de lo que sabe, y lo que no sepa, pregunta, Yo le pregunto a usted, Y yo le responderé, no sé cuándo, un día. La mujer del médico tocó con la hoja de papel la mano del escritor, No le importa mostrarme dónde trabaja, lo que está escribiendo, Al contrario, venga conmigo, Nosotros también podemos ir, preguntó la mujer del primer ciego, La casa es suya, dijo el escritor, yo aquí sólo estoy de paso. En el dormitorio había una mesita y sobre ella una lámpara apagada. La luz turbia que entraba por la ventana dejaba ver, a la izquierda, unas hojas en blanco, otras, a la derecha, escritas, en el centro una estaba a medio escribir. Había dos bolígrafos nuevos al lado de la lámpara. Aquí tienen, dijo el escritor. La mujer del médico preguntó, Puedo, sin esperar la respuesta cogió las hojas en blanco, serían unas veinte, pasó los ojos por aquella menuda caligrafía, por las líneas que subían y bajaban, por las palabras inscritas en la blancura del papel, grabadas en la ceguera, Estoy de paso, había dicho el escritor, y éstas eran las señales que iba dejando, al pasar. La mujer del médico le posó la mano en el hombro, y él con sus dos manos la buscó, se la llevó lentamente a sus labios, No se pierda, no se deje perder, dijo, y eran palabras inesperadas, enigmáticas, no parecía que vinieran a cuento.
(...)
Ensayo sobre la ceguera (1995), de José Saramago
sábado, 16 de diciembre de 2023
Política: vivir o morir
Las clases dominantes pueden quejarse de un gobierno de izquierdas, pueden quejarse de un gobierno de derechas, pero un gobierno no les causa problemas digestivos, un gobierno nunca les destroza la espalda, un gobierno nunca los lleva a ver el mar. La política no cambia sus vidas, o lo hace bastante poco. Esto también es curioso, ellos hacen la política, pero la política apenas tiene ningún efecto sobre sus vidas. Para las clases dominantes, la política es a menudo una cuestión estética: una manera de pensarse, una manera de ver el mundo, de construirse como individuos. Para nosotros, era vivir o morir.
Quién mató a mi padre (2018), de Édouard Louis
viernes, 13 de octubre de 2023
Armando Nogueira, el fútbol y yo, pobrecita
martes, 29 de agosto de 2023
Fútbol, gran rito global, religión sin Dios
¿La timidez de las ciencias humanas frente a los grandes rituales modernos como el fútbol no se debe al hecho de que quienes pueden observarlos y analizarlos están demasiado cerca? ¿Se puede, por ejemplo, disfrutar del fútbol, mirar televisión y dar cuenta del hecho de que, por primera vez en la historia de la humanidad, a intervalos regulares y en horarios fijos, millones de individuos se instalan frente a su altar doméstico para asistir y participar en la celebración de un ritual? Es muy probable, en cambio, que si fueran etnólogos, los hurones y los persas del siglo XX -cuya ciencia moderna nos invita a situar el origen fuera de las fronteras del Sistema Solar-, recién desembarcados, serían sensibles a la regularidad y a la intensidad de los movimientos de masas durante un campeonato de fútbol. Observarían rápidamente que estas concentraciones populares están acompañadas, paradójicamente, por una intensificación del culto doméstico y descubrirían con interés que el drama celebrado en un lugar central es seguido, con la misma fe, en sus hogares por millones de practicantes tan familiarizados con detalles de liturgia que se ponen de pie, exclaman, vociferan y se vuelven a sentar al mismo ritmo de la multitud reunida en el estadio. El gran rito global.
Luego vendrían observaciones más detalladas y estudios más minuciosos; los geógrafos hurones o persas, recopilando los datos de la historia y la demografía, formularían la hipótesis de un espacio social variable de diversas dimensiones para dar cuenta del hecho de que la estructura culto central-cultos domésticos tiene una extensión variable en función de parámetros espaciales y temporales: un partido local menor sólo es acompañado por un comentario televisivo con una finalidad doméstica, mientras que, en el Mundial, en ocasión de un encuentro entre la Argentina y Brasil, es la población de toda la Tierra la que participa en el gran ritual. Los etnólogos, para quienes estos datos macrosociológicos son difíciles de dominar, aportarían, sin embargo, un principio de respuesta a los interrogantes planteados por los geógrafos, al gozar de la confianza de las poblaciones y, utilizando conceptos de totemismo y segmentarismo, harían valer que, de alguna manera, es el grupo el que se presenta a sí mismo en la ceremonia del estadio. Pero los grupos enfrentados, observarían, sólo lo están a un cierto nivel de identificación: puede reconciliarse a un nivel superior contra un adversario que también es presa de esta lógica segmentaria de identificación-oposición. Religión sin Dios.
El juego de los colores o de las representaciones animales corresponde a este doble juego, que también puede percibirse en la organización estrictamente institucional de los campeonatos y, más aún, de las copas regionales, nacionales, continentales y mundiales. Los etnólogos, a esta altura, todavía dudarían de formular su hipótesis central: los habitantes de la Tierra practican una religión única y sin Dios. Sólo tendrían que leer a Durkheim y Las formas elementales de la vida religiosa para admitir que no hay diferencia esencial entre una asamblea de cristianos que celebran las principales fechas en la vida de Cristo o de judíos festejando la salida de Egipto o la promulgación del Decálogo, y una reunión de ciudadanos que conmemoran la institución de una nueva carta moral o algún gran acontecimiento de la vida nacional, y para asombrarse de que los seres humanos puedan ser tan perspicaces y, a la vez, tan ciegos respecto de la naturaleza de su alienación.
Finalmente, no es sorprendente que sean los historiadores los primeros en emprender, de manera sistemática, un estudio del deporte: lo mantienen a distancia, se podría decir, por definición, y lo observan desde su nacimiento, analizan sus primeras transformaciones y se abocan a descifrar su sentido. Numerosas publicaciones dan testimonio del interés que genera el más popular de los deportes de masas, el fútbol; pero muchas de estas publicaciones dan más cuenta del placer más o menos elaborado que experimentan ciertos espíritus o de la pasión más o menos informada de los especialistas de profesiones emparentadas o paralelas, que de una observación cuidadosa, objetiva y sistemática de los hechos.
La antropología religiosa recién tuvo existencia científica cuando dejó de ser el monopolio de los misionarios u otros profesionales de la religión: es hora de que la sociología del deporte salga de las revistas deportivas. Por más respeto que uno le tenga a los ministros del culto, a los comentaristas deportivos o a los árbitros de fútbol, hay que admitir que ellos forman parte del objeto de estudio y no sabrían, como tales, ser sus observadores privilegiados. Lejos de nosotros, sin embargo, está la idea de que el calor de una experiencia íntima, la emoción fugitiva ligada a un recuerdo personal no pueda ayudar, en estas cuestiones, a imaginar y comprender los resortes de la eficacia simbólica. El fútbol constituye un hecho social total porque está relacionado con todos los elementos de la sociedad, pero también porque se puede analizar desde diferentes puntos de vista. Su naturaleza es doble: práctica y espectáculo. Práctica suficientemente expandida por ser considerada en sí misma un fenómeno masivo. Espectáculo bastante atractivo para que el número de espectadores aumente y para que los días de la semana se vean afectados con antelación o a posteriori (por las conversaciones, los comentarios, la lectura de las crónicas).
El espectáculo de fútbol se convirtió en algo de todos y no puede estar destinado a un grupo particular que, según los puntos de vista, encontraría allí la imagen de su propia cohesión o el espejo de su alienación. En este sentido, el fútbol funciona como un fenómeno religioso y como ritual. Podríamos decir que la relación entre deporte de masas y religión no tiene nada de metafórico. El hecho de que sus funciones sociales puedan interpretarse, según las circunstancias, de manera diversa y hasta contradictoria lo acerca más al fenómeno religioso. Y, como sucede con todo ritual, uno espera que se produzca: que llueva, que se detenga la epidemia, que las cosechas sean buenas y los dioses, favorables.
El ritual se repite pero inaugura, da comienzo a la espera. En el ritual deportivo, esta espera se consuma con la celebración misma. En África, por ejemplo, la protección mágica del arco y del arquero, la consulta a los adivinos y el embrujamiento de los jugadores son prácticas bien conocidas de las que los europeos se burlan -aunque con más discreción cuando se trata de los brasileños y los argentinos que se persignan al entrar a la cancha, sin duda porque marcan más goles-. Tal vez Occidente esté frente al avance de una religión sin que todavía se haya dado cuenta.
"¿Deporte o gran ritual moderno?", de Marc Augé, etnólogo y director de estudios de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Clarín y Le Monde Diplomatique, 1998. Traducción de Claudia Martínez.
viernes, 19 de mayo de 2023
Todos los artistas tienen un centro
martes, 27 de diciembre de 2022
Nunca se recuerdan los porqués
El 16 de junio de 1871, en la trastienda del café de Verdun, poco antes del mediodía, el
manco acertó un golpe a cuatro bandas imposible, con efecto de retorno. Baldabiou
permaneció inclinado sobre la mesa, una mano detrás de la espalda, la otra aferrada al taco,
incrédulo.
—Pero bueno.
Se levantó, dejó el taco y salió sin despedirse. Tres días más tarde, partió. Regaló sus dos
hilanderías a Hervé Joncour.
—No quiero saber nada más de la seda, Baldabiou.
—Véndelas, idiota.
Nadie consiguió sacarle adónde diablos tenía previsto ir. Y a hacer qué, tampoco. Se limitó
a decir algo sobre Santa Inés que nadie entendió bien.
La mañana en la que partió, Hervé Joncour le acompañó, junto con Hélène, hasta la
estación de tren de Avignon. Llevaba consigo una sola maleta, y esto también era
relativamente inexplicable. Cuando vio el tren, parado en el andén, depositó la maleta en el
suelo.
—Una vez conocí a uno que se había hecho construir una vía de ferrocarril sólo para él.
Dijo.
—Y lo mejor es que se la había hecho construir toda recta, centenares de kilómetros sin
una curva. Había incluso un porqué, pero no lo recuerdo. Nunca se recuerdan los porqués. En
fin, adiós.
No estaba hecho para las conversaciones serias. Y un adiós es una conversación seria.
Le vieron alejarse, a él y su maleta, para siempre.
Entonces Hélène hizo algo extraño. Se separó de Hervé Joncour y corrió tras él hasta
alcanzarle, y le abrazó fuerte, y mientras le abrazaba, rompió a llorar.
No lloraba nunca, Hélène.
Hervé Joncour vendió a un precio ridículo las dos hilanderías a Michel Lariot, un buen
hombre que durante veinte años había jugado al dominó, cada sábado por la noche, con
Baldabiou, perdiendo siempre, con granítica coherencia. Tenía tres hijas. Las dos primeras se
llamaban Florence y Sylvie. Pero la tercera, Inés.
Seda, Alessandro Baricco, 1996 / Foto: Natacha Pisarenko.
jueves, 20 de octubre de 2022
Víctima
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Mateo y Blixen, sobrino y gata. |
Una víctima profesional obtiene algún placer. El placer de llamar la atención, el placer de recibir piedad. Pero ese placer, con el tiempo, va siendo cada vez más difícil de conseguir. Primero porque la gente se va cansando y lo máximo que da es una piedad distraída. Segundo, porque la víctima habitual poco a poco se va convenciendo de su infelicidad y ya no hay consuelo que la consuele.
Y, además, está lo siguiente: ser víctima profesional acaba marcando la cara como de víctima, se empieza a tener un aspecto lamentable… Y nadie lo lamenta, solo tú misma.
[Clarice Lispector, 1960]
…
Ver repentinamente que estás o has estado apegado a tu dolor puede ser muy impactante. En el momento de darte cuenta, ya has roto el apego.
El cuerpo-dolor es un campo energético, casi como una entidad, que se ha alojado temporalmente en tu espacio interno. Es energía de vida que se ha quedado atrapada, energía que ya no fluye.
Por supuesto, el cuerpo-dolor existe por ciertas cosas que ocurrieron en el pasado. Es el pasado vivo en ti, y si te identificas con el cuerpo-dolor, te identificas con el pasado. Tener identidad de víctima es creer que el pasado tiene más fuerza que el presente, que es lo opuesto a la verdad. Es creer que otras personas, y lo que te hicieron, son responsables de quien eres ahora, de tu dolor emocional y de tu incapacidad de ser tú mismo.
La verdad es que el único poder existente está contenido en este momento: es el poder de tu presencia. Cuando lo sabes, también te das cuenta de que ahora mismo eres responsable de tu espacio interno —nadie más lo es— y de que el pasado no puede prevalecer ante el poder del ahora.
[Eckhart Tolle, 1999]