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sábado, 12 de marzo de 2022

Ironías

“William se asombró al descubrir que lo impactaba que ella hubiera tenido un amante anterior. Se dio cuenta de que había empezado a pensar que ninguno de los dos existía antes de que se encontraran”.
Stoner, novela de John Edward Williams

-¿Estás bien? -le preguntó Ayelén.

Ezequiel estaba tumbado en la cama, a su lado. Miraba el techo, a un punto fijo, todavía un tanto agitado. Giró la cabeza y Ayelén le sonrió como nunca nadie le había sonreído. Hacía 48 horas que se conocían. La pregunta lo descolocó. Qué estará viendo para preguntarme de la nada si estoy bien, se dijo. Pero le respondió instintivamente: “Sí, mi amor, ¿y vos?”. Ayelén no llegó a terminar de pronunciar que “sí” antes de tirársele encima.

-No comimos. ¿Tenés hambre? -le dijo Ezequiel después, cuando Ayelén dejó de darle besos.

Eran las cuatro de la mañana. Revisó la heladera, el freezer, la alacena. Cocinó lo que pudo con lo que tenía a mano: una pizza cargada de un buen queso fresco, con orégano. Cuando la sacó del horno, Ayelén se estiraba en el sillón como una bailarina. Ezequiel apoyó la pizza en la mesita. Ayelén no tenía ni idea de lo que sentía, pero le encantaba. Todo, se dijo, incluso las “peleítas” que intuía que se vendrían.

-Siento un leve manto de nostalgia -le dijo.
-La nostalgia reciente debe tener un nombre hindú, onda kamanduki -le respondió Ezequiel.
-No existe la nostalgia reciente.
-¿Cómo que no?
-Existe la nostalgia, la que conocemos todos.
-Bueno, basta de nostalgia -cortó él. Ella le pasó los pies por detrás de la espalda y le clavó los ojos en los suyos.
-No te enojes -le dijo.
-No me enojo para nada.
-Eso dice la gente cuando se enoja.

Decidieron irse a dormir, como si hiciesen un pacto.

-¿Mañana cuando me despierte vas a estar? -la pinchó Ezequiel.

Ayelén lo miró extrañada, ahora le tocaba a ella.

-¿Querés que me vaya? -le devolvió, el tono cambiado, falsamente serio, como controlando las emociones.

-No te lo dije por eso.

Ayelén entendió que lo que había pasado, incluso lo anterior a las 48 horas en que se veían por primera vez, como que le dijese una vez a Ezequiel que tener un presentimiento es tener fe, se parecía a un sueño.

Se rió por no entenderle la ironía, justo ella, la reina con cara de mala de las ironías.

Se durmieron abrazados.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Niza

Ayelén se levanta. Abre la canilla de la ducha. Deja correr el agua. Va a la cocina. Agarra de un estante la taza con arabescos y pone el saquito de té. Se apura a bañarse antes de que se despierte Lucía. Ayelén prende la computadora. Lucía llora. Abre los ojos. Pide por mamá. Ayelén carga la bañera. Coloca a Lucía en el asiento. Lucía chapotea con los dinosaurios. Ayelén fuma el primer cigarrillo Virginia Slims del día con el ventanal del balcón apenas abierto. De reojo mira a su hija. Cambia a Lucía con un vestidito. Desayunan. Se sienta en la computadora. Lucía hace dibujos en la pizarra. Le pide que la mire. Ayelén se da vuelta y le dice que esa vaca está hermosa, mi amor. Se pone en cuchillas, dibuja una oveja y le da un beso a Lucía. Ayelén sale al balcón y se sienta en la silla. Se prende un cigarrillo. Mira hacia la esquina. Ve salir a la señora del 2° “C” de la mano de su pareja. Ayelén le da la última calada y aprieta el cigarrillo en el cenicero. Entra. Su hija encaja cuadrados, círculos y triángulos de un juego. Ayelén hace un llamado. Se fastidia. Lucía la choca con el monopatín. Ayelén se pone los lentes de sol. Baja a la entrada del edificio. Lucía se desliza de un lado al otro con el monopatín. Ayelén se apoya contra su auto y la mira. Le saca una foto. La sube a las redes sociales. Ayelén desearía estar de vacaciones en las playas de Niza.

Suben. El rayo de luz quiebra el departamento. Ayelén prende el aire acondicionado. Almuerzan. Lucía se recuesta en el sillón. Se duerme. Ayelén la lleva a la cama y se duermen juntas. Lucía se le tira encima. Ayelén la abraza. Cuando se despierta, Lucía le pide ir a lo de la abuela. Piensa que ya es domingo. Ayelén le dice que más tarde viene la tía. Hace otro llamado. Lucía se tira boca arriba en el piso. Ayelén cierra los ojos. Le duelen las cervicales. Mamááá, le grita Lucía. Quééé, le responde Ayelén. Lucía le pide que se siente a mirar las hojas verdes de cartulina pegadas en la pared. Las miran. Entra la hermana de Ayelén. Tíaaa, grita Lucía. Ayelén pone la pava. Charlan. Prepara el mate. Lo deja. Aprovecha y sale a comprar la comida para la noche. En el ascensor, sola, lagrimea. Pero vuelve resplandeciente. Lucía agarra una medialuna y le dice a Ayelén que coma. Sí, mi amor, le responde. Sale al balcón. Prende un cigarrillo. Apoya los pies en la baranda. Inclina la cabeza hacia atrás. El sol le brilla en la cara. Adentro, Lucía patea una pelotita con la tía. Cuando se repone, Ayelén observa que el vecino del 5° “B” sale con el auto. Agarra el celular. Su mejor amiga le escribió que si quería podía pasarse más tarde. Quizá mañana sea mejor, le dice. Lucía se va a pasear a la plaza con la tía. Ayelén prende la tele y pone un compilado de canciones de rock nacional. Ayelén se balancea frente a la tele y canta suave. Se abraza a sí misma. Lava las verduras. Pone el agua para los fideos. Se agacha, saca las compras de las bolsas y las guarda. Ordena los juguetes de LucíaQuizá fue en la mañana en que vendados los dos descubrimos cómo eran las cosas, canta Babasónicos. Ayelén corta la lista y pone un noticiero. Escucha las risas de Lucía a lo lejos. Despide a la hermana. No te olvides de hablar con papá del viaje, le dice. Le prepara la ducha a Lucía. Termina de cocinar.
Ezequiel le avisa por WhatsApp que el lunes no va a poder buscar a su hija. Ayelén no le responde, no tiene esta vez fuerza para pelear, siempre igual. Le pone el pijama a Lucía. A comeeer, le dice. Comen fideos con verduras salteadas. Lucía toma agua y se vuelca encima. Ayelén la seca rápido. Lucía come todo el plato y pide el yogur. Cómo come esta nena, se dice Ayelén. Se sientan en el sillón y cucharean el postre. Lucía deja el potecito al lado de la pecera y se tira en el sillón con la cabeza sobre las piernas de Ayelén. Lucía se despatarra y se duerme. La lleva a la habitación. Ayelén no tiene sueño. Mira el techo. Camina hasta el ventanal, lo cierra y deja el aire acondicionado prendido. Sale a fumar, pero a la escalera que conduce a la terraza, dentro del palier del quinto piso. Deja la puerta entreabierta. Prende el cigarrillo. Escucha ruidos en los otros pisos. Tira las cenizas en una tacita de plástico. El rojo del cigarrillo ilumina la oscuridad. Agarra el celular. Quizá mañana sea mejor, se dice, y entra.
Ayelén toma de la mesita de luz El arte de amar. Lee un par de frases que resaltó con lápiz. Se acuesta. Rodea a Lucía con los brazos y, poco a poco, ella también se duerme.

sábado, 17 de julio de 2021

Un viento que cerraba de golpe las puertas

Durante la última semana, sin que hubiera sucedido nunca antes, una almohada de la cama amanecía tirada en el piso, en el costado opuesto al que dormía Ezequiel -cuando dormía-, como si la energía del vacío la tirara noche tras noche. Cuando enfermó, hacía ya más de un año y medio, Ezequiel había empezado a usar sin parar la cámara del celular. Una foto. Otra foto. Secuencias. Ángulos. Retratos. Había odiado, durante mucho tiempo, la interrupción de la experiencia que producía sacar una foto. Sólo sacaba con placer durante los viajes de vacaciones, cuando se convertía en “un turista de la vida”, ironizaba. Pero ahora sacaba todo el tiempo. A sus familiares. A sus amigos. A sus perros. A cualquier objeto. Le apuntó a la almohada.

Eran las siete de la tarde, la hora de las galletitas de agua con queso fresco. De chico, cuando su padre se había quedado sin trabajo y traía unos pesos después de pasar doce horas arriba del auto como remis, su madre lo esperaba a las siete de la tarde con las galletitas de agua con queso fresco (y el mate). Ahora se sentía poco hombre, un flojo, ningún vivo. Caminaba por la calle y veía a hombres como su padre trabajando en una obra en construcción, bajando carga pesada a los negocios, manejando camiones y colectivos.

Ezequiel era periodista. “Al fin y al cabo -había leído en La fragilidad de los cuerpos- había lugares y situaciones que había descubierto mientras elaboraba un artículo. Eso era justamente ser periodista. Tener la capacidad de pasar de la ignorancia al conocimiento detallado”. Lo había disfrutado. Cada tanto, incluso, lo disfrutaba. Pero había caído en un pozo y desde abajo veía la superficie de ser periodista: la mierda y la falsedad, la vanidad yo-yo y el ego desmesurado, el postureo infantiloide de red social, las plumas de los pavos reales.

“Peor es trabajar”, había escuchado mil veces la frase en las redacciones. “Vos -se decía mientras miraba al que la tiraba- porque no laburaste en tu puta vida”. Ezequiel tampoco había trabajado tanto por fuera del periodismo. Pero su primer trabajo, las cinco horas en el fondo de una carnicería empanando milanesas, se le habían quedado impregnadas como el olor a carne podrida y lavandina destilada. Ezequiel no escribía porque de chico su padre le había inculcado el hábito de la lectura. Y dudada de aquellos que escribían “lindo”. Si no dejás un poco de vida al escribir, no sé si escribís.

Agarró el sobre y escribió en el dorso: “El sentido de la perspectiva”. Adentro había guardado la carta. La gente escucha historias que quiere que les sucedan a los demás, se dijo. Extrañaba al Ezequiel que había sido, sentirse fuerte, más calmo. Le dolía lo que no había podido ser: nada más intenso que lo que nunca sucedió. A la mierda con todo. También con el trabajo soñado: dedicarse a zaracear, una por día, para no confundirse, las etiquetas de los vinos.

Ezequiel abrió la puerta. Se cruzó con una vecina. La ignoró. Subió a la terraza. No hacía calor ni frío. Había un viento que cerraba de golpe las puertas, que retumbaba contra las ventanas, que movía las copas de los árboles. Miró hacia el oeste. A lo lejos, al chico que había sido, a la casa en la que había crecido, al barrio en el que se había criado. Sintió como si alguien le apretase la nuca con los dedos pulgares, provocándole un dolor desconocido. Dio una vuelta por la terraza. En otro momento había sido su lugar de entrenamiento, donde corría y hacía ejercicios. Había perdido la compañía de la suerte.

Sacó el celular del bolsillo de la camperita y se vio con la cámara invertida: una selfie, mirándose a los ojos. Del otro bolsillo, agarró el tarro de las pastillas, lo tiró hacia arriba y, antes de que tocara el piso, le metió un patadón. El tarro se abrió en el vuelo y las pastillas cayeron en la calle. Reacomodándose, se tanteó la cintura y se ajustó el jean. Temblaba. Sudaba helado. La última vez que había tenido un arma contra el vientre, recordó, él era Terminator y las balas eran de cebita.

Le sacó el seguro y se la llevó a la sien. “No me quiero entrometer -le dijo Ayelén-. ¿Probaste con no matar a Ezequiel al final?”. Ella tenía la capacidad de decirle palabras a su cabeza. Ezequiel se río, se río y se largó a llorar, se río y se le vencieron las rodillas, se río y se agarró el estómago del dolor, y no pudo parar.

martes, 9 de febrero de 2021

Puntos en común

—¿Ya se te fue la depresión?

Sol lo pincha a Ezequiel, abre la puerta, y le aprieta con una mano la entrepierna, todavía en la cumbre. Ezequiel la besa, sujetándole una mejilla, y se aparta para volver a verla: las piernas largas, el short de dormir, la musculosa holgada.

Baja por la escalera, como si fuese otro modo de templar el cuerpo. Se sube a la camioneta. Cuando llega a su casa y se tira en la cama, recibe una señal: Sol lo sacó por un rato de sí mismo. Había disfrutado la urgencia de una calentura, la había pasado bien sin pensar tanto. Había comenzado a ganar perspectiva.

Perspectiva, qué palabra tan hija de puta.

A la mañana siguiente, Ezequiel junta los restos de basura desperdigados por la casa. Sin darse cuenta, no repite la secuencia de los últimos días: no agarra el celular como acto reflejo al abrir los ojos, ya no se despierta tan agobiado. Vacía el cenicero. Recarga las botellas con agua. Barre la mugre del piso. Ordena papeles y libros. Airea los ambientes. “Yo no quiero a nadie, yo no me enamoro”, recuerda como un latigazo que le aclaró Sol, un rato antes de que se recostase sobre su pecho después de “hacerlo”, así diría. “¿Viste que cuando pasa el tiempo siempre te acordás de este momento?”, le dijo también, sentados en el escalón de la ventana.

Nunca había entrado a la casa de Sol. Aunque haya sido un rato, ella acaba de sacarlo de un lugar de mierda al que había llegado con Ayelén. Quizá no se sale solo. Supervivencia. Aunque piense que Sol es todo lo contrario a él. Aunque tiempo después concluya que no hay nada como encontrarse desde las diferencias. Nada tan finito. Y se estrole contra ellas.

El cartel de la autopista le marca ahora la salida. El Gordo Alan tarda quince minutos en abrirle la puerta, como siempre.

—En el mercado de la personalidad, sos mucho cráneo —le dice el Gordo Alan, su amigo-oráculo, en el fondo del patio, mientras le muestra cómo quedó la parrilla nueva—. Y la felicidad es otra cosa.

—¿Qué es? —le pregunta Ezequiel, siguiéndole el juego.

—El lugar en el que no estás, dicen. Pero no hay teorías absolutas. La felicidad son momentos, también. O son decisiones, como dice Miguel Ángel Russo.

—En cualquier momento terminás haciendo yoga.

—No estaría mal.

Jazmín lo hizo de nuevo, se huele a la distancia: las mejores pizzas caseras del Oeste para amenizar un domingo a la noche. Comen, beben, charlan. Jazmín y Alan fueron sus compañeros en el colegio. Son pareja hace más de diez años. Hasta se casaron. Ezequiel los jode: les dice que son sus papis adoptivos.

A la vuelta, él evita entrar a la autopista: vuelve por Avenida Rivadavia. En la radio suena Black Russian: te quiero tanto, que me hace daño, y si algo pasa, que nos separe. Ezequiel estira la voz cuando el Indio canta “serás hermosa”. Aprieta el acelerador. No encuentra puntos en común entre Ayelén y Sol. Eso le gusta, y se carajea por buscar puntos en común. Nabo.

Ya en la puerta de su casa, mete las manos en los bolsillos de la bermuda en busca de las llaves, y manotea sin saber de su presencia un papel, cuadrado y rojo: “¿Me prestás tu cocina casi a estrenar para hacer carne al horno con papas? Puedo compartir. ¿Lunes a las 20:30 está bien?”. Abre. Lo deja sobre la mesa. Está recontra hinchado las pelotas del amor según el Negro Dolina, pero mientras se tira boca arriba en el sillón, garabatea la frase en el aire: “Cuando una mina no te quiere, rajá”. Se ríe. Dolina dice también que no sentir ningún dolor duele más. No sé si coincido, piensa.

Ayelén no le contestó. Silencio. Ezequiel sabe que va a responderle cuando se le cante, que se acuerda de lo que le conviene, pero que un día, tarde o temprano, se sentarán frente al mismo tablero. El ajedrez y las damas se parecen, pero son juegos diferentes. Reciprocidad. O no, pero ya le importa menos. Cree.

A Ayelén también le gustaría no pensar tanto, no ver su vida como una historia que se puede controlar. Es “mucho cráneo”, como diría el Gordo Alan. Sol es expeditiva. Otra vez, la forrada de comparar. Y qué palabra horrible, ex-pe-di-ti-va. Los periodistas deportivos sermonean siempre que los centrales de un equipo de fútbol son “expeditivos”. Cortan rápido sin hacerse demasiadas preguntas.

Ezequiel se levanta, va al baño, sale y ve el papel. Busca el celular. Es de madrugada. Le escribe a Sol: “A las 20:30 está bien. Pongo el vino. Besos”. Se tira en la cama y abraza a una almohada con brazos y piernas. El ruido de las paletas metálicas del ventilador de pie, cual somnífero, le cierra los ojos.

lunes, 8 de junio de 2020

Vivir en el agua

Ph.: Dieter Meylr.
Ayelén salió envuelta en el toallón. Se sentó en la cama del cuarto y prendió el aire acondicionado. Un soplo le pegó a la altura de la frente. Transpiraba pese a la ducha de agua fría. Agarró el peine del neceser, inclinó la cabeza y se alisó con calma el pelo largo. En el living, notó, Ezequiel miraba un partido de fútbol. Se puso el short y la camisa de jean. Caminó en patas hasta la heladera y manoteó una botella.

—¿Te gustaría tener más una ex que una novia, no? —le preguntó, sin darse vuelta.

—¿Qué? —dijo Ezequiel, que de verdad no había escuchado.

Ayelén no repitió la pregunta. Volvió a entrar al baño. Ezequiel salió al balcón y miró a los médicos en ronda. Fumaban como escuerzos en el patio trasero de la clínica. Le fascinaba ver fumar a doctores de blanco. Del otro lado de la pared, una fila de personas que esperaba el colectivo. Cualquier halo de superioridad, pensó, cualquier atisbo de ego desmesurado, se te va un día de sol mientras esperás el colectivo, con la gota cayendo por la espalda. La espalda. Giró, extendió los brazos, quedó de frente al ventanal y, agarrado con las manos de la baranda del balcón, cual Jesucristo, se inclinó hacia atrás hasta quedar mirando el cielo. Último piso. Las nubes, el sonido lejano de un avión, los ojos entrecerrados. Ay, ese dolor de columna, la puta que me parió, tengo que salir a correr, llamar a la masajista, calmarme, basta, basta. Bostezó sin abrir la boca. Cuando entró, Ayelén ya estaba cambiada. Y hermosa.


—¿Leíste El tren de los pasajeros de la noche, ese cuento de Fogwill? —le preguntó Ezequiel.

—Te lo pasé yo hace tiempo, pero seguro ni bola.
—No me lo pasaste.
—Sí, te lo pasé.
—Bueno. Hay una frase genial en un diálogo, sobre el final, que…

Ayelén se deslizó hasta la puerta como una patinadora en la pista de hielo, y acompasando el cuerpo a las palabras, sopló: “Los peces podrán saber de todo, pero lo último de lo que un pez se entera es que vive en el agua”. Ezequiel chapoteó en su vanidad. Las cosas son o no son. ¿Las cosas son o no son?


—¿Te molesta si te quiero? —le dijo ella.

—No —respondió él.
—¿Entonces?
—Nada. Parece que la cotidianidad no es para nosotros. Estamos hechos para lo extraordinario —mintió Ezequiel.
—¿Y si de verdad te ves a vos, y no te tomás todo tan a la tremenda, y te la bancás?

Ezequiel dejó entrever una sonrisa. Una sonrisa de más te puede costar caro, se dijo ella, y dio un portazo. Ezequiel se hundió en el sillón. Un minuto, si no me voy a quedar a vivir. Se levantó, agarró de la mesa la botella que Ayelén había dejado por la mitad, y volvió a salir al balcón. Los médicos habían entrado. Cerró el ventanal. Con un poco de agua, regó las plantas. El resto se la echó lentamente de la frente hacia la nuca, recorriendo el pelo. Apoyado en la baranda, se inclinó ahora hacia adelante y hacia abajo. Un péndulo. El vacío. Pasajeros que esperan el colectivo. Se agarró fuerte. Empezó a contar hasta marearse. Uno, dos, tres, veinticinco segundos. Y, como un perro que recién sale de la pileta, sacudió la cabeza.

sábado, 11 de abril de 2020

La memoria de los cuerpos

Ezequiel se quedó tildado: la chica sonreía dormida con la cabeza apoyada en la ventana del tren. Faltaban ocho estaciones para llegar al aeropuerto. Ayelén revisaba los mails en el celular. Cuando el tren frenó, Ezequiel leyó el cartel detrás de la chica dormida: Trastevere.
“¿En qué pensará que sonríe?”, se preguntó Ezequiel.
Un perro subió al vagón y se acostó en el pasillo. Ningún pasajero, salvo Ezequiel, pareció notarlo.
—Qué habilidad tenés para esquivar ciertas cuestiones —salió de la pantalla Ayelén, y le acomodó la manga de la remera a Ezequiel. Un alma en la tierra disfrutaba de ese gesto. Él todavía lo disfrutaba.
—No es habilidad, es voluntad —contestó.
—En eso te diferenciás del Burrito Ortega y sus gambetas.
—¿Sólo en eso?
—Roble...
—El precio de la libertad es la soledad. Y sin embargo, acá estoy, muy orondo. Te dejo de lado pendejadas, existencialismos y cagazos.
—Para jugar, Roble, para jugar hay que ensuciarse las manos.
Cuando lo llamaba por su apellido, Ayelén tenía algo serio para decir. O lo pretendía. Él sabía que ella nunca dejaba de jugar.
Ezequiel volvió a concentrarse en la chica dormida. Sus clavículas sudadas le recordaron a Estefanía. Su piel tostada por el sol, a Anahí.
El perro esquivó a un viejo que leía la Gazzetta dello Sport y se acercó a la chica. La olfateó de los pies a la rodilla y movió la cola. Cuando le lamió el tobillo, la chica abrió los ojos. Intentó acariciar al perro en la cabeza. El perro la esquivó y caminó hacia el próximo vagón.
Ezequiel registraba los carteles y memoriza las estaciones. Las repetía como si fuese una formación de un equipo de fútbol. Atrás, se dijo como epílogo, queda Roma. Le pareció, en idénticas proporciones, solemne y pelotudo ese “atrás queda Roma”.
Ayelén guardó el teléfono en su mochila y sacó el libro que se había comprado durante los primeros días de las vacaciones en una librería de usados en Barcelona: Poemas de otros, Mario Benedetti, 1974. Agarró la fibra celeste para hacer lo de siempre: marcar los versos que más le gustaban. Ezequiel llegó a ver que leía el poema “Táctica y estrategia”.

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible

La interrumpió cuando llegaron a Fiumicino.
—Ya voy —pidió Ayelén.
Ezequiel se paró en la puerta abierta del tren a fumar un cigarrillo. El ruido de las valijas con ruedas era insoportable. Seguro así, pensó Ezequiel, con esta banda de sonido, te reciben en el infierno. Trató de distraerse, de pensar en otra cosa también. Hasta que Ayelén lo empujó hacia adelante.
—¡Daaale Roble, se va el avión, se va el avión!
Aquella tarde hacía calor en Roma. Ezequiel agarró la botella de agua de su mochila y tomó un trago. Ayelén caminaba con el cuerpo arqueado levemente hacia abajo, pisando hacia adentro. Lo había enamorado su forma de caminar.
Ezequiel la dejó adelantarse. La miró irse de a poco mientras terminaba de tomar agua. Después buscó un tacho de basura y tiró la botella vacía.

sábado, 21 de octubre de 2017

La electricidad de los pensamientos

-¿Qué le pasa a Mateo? -le preguntó Alan a Ezequiel, y escupió con la lengua en "u" la pipa salada hacia la parte soleada de la tribuna de tres escalones.

-Nada -le respondió Ezequiel.


-¿Cómo que nada, boludo? ¿Por qué se tapa los oídos después de meter los goles? ¿Por qué pide que se callen los que lo felicitan y le cantan? ¿Por qué se enoja cuando lo aplauden?


En la tribuna de enfrente, en diagonal, el padre de uno de los chicos del equipo visitante le gritaba al hijo que pusiera más huevos, que no sea maricón, que no podían estar bailándolo así. Ezequiel lo miró a la distancia: negó levemente con la cabeza. Sentarse a un costado, alejado de los padres de los pibes, había sido una decisión acertada, aceptó. Al fin y al cabo, se dijo, él era el tío.


Mateo pasó en velocidad por la línea lateral opuesta a ellos y clavó el derechazo arriba, imposible para el arquero, un nene de nueve años que no hubiese llegado aunque saltara como Michael Jordan. Era el quinto gol de Mateo. Argentino le ganaba 5-1 a Juventud en la categoría 2008. Ezequiel le rogó a Alan que dejara de expulsar las semillas de girasol como si fueran misiles norcoreanos. Sujetó la bombilla para dibujar un círculo mínimo en la yerba y cebó un mate amargo.


-¡Faulll, la concha de tu madre, faulll! ¡Cobrá, viejo! -gritó el padre. El árbitro paró el partido. Le subió el dedo índice y le señaló la puerta del club. "Una más y se va, señor", soltó en medio de la quietud. Ezequiel reconoció que el árbitro era el taxista de la estación que solía comer una tira de asado con papas fritas mediodía de por medio en la parilla de enfrente, cuando él pasaba yéndose al trabajo.


Se semblantearon con Alan para marcar lo insoportable.


-¿Te volviste a ver con Ayelén? -le preguntó el Gordo.


-Sí -dijo.


-¿Y?


-¿Y qué?


-¿Qué onda?


-Bien.


-¿Bien qué, boludo? ¿Podés ponerle vida a tus palabras?


-¿Sabés qué me explicó Mateo? -retomó el tema Ezequiel, y presionó, a la altura del tabique, los lentes negros de sol.


-¿Qué?


-El otro día, mientras le pasaba la franela con Blem aroma naranja a los botines, una sugerencia muy atinada de la madre, sí, me contó que no le gusta que lo aplaudan y lo feliciten mientras juega porque después de eso lo sacan, y él quiere jugar hasta el final. Cosa de chicos, ¿no? O lo que es la electricidad de los pensamientos...


-¿La qué? -se sorprendió Alan, recibiendo el mate de Ezequiel.


Al lado del otro córner, los chicos tomaban todos juntos el vaso de jugo alrededor de una mesa de plástico, un clásico después de cada partido de baby fútbol de los sábados. Mateo apuró el último sorbo y comenzó a caminar hacia ellos. Abrió el alfajor de dulce de leche. Cuando se acercó, Ezequiel le dijo que se atara el cordón del botín derecho.


-¿Qué hacés, Steve Hyuga? Muy buen partido, loco -lo saludó Alan.


-¿Me lo atás vos, tío? -pidió Mateo, sin soltar el alfajor, sonriéndole al Gordo.


Ezequiel se inclinó y le indicó que pusiera el pie en su muslo. Mientras trataba de deshacer el nudo que se había formado en una punta del cordón, Mateo le preguntó bajo, sin que escuchara Alan.


-¿Quién es ese? ¿Juega mejor que Messi?


-Uf, juega diferente. Es un supercampeón que se entrena pateándole a las olas del mar.


Mateo achinó los ojos en la resolana. Hizo un gesto de incomprensión con la boca. Bajó el pie y, como todavía no había empezado el partido de la siguiente categoría, sacó la pelotita de tenis del botinero y corrió hacia el arco.


De su cabeza, una luz brillosa 
salió.

sábado, 12 de agosto de 2017

Lo que tiene para dar

Con la espalda apoyada contra el vidrio, Ezequiel escuchaba sin atención a Sergio. Alan hacía la fila para retirar el café de la promoción, con tres medialunas. En el salón de la estación de servicio, Ezequiel miraba, como casi siempre que empezaba un viaje con amigos, a una pareja. Últimamente veía a las parejas con un bebé. La impresión le afectó: primero se preguntó por qué no estaba viajando con ella y, al instante, por qué se transportaba a otro lado, a una realidad inexistente, en lugar de estar en el aquí y ahora. Alan se acercó con la bandeja. Se sentó junto a Sergio. Le preguntó si le dolía la panza o si le había vuelto a florecer la rata de caño, el que gastaba de chico sólo los billetes de dos pesos para amarrocar.

-Cuando tengo hambre, como -lo cruzó, de movida, Ezequiel, sin cambiar la postura, con las piernas estiradas sobre otra silla.

Se había subido al auto con un libro. Lo pasaba de mano en mano. Lo llevaba de aquí para allá. Ni a Sergio ni a Alan se le había ocurrido decirle que parecía un pastor. Eso se lo decía él, para reírse de sí mismo, un lema que practicaba aún hundido en sus pensamientos más profundos. Cuando Sergio le comentó a Alan el placer de manejar su auto, habituado a momias y catraminas, Ezequiel escuchó en la música de ambiente de la estación de servicio el comienzo de Midnight Rambler, de los Rolling Stone. Fue un poco más allá de los recuerdos: pensó que las letras de las canciones que, por el inglés, no lograba comprender del todo, le recorrían el cuerpo por dentro a tal punto que maceraban comportamientos y actitudes. Esa disección le dio cierta armonía, y se puso a leer.

-Vos cuando quieras que una mina te mire, ponete una remera roja, una en la que predomine un rojo bien vivo -volvió Alan con Ezequiel-. El rojo le transmite fertilidad, ganas de garchar, y más: es como que ve en vos la energía suficiente para el nacimiento de sus hijos, la Represa Yacyretá del amor, el sustento sexual necesario para las generaciones futuras.

-¿Qué decís, pelotudo? -le dijo Ezequiel, sin sacar los ojos del libro.

-Lo que escuchaste. Y ojo que es algo más que simplemente ponerla, eh. El quid de la cuestión está en la cabeza de la mina. De ahí que tenés que tener cuidado, porque no es joda eso. Mirá si…

Ezequiel apretaba los dientes más que en las noches de bruxismo. Si Alan, el pesado de Alan, la seguía con esa pelotudez, lo iba a mandar a la concha de su madre, y era muy temprano para abrir la primera interna en el viaje. Estaban a mitad de camino.

-Mirá si me pongo la musculosa roja que me compré en Río -retomó Alan-, la de Zé Pequeno, y la amiguita de Ayelén, la que no paraba de mirarme en tu casa el otro día, porque es muy mirona, se vuelve loca y no me la saco más de encima. Yo tengo una vida, una vida armada, establecida, estoy bien y contento con alguien, y mirá si la piba se me enamora, y me desenfoca de eso, del laburo, de mis asuntos, y me caga el viaje a Europa, la libertad, digamos, mirá si me rompe los huevos con mil mensajes por día, si me hincha para que haga un festejo por una boludés, porque, ponele, cambié el auto, como a este -Alan señaló a Sergio-; mirá si, en definitiva, no me deja vivir. Por eso tenés que tener cuidado ya no con ponerte una remera, sino un slip rojo.

Todo eso, Gordo Alan de mi vida, es lo que querés, pensó Ezequiel.

Sin embargo, no era planeado lo de Alan: era así, auténtico en esencia, y por eso era su amigo. Ezequiel le dijo a Sergio, como si fuera una orden, que se armara un porro para la ruta en vez de chichonear con el celular. Y le preguntó a Alan.

-¿Por qué carajo me contás la teoría de la remera roja?

-Por lo de Ayiu -dijo, desentendido, y arengó a Sergio con el armado.

Ezequiel caviló. Bajó los pies de la silla, agachó la cabeza y salió como un boxeador del rincón.

-Las flacas son bravas -dijo al aire, siempre con esa fingida solemnidad, impostando más que el sonido de las cuatro palabras, ante todo elegante, porque se había juramentado que era lo último que perdería en la vida-. Y, Gordo, cada uno es lo que tiene para dar.

-¿Sabés lo que pasa? -retrucó Alan, cambiando de tono, lejos del divague-. Vos no te enamorás: vos te enfermás.

Ezequiel se levantó con una carcajada. Se tiró hacia atrás la parte de la bufanda que le colgaba y se enroscó el cuello. Le guiñó un ojo. Se acercó al mostrador, compró unas mogul y salió. Se puso la capucha de la campera. Comió la mitad del paquete. Las medias cortitas le dejaban pasar el viento. Fue hasta un cuadrado de pasto con un cartel: “Sector fumadores”. Prendió un cigarrillo, porque volvía a fumar durante los viajes.

Esta vez, Ezequiel miró sin ver: a los autos con las luces que encandilaban, a los surtidores, a los playeros que cargaban nafta, a las personas que iban y venían con el termo para el mate, a las que corrían hacia el baño, a las parejas. A todo.

Cuando volvió, Sergio y Alan ojeaban las páginas de Deportes del diario. Sergi le dijo al Gordo si la B Nacional le interesaba tanto desde 2011 o desde siempre. Alan resopló como respuesta. Como gallina. Ezequiel aprovechó. Abrió el libro en las páginas en que el lápiz hacía de señalador.

Leyó. Se detuvo en un párrafo. Página 121, El palacio de la luna, de Paul Auster.

"No estoy hablando solamente de sexualidad ni de las permutaciones del deseo, sino de un espectacular derrumbe de muros interiores, de un terremoto en el corazón de mi soledad. Me había acostumbrado de tal modo a estar solo que no creí que algo semejante pudiera ocurrirme. Me había resignado a cierta clase de vida y luego, por razones totalmente oscuras para mí, aquella preciosa muchacha china había caído ante mí, descendiendo de otro mundo como un ángel".

Lo subrayó. Después, lo marcó a un costado con ondas, marcas incompresibles para la psiquis de cualquier otro humano. Y lo remarcó, punzando el límite de agujerear la hoja.

Cuando levantó la cabeza, sus amigos ya estaban afuera, yendo al auto. Agarró una gaseosa de limón y tres alfajores triples de chocolate. Alan era un depredador de dulces, y a Sergio le bajaba la presión a menudo después de fumar. Él lo necesitaba.

Cuando cruzó la puerta, sintió que era hora de poner un punto con Ayelén.

Se subió atrás. Sergio puso primera.

-Tomá, Gordo, para el postre.

Sin darse vuelta, Alan colocó la palma de la mano izquierda. Ezequiel le depositó el alfajor y notó en la muñeca dos cintas bebé como pulseras.

-¿Por qué la violeta? -le preguntó, dándole un tironcito.

Alan lo miró por el espejo retrovisor.

-Por si falla la roja.

viernes, 17 de febrero de 2017

La competencia de las palabras

Marco Anelli, "Il calcio". https://goo.gl/o2QU6l
A Ezequiel le había empezado a molestar cómo Ayelén dejaba desenrollado el papel higiénico de los animalitos. Quería ver sólo al lobo, no al león, la jirafa, el hipopótamo y la serpiente, el reptil que le aparecía siempre –y en cantidades– en las pesadillas. Lo pensaba mientras caminaba hacia la cancha junto a Ayelén, aunque en verdad sabía que lo que le zumbaba en la cabeza era saber si eso era la convivencia, y si él era un cagón al sentir miedo por compartir algo más con alguien.

–¿Sabés cómo se llama ese olor? –lo sacó de ahí ella.

Ezequiel recién entonces sintió el pelo humedecido. Respiró hondo. Algo fuera de lo normal iba a salir de la boca de Ayelén. Lo tenía acostumbrado. La otra noche, mientras cenaban y se protegía con frases cortas, había visto cómo de la nada se subía a una silla para sacar de un manotazo, con la furia de Mike Tyson, el mosquito que reposaba en la pared blanca. Dudaba, durante esos arranques, si la conocía desde primer grado o si atravesaban los primeros minutos a solas. Hasta que se reía, lo contagiaba, y ya no elucubraba nada.

–¿Sabés o no? –lo apuró.

Anochecía. En el cielo del estadio, allá, relampagueó. Caían gotones. Ezequiel se adelantó. Esquivó a un pibe que cantaba una canción revoleando la remera. Escuchó el trueno.

–Petricor –dijo Ayelén, sin esperar respuesta–. Petricor se llama ese olor que sale cuando cae la lluvia sobre la tierra seca. ¿Se entiende?

Ezequiel le sonrió de costado. Giró la cara. Había dejado de pensar en los animalitos del papel higiénico. Llovía un poco más fuerte. Quería verla desde esa perspectiva, medir el ángulo con los ojos, porque ella sabía que lo miraba, y él que llegaba la parte en que ella se desentendía por completo porque le había ofrecido una palabra de su agrado. No pidió más explicación. Qué especial que sos, se dijo. Especial, en todas las acepciones, se dijo, como para ponerse en carrera en la competencia de las palabras. Por dentro, sin embargo, comprendía que esta vez corría de atrás, que le había clavado un dagazo en el estómago, porque el amor se siente como herida descontrolada en el vientre.

Lo intuyó como la única certeza mientras pensaba en siete cosas al mismo tiempo después de que se fumaran un porro. Miraba sin ver el recital que daba el equipo. "Hablame porque me doy vuelta como una media", casi que le suplicó. Ayelén se inclinó, y le dijo en el medio de la tribuna, al oído: "Te odio mucho". Parada un escalón arriba, le apoyó la mano en el hombro.

Petricor, leyó Ezequiel días después en la oficina, cuando gugleó, es la unión de petros, que significa piedra, e ikhôr, el néctar que fluía por la sangre de los dioses para convertirlos en inmortales.

–Sé que me voy a morir –le escribió por wasap, aunque era más romano que griego–, pero también sé que mientras esté vivo soy inmortal.

Ayelén lo leyó. Qué denso, pensó. Encastró el celular en el sillón. Salió al balcón. Fumó un cigarrillo. Entró y se recostó, de espaldas al ventanal, mirando el techo. Cerró los ojos. Comenzó a dormirse con el ruido de las primeras gotas que golpeaban el techito de chapa del aire acondicionado.

jueves, 13 de octubre de 2016

Gud

Gracias, Virumancia.
Goodfellas se acerca manso al costado de la reposera, moviendo la cola. Se cuida de poner la trompa arriba de la mesita y hacer peligrar la estabilidad de la botella de cerveza.

-Buen muchacho, Gud, buen muchacho.

Desde que leyó que el lobo es el macho alfa por excelencia del reino animal, y no por mostrar los colmillos y guerrear con los otros, Ezequiel quiso tener un ovejero alemán, lo más parecido a la locura de tener un lobo en el parque de la casa. Ahora lo acaricia, le estira los ojos hacia atrás, y lo mira fijo. El silencio los hace poderosos. De pronto, se distrae con un bicho que se posa sobre su pie derecho descalzo. Ezequiel patalea. Acto seguido, empina el chop y mira al cielo.

Gud le jadea. Si pudiera definir la felicidad, diría más tarde que es eso: la cerveza refrescándolo, el calor de noviembre en el aire, el perro haciéndole sentir que aunque piense que el precio de la libertad es la soledad, está ahí para acompañarlo. Gud sale disparado hacia la pared del fondo. "Debe ser ese gato", se dice Ezequiel, que ha visto a ese gato lastimado caminar por los vidrios de las medianeras y abajo del motor de la camioneta.

Desde adentro de la casa, se escucha que Ayelén pone esa canción de New Order que tanto le gusta. A él nunca le llamó la atención, pero mientras ella se acerca y le dice que la próxima le toca a él armar la picada, le suena mucho mejor, le agrada. Debe ser por eso del nuevo orden, aunque suene estúpido, o porque Gud vuelve y le sonríe. A la distancia, Ezequiel le tira un pedazo de queso, como si fuera un delfín premiado de Mundo Marino.

-Buen muchacho, Gud, buen muchacho.

Ayelén le advierte que la termine con ese latiguillo, y le vuelve a llenar el vaso de cerveza a punto.