viernes, 10 de marzo de 2017

El viejo y el béisbol

-Santiago -dijo el muchacho.
-Sí -respondió el viejo.
Sostenía un vaso en las manos y pensaba en muchos años antes.
-¿Puedo ir a traerte las sardinas de mañana?
-No. Vete a jugar béisbol. Yo todavía puedo remar y Rogelio tirará la red.
-Quisiera ir. Si no puedo pescar contigo me gustaría ayudarte de alguna manera.
-Ya me invitaste una cerveza -dijo el viejo-. Ya eres un hombre.

***

Se consideraba una virtud no hablar innecesariamente en el mar, y el viejo así lo creía y lo respetaba. Pero ahora muchas veces decía sus pensamientos en voz alta ya que a nadie molestaba.
-Si los demás me oyen hablando solo dirán que estoy loco -dijo en voz alta-. Pero como no estoy loco, no me importa. Los ricos en sus botes tienen radios que les hablan y les dan los resultados del béisbol.

***

-Pero los hombres no están hechos para la derrota -dijo-. Se les puede destruir, pero no derrotar.
De cualquier manera lamento haber matado al pez, pensó. Ahora vienen los malos tiempos y yo ni siquiera tengo arpón. El dentuso es cruel, capaz, fuerte, inteligente. Pero yo fui más inteligente. Quizá no, pensó. Quizá tan sólo yo tuve las armas.
-No pienses, viejo -dijo en voz alta-. Navega tu rumbo y enfrenta cada cosa en su momento.
Pero tengo que pensar, pensó. Es todo lo que me queda. Eso y el béisbol. ¿Le habría gustado al gran DiMaggio cómo le di en el cerebro? No fue gran cosa, pensó. Cualquiera podría hacerlo. Pero, ¿tú crees que mis manos hayan sido un gran contratiempo como las espuelas de hueso? No lo puedo saber. Siempre he tenido bien los talones, salvo la vez en que estaba nadando y pisé una raya que me paralizó la parte inferior de la pierna y me dejó un dolor insoportable.
-Piensa en algo alegre, viejo -dijo-. Cada minuto estás más cerca de casa. Se viaja más ligero con ochenta kilos menos.


El viejo y el mar, Ernest Hemingway, 1952
Foto: Marilyn Monroe & Joe DiMaggio.

viernes, 17 de febrero de 2017

La competencia de las palabras

Marco Anelli, "Il calcio". https://goo.gl/o2QU6l
A Ezequiel le había empezado a molestar cómo Ayelén dejaba desenrollado el papel higiénico de los animalitos. Quería ver sólo al lobo, no al león, la jirafa, el hipopótamo y la serpiente, el reptil que le aparecía siempre –y en cantidades– en las pesadillas. Lo pensaba mientras caminaba hacia la cancha junto a Ayelén, aunque en verdad sabía que lo que le zumbaba en la cabeza era saber si eso era la convivencia, y si él era un cagón al sentir miedo por compartir algo más con alguien.

–¿Sabés cómo se llama ese olor? –lo sacó de ahí ella.

Ezequiel recién entonces sintió el pelo humedecido. Respiró hondo. Algo fuera de lo normal iba a salir de la boca de Ayelén. Lo tenía acostumbrado. La otra noche, mientras cenaban y se protegía con frases cortas, había visto cómo de la nada se subía a una silla para sacar de un manotazo, con la furia de Mike Tyson, el mosquito que reposaba en la pared blanca. Dudaba, durante esos arranques, si la conocía desde primer grado o si atravesaban los primeros minutos a solas. Hasta que se reía, lo contagiaba, y ya no elucubraba nada.

–¿Sabés o no? –lo apuró.

Anochecía. En el cielo del estadio, allá, relampagueó. Caían gotones. Ezequiel se adelantó. Esquivó a un pibe que cantaba una canción revoleando la remera. Escuchó el trueno.

–Petricor –dijo Ayelén, sin esperar respuesta–. Petricor se llama ese olor que sale cuando cae la lluvia sobre la tierra seca. ¿Se entiende?

Ezequiel le sonrió de costado. Giró la cara. Había dejado de pensar en los animalitos del papel higiénico. Llovía un poco más fuerte. Quería verla desde esa perspectiva, medir el ángulo con los ojos, porque ella sabía que lo miraba, y él que llegaba la parte en que ella se desentendía por completo porque le había ofrecido una palabra de su agrado. No pidió más explicación. Qué especial que sos, se dijo. Especial, en todas las acepciones, se dijo, como para ponerse en carrera en la competencia de las palabras. Por dentro, sin embargo, comprendía que esta vez corría de atrás, que le había clavado un dagazo en el estómago, porque el amor se siente como herida descontrolada en el vientre.

Lo intuyó como la única certeza mientras pensaba en siete cosas al mismo tiempo después de que se fumaran un porro. Miraba sin ver el recital que daba el equipo. "Hablame porque me doy vuelta como una media", casi que le suplicó. Ayelén se inclinó, y le dijo en el medio de la tribuna, al oído: "Te odio mucho". Parada un escalón arriba, le apoyó la mano en el hombro.

Petricor, leyó Ezequiel días después en la oficina, cuando gugleó, es la unión de petros, que significa piedra, e ikhôr, el néctar que fluía por la sangre de los dioses para convertirlos en inmortales.

–Sé que me voy a morir –le escribió por wasap, aunque era más romano que griego–, pero también sé que mientras esté vivo soy inmortal.

Ayelén lo leyó. Qué denso, pensó. Encastró el celular en el sillón. Salió al balcón. Fumó un cigarrillo. Entró y se recostó, de espaldas al ventanal, mirando el techo. Cerró los ojos. Comenzó a dormirse con el ruido de las primeras gotas que golpeaban el techito de chapa del aire acondicionado.

lunes, 9 de enero de 2017

Jackie Robinson (o tres trilogía)

Ciudad de cristal (1985)

1) En mi trabajo se suele encontrar un poco de todo y si uno no aprende a dejar de juzgar, nunca llegaría a ninguna parte. Estoy acostumbrado a oír los secretos de la gente y también estoy acostumbrado a tener la boca cerrada. Si un hecho no tiene relación directa con el caso, no me sirve para nada.


2) Recordar la sensación que produce llevar la ropa de otra persona.


3) La consecuencia era que el comportamiento humano podía comprenderse, que debajo de la infinita fachada de los gestos, los tics y los silencios, había una coherencia, un orden, una motivación.


Fantasmas (1986)


1) Poco a poco se vuelve más audaz en su deambular. Estamos en 1947, el año en que Jackie Robinson empieza a jugar con los Dodgers, y Azul sigue sus progresos atentamente, recordando el jardín de la iglesia y sabiendo que hay algo más en ello que simplemente béisbol. Una luminosa tarde de un martes de mayo decide hacer una excursión a Ebbets Field y cuando deja atrás a Negro en su habitación de la calle Naranja, encorvado sobre su mesa como de costumbre, con una pluma y sus papeles, no siente ningún motivo de preocupación, seguro de que todo estará exactamente igual cuando regrese. Toma el subterráneo, se roza con la multitud, se siente lanzado hacia una sensación de inmediatez. Mientras toma asiento en el estadio, le choca la nítida claridad de los colores que le rodean: la hierba verde, la tierra marrón, la bola blanca, el cielo azul. Cada cosa es distinta de todas las demás, totalmente separada y definida, y la simplicidad geométrica del dibujo le impresiona por su fuerza. Viendo el partido, le resulta difícil separar los ojos de Robinson, constantemente atraído por la negrura de su cara, y piensa que debe de necesitarse mucho valor para hacer lo que él está haciendo, estar solo delante de tantos desconocidos, con la mitad de ellos sin duda deseándole la muerte. Mientras el partido continúa, Azul se descubre vitoreando todo lo que hace Robinson, y cuando el negro gana una base en la tercera entrada, Azul se pone de pie, y más tarde, en la séptima, cuando Robinson dobla contra la pared de la izquierda, él aporrea la espalda del hombre que tiene al lado de pura alegría. Los Dodgers sacan en la novena con un bombo de sacrificio y mientras Azul sale arrastrando los pies con el resto de la gente y se dirige a su casa se le ocurre que Negro no le ha pasado por la cabeza ni una sola vez.

2) Pero las oportunidades perdidas forman parte de la vida igual que las oportunidades aprovechadas, y una historia no puede detenerse en lo que podría haber sido.

3) Desear decir no es ya haber dicho sí.


La habitación cerrada (1987)


1) En última instancia, una vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito.


2) –Después de todo dije, ya hace más de un año que se fue, casi un año y medio. Tienen que pasar siete años hasta que una persona muerta pueda ser declarada oficialmente muerta. Pasan cosas, la vida continúa. Imagínate: ya hace casi un año que nos conocemos.

Para ser exactos contestó Sophie, entraste por esa puerta por primera vez el 25 de noviembre de 1976. Dentro de ocho días hará exactamente un año.
Te acuerdas.
Claro que me acuerdo. Fue el día más importante de mi vida.

3) Durante más de un mes lo único que hice fue copiar pasajes de libros. Uno de ellos, de Spinoza, lo clavé en la pared: "Y cuando sueña que no quiere escribir, no tiene la capacidad de soñar que quiere escribir, y cuando sueña que quiere escribir, no tiene la capacidad de soñar que no quiere escribir".


La trilogía de Nueva York, Paul Auster

domingo, 1 de enero de 2017

Cinco bolsas de papa

-Riquelme no me vendió nunca el pase a mí, pero tiene que figurar de esta manera para que ustedes no se confundan, porque, porque después va a quedar como que se lo vendí, y va a salir usted, o cualquier otro, a decir: "Riquelme se lo vendió al final al pase, tanto que habló por la tele que no se lo vendía".
-Bien...
-¿Me entiende lo que le digo?
-Bueno, ¿podés hacer un punto ahí y me escuchás un minuto?
-Nonono, yo lo escucho bien, pero vamos a aclarar las cosas.
-Ta bien, ta clarito, pero...
-Y le pido por favor...
-Seee...
-Que no confundamos a la gente, porque usted no se levanta a la mañana y dice: "Hoy voy a decir tal cosa".
-Buen...
-Si lo mandan, lo mandan. Entonces que le manden a decir la verdad.
-Bueh. Dame un segundito: que quede claro que no me mandan, sino que yo arriesgo diciendo una determinada cosa...
-Sí, claro, usted se levanta y dice lo que...
-¡No, no! Pará un segundito. Yo sé que estás caliente, pero pará un minut...
-Nonononono, no estoy enojado, eh. Usted sabe que el hincha de Boca...
-Estás enojado.
-Usted no sabe cuándo estoy enojado y cuándo no.
-Bueno...
-Porque yo no lo conozco a usted y usted a mí cuándo estoy contento o enojado.
-Bien, buen...
-Solamente estoy aclarando las cosas como son.
-Bien, pero...
-Te vuelvo a repetir. Yo jamás le he pedido plata al club.
-No, pero olvidate de eso...
-Pere, pere.
-Si yo no te estoy hablando de plata. ¡En ningún momento hablamos de un peso hasta acá, eh!
-¿Me escucha un segundo?
-Siii, sí, señor.
-Yo jamás le voy a pedir plata al club, ni jamás le voy a vender el pase al club. ¿Ta bien?
-Se, se, se.
-Entonces el club sabrá. ¿Vamos a empezar otra vez con toda la vuelta esta? Lo único que le vuelvo a decir es que cada vez que van pasando los días, van poniendo más piedras en el camino, y yo estoy tratando de esquivarlas todas para que esto termine bien. Si me tengo que poner a acordar lo que viene pasando hace dos meses, esto es bastante, bastante vergonzoso, a decir de una manera. ¿Sabe por qué?

El periodista, del otro lado de la línea, se ríe socarrón, como si fuese Papa Noel, con la complicidad de su colega reno en el estudio de radio, y sigue el futbolista.

-Una cosa muy clara, que ustedes, como averiguan tanto y tienen tantos amigos parece, yo no escuché que hayan aclarado el tema y decir que estuvieron durante un mes y medio diciendo de que Boca me quería ofrecer un año y medio, cuando el presidente dijo que eran tres, y yo ese día le dije a mi representante que Román quiere cuatro años y no te va a vender nunca el pase ni te va a pedir plata. A los 20 días de esa famosa reunión, a los 20 días que le dijimos a los tres años que no, eh, a los 20 días, votaron en el club para aceptar tres años. Es una cargada. ¿Cómo vas a votar algo que te dije que no hace 20 días atrás? Dígame.
-Lo que ocurre, Riquelme, y vos sabés...
-Vamos a ser sinceros con esto, porque yo soy hincha de Boca, y lo único que tengo que hacer es aclararle al hincha de Boca para que sepa la verdad. ¿Me entiende?
-Lo que ocurre, Riquelme, que vos sabés, también, como hábil negociador que sos, que te has puesto en una posición y los dirigentes tienen que llegar a esa posición, que cuando se establecen este tipo de situaciones que son tan delicadas y en las que se juega mucho dinero, cada uno tiene su estrategia para llegar...
-Nono, no se está jugando nada acá. Es cuestión de querer o no querer. ¿Ta bien?
-Bueno, pero correcto. Aunque vos quieras soslayar el dinero...
-Entonces le voy a decir una cosa clara... Recién dijo que de dinero no hablaba y ahora está hablando otra vez.
-Na, na, yo no hablo de cifras. Pero vos sabés que en el final...

El periodista toma carrera.

-Decime la verdad, Riquelme, ¿vos vas a jugar gratis para Boca? No. ¿Vos vas a jugar gratis los próximos cuatro años?
-Ya llevo doce meses. Dígame: ¿quiere que siga jugando gratis? ¿Usted trabaja gratis en el trabajo de usted?
-Yo no quiero hablar de dinero, pero quiero preguntar lo siguiente...
-Le pregunto. ¿Usted trabaja gratis?
-¡Nooo! Yo no, a mí me pagan mucha plata, si no, no trabajo.
-Yo sí trabajé, doce meses trabajé gratis.
-La cosa es así...
-Pero tampoco le estoy pidiendo el club, como dijo algo hace unos días atrás.
-Bueno, pero olvidate...
-Ja, ja. Es cuestión de olvidarse las cosas que usted dice, claro, ja... Ustedes tiran las cosas, la gente se confunde y después hay que olvidarse. No es así.
-No, no, dame un segundito...
-Yo no dejé mal parado a nadie, ni a usted ni a nadie.
-Bueeen...
-Yo solamente salgo a decir la verdad.
-Bueno, pero dame un segund...
-Vivo con la verdad y me voy a morir con la verdad. ¿Me entiende?
-Dame un segundito: en aras de esa verdad, yo quiero preguntarte si tu futuro contrato es por dinero.
-No sé qué quiere que pida, ¿cinco bolsas de papa?
-Bueno, entonces...
-¿Ve que está hablando de plata? Déjeme salir a aclarar que lo que dijo usted no es verdad, ¿ta bien? ¿Hoy estamos a jueves? El día lunes se reunió mi representante con el presidente...
-Bien, vos querés...
-Pere pere pere. Y la situación de dónde estábamos, fue para atrás. Y resulta que hoy me levanto yo, termino de entrenar porque estoy haciendo la recuperación de mi pierna, que verdaderamente no le importa ni a usted ni a nadie, porque lo que menos se habla es de mi pierna ni de fútbol, y ahora me encuentro con que tengo que poner la tele la radio que Riquelme en un 99% está arreglado. ¿Qué es esto? Si el día lunes se reunieron y las cosas fueron para atrás de dónde estábamos. Entonces yo necesito decirle al hincha de Boca esto, ¿me entiende? Nada más.
-Román... ¿Si querés seguimos charlando? Si no, no.
-No, tengo que comer, tengo que comer.
-Bueno, te mando un abrazo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Reset

PH: Tropical Toxic.
de a poco, muy de a poco
va recuperando la risa
instintiva
no piensa de qué se puede
reír y por qué
no piensa
de a pasos cortos
traga las palabras desde
la boca a la cabeza y
de ahí, a la mierda

sí, respira
porque este siguiente rato
no es el que pasó
mañana es mejor
de ir de a poco, muy
a pasos cortos
se olvida de ir
de a poco, a pasos cortos
es otra de la que era
ya, soy

jueves, 22 de diciembre de 2016

Vivir

"El hecho de que aquel hombre recordara con tal precisión objetos que sólo había visto una vez y que no habían significado nada en su vida más que por un breve instante, a A. le impresionó como algo sobrenatural. Advirtió que Ponge no hacía diferencias entre el acto de escribir y el acto de ver. Es imposible escribir algo que no se haya visto previamente, pues antes de que una palabra pueda llegar a la página, tiene que haber formado parte del cuerpo, tiene que haber sido una presencia física con la que uno haya convivido, igual que convive con el corazón, el estómago y el cerebro. La memoria, entonces, no tanto como el pasado contenido dentro de nosotros, sino como prueba de nuestra vida en el momento actual. Para que un hombre esté verdaderamente presente entre lo que le rodea, no debe pensar en sí mismo sino en lo que ve. Para poder estar allí, debe olvidarse de sí mismo. Y de ese olvido surge el poder de la memoria. Es una forma de vivir la vida en que nunca se pierde nada".

***

"Es la verdad más simple: la vida pertenece sólo a aquel que la vive; la vida misma se encargará de reclamar a los vivos; vivir es dejar vida".


La invención de la soledad, Paul Auster, 1982


***

sábado, 17 de diciembre de 2016

viernes, 11 de noviembre de 2016

Los movimientos del cinco

Sueño fútbol desde que los viernes a la noche me ponía las medias del Argentino antes de irme a dormir, para levantarme al otro día, ir al club y jugar con mi categoría la fecha del baby. Ese día fue mi segundo de entrenamiento en las divisiones inferiores de Deportivo Morón, lo que suponía el comienzo de la carrera. Había empezado con una patinada, dándome la cabeza contra el piso.

Porque estoy en pelotas, a punto de abrir la canilla de agua fría por segunda vez. Al mediodía, cuando llegué de la práctica, me bañé y comí. Pero después de tirarme en la cama y sentirme acalorado, algo sofocado, decidí volver a meterme en el baño. Al fin y al cabo es enero, y en el techo la membrana arde. Estiro la mano y la choco contra la pared sin revocar. No sé si se movió la canilla o si me moví yo. Ese mareo, me digo, se va a ir con la ducha.

Con el secador, acerco el agua a la rejilla. Lo mínimo para poder pararme en un cuadrado, secarme y ponerme el calzoncillo. Voy a volver a recostarme en la oscuridad de la pieza y, a lo sumo, poner algún partido en la tele, de fondo, para estudiar los movimientos del cinco. El primer intento confirma que la inestabilidad permanece en el cuerpo. Me encorvo, apenas; levanto el pie derecho y le erro al calzón, paso de largo y rozo la tapa de plástico del inodoro.

Antes de que lo vuelva a intentar, se corta la transmisión: el punto blanco al centro, la pantalla en negro, el silencio.

Afuera, mi vieja trabaja los detalles con perlas de un vestido de una mujer que se va a casar. Mi hermana juega en la computadora a Los Sims. Mi viejo salió a hacer el reparto con el auto. Pasa el tiempo. No salgo del baño. Llaman por teléfono. Es para mí: mi amigo Seba. Golpean la puerta, me llaman, gritan, no respondo. Mi vieja piensa que pasó lo peor y, esta vez, no está lejos del dramatismo. Mi hermana escucha y la garganta le comienza a picar. Adentro estoy tirado en el piso, el culo de costado, la espalda retorcida, un golpe en la cabeza, los dientes apretados, bañadito. La puerta está cerrada con llave. A los catorce años no está bueno que alguien entre en un descuido y, oh, te vea desnudo.

Si dormir es estar un poco muerto, tener una convulsión en bolas sobrepasa cualquier vergüenza. Las tres puertas del pasillo que conectan con el living se abren con una misma llave. La opción de tirar abajo la puerta crece a medida que mi vieja empuja la llave puesta con otra de las llaves de las puertas. A cada segundo que escucha el llanto de niña de mi hermana. En cada puteada a mi viejo porque justo en este momento está ausente. Por cada nervio que le recorre y le recuerda el abandono de su padre. Hasta que logra sacarla de la hendija, y la llave cae, rebota y choca contra mi cuerpo. Mi tía, su hermana mayor, la que la cuidaba de chica y ahora le ayuda en la casa y con los vestidos, ya está en la puerta con el vecino y su auto encendido.

–¿Puedo seguir jugando, no? –le pregunto a mi viejo cuando abro los ojos en la clínica, aún con un hilo de baba en la boca. Recién después levanto la sábana: tengo puesto el peor calzoncillo del mundo.

jueves, 13 de octubre de 2016

Gud

Gracias, Virumancia.
Goodfellas se acerca manso al costado de la reposera, moviendo la cola. Se cuida de poner la trompa arriba de la mesita y hacer peligrar la estabilidad de la botella de cerveza.

-Buen muchacho, Gud, buen muchacho.

Desde que leyó que el lobo es el macho alfa por excelencia del reino animal, y no por mostrar los colmillos y guerrear con los otros, Ezequiel quiso tener un ovejero alemán, lo más parecido a la locura de tener un lobo en el parque de la casa. Ahora lo acaricia, le estira los ojos hacia atrás, y lo mira fijo. El silencio los hace poderosos. De pronto, se distrae con un bicho que se posa sobre su pie derecho descalzo. Ezequiel patalea. Acto seguido, empina el chop y mira al cielo.

Gud le jadea. Si pudiera definir la felicidad, diría más tarde que es eso: la cerveza refrescándolo, el calor de noviembre en el aire, el perro haciéndole sentir que aunque piense que el precio de la libertad es la soledad, está ahí para acompañarlo. Gud sale disparado hacia la pared del fondo. "Debe ser ese gato", se dice Ezequiel, que ha visto a ese gato lastimado caminar por los vidrios de las medianeras y abajo del motor de la camioneta.

Desde adentro de la casa, se escucha que Ayelén pone esa canción de New Order que tanto le gusta. A él nunca le llamó la atención, pero mientras ella se acerca y le dice que la próxima le toca a él armar la picada, le suena mucho mejor, le agrada. Debe ser por eso del nuevo orden, aunque suene estúpido, o porque Gud vuelve y le sonríe. A la distancia, Ezequiel le tira un pedazo de queso, como si fuera un delfín premiado de Mundo Marino.

-Buen muchacho, Gud, buen muchacho.

Ayelén le advierte que la termine con ese latiguillo, y le vuelve a llenar el vaso de cerveza a punto.

lunes, 22 de agosto de 2016

Tratado sobre la hijaputez

–La pregunta es esta, mi amigo: ¿hay tantos hijos de puta como uno cree, o la influencia de los hijos de puta sobre sus semejantes es mayor que la de la gente buena, y es por eso que uno cree que son más que los que en realidad son?
Fontana camina con las manos en los bolsillos y la mochila a la espalda y deja que Perlassi cargue con el detector de metales, la brújula y el plano.
–Tendríamos que tener un Movicom –dice Perlassi, más atento a las dificultades prácticas de la tarea que a las elucubraciones filosóficas de su amigo.
–¿Y para qué queremos un Movicom? Si acá no hay señal, y donde están Hernán y Belaúnde tampoco.
Perlassi no puede menos que darle la razón. Pero se supone que tienen que actuar sincronizados, y tiene miedo de retrasarse. Después de todo, son dos viejos siguiendo un cable enterrado por el medio del campo.
–¿Qué decías?
–Nada, nada. Yo te estoy haciendo un tratado sobre la hijaputez y vos estás más preocupado por llegar a horario.
–Hablando de horario, Belaúnde seguro que tiene todo calculado.
–Cierto. Pero nosotros vamos a llegar bien. A ver, dejame ver el mapa.
Se detienen y Perlassi obedece. Fontana recorre con el dedo lo que llevan caminado. Los López hicieron un buen trabajo. Dedicaron dos semanas a seguir el trazado de las dos líneas de cables y a dibujarlo en el mapa. Muy rápido se dieron cuenta de que Hernán tenía razón. Los cables no iban a campo traviesa, sino siguiendo los caminos de tierra. Esa situación les facilitaba a ellos las cosas, aunque los obligaba a ser prolijos tapando los pozos. No permanecerán cubiertos por los pastizales sino que quedarán ahí, junto a los caminos, por más secundarios y borrosos que estos sean.
–Es acá –dice Fontana. Acá por donde mejor nos parezca. Pero acá.
Perlassi siente cómo le sube la angustia por la garganta. Pensó esta escena mil veces. Pero una cosa es pensar las cosas y otra bien distinta es, por fin, hacerlas. Fontana se quita la mochila de la espalda y saca las dos palas cortas. Saben que el cable no corre a más de treinta centímetros de profundidad, de nuevo como anticipó Hernán Lorgio. Empiezan a cavar.
–¿Sabés cuál es mi duda?
Perlassi habla mientras hunde la pala. Evitan que la tierra que extraen se esparza demasiado.
–Si los tipos como Manzi piensan que los hijos de puta son ellos o son los demás. Los que le hacen la contra.
–No entiendo.
–Claro. Manzi nos cagó. Eso nosotros lo sabemos. Pero Manzi: ¿piensa que nos cagó? ¿O piensa que hizo un negocio y que, de haber podido, nosotros habríamos hecho lo mismo?
Fontana, que detuvo su labor mientras el otro hablaba, retoma las paladas. Tres, cuatro veces, hasta que siente que la pala ha tocado algo. Le hace un gesto a Perlassi para que se detenga. Con extremo cuidado raspa el fondo del pozo. Ahí está. Un cable negro de más de una pulgada de diámetro. Siguen trabajando alrededor, ensanchando el espacio y el tramo descubierto de cable.
–Ojo. No nos zarpemos con abrir mucho, que después va a quedar demasiado a la vista.
–Tranquilo, Fermín. Ya sé.
Cuando tienen un segmento de unos treinta centímetros liberados dejan de sacar tierra. Fontana hurga en la mochila y saca una tenaza con el mango aislado. Dispone el pico sobre el cable y mira a Perlassi, que a su vez revisa su reloj, un Seiko automático “del tiempo de la inundación”, como decía Silvia burlándose de él y de su cacharro.
–Son las diez menos uno –informa Perlassi.
Fontana asiente.
–En eso tenés razón –dice.
–¿En que son las diez menos uno?
–No. En que casi todos los hijos de puta se creen que no son hijos de puta.
–Qué bueno, ¿no?
–¿Qué cosa?
–Eso de ser un hijo de puta y creerse buena gente. Hacés lo que querés. Cagás a medio mundo y dormís como un angelito.
–¿Vos decís? ¿Dormirá como un angelito?
Perlassi vuelve a mirar el reloj.
–Son las diez en punto.
Fontana toma aire, aferra los brazos de la tenaza y hace un corte enérgico. Se escucha el chasquido de los filamentos de cobre al separarse. Eso es todo. No hay chispazos, no hay ruido, no hay nada.
–De una cosa estoy seguro, Fermín –dice Fontana mientras se incorpora. Tanto tiempo de rodillas hace que le duelan las articulaciones. Este hijo de punta de Manzi no va a dormir más como un angelito. Te lo garantizo.
De inmediato comienzan a tapar el pozo.

La noche de la Usina, Eduardo Sacheri, Alfaguara, 2016