miércoles, 13 de febrero de 2019

Estética

El fútbol no es una de las bellas artes. Es una simple actividad deportiva. Atrae a muchos millones de espectadores, genera un gran negocio y provoca en los aficionados emociones muy profundas, porque en él pueden proyectarse ciertas pulsiones que ni el individuo ni la sociedad logran satisfacer nunca de forma plena. El fútbol es lo que se vuelca en él.
Se habla y escribe con frecuencia sobre la relación entre el fútbol y la estética. El asunto suele resultar estomagante. Quienes lo abordan tienden a considerar, erróneamente, que "estética" y "belleza" son sinónimos, y cabe sospechar que reducen lo "bello" a lo "bonito" o, en el mejor de los casos, a lo "armónico". Soy de los que creen que lo importante en el fútbol, como en cualquier otro deporte y, me parece, en cualquier obra humana, es la efectividad. Que tampoco hay que confundir con eso que la prensa deportiva llama "resultadismo".
Solo cuando el fútbol es efectivo es posible adentrarse en el berenjenal de la cuestión estética. Porque en el fútbol la única finalidad consiste en marcar más goles que el adversario, y todos los esfuerzos deben encaminarse a eso. Si eso ocurre, si un equipo prescinde de la banalidad, de la rutina, del preciosismo, y busca obsesivamente la victoria, con casi total seguridad proporcionará algún tipo de emoción estética.
Para entendernos, imaginemos algunos de los mejores goles de Van Basten o Henry: son de belleza indiscutible, porque ofrecen armonía, es decir, el movimiento más eficaz en el menor tiempo posible. Ahora imaginemos a un jugador que cojea y en el último minuto, con empate en el marcador, se hace con el balón y corre, resbala, se levanta, desborda milagrosamente a un defensa, sufre un tropiezo que desorienta al portero, pierde el balón pero se arrastra por el césped y llega a tiempo de rozarlo con la nariz e introducirlo en la puerta. El gol es feo de narices, valga la redundancia. Pero posee, en su angustia, azar e incertidumbre, una estética poderosa. Como El grito de Munch o gran parte del expresionismo alemán.
Eso es lo que busco yo en el fútbol. La exaltación de ciertos momentos y el placer estético de la efectividad o, por usar el término de Nietzsche, el filósofo que más gusta en la edad del pavo, de la voluntad. El taconazo porque sí tiene para mí el mismo valor que un ripio de Campoamor.

Enric González, en Una cuestión de fe (2012)

miércoles, 23 de enero de 2019

La literatura

El otro día salgo de casa hacia un bar donde nos encontramos con Luis Chitarroni, con Jorge Jinkis, con Salvador Gargiulo. Me cruzo con un muchacho que iba leyendo por la calle, paso al lado y me dice: "Gusmán". Le pregunté de dónde lo conocía. "Soy un lector", me respondió. Leía a Platón. Y me preguntó qué leía yo, que estaba con la poesía de José Lezama Lima. Para mí eso es la literatura, esos encuentros. Una vez un librero de El Ateneo me contó que El peletero [novela de 2007] le había salvado la vida. Le pregunté cómo era eso. Me dijo que él venía de Quilmes en el colectivo y estaba leyendo inclinado, leyendo muy atento, y cuando desde afuera tiraron un tiro se salvó porque estaba en esa posición. Es extraordinario, ¿qué importancia tiene si es verdad o no? Lo importante es creer que un libro te salvó la vida. A mí me la ha salvado. Todas esas coincidencias, esas lecturas, esos encuentros, lo que los surrealistas podrían llamar "el azar objetivo", me salvaron muchas veces la vida.

Luis Gusmán, escritor, en entrevista con Daniel Gigena:
"Los modos de leer cambian según la época y los estados de la lengua"

viernes, 28 de diciembre de 2018

El Cruyff de los pobres

Massimo Palanca todavía asombra y emociona a más de un calabrés. Es introvertido, tímido, taciturno, lo opuesto a un prototipo de italiano que habla hasta por los codos y, casi siempre, en voz alta, a los gritos. Palanca es el ídolo más grande de la historia de la Unione Sportiva Catanzaro 1929, el club giallorossa de Catanzaro, una ciudad del sur de Italia que se levanta sobre tres montes imperfectos, con vista al mar Tirreno por el oeste y al Jónico por el este -uno más azulado, el otro más turquesa-, en la parte más estrecha de la península. Palanca es, entonces, el héroe de Pino Lostumbo, que es más calabrés di Catanzaro que la escultura de Il Cavatore en el comienzo del Corso Giuseppe Mazzini. Pero Palanca ya no juega en Catanzaro. Sigue contándose por los calabreses. El que nació, creció, y aún vive y trabaja en Catanzaro, la casa pasando el puente Bisantis y, a metros, la concesionaria Yamaha Lostumbo Moto, es Pino, el marido sesentón de mi prima argentina.

Recapitulemos: llegué a Catanzaro el mediodía del domingo 21 de octubre de 2018, en tren. Mi prima me esperaba con Pino. Me había dicho que bajara en Germaneto. Pero el cartel, en Germaneto, decía “Catanzaro”. Es una estación nueva, me dijo después, es la primera vez que venimos. Me bajé porque me avisó a tiempo la guarda de Trenitalia, una chica con gorra de maquinista, saquito y camisa, rulos negros y ojos verdes a la que le había indicado mi destino. Sólo estaban mi prima y Pino, nadie más que ellos. Me fui de Catanzaro el martes a las siete de la mañana. Subí al mismo tren en el mismo lugar de la misma estación. La misma chica me registró el boleto. En las menos de 48 horas que estuve en la tierra de la familia de mi viejo, a sabiendas de mi amor por el fútbol, Pino me nombró y renombró a Palanca. Supe de Palanca -y de todo lo demás- por la verborragia alegre de Pino.

A Palanca, me dijo como para abrir el fuego cuando empezamos a hablar del calcio italiano, lo llamaban “el Cruyff de los pobres”. Palanca jugaba con la camiseta número 11 del Catanzaro y, aunque era delantero, conducía al equipo como el holandés, desde cualquier porción de la cancha. Fue el artífice del último ascenso a la Serie A, en la temporada 1977/1978. En 1979, le metió tres goles de visitante a la Roma: el primero, olímpico. Palanca sumó trece goles desde el tiro de esquina en su trayectoria. Era, además del Rey de Catanzaro, Piedino di fata: Pie de hada calzaba 37. El botín izquierdo, a la vez, descargaba como un rifle automático. Después de un año en la Serie A, pasó al Napoli. Faltaba una temporada para que llegara Maradona. No le fue bien. Dicen que casi se retira, que se encerró en sí mismo a la espera de que lo llamaran para retornar a casa. Volvió en 1986. Catanzaro había bajado a la C1, la tercera categoría. Ascendió y, por un punto, no volvió a ascender a la Serie A en 1988. Ante Triestina, Palanca pateó un penal que pegó en el palo. Cuando el partido terminó sin goles, lloró camino al vestuario. Aunque quedaban 17 fechas, entró en una crisis nerviosa. Nunca se recuperó. Se retiró a los 37 años en 1990.

El escritor mexicano Juan Villoro dice que el fútbol sucede dos veces: en la cancha y en la mente del público. Había remarcado esa frase en Dios es redondo mientras lo leía en el avión. El día que llegué a Catanzaro pasamos con Pino por el estadio. Me señaló que, cuando era chico, había un árbol en plena tribuna, como si fuera un tifosi. Ahí iba con sus amigos. Pino terminó de jugar con su memoria mi última noche, frente a la pantalla de la computadora de escritorio, en el ático de la casa, cuando vimos un documental de la RAI con la historia de Palanca en YouTube. “Para hacer un gol desde una esquina hay que decir que se necesita la ayuda de otro compañero -masculla Palanca-. Por ejemplo, tuve la de Claudio Ranieri, que se paraba frente al arquero para que no viera la pelota”. Hay un fragmento de una entrevista en la Domenica Sportiva, un clásico programa de la televisión italiana. “Siempre calcé 37”, dice Palanca. El periodista trata de profundizar, de ir por más: “Todos los grandes capocannoniere tienen un pie pequeño, ¿por qué no se lo explicamos a nuestros televidentes?”. A Palanca le transpira la frente, apenas mueve el bigote tupido iluminado por las luces del estudio. “Primero que nada -responde- porque no creció, y luego porque tuve que adaptarme a la situación”. Inmediatamente aparece Piero Braglia, un compañero en los 70 y 80 de Palanca, sentado en la tribuna de la cancha de Catanzaro, con el árbol tifosi de fondo: “Aquí es una leyenda por la forma en que tuvo que lidiar con todo como persona”. Con todo es también con los catanzareses como Pino.

Palanca todavía conserva el bigote, aunque grisáceo y menos cargado. Es un mito viviente del calcio, un Trinche Carlovich a la italiana. Pino me contó que Palanca se alejó de Catanzaro, que selecciona juveniles en la región de Marche y maneja un negocio de ropa en Camerino, en el norte, cerca de Ancona, donde nació. Y se rió como un niño cuando en el documental dijeron il Cruyff dei poveri. Ahora, en Buenos Aires, investigo. Leo que en septiembre, un mes antes de que Pino me contara la historia de Palanca, el escritor Ettore Castagna publicó la novela Tredici gol dalla bandierina, un nombre inspirado en el récord de los goles olímpicos. Veo un análisis de un grupo de matemáticos que explica cómo dibujaba los ángulos goleadores desde el córner. Encuentro una foto de Andrea Pirlo posando con una remera con la cara de Palanca. Aún no le conté mis hallazgos a Pino. Lo que recordé es que, cuando yo era chico, unos quince años antes -o más- de que viajara por primera vez a Italia, Pino me mandó la camiseta del Catanzaro por intermedio de mi tía, y que nunca la usé porque me quedaba grandísima. La tengo, creo, en un armario en la casa de mis viejos, con los trofeos del baby fútbol y otras chucherías. Estoy a tiempo de rescatarla: es la camiseta de Massimo Palanca.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Perder

PH: Masahide Tomikoshi.
El fútbol no sólo consiste en ganar. Por lo general, consiste en perder. Tiene que ser así. Pero lo más extraño del fútbol no es la derrota como tal. Como he dicho antes, lo que te mata no es perder. Lo que te mata es la esperanza renovada. La esperanza al inicio de cada nueva temporada. La esperanza que viene a hacerte cosquillas en los pies, hasta que te das cuenta de que, como dice la poeta y experta en el mundo clásico Anne Carson, tienes las plantas de los pies ardiendo. A menudo, el fútbol puede representar una experiencia injusta, donde de manera plenamente justificada sientes que la derrota se ha debido a los errores arbitrales, al estado del terreno de juego o simplemente al mal tiempo. Pero a veces resulta simplemente que un grupo superior de jugadores le ha dado un repaso a tu equipo. Es otro tipo de dolor, el que brota cuando te das cuenta de que tu equipo no es lo suficientemente bueno. Pero el cosquilleo de la esperanza sigue vibrando y quemándote la planta de los pies.

En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, Simon Critchley, Sexto Piso, 2018

martes, 30 de octubre de 2018

Cinque minuti en el paraíso

Hay una puerta abierta. Ya dimos tres cuartos de vuelta. Si bien detectamos una puertita a medio abrir por la que colarse, ésta es la puerta abierta, el portón, la entrada. Más allá, el impacto: el verde entre tanto cemento y gris. Reclinado, volcado hacia su izquierda, el hombre fuma. Camisa, saco, pantalón de vestir. Todo desprolijo, ajado, la cara transpirada. Habla con otro, pero él es el que está sentado, como si aplastase con el culo cualquier verdad a la redonda.
Llegamos hasta acá después de pifiarle a la combinación del metro, después de atravesar la plaza derruida que te atrapa a la salida de la estación Campi Flegrei, después de caminar junto a dos rubias con pinta de futbolistas de una selección escandinava: después, sobre todo, de recorrer con la mente en esos tres cuartos de vuelta los flashes, los goles y los partidos que se jugaron del otro lado del viejo canoso que fuma, en ese césped.
Tengo que hablar. Esta vez, más que nunca. En general, me joden, soy paja, y delego y descanso en los demás. Saben que no es así. Que acaso es pragmatismo. Pero soy el que mejor parla italiano, verissimo, mas no el dialecto napolitano, gutural y cóncavo. Tal vez mi camiseta aplaque el trabajo.
Este lugar está muy lejos de ser un punto destacado en una guía turística, de tener un museo con visita guiada en cinco idiomas, de ser un club multinacional. Es, más bien, el objetivo de los racistas en Italia, su basurero. Afuera hay pintadas de los ultras. Muchas. A la noche juega el equipo de visitante ante Udinese (vamos a ver la victoria 3-0 en la pizzería Totò e Peppino: fiesta di calcio). De abajo, desde los costados de la autopista, sube el olor de las bardas de mugre, y los mosquitos pican fiero.
No pienso. No sirve pensar en la mayoría de las situaciones de la vida (o en estas, las mejores). Y, de última, vimos la puertita y somos argentinos y estamos acá, aunque el estadio parece estar a resguardo con tres líneas de contención y no va a ser fácil entrar.
-Scusi -le digo, porque le interrumpo la charla con el otro-. Podemos visitare lo stadio.
El hombre sopla una bocanada de humo entre el calor.
Cualquiera sea la respuesta, voy a decirle esto: "Cinque minuti".
-El estadio -comprendo que me dice- no se visita.
Silencio, y entonces: "Cinque minuti".
Son cinco minutos o nada. Es la primera vez, ahora, que siento que nos mira. Que ve mi cara, al menos. Que escanea con los ojos que, de todos los visitantes del mundo, unos en especial nos sentimos locales en Nápoles, ahí adentro, en el estadio San Paolo. Somos tres de ellos.
Con una economía gestual envidiable, con poder de síntesis, con capacidad de interpretación, levanta la mano con el envión del pulgar hacia atrás, un movimiento seco y concreto: "Cinque minuti e fuori". No sabe -sí sabe, tiene que saberlo- todo lo que viaja con nosotros hacia su espalda cuando damos el primer paso.
Ho visto a Maradona, y innamorato estoy.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Su lloriqueo de eternos inocentes

Esos pibes no sienten nada
No sienten que se pueden morir
y nada por vos
Indio Solari

"Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes".

Antonio Gramsci, en el número único del diario La città futura, 11 de febrero de 1917

lunes, 27 de agosto de 2018

Ríos fangosos poblados de peces veloces

[…]

Mr. Schaeffer sintió de repente un ataque de timidez. Tras saludar al capitán con una inclinación, desapareció entre las sombras de la explanada. Y permaneció allí, susurrando los nombres de las estrellas a medida que iban abriendo sus flores en lo alto del cielo. Le gustaban mucho las estrellas, pero aquella noche no le sirvieron de consuelo; no bastaron para recordarle que lo que nos ocurre a los que vivimos en la tierra carece de importancia contemplado desde el eterno fulgor de la eternidad. Mirándolas, volvió a pensar en la guitarra tachonada de brillantes, en su relumbrón mundano.

Podría decirse de Mr. Schaeffer que en toda su vida sólo había hecho una cosa mala de verdad: había matado a un hombre. Las circunstancias de ese crimen carecen de importancia, y sólo vale la pena mencionar que aquel hombre merecía la muerte y que por ella Mr. Schaeffer fue sentenciado a noventa y nueve años y un día. Durante mucho tiempo -de hecho, muchísimos años- no había pensado en cómo era su vida antes de llegar a la granja. Su recuerdo de aquellos tiempos era como una casa deshabitada en la que hasta el mobiliario ha terminado pudriéndose. Pero esa noche parecía que hubiesen encendido las lámparas de todas aquellas tenebrosas habitaciones muertas. Este fenómeno comenzó a producirse en cuanto vio que Tico Feo surgía de la oscuridad con su espléndida guitarra. Hasta ese momento no se había sentido solo. Sin embargo, ahora que reconocía su soledad, también se sentía vivo. No había querido vivir. Estar vivo equivalía a recordar ríos fangosos poblados de peces veloces, el brillo del sol en el cabello de una mujer.


Mr. Schaeffer dejó caer la cabeza. El brillo de las estrellas le humedeció los ojos.


[…]

Una guitarra de diamantes (1950), Truman Capote

lunes, 20 de agosto de 2018

La fuerza

Liliana Heker y Abelardo Castillo.
"No es la escritura en sí misma lo que me da náusea, sino el entorno literario, del que no es posible escapar y que te acompaña a todas partes, como a la tierra su atmósfera. No creo en nuestra intelligentsia, que es hipócrita, falsa, histérica, maleducada, ociosa; no le creo ni siquiera cuando sufre y se lamenta, ya que sus perseguidores proceden de sus propias entrañas. Creo en los individuos, en unas pocas personas esparcidas por todos los rincones -sean intelectuales o campesinos-; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos". 

Antón Chéjov en Sin trama y sin final, de Piero Brunello.

[Foto en Diarios (1954-1991), Abelardo Castillo, Alfaguara, 2014]

lunes, 6 de agosto de 2018

El arma

"Los medios de comunicación no son el cuarto poder. Son el arma fundamental de los poderosos del mundo. Hay que tomar en cuenta, por ejemplo, que desapareció el Mercosur y en meses estaba Barack Obama mirando el petróleo y le tocaron el hombro y le dijeron: 'Mirá lo que está pasando acá. Acá también hay agua...'. Los americanos, dicen, aprenden geografía invadiendo. En la mentalidad de un artista popular, tengo mi paranoia. Creo que por más que uno sea paranoico, puede ser que te estén siguiendo, ¿no? Y un poco la idea que tengo es que, cuando hay en el sur tierras y terratenientes americanos, son la excusa que necesitan siempre para mandar a los marines. El día que un grupo de gente vaya a entrar a esos campos y qué se yo, van a decir: 'Para proteger a nuestros ciudadanos en el exterior, acá están nuestros gloriosos Green Beret'. Entonces los medios de comunicación han sido el arma que han tenido. Las empresas de prensa que hay en toda Latinoamérica han sido las que han volteado los gobiernos, la prensa hegemónica, como la llaman ahora, los medios más importantes, llamémosle. Por eso también agrego, para no implicar una dimensión de ese tipo, esta necesidad que tengo de que siga existiendo otra voz, una voz disonante".

Indio Solari, acá, 2 de agosto de 2018

miércoles, 11 de julio de 2018

Un partido

Fuente: James Montague.
"Los partidos, cada partido de fútbol, es un relato, es un cuento, es una historia. Es la mejor manera de dar cuenta de lo que pasa. Si vos tenés que explicarle a alguien que no tiene la más puta idea de qué es el fútbol, se lo contás como un cuento: jugaba este contra este, este tenía estas posibilidades pero pasó esto, y en un minuto pasó esto, y después esto y después aquello y lo que iba a ser una fiesta, una comedia, terminó en una tragedia. Y este que iba a ser el héroe, lo echaron. Es un cuento. Por eso la estadística, todo el boludeo de los porcentajes... Hay dos partidos mellizos, según la estadística, con el mismo desenlace, cantidad de pateadores al arco, goles, y los dos partidos contribuyeron al mismo resultado y por eso son partidos iguales. No. Son partidos absolutamente disímiles. Uno es el resultado pobre de alguien que mereció ganar por más y el otro es el festival del culo, alguien que se salvó y se salvó y se salvó. Un partido fue hermoso, y el otro, horrible". 

Juan Sasturain, en una entrevista con Maldita Suerte, de FM La Patriada.