jueves, 28 de septiembre de 2017

Uno, dos y tres

1

La batalla de las pantallas

El Sol será un recuerdo, la lluvia siempre fue ácida, pensaremos. Algunos recuerdos se colarán en nuestros cerebros, pero ya no sabremos si son nuestros o implantados, si lo vivimos o sólo lo vimos en una pantalla, ya que estamos rodeados de pantallas. Las prótesis audiovisuales se habrán adherido al cuerpo irremediablemente, lo han prologando, insensibilizado, hasta hacerlo desaparecer. El hombre multimedial envuelto en luces y sonidos, fundido en sutiles experiencias táctiles y electrónicas fragancias, ha sido finalmente anestesiado para su atomización.
La niebla producida por las emisiones tóxicas impiden ver el amanecer. La solución es retransmitir el amanecer en pantallas gigantes distribuidas por la ciudad. El amanecer rojo en un fragmento rectangular, entre la niebla gris. Sólo unos segundos para mirarlo, mientras nos encaminamos a ser desmantelados.
¿Se reduce lo virtual únicamente a los mecanismos de simulación impuestos desde los centros de poder en la permutación de signos o hubo una condición propia del arte que estimuló la convivencia entre lo real y lo ficticio? ¿Existieron relaciones de connivencia y complicidad entre este mundo de simulacros amnésicos, las prácticas artísticas y los modos que importó el consumo global? ¿Habrá contribuido a la mistificación y destrucción de la memoria?
Todos tuvimos pantallas para olvidar. Una vez olvidadas, fue ya imposible la posibilidad de experimentar esas sensaciones que nos daban la vida y que justificaban nuestra experiencia como humanos. Una vez aceptada la vida en red y la cultura de entretenimiento, todo fue más fácil.


2

Hay dos modos fundamentales de entender la realidad. El modo discursivo, que es el que usa el lenguaje, un modo lógico, del que se vale la ciencia. Y el modo visual. La información visual es mucho más compleja que la información que viene a través del lenguaje. En el lenguaje, la información es secuencial, en cambio con el ojo se atrapa la totalidad de un golpe. Hay mayor cantidad de bits de información en una imagen.


3

PARA QUE LA COSA SE
PROYECTE CON MAYOR
INTENSIDAD O PARA QUE
FLUYA O TENGA IMPACTO
EN ALGÚN ALMA, HAY QUE
ILUMINARLO CON UN LÁTIGO.
Y ESE LÁTIGO ES LA PASIÓN.

Rocambole: arte, diseño y contracultura
Ricardo Cohen, 
Troupe Comunicación, 
2014

viernes, 25 de agosto de 2017

El virus

"Todos deben cantar y tocar la guitarra, bailar y dar conferencias, todos deben escribir libros y editar periódicos. Entonces será posible derribar la casta de manipuladores que enferman la mente con sus venéreas creativas. Artistas, periodistas, intelectuales conforman el virus más peligroso que ha engendrado este sistema".

Ezequiel

Llegamos justo cuando estaban haciendo una práctica de fútbol: las titulares contra unas suplentes, más otras chicas que habían venido a darles una mano. Un picado, bah. Nos acomodamos los siete varones en una pequeña tribuna de madera. Alexandros definió el juego de las chicas al toque.
-Corren mucho pero juegan poco.
-¿Qué hacen? -preguntó indignado Ezequiel-. Miren las laterales, avanzan con la pelota hasta el medio y se la pasan a las volantes. Las laterales retroceden. Las volantes avanzan diez metros y se la pasan a las delanteras. Las volantes retroceden. Y fíjense: las delanteras se quedan arriba esperando que les pasen la pelota.
Ezequiel no soportó más. Se bajó de la tribuna, se acercó a la cancha y empezó a gritarles a las chicas.
-Cornelia, seguí, seguí con la pelota. Taslima, cuando Cornelia avance vos cerrá su lateral. Hacé el relevo, querida. A ver la nueve. Nueve -le gritaba a Almudena-, si ves que la pelota no te llega, bajá a buscarla, nena.
Parecía el Bambino Veira. Le faltaba que se pusiera a gritar «belleza, quiero belleza».
Las chicas pararon la práctica. Y se fueron hacia el centro de la cancha. Yo pensaba: «Qué ganas el Equi de ganarse el enojo de las chicas». Lo que ocurría era que el pobre no soportaba ver un partido de fútbol sin querer participar.
Las chicas estaban discutiendo algo entre ellas. En bloque fueron hacia el Equi. Lo único que faltaba es que también ellas nos fueran a pegar.
-Ezequiel -dijo Cornelia-, queremos pedirte algo. Queremos que seas nuestro director técnico, que nos digas cómo tenemos que jugar al fútbol.
-¡Ídolo! -le grité en español y todos entendieron. Los varones nos pusimos a aplaudir. El Equi nos miró con la misma sonrisa que pondría si Britney Spears lo invitara a cenar. Se volvió hacia las chicas y puso su voz más varonil.
-Está bien, acepto. Todo sea por el bien de las Monkeys. Mi primera indicación es la siguiente…
-¡Intercambio de camisetas! -gritó Viggo. El Equi se dio vuelta pero esta vez nos miraba con odio.
-Mi primera indicación es la siguiente: no vamos a jugar al fútbol, vamos a jugar a la pelota.


Springfield, Sergio Olguín, 2007

domingo, 20 de agosto de 2017

Un universo alternativo

"Quejarse de que el fútbol sea aburrido es como quejarse de que El rey Lear tenga un final tan triste: es no haber entendido nada, y eso es lo que atinadamente apuntó Alan Durban, a saber, que el fútbol es un universo alternativo, tan serio y tan estresante como el trabajo, con las mismas preocupaciones, esperanzas y desilusiones, con las mismas alegrías ocasionales. Yo voy al fútbol por muchas y variadas razones, pero no voy buscando entretenimiento. Cuando miro a mi alrededor un sábado cualquiera y veo todas esas caras que delatan el pánico, la reconcentración y el mal humor, me doy cuenta de que los demás sienten lo mismo que yo. Para el hincha convencido, el fútbol espectáculo existe al igual que existen esos árboles que se desploman en medio de la jungla: hay que presuponer que esas cosas ocurren, sólo que no está uno en condiciones de apreciarlas. Los periodistas deportivos y los amantes del sillón y el televisor, bien dotados del espíritu corintio, son los indios amazónicos: saben más que nosotros, aunque, visto de otro modo, saben muchísimo menos".

Fiebre en las gradas, Nick Hornby, 1992

sábado, 12 de agosto de 2017

Lo que tiene para dar

Con la espalda apoyada contra el vidrio, Ezequiel escuchaba sin atención a Sergio. Alan hacía la fila para retirar el café de la promoción, con tres medialunas. En el salón de la estación de servicio, Ezequiel miraba, como casi siempre que empezaba un viaje con amigos, a una pareja. Últimamente veía a las parejas con un bebé. La impresión le afectó: primero se preguntó por qué no estaba viajando con ella y, al instante, por qué se transportaba a otro lado, a una realidad inexistente, en lugar de estar en el aquí y ahora. Alan se acercó con la bandeja. Se sentó junto a Sergio. Le preguntó si le dolía la panza o si le había vuelto a florecer la rata de caño, el que gastaba de chico sólo los billetes de dos pesos para amarrocar.

-Cuando tengo hambre, como -lo cruzó, de movida, Ezequiel, sin cambiar la postura, con las piernas estiradas sobre otra silla.

Se había subido al auto con un libro. Lo pasaba de mano en mano. Lo llevaba de aquí para allá. Ni a Sergio ni a Alan se le había ocurrido decirle que parecía un pastor. Eso se lo decía él, para reírse de sí mismo, un lema que practicaba aún hundido en sus pensamientos más profundos. Cuando Sergio le comentó a Alan el placer de manejar su auto, habituado a momias y catraminas, Ezequiel escuchó en la música de ambiente de la estación de servicio el comienzo de Midnight Rambler, de los Rolling Stone. Fue un poco más allá de los recuerdos: pensó que las letras de las canciones que, por el inglés, no lograba comprender del todo, le recorrían el cuerpo por dentro a tal punto que maceraban comportamientos y actitudes. Esa disección le dio cierta armonía, y se puso a leer.

-Vos cuando quieras que una mina te mire, ponete una remera roja, una en la que predomine un rojo bien vivo -volvió Alan con Ezequiel-. El rojo le transmite fertilidad, ganas de garchar, y más: es como que ve en vos la energía suficiente para el nacimiento de sus hijos, la Represa Yacyretá del amor, el sustento sexual necesario para las generaciones futuras.

-¿Qué decís, pelotudo? -le dijo Ezequiel, sin sacar los ojos del libro.

-Lo que escuchaste. Y ojo que es algo más que simplemente ponerla, eh. El quid de la cuestión está en la cabeza de la mina. De ahí que tenés que tener cuidado, porque no es joda eso. Mirá si…

Ezequiel apretaba los dientes más que en las noches de bruxismo. Si Alan, el pesado de Alan, la seguía con esa pelotudez, lo iba a mandar a la concha de su madre, y era muy temprano para abrir la primera interna en el viaje. Estaban a mitad de camino.

-Mirá si me pongo la musculosa roja que me compré en Río -retomó Alan-, la de Zé Pequeno, y la amiguita de Ayelén, la que no paraba de mirarme en tu casa el otro día, porque es muy mirona, se vuelve loca y no me la saco más de encima. Yo tengo una vida, una vida armada, establecida, estoy bien y contento con alguien, y mirá si la piba se me enamora, y me desenfoca de eso, del laburo, de mis asuntos, y me caga el viaje a Europa, la libertad, digamos, mirá si me rompe los huevos con mil mensajes por día, si me hincha para que haga un festejo por una boludés, porque, ponele, cambié el auto, como a este -Alan señaló a Sergio-; mirá si, en definitiva, no me deja vivir. Por eso tenés que tener cuidado ya no con ponerte una remera, sino un slip rojo.

Todo eso, Gordo Alan de mi vida, es lo que querés, pensó Ezequiel.

Sin embargo, no era planeado lo de Alan: era así, auténtico en esencia, y por eso era su amigo. Ezequiel le dijo a Sergio, como si fuera una orden, que se armara un porro para la ruta en vez de chichonear con el celular. Y le preguntó a Alan.

-¿Por qué carajo me contás la teoría de la remera roja?

-Por lo de Ayiu -dijo, desentendido, y arengó a Sergio con el armado.

Ezequiel caviló. Bajó los pies de la silla, agachó la cabeza y salió como un boxeador del rincón.

-Las flacas son bravas -dijo al aire, siempre con esa fingida solemnidad, impostando más que el sonido de las cuatro palabras, ante todo elegante, porque se había juramentado que era lo último que perdería en la vida-. Y, Gordo, cada uno es lo que tiene para dar.

-¿Sabés lo que pasa? -retrucó Alan, cambiando de tono, lejos del divague-. Vos no te enamorás: vos te enfermás.

Ezequiel se levantó con una carcajada. Se tiró hacia atrás la parte de la bufanda que le colgaba y se enroscó el cuello. Le guiñó un ojo. Se acercó al mostrador, compró unas mogul y salió. Se puso la capucha de la campera. Comió la mitad del paquete. Las medias cortitas le dejaban pasar el viento. Fue hasta un cuadrado de pasto con un cartel: “Sector fumadores”. Prendió un cigarrillo, porque volvía a fumar durante los viajes.

Esta vez, Ezequiel miró sin ver: a los autos con las luces que encandilaban, a los surtidores, a los playeros que cargaban nafta, a las personas que iban y venían con el termo para el mate, a las que corrían hacia el baño, a las parejas. A todo.

Cuando volvió, Sergio y Alan ojeaban las páginas de Deportes del diario. Sergi le dijo al Gordo si la B Nacional le interesaba tanto desde 2011 o desde siempre. Alan resopló como respuesta. Como gallina. Ezequiel aprovechó. Abrió el libro en las páginas en que el lápiz hacía de señalador.

Leyó. Se detuvo en un párrafo. Página 121, El palacio de la luna, de Paul Auster.

"No estoy hablando solamente de sexualidad ni de las permutaciones del deseo, sino de un espectacular derrumbe de muros interiores, de un terremoto en el corazón de mi soledad. Me había acostumbrado de tal modo a estar solo que no creí que algo semejante pudiera ocurrirme. Me había resignado a cierta clase de vida y luego, por razones totalmente oscuras para mí, aquella preciosa muchacha china había caído ante mí, descendiendo de otro mundo como un ángel".

Lo subrayó. Después, lo marcó a un costado con ondas, marcas incompresibles para la psiquis de cualquier otro humano. Y lo remarcó, punzando el límite de agujerear la hoja.

Cuando levantó la cabeza, sus amigos ya estaban afuera, yendo al auto. Agarró una gaseosa de limón y tres alfajores triples de chocolate. Alan era un depredador de dulces, y a Sergio le bajaba la presión a menudo después de fumar. Él lo necesitaba.

Cuando cruzó la puerta, sintió que era hora de poner un punto con Ayelén.

Se subió atrás. Sergio puso primera.

-Tomá, Gordo, para el postre.

Sin darse vuelta, Alan colocó la palma de la mano izquierda. Ezequiel le depositó el alfajor y notó en la muñeca dos cintas bebé como pulseras.

-¿Por qué la violeta? -le preguntó, dándole un tironcito.

Alan lo miró por el espejo retrovisor.

-Por si falla la roja.

lunes, 5 de junio de 2017

Elegancia

LA ELEGANCIA DEL SER 

Cuando el guerrero llega al borde del abismo de la muerte, salta en él en posición de combate; el bailarín se arroja en paso de baile, el místico en postura de yoga, el tonto tropieza y cae. Es notable lo que hace el elegante: antes de caer, se da vuelta y saluda.


Ninguna moral -es decir, un arbitrario código de costumbre determinado por las epocales conveniencias de quienes detentan el poder- justifica valorativamente la existencia humana.

Ni siquiera la ética -en cualquier caso una visión superior a la moral ya que nace de un esfuerzo voluntario por solidarizarse con la existencia de los prójimos- puede ser mencionada como una cualidad del ser, ya que tal ética nunca es espontánea.


Tampoco la belleza puede ser sustento ontológico porque, como decía Rilke, sólo es la tapa que oculta el horror de la existencia.


Sólo el estilo innato de las presencias puede ser considerado una manifestación propia del ser antes de que resulte condicionado por la experiencia social. A este sello precultural del ser lo denominamos elegancia, siendo su carencia la plena demostración de la no existencia del ser.


¿Eres tú elegante?


Es difícil reconocer las manifestaciones de elegancia del ser ya que existe una versión apócrifa que la imita: el psicópata seductor que obsequia amabilidad para rapiñar afecto, pasión o futuro; los astutos modales del comerciante que te acaricia tu dignidad para vaciar tu alacena; la elocuencia del hábil hablador que hipnotiza con su discurso para imponer sus designios.


En la vida cotidiana es más visible definir la elegancia a través de su ausencia.


a) No son elegantes las conversaciones que desincluyen a terceros. Tanto las anécdotas como las teorías que se mencionan en una charla deben ser comprensibles a todos los participantes. En todo caso si una presencia obliga a bajar el nivel de tal charla, es preciso interrogarse sobre el motivo de su presencia y la responsabilidad que le cabe a uno de que allí esté. Los elegantes mantienen un estado de copresencia mental en la que incluyen a todos los participantes del evento. Están al tanto de la comodidad o incomodidad de cada uno de los asistentes. No hay elegancia sin sensibilización. 

b) El que habla casi nunca es elegante. Tampoco lo es el que oye, sino el que escucha. El que oye espera el final de tu frase para él continuar con la suya. El que escucha, en cambio, intenta enriquecer la riqueza de tu oración, si de eso se trata, o va a encontrar puertas abiertas para los conflictos que tus palabras enuncian si tal caso fuera.
c) De los que hablan, es elegante el que habla de ti y no de sí mismo. Y más aún lo es el que no se refiere ni a ti ni a él, sino al extraño mundo que los rodea. 
d) No es elegante sufrir. Pero mucho menos lo es expresar tal sufrir. El padecimiento como toda peste es contagiosa y su vía de inoculación son los gestos y las palabras.
e) No es elegante tener. Como tampoco lo es no tener. Lo que es impecable es la desafección. Esa descuidada tendencia a olvidar la relación con los objetos.

Cerdos&Peces: Lo mejor, Enrique Symns, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2011

lunes, 15 de mayo de 2017

El último partido

Del tipo que tengo casi adelante recuerdo con lujo de detalles el día del debut y el último partido en Boca, y que había dicho que iba a jugar hasta los cuarenta años, que era una apuesta con el hermano.

En la tele del restaurante de pastas, un local modesto al costado de la Panamericana, pasan la repetición de Roma-Villarreal por la Europa League. Son casi la una de la mañana del 24 de febrero de 2017. En cuatro días cumplo años. 

Mira el celular por debajo de la mesa, la cabeza gacha. Carbura en la pausa. Dice, sin destinatario.

-Ese Totti juega bien, ¿no? El otro día me mandó la camiseta.

Entonces lo saca, y en el video lo veo a Totti, con una camiseta de la Roma entre las manos, que sonríe y habla, y a lo último del mensaje: "Saluti, fenomeno".

-Él sí jugó hasta los cuarenta -digo, como para ver qué pasa.

sábado, 15 de abril de 2017

Bardo

Nos reímos, los dos ahora. Con asquerosa naturalidad. Llenos de adultez, maduramente considerando los dos (pero sobre todo yo) a un conscripto el último día de su primer franco, conscripto que le dice a su novia en el andén catorce de Constitución la frase del siglo. El conscripto hace versos, cita a William Blake, tiene por delante un tren nocturno lleno de cantos de conscriptos, patas de pollo, olor a pis, empanadas, voces en falsete gritando traela al regimiento, o boludo, o por qué no le preguntás qué hace mientras vos limpiás caca en las caballerizas. Momento en que el Bardo majestuosamente musita que hay días, días en que me canso, días como hoy en los que tengo miedo de matarme. Y ella pregunta: "¿Qué?". Y él: "Nada, una especie de verso de Neruda". Y ella: "Es que no te oí, por el ruido". Y él: "Que a veces quiero matarme, escuchás". Y ella: "Sí, ahora sí pero no grites". Y él: "Me gustaría saber de qué te estás riendo". Y ella: "De que estamos gritando como locos, y que todos nos miran". Después, besándome un ojo: "Y que vos no vas a matarte nunca, subí".

Crear una pequeña flor es trabajo de siglos, Abelardo Castillo, "Cuentos completos", 2003

jueves, 30 de marzo de 2017

​Debord por Merlí

-Se llama Guy Debord. Según él, el nuestro es un modelo de sociedad que convirtió la vida de la gente en un espectáculo. Para este pensador, que no conocía las redes sociales, vivimos en una especie de pantalla global donde todo el mundo quiere ser visible a cualquier precio. Dicho de otra manera: si no te muestras, no existes. Por tanto, sólo cuenta lo que proyectamos de nosotros mismos en una imagen. ¿Qué opinan? ¿Creen que si no subimos imágenes nuestras a la red no existimos?
-Todos subimos fotos en Facebook.
-Yo no. Antes de tener un perfil en Facebook, prefiero que me cague un perro encima... No, no se rían, no bromeo, no. A mí no me gusta, yo no quiero compartir mi vida con tanta gente. ¿Qué demonios es eso? ¡Es mucho narcisismo! Todos subiendo fotos. "Miren qué vacaciones pasé, miren qué hijo más lindo tengo". ¿Y a mí qué me importa? ¿De verdad que no tienen nada más que hacer que fotografiar su vida y enseñársela a todos? ¿De qué sirve que todos estemos permanentemente informados de todo lo que hacemos? ¿Qué demonios es eso? ¿Dónde está nuestra privacidad? ¿Por qué tenemos que enseñar nuestras intimidades, como si fuéramos monos de feria sacando el pene ante el público?
-Eso es verdad. Hay gente que hace foto hasta al plato que se está comiendo.
-Sí, claro. Por no hablar de los que van a un concierto y, en vez de verlo, lo graban. Dejen de mirar la vida a través de una cámara y disfrútenla con los ojos y todos los demás sentidos. ¡Cómo echo de menos los teléfonos fijos! Según Guy Debord, el hombre se convierte en espectador de sí mismo cuando se ve reflejado en cualquier pantalla. Pero también se convierte en un ser pasivo, incapaz de tomar decisiones, incapaz de vivir su propia vida. Porque en lugar de vivir las cosas, consumimos ilusiones de las cosas. 

Merlí, capítulo 8, Guy Debord