viernes, 25 de mayo de 2018

Para qué y por qué se juega al fútbol

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Yo dudo que en el año 2000 el fútbol sea todavía la pasión universal que aún sigue siendo, no obstante su acentuada declinación mundial.
Pero si lo fuera, confío en que para ese entonces se haya derribado una barrera absurdamente instalada entre la concepción del hombre-social y la del hombre-deportista.
De esa barrera no vacilo en culpar, como primeros responsables, a los propios intelectuales que tanto enriquecieron la vida del espíritu humano y al mismo tiempo permitieron al hombre conocer mejor al hombre. Pero con una grave omisión: la del deporte y el deportista como fenómeno etnográfico, tan cierto y tan vigente en sus riquezas y miserias como cualquiera de los personajes que desfilan por los elencos humanos de la literatura filosófica y sociológica.
Filósofos y sociólogos han tenido y tienen al deporte y al deportista un tanto relegados en la subestimación de aquellas cosas que nos parecen hechas «para jugar».
Pero entiéndase: «para jugar»... en sentido infantil, secundario en importancia a la apasionada conversación que los mayores sostienen mientras «los chicos juegan».
Digo que hago votos por el derrumbe de aquella barrera, porque pienso que, si los hombres de cultura que han enseñado al hombre común a penetrar en la vida incluyeran en tales introducciones al deporte y al deportista, no tendríamos el curioso contrasentido que seguidamente plantearemos:
1º El deporte, y el fútbol en particular, absorben la atención pasajera o permanente de un porcentaje de población mundial como difícilmente alguna de las otras atracciones humanas alcance a hacerlo en forma separada.
2º No obstante aquella realidad —que los intelectuales sólo recuerdan para deplorarla (y les doy la razón) como rasgo regresivo del hombre a la barbarie y al circo—, el hombre común (que incluye al hombre fútbol-deporte) ha sido mucho más satisfactoriamente iluminado por la filosofía y la sociología respecto de su ubicación en sectores de la comunidad que poco frecuenta, que no de la que hace a la del deporte, que frecuenta en tercer lugar después del trabajo y del amor.
3º Es así que el hombre común permanece en un estado de ignorancia mucho mayor en fútbol, en deportes, donde frecuentemente se lo ve desubicado en su misma pasión; que no en infinidad de interpretaciones de la vida y de sí mismo, donde no discuto la importancia de ubicarlo, pero que no superan los riesgos de su falta de ubicación en esa «cosa sin mayor importancia» que es el deporte, o en fin de cuentas «el juego» (sin alusión al juego como vicio de apuestas por dinero).
Esa subestimación del hecho psíquico hombre-deporte, o su desplazamiento a la órbita de las crónicas deportivas, ha contribuido grandemente el oscurantismo en que el hombre-deporte vive aún en nuestro tiempo, como si se tratara de una pasión nueva en la humanidad. Cuando lo único realmente nuevo de esa pasión, en el mundo, es su acelerada conversión en desalmado negocio del espectáculo. Aquella subestimación de los intelectuales por los deportistas abre, a su vez, y cada vez más impunemente, el camino del negocio de la noche para los mercaderes de aquel oscurantismo que cada vez más peligrosa y vehementemente fanatiza masas, siembra ignorancia, barbarie y angustia en torno del deporte, y no tanto por la intrínseca condición pasional del deporte (¿no es pasional el amor y ofrece muchas menos lamentaciones para formularnos?) que se quiere argumentar como causal de esa psicosis colectiva del enojo que acarrea la ignorancia del «porqué» del deporte.
Mucho más que por la pasión intrínseca del deporte (digamos del fútbol más concretamente), la barbarie y lo desagradable del fútbol tiene su fuente en el hecho de que el público aún no sabe para qué y por qué se juega al fútbol. Por eso es permeable a creer que en un partido de fútbol juega «el país» o «la patria».
Eso se ha dejado a cargo de los «cronistas deportivos», yo soy uno de ellos; pero lamento decir que no veo en el periodismo deportivo, y menos aún en la venalidad con que actúa para «estar en el negocio», el medio más apropiado para que, desde las verdaderas fuentes del pensamiento universal, las masas deportivas (futbolísticas) lleguen a apaciguar sus peligrosidades tangibles como apasionadas, acercándose al porqué que ignoran, sin perjuicio de seguir viviendo, pero pacífica y un poco más filosóficamente, esa misma pasión que, en sí misma, no es peligrosa ni insana; es gratísima y saludable.
Espero que en el año 2000 esta expresión de deseos acerca del trabajo de los artesanos del pensamiento no tenga motivos para ser reiterada. Si así fuera, eso daría otro motivo para que éste, mi libro, «no sirva para nada». Mucho del fútbol, y la ignorancia enorme que lo rodea maguer su enorme popularidad, estaría en tal caso mucho más claro que cuanto intenta ponerlo éste, mi libro, que, aquí lo admito, «sirve para algo» (¡ojalá...!).
En tanto, y para no dejar inconclusa mi incursión «contra» los intelectuales del mundo que suponen al deporte «un juego» (como si solamente los niños se dedicaran a «jugar»), debo confesar que lo mejor que he leído hasta ahora en libros de fútbol... han sido siempre algunos libros de sociología y filosofía.
Y esto no es ironía. Lo digo muy en serio.
Claro está: de los libros llamados «de fútbol», el mayor adversario para mi paciencia por leerlos está en que su gran mayoría tratan de ser (disimuladamente unos, descaradamente otros) algo así como Manual de instrucciones para nunca perder un partido de fútbol.
Y, obviamente, los cierro en la tercera página. Y a veces ni eso.
Ni los abro. Todavía no me asimilé a la mentalidad de los directores técnicos que dicen enseñar «fútbol de ahora» habiendo sido jugadores del que ellos llaman «el fútbol que ya no se puede jugar». Creo que el fútbol es todo jugadores, y no puedo con los manuales para no perder.
He dicho que el fútbol es una ciencia oculta del imprevisto.
¿Presuntuosa definición? ¿Irrespetuosa calificación para las ciencias todavía ocultas al ser humano?
Daré motivos para engrosar la acusación y agrego: el fútbol es el más hermoso juego que haya concebido el hombre, y como concepción de juego es la más perfecta introducción al hombre en la lección humana de la vida cooperativista.
Repito que como concepción de juego por pretexto, y como lección por finalidad. De ahí a que, como ocurre, un partido de fútbol termine en una comisaría, no es asunto que hace al juego y su concepción. Acaso sea asunto que hace a la «sin importancia» que los rectores del pensamiento universal le han dado hasta ahora viendo que «es un juego»... También un juego es el trabajo. O el amor.
Y si vemos que en un Campeonato del Mundo, unos cuantos argentinos se confabulan para tramar una farsa con reservación de los roles de víctimas, mártires y robados ellos, los verdaderos agresores, los verdaderos defraudadores... tampoco es asunto que hace al juego. Hace a la prostituida mentalidad comercial que, al giro del juego-negocio, ha cobrado forma de negocio-negocio con total desprecio del juego como negocio.

[…]

Fútbol, dinámica de lo impensado, Dante Panzeri, 1967

miércoles, 9 de mayo de 2018

El jockey

El jockey llegó a la puerta del comedor; al cabo de un momento se hizo a un lado y permaneció inmóvil, con la espalda pegada a la pared. La sala estaba a rebosar, pues era el tercer día de la temporada y todos los hoteles de la ciudad estaban llenos...

Examinó el comedor hasta que al final su mirada descubrió una mesa situada en un rincón, en diagonal desde donde se encontraba, en la que había sentados tres hombres: un entrenador, un corredor de apuestas y un ricachón. El entrenador era Sylvester, un sujeto grande, no muy recio, de nariz encarnada y unos ojos azules y lentos.

Fue Sylvester el primero que vio al jockey. Sylvester se volvió hacia el ricachón.

—Si se come una chuleta de cordero, una hora después todavía puedes ver la forma en su estómago. Ha llegado un momento que es incapaz de sudar lo que lleva dentro...

Extracto de «El jockey», un relato publicado por primera vez en The New Yorker el 23 de agosto de 1941, y escrito por Carson McCullers cuando tenía 24 años.

jueves, 19 de abril de 2018

La petite mort del fútbol

Después de salir campeón con España del Mundial Sudáfrica 2010 -de meter el gol en la final ante Holanda-, Andrés Iniesta y sus compañeros vinieron a Argentina a jugar un amistoso con la Selección. Era septiembre. Habían pasado menos de dos meses. En esos días, Luis Martín entrevistó a Iniesta en un hotel porteño. Quizá por la lejanía y las horas fuera de casa, por los momentos que quedaban atrás después de la Copa del Mundo, por la nostálgica Buenos Aires, en un instante, el periodista le dijo a Iniesta que Pep Guardiola decía que la gente los quería porque ganaban, pero también porque eran buenas personas.

La devolución fue un pase gol, que es la petite mort del fútbol.

—No tengo la sensación de que a Pedro o a Busquets les cueste ser como son. Ni a Xavi, ni a Iker, ni a Capdevila, ni a Reina... No sé... No es difícil hacer cosas normales que hace todo el mundo. Si la gente lo agradece, lo celebro. Pero no es algo que ni a mí ni a los jugadores con los que vivo en el Barcelona o en la selección nos genere demasiado problema. Somos gente que nos gusta volver al pueblo en el que crecimos, estar con nuestros amigos de siempre... A mí no me cuesta ser como soy. Es que soy como me sale, como me educaron mis padres. Y también, mucho, cómo me educaron en el Barcelona. Soy lo que soy gracias a mis padres, pero en La Masía creces rápido y vives a velocidad de crucero. Es imparable. Pero resulta imposible que pierdas según que valores. Mire, cuando tenía 12 años, mi padre ahorró durante tres meses para comprarme unas botas Predator. Puede que ahora tenga dinero, pero cada vez que miro aquellas botas sé de dónde vengo.

miércoles, 4 de abril de 2018

"Escribo mis novelas en tarjetas que reescribo muchas veces"

PH: Carl Mydnas/Time & Life Pictures.
Playboy: ¿Es cierto que usted escribe de pie y que prefiere hacerlo a mano en lugar de dactilografiar sus obras?
Nabokov: Sí. Nunca aprendí a escribir a máquina. Generalmente comienzo mi día frente a un hermoso y antiguo podio que tengo en el estudio. Más tarde, cuando siento que la fuerza de la gravedad me mordisquea las piernas, me instalo en un sillón cómodo frente a un escritorio común; y finalmente, cuando la gravedad comienza a treparme por la columna, me recuesto en un sofá en un rincón de mi pequeño estudio. Me resulta una rutina agradable. Pero cuando era joven, cuando tenía veinte años o poco más de treinta, a menudo me quedaba todo el día en cama, fumando y escribiendo. Ahora las cosas han cambiado. La prosa horizontal, los versos verticales y las glosas sedentarias truecan permanentemente los calificativos y estropean la aliteración.
Playboy: ¿Puede decirnos algo más acerca del proceso creativo involucrado en el nacimiento de un libro? Quizá leyendo algunas anotaciones al azar o algunos extractos de una obra en creación...
Nabokov: Decididamente no. Ningún feto debe ser sometido a una operación exploratoria. Pero puedo hacer otra cosa. Esta caja contiene tarjetas con anotaciones realizadas en épocas más o menos recientes y que descarté cuando escribí Pálido Fuego. Se trata de un puñado de rechazos. Le leeré algunas. (Comienza a leer las tarjetas).
“Selene, la luna. Slenginsk, una antigua ciudad de Siberia: ciudad cohete a la luna”... “Grano: protuberancia negra en el pico del cisne mudo”... “Gata peluda: pequeña oruga que prende de un hilo”... “En The New York Bon Ton Magazine, volumen cinco, 1820, página 312, las prostitutas son llamadas 'muchachas de la ciudad'”... “Sueños juveniles: calzoncillos olvidados; sueños de viejo: dentaduras olvidadas”... Un estudiante explica que al leer una novela le gusta saltearse algunos pasajes “para poder hacerse una idea propia acerca del libro sin verse influenciado por el autor”... “Naprapathy: la palabra más fea del lenguaje”.
Playboy: ¿Qué lo lleva a registrar y coleccionar esas cifras e impresiones tan inconexas?
Nabokov: Lo único que puedo decirle es que durante las primeras etapas del desarrollo de una novela, me asalta la necesidad de coleccionar detalles incongruentes aquí y allá, de comer piedritas. Nadie sabrá jamás hasta qué punto visualiza un pájaro el futuro nido y los huevos que contendrá, o si no lo visualiza en absoluto. Cuando recuerdo después la fuerza que me obligó a anotar los nombres correctos de las cosas, o sus medidas y matices, antes de necesitar realmente la información, me siento inclinado a suponer que lo que, por falta de un término mejor llamo inspiración, ya actuaba dentro de mí, señalándome en silencio un detalle u otro, haciéndome acumular materiales conocidos para una estructura desconocida. Después del primer impacto que me produce el reconocimiento —una repentina sensación de “esto es lo que voy a escribir”— la novela comienza a tomar forma por sí misma: el proceso se desarrolla solamente en mi mente y no en el papel; y para darme cuenta del estado al que ha llegado en un determinado momento, no es necesario que tome conciencia de cada frase exacta. Siento una especie de suave desarrollo, un desenvolvimiento interior, y sé que los detalles ya se encuentran allí, que en realidad lograría verlos con claridad si los mirara más de cerca, si detuviera la máquina y abriera el compartimiento interior; pero en cambio prefiero esperar que lo que vagamente recibe el nombre de inspiración haya finalizado su obra por mí. Llega un momento en que algo en mi interior me informa que la integridad de la estructura ha quedado terminada. Entonces lo único que me queda por hacer es llevarla al papel con un lápiz o una lapicera. Ya que esta estructura total, apenas iluminada en mi propia mente, puede ser comparada con una pintura, y ya que no es necesario que uno trabaje gradualmente de izquierda a derecha para percibirla de manera correcta, puedo dirigir la luz de mi linterna hacia cualquier sector o detalle del cuadro sin necesidad de llevarlo al papel. No comienzo mi novela por el principio, no llego al tercer capítulo antes de llegar al cuarto, no voy obedientemente de una página a la siguiente siguiendo un orden lógico; no, elijo un trozo aquí y un trozo allá hasta haber llenado todas las lagunas en el papel. Es por eso que me gusta escribir mis historias y novelas en tarjetas, que más adelante numero cuando el conjunto está completo. Reescribo muchas veces cada tarjeta. Alrededor de tres tarjetas forman una página mecanografiada, y cuando por fin tengo la sensación de haber copiado el cuadro concebido con tanta fidelidad como me es físicamente posible —por desgracia siempre quedan algunas “lagunas”— le dicto la novela a mi mujer, y ella escribe a máquina por triplicado.
Playboy: ¿Cuál considera que es su principal falencia como escritor?
Nabokov: La falta de espontaneidad; la molestia de pensamientos paralelos, de segundos pensamientos, terceros pensamientos; la imposibilidad de expresarme con propiedad en cualquier idioma a menos que componga cada maldita frase en mi bañadera, en mi mente y frente a mi escritorio.

sábado, 24 de marzo de 2018

Retrato de la oligarquía dominante

Las generalizaciones que siguen no podrán ser tachadas de impaciencia.
Hoy se puede ir ordenadamente de menor a mayor y perfeccionar, a la luz del asesinato, el retrato de la oligarquía dominante. Los militares de junio de 1956, a diferencia de otros que se sublevaron antes y después, fueron fusilados porque pretendieron hablar en nombre del pueblo: más específicamente, del peronismo y la clase trabajadora. Las torturas y asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la Argentina. El caso Manchego, el caso Vallese, el asesinato de Méndez, Mussi y Retamar, la muerte de Pampillón, el asesinato de Hilda Guerrero, las diarias sesiones de picana en comisarías de todo el país, la represión brutal de manifestaciones obreras y estudiantiles, las inicuas razzias en villas miseria, son eslabones de una misma cadena.
Era inútil en 1957 pedir justicia para las víctimas de la "Operación Masacre", como resultó inútil en 1958 pedir que se castigara al general Cuaranta por el asesinato de Satanowsky, como es inútil en 1968 reclamar que se sancione a los asesinos de Blajaquis y Zalazar, amparados por el gobierno. Dentro del sistema, no hay justicia.
Otros autores vienen trazando una imagen cada vez más afinada de esa oligarquía, dominante frente a los argentinos, y dominada frente al extranjero. Que esa clase esté temperamentalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas, sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos.

Rodolfo Walsh, fin del epílogo de la tercera edición de Operación Masacre, 1969

viernes, 9 de marzo de 2018

Los relatos del yo

Son formas de resistencia de los sujetos a esa especie de dinámica de la información que circula de modo impersonal y frente a la que uno es simplemente un espectador, un espectador que está viviendo una serie de cuestiones y descifrándolas a su manera. Esos que se llaman "los relatos del yo", "la presencia del yo", incluso en Facebook, más allá de mis distancias con el Facebook, que no tengo; pero me doy cuenta que ahí hay un intento de convertir en experiencia, aunque sea una experiencia trivial. Alguien pone su foto, pone a sus amigos. Eso, me parece, es un intento, en el medio de esta circulación alucinatoria de posibilidades de información; es un intento de centrar en la experiencia del sujeto, es la manera de abrir ese campo. Entonces, miro con mucho interés ese tipo de experiencias, desde Twitter hasta los mails, hasta los blogs y Facebook. Me parece que son rastros de una crisis del periodismo. Esa idea de que hoy los periodistas son los intelectuales sería una prueba de que el periodismo está en crisis, en realidad... Porque se encuentra muy acorralado por la circulación de información y por los modos en que la información que circula por Internet produce movimientos, alternativas sociales. Una de las marcas es esta idea de la subjetivización: traer los problemas al espacio donde el sujeto se mueve para que el sujeto tenga una experiencia que le permita no sólo descifrarlos sino comunicar frente a un discurso que tiende a ser impersonal. Por supuesto, los matices, lo sabemos: es cierto que las crónicas, que podemos asociarlas con Mansilla, como decía María Moreno, o podemos pensar en Hemingway como uno de los grandes escritores que en un momento dado empezó a escribir relatos de no ficción, utilizando estos elementos de crear situaciones que pudieran ser comprendidas subjetivamente y, a partir de ahí, comprender luego la guerra, o comprender elementos que parecen escapar. En definitiva, Walter Benjamin lo que dijo es que si el relato y la narración estaban en crisis, es por exceso de información. Hay que mirar con mucho interés, porque se está produciendo eso, no solamente en las nuevas tecnologías, sino en ciertas líneas de la literatura argentina contemporánea, donde también hay relatos muy personalizados de las experiencias de las Malvinas o las experiencias de las crisis económicas, que son maneras de fijar la experiencia histórica en un lugar que tenga que ver con individuos específicos y concretos. Esa ha sido siempre la tradición de la novela.

Ricardo Piglia, en Escenas de la Novela Argentina (2012)

jueves, 4 de enero de 2018

Datos

El poema es mera información. Es la Constitución de la patria interior. Si lo declamas y lo hinchas con nobles intenciones, no eres mejor que esos políticos que tanto desprecias. No haces más que agitar una bandera y llamar patéticamente a la patriotería emocional. Piensa en las palabras como ciencia, no como arte. Son un informe. Es como si dieras una conferencia en la Federación de Montañismo. Las personas que te escuchan conocen todos los riesgos de la escalada, y te honran dando por sentado que lo sabes. Si se los pasas por la cara, estás insultando la hospitalidad que te ofrecen. Informales de la altitud de la montaña, describe el equipo que utilizaste, especifica el tipo de superficie y fija el tiempo que duró la escalada. No busques dejar al público boquiabierto. Si el público se queda boquiabierto, no será debido a tu apreciación de los hechos, sino a la suya. Tu mérito estará en la estadística y no en las inflexiones de tu voz ni en los ademanes enérgicos de tus manos. Estará en los datos y en la tranquila organización de tu presencia.


Cómo decir poesía, Leonard Cohen

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Un maldito cumpleaños

Por Enrique Symns
"No voy a involucrarme en el bochorno de una película sobre Luca. Es ir con una pala a desenterrar a los muertos, son cuestiones necrofílicas, hay una enfermedad que hace mover a los muertos de su lugar de descanso, es ir a molestar, como los gringos que se metían en los cementerios sagrados. Cada vez que vienen con algún proyecto, digo: 'Otro más que viene a mover el cajón'". (Ricardo Mollo)
Atardecer, 22 de diciembre de 1987.
Salimos con Vera Land de la redacción de Fin de Siglo, en Caballito, y nos zambullimos en la mesa de la ventana del bolichón que estaba justo en la esquina. Fue y será así. Jamás hemos trabajado en una redacción que no tuviera a menos de 50 metros un boliche. Escribir un rato para calmar a Dios y mandarse al bar para encontrar al diablo.
Vera se pidió un pebete de jamón y queso y lo revisó con esa expresión de otorrinolaringóloga que ponía cuando sospechaba del contenido del pebete. Como en una autopsia, lo abría y revisaba minuciosamente extirpando con el bisturí de sus uñas puntitos negros, hebras casi invisibles de grasa y otras microscópicas basurillas. Yo comenzaba a beber lentamente mi primera ginebra preparándome para la fiesta de esa noche en Caras más Caras. Así son las escenas de la vida cotidiana cuando estás por recibir un latigazo. Un vecino en pijama saliendo a la puerta entredormido, al amanecer, justo el día que explota el sol.
Ese 22 de diciembre yo cumplía 42 años y todos los amigos se reunían a festejar un nuevo aniversario de mi envejecimiento en aquel legendario antro que era Caras.
Carlos Aznárez cruzó la calle con el rostro demudado y por la ventana dio el latigazo.
-Llamó la Negra Poly... Se murió Luca.
Las noticias fatales se parecen a los balazos, dicen que no sentís nada hasta que pasa el tiempo.
Esa noche en Caras más Caras mi cumpleaños se convirtió en un festín macabro.
Fue una noche tétrica. Recuerdo claramente que esa misma noche todos sabían que Luca había muerto de una sobredosis y no de catarro. De un pico y no de una indigestión de ñoquis. Era una burla del destino: un tano había venido a Buenos Aires a morir como Jim Morrison, como Jimi Hendrix. Un tano patasucia (literalmente, Willy Crook sostenía que sus pies olían a pedos de mamut) tuvo que atravesar la espesa pared moral de esta ciudad donde los viejos vinagres a veces tienen 20 años, con la energía descabellada de su música, con el desparpajo de un conquistador, con la certeza de quien porta una tormenta. Un tano que se disfrazaba de bruto, un animal caliente que rápidamente percibió la reptil frialdad de los porteños, un compositor que en cuatro años escupió la música más enérgica, guerrera y original que habíamos escuchado hasta ese momento. Ante la displicencia y rechazo de los talentos nacionales, Luca se robó el corazón de todos los jóvenes de corazón joven de cualquier edad y jamás lo devolvió hasta hoy. Luca ni siquiera necesitaba cantar: con caminar por Corrientes ya se bamboleaba la calle. Los popes y futuros popes no se lo bancaron: ni el Indio Solari ni Spinetta ni Charly. Ninguno de ellos comprendió que la magia es energía que despiden ciertas almas: no importa cómo toquen o destoquen esas estúpidas guitarras y esos cretinos pianos que nos torturan a cada rato por diestra y siniestra en este ruidoso show que es hoy el planeta. Ni yo me di cuenta, pegoteado como un ciego a Los Redondos.
Lo puteábamos esa noche de Caras más Caras por abandonarnos y lo seguimos puteando todavía hoy. Pero más que todo me acuerdo que la Negra Poly (que lo quería mucho en su estilo Magnum), con su tono marcial iraqués recalcó varias veces.
-Luca fue el único músico de la historia que puso todas las canciones a nombre de toda la banda...
Un hombre excepcional se caracteriza por gestos excepcionales: ¿cómo voy a firmar abajo de estas líneas como si me perteneciera cualquier discurso que manda mi cerebro? ¿Cuál es la función de apropiarse de lo que emana el alma sino aprovecharse de esa lotería del caos que elige azarosamente a ciertos idiotas para expresarse a través de ellos? ¿Cómo no compartir el dinero y las ventajas con quienes se comparte el viaje si se desea tener compañeros de ruta y no empleados públicos contratados?
Esa noche alguien también dijo (y creo que fui yo o capaz que Lupo) una frase letal que tenía una clara referencia al secreto (hasta hoy oculto) de su muerte.
-Huyendo de una heroína lo mató la Argentina.
El flash lisérgico de Luca nos duró varios años hasta que nos dimos cuenta de que su energía se esfumaba y la fiesta se terminó.
Cuando se esfuman tipos como Luca o como Batato Barea, se pierde una guerra.
Todo lo que sigue después son los ritos mediocres de la cultura. Sin la magia, el mundo despierta mirando un escenario, leyendo libros, yendo al teatro o al cine. Todo vuelve a ser un maldito show, una estúpida sala.
Sin magia, la música, el teatro, la poesía son buenas formas de ganarse la vida y la gente "muy talentosa" se encierra en los laberintos de sus propios piropos.
Así como siento un placer estilo Genet al traicionar la intimidad de todos los famosos tipos que he conocido, detesto contar anécdotas de los que se fueron. Voy a contar una sola. ¿Cómo podrá entender el cerebro de un guardarropa que un tipo que se inyectó heroína, que se tomó toda la merca y el alcohol no se merece un destino de "llevemos a tu mamá a pasear a Florianópolis"? Luca iba a Alcohólicos Anónimos. La redacción de El Porteño, en Cochabamba y Piedras, tenía un bolichazo, y ahí lo encontraba yo a las nueve o diez de la mañana recién salidito de AA. Al toque me desayunaba una ginebra, y contento de que yo lo incitara, el pelado, después de la sexta o séptima ginebra y el cuarto saque puteaba la cura de la cura que lo obligaba a arrepentirse del éxtasis que lo aprisionaba: "¿Querés otra ginebrita, Luca? Amo el fracaso del que quiere enderezarse".
Los que se enderezan, levantan la vista y ya no ven más el mundo, se casan con un auto, tienen romances con el supermercado, se eligen la llave perfecta para que cierre la puerta y respiran hondo, como si toda su vida hubiera sido un error, como si ese ser miserable hubiera estado siempre oculto bajo el disfraz del agachado.
En un pueblito llamado Lota, en el sur de Chile, un pueblo minero abandonado, en la pared de una casucha dice: "Luca vive". Todos cuentan anécdotas de Luca, todos estuvieron con él en alguna parte. Y esas pintadas no se equivocan. Ciertos animales bellos y calientes, ciertos duendes quedan palpitando por la eternidad en los corazones que alimentaron con su luz.
No fui su amigo y lamentablemente ni siquiera acepté compartir escenario con él.
Cuando se resintió severamente con Los Redondos yo me puse del otro lado, del lado equivocado.
Todos los malditos 22 de diciembre que vuelvo a cumplir años sólo recuerdo esas mañanas en el barcito atorrante de San Telmo, cuando a las ocho o nueve de la mañana nos zampábamos esas seis o siete ginebras, hablando tonterías (nos poníamos tremendamente tímidos), como dos niños jugando un juego imposible: jubilarse de adulto.
La última vez que lo vi fue en el Parakultural, con su formación Luca y los Apestosos. Me dijo eufórico.
-Sumo me tiene podrido... Este es un país de putos, sabés qué banda voy a hacer: Todos Tus Trolos.
Estoy seguro que existe el horno. Y allí nos vamos a encontrar. No seremos muchos para ese recital. Capaz que además del horno, también hay un freezer para que allí se congele todo el trolaje argentino del rock 'n' roll.
Diciembre de 1997, a diez años de la muerte de Luca Prodan, en la revista Mix.