domingo, 5 de diciembre de 2021

Escritura y lenguaje

No puedo escribirme. ¿Cuál es ese yo que se escribiría? A medida que ese yo entrara en la escritura, ésta lo desinflaría, lo volvería vano; se produciría una degradación progresiva –en la que la imagen del otro sería, también ella, arrastrada poco a poco (escribir sobre algo es volverlo caduco)–, un hastío cuya conclusión no sería otra que: ¿para qué? Lo que bloquea la escritura amorosa es la ilusión de expresividad: escritor, o pensándome tal, continúo engañándome sobre los efectos del lenguaje: no sé que la palabra “sufrimiento” no expresa ningún sufrimiento y que, por consiguiente, emplearla, no solamente es no comunicar nada, sino que incluso, muy rápidamente, es provocar irritación (sin hablar del ridículo). Sería necesario que alguien me informara que no se puede escribir sin pagar la deuda de la “sinceridad” (siempre el mito de Orfeo: no volverse a mirar). Lo que la escritura demanda y lo que ningún enamorado puede acordarle sin desgarramiento es sacrificar un poco de su Imaginario y asegurar así a través de su lengua la asunción de un poco de realidad. Todo lo que yo podría producir, en la mejor de las hipótesis, es una escritura de lo Imaginario; y para ello me sería necesario renunciar a lo Imaginario de la escritura –dejarme trabajar por mi lengua, sufrir las injusticias (las injurias) que no dejará de infligir a la doble Imagen del enamorado y de su otro.
El lenguaje de lo Imaginario no sería otra cosa que la utopía del lenguaje; lenguaje completamente original, paradisiaco, lenguaje de Adán, lenguaje “natural, exento de deformación o de ilusión, espejo límpido de nuestros sentidos, lenguaje sensual (die sensualische Sprache)”: “En el lenguaje sensual todos los espíritus conversan entre ellos; no tienen necesidad de ningún otro lenguaje puesto que es el lenguaje de la naturaleza”.
...
Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura.
Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes, 1977

martes, 23 de noviembre de 2021

Amor

Ante todo, el amor es una experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante. Y de un modo u otro todo amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. Conoce una nueva y extraña soledad, y este conocimiento le hace sufrir. Así que el amante apenas puede hacer una cosa: cobijar su amor en su corazón lo mejor posible; debe crearse un mundo interior completamente nuevo, un mundo intenso y extraño, completo en sí mismo. Y hay que añadir que este amante no tiene que ser necesariamente un joven que esté ahorrando para comprar un anillo de boda: este amante puede ser hombre, mujer, niño; en efecto, cualquier criatura humana sobre esta tierra. Pues bien, el amado también puede pertenecer a cualquier categoría. La persona más estrafalaria puede ser un estímulo para el amor. Un hombre puede ser un bisabuelo chocho y seguir amando a una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw dos décadas atrás. Un predicador puede amar a una mujer de la vida. El amado puede ser traicionero, astuto o tener malas costumbres. Sí, y el amante puede verlo tan claramente como los demás, pero sin que ello afecte en absoluto la evolución de su amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor turbulento, extravagante y hermoso como los lirios venenosos de la ciénaga. Un buen hombre puede ser el estímulo para un amor violento y degradado, y un loco tartamudo puede despertar en el alma de alguien un cariño tierno y sencillo. Por lo tanto, el valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante. Por este motivo, la mayoría de nosotros preferimos amar que ser amados. Casi todo el mundo quiere ser el amante. Y la verdad a secas es que de un modo profundamente secreto, la condición de ser amado es, para muchos, intolerable. El amado teme y odia al amante, y con toda la razón. Pues el amante está tratando continuamente de desnudar al amado. El amante implora cualquier posible relación con el amado, incluso si esta experiencia sólo puede causarle dolor.

Carson McCullers, La balada del café triste (1951)

lunes, 22 de noviembre de 2021

Lobos

En mis observaciones de los lobos que viven en manadas en el parque nacional de Yellowstone, en Estados Unidos, he visto que los machos que mandan no lo hacen de forma forzada, ni dominante, ni agresiva para con los que le rodean. Los lobos auténticos no son así.

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En una ocasión, había un cachorro algo más enclenque de lo normal. Los demás cachorros lo veían con desconfianza y no querían jugar con él. Un día, después de llevar comida a los lobeznos, el superlobo se puso a mirar a su alrededor. De pronto, empezó a mover el rabo. Estaba buscando al cachorro y, al encontrarlo, se acercó a estar un rato con él. Con todas las historias de victorias que cuenta Rick del superlobo, esta anécdota es su preferida. La fuerza nos impresiona, pero lo que deja un recuerdo indeleble es la bondad.

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Y otra cosa más: “En los viejos tiempos”, dice Doug Smith, “la gente decía que el macho alfa era el jefe”. Sonríe y añade: “Eran sobre todo biólogos varones los que lo decían”. En realidad, explica, en la manada existen dos jerarquías, “una de machos y otra de hembras”. ¿Y quién manda? “Es sutil, pero da la impresión de que las hembras son las que toman la mayoría de las decisiones”. Es decir, adónde dirigirse, cuándo descansar, qué ruta seguir, cuándo salir de caza. Smith dice que hembra alfa es un término obsoleto. “Yo utilizo la palabra matriarca para hablar de una loba cuya personalidad establece la tónica de toda la manada”.

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En conclusión: a nuestro estereotipo del macho alfa no le vendría mal una corrección. Los verdaderos lobos nos pueden enseñar varias cosas: a gruñir menos, tener más “discreta confianza”, dar ejemplo, mostrar una fiel devoción al cuidado y la defensa de las familias, respetar a las hembras, compartir sin problemas la crianza. En eso consistiría ser un verdadero macho alfa.

Carl Safina, Así es el verdadero macho alfa

domingo, 14 de noviembre de 2021

Tres aspectos

Foto: Hans van der Meer.
Foto: Hans van der Meer.

“Sólo inventé los detalles que no son esenciales. Todo parecido entre estos personajes y seres de la realidad es intencional y malicioso, y toda ficcionalización es accidental e involuntaria. Porque cualquier tema literario presenta tres aspectos: todo lo que el autor quiso expresar; todo lo que supo expresar, y todo lo que expresó sin querer. Ese tercer aspecto es el más interesante para el lector”.


Serguéi Dovlátov, escritor

domingo, 7 de noviembre de 2021

Niza

Ayelén se levanta. Abre la canilla de la ducha. Deja correr el agua. Va a la cocina. Agarra de un estante la taza con arabescos y pone el saquito de té. Se apura a bañarse antes de que se despierte Lucía. Ayelén prende la computadora. Lucía llora. Abre los ojos. Pide por mamá. Ayelén carga la bañera. Coloca a Lucía en el asiento. Lucía chapotea con los dinosaurios. Ayelén fuma el primer cigarrillo Virginia Slims del día con el ventanal del balcón apenas abierto. De reojo mira a su hija. Cambia a Lucía con un vestidito. Desayunan. Se sienta en la computadora. Lucía hace dibujos en la pizarra. Le pide que la mire. Ayelén se da vuelta y le dice que esa vaca está hermosa, mi amor. Se pone en cuchillas, dibuja una oveja y le da un beso a Lucía. Ayelén sale al balcón y se sienta en la silla. Se prende un cigarrillo. Mira hacia la esquina. Ve salir a la señora del 2° “C” de la mano de su pareja. Ayelén le da la última calada y aprieta el cigarrillo en el cenicero. Entra. Su hija encaja cuadrados, círculos y triángulos de un juego. Ayelén hace un llamado. Se fastidia. Lucía la choca con el monopatín. Ayelén se pone los lentes de sol. Baja a la entrada del edificio. Lucía se desliza de un lado al otro con el monopatín. Ayelén se apoya contra su auto y la mira. Le saca una foto. La sube a las redes sociales. Ayelén desearía estar de vacaciones en las playas de Niza.

Suben. El rayo de luz quiebra el departamento. Ayelén prende el aire acondicionado. Almuerzan. Lucía se recuesta en el sillón. Se duerme. Ayelén la lleva a la cama y se duermen juntas. Lucía se le tira encima. Ayelén la abraza. Cuando se despierta, Lucía le pide ir a lo de la abuela. Piensa que ya es domingo. Ayelén le dice que más tarde viene la tía. Hace otro llamado. Lucía se tira boca arriba en el piso. Ayelén cierra los ojos. Le duelen las cervicales. Mamááá, le grita Lucía. Quééé, le responde Ayelén. Lucía le pide que se siente a mirar las hojas verdes de cartulina pegadas en la pared. Las miran. Entra la hermana de Ayelén. Tíaaa, grita Lucía. Ayelén pone la pava. Charlan. Prepara el mate. Lo deja. Aprovecha y sale a comprar la comida para la noche. En el ascensor, sola, lagrimea. Pero vuelve resplandeciente. Lucía agarra una medialuna y le dice a Ayelén que coma. Sí, mi amor, le responde. Sale al balcón. Prende un cigarrillo. Apoya los pies en la baranda. Inclina la cabeza hacia atrás. El sol le brilla en la cara. Adentro, Lucía patea una pelotita con la tía. Cuando se repone, Ayelén observa que el vecino del 5° “B” sale con el auto. Agarra el celular. Su mejor amiga le escribió que si quería podía pasarse más tarde. Quizá mañana sea mejor, le dice. Lucía se va a pasear a la plaza con la tía. Ayelén prende la tele y pone un compilado de canciones de rock nacional. Ayelén se balancea frente a la tele y canta suave. Se abraza a sí misma. Lava las verduras. Pone el agua para los fideos. Se agacha, saca las compras de las bolsas y las guarda. Ordena los juguetes de LucíaQuizá fue en la mañana en que vendados los dos descubrimos cómo eran las cosas, canta Babasónicos. Ayelén corta la lista y pone un noticiero. Escucha las risas de Lucía a lo lejos. Despide a la hermana. No te olvides de hablar con papá del viaje, le dice. Le prepara la ducha a Lucía. Termina de cocinar.
Ezequiel le avisa por WhatsApp que el lunes no va a poder buscar a su hija. Ayelén no le responde, no tiene esta vez fuerza para pelear, siempre igual. Le pone el pijama a Lucía. A comeeer, le dice. Comen fideos con verduras salteadas. Lucía toma agua y se vuelca encima. Ayelén la seca rápido. Lucía come todo el plato y pide el yogur. Cómo come esta nena, se dice Ayelén. Se sientan en el sillón y cucharean el postre. Lucía deja el potecito al lado de la pecera y se tira en el sillón con la cabeza sobre las piernas de Ayelén. Lucía se despatarra y se duerme. La lleva a la habitación. Ayelén no tiene sueño. Mira el techo. Camina hasta el ventanal, lo cierra y deja el aire acondicionado prendido. Sale a fumar, pero a la escalera que conduce a la terraza, dentro del palier del quinto piso. Deja la puerta entreabierta. Prende el cigarrillo. Escucha ruidos en los otros pisos. Tira las cenizas en una tacita de plástico. El rojo del cigarrillo ilumina la oscuridad. Agarra el celular. Quizá mañana sea mejor, se dice, y entra.
Ayelén toma de la mesita de luz El arte de amar. Lee un par de frases que resaltó con lápiz. Se acuesta. Rodea a Lucía con los brazos y, poco a poco, ella también se duerme.

jueves, 30 de septiembre de 2021

Que no te dejan ser feliz

Es encantador...

¡Tan encantador!


Jurás que te criaste en un balde de gusanos

tonteras de ayer que no te dejan ser feliz.

No te están quedando más de tus balas de plata

(no debí decirlo, tu esclavo ahora soy...)


Es encantador...

¡Tan encantador!


Te estás quedando sin balas de plata,

Porco Rex (2007),

Indio Solari


-"Aurora y Enrique" es su último disco. Son los nombres de sus padres. Habla, refiriéndose a ellos, del amor idílico. En la generación de usted, ¿se sigue creyendo en el amor para toda la vida? ¿Usted lo cree?


-Quiero creer.


-¿Cómo?


-Creo que se puede encontrar a alguien con el que puedes hacer una vida compartida. En lo que no creo es en el cuento de Walt Disney. No creo que nadie vaya a venir a salvarte, por mucho que te quiera tu pareja, tu amiga o tu madre. En primer lugar, creo en el amor propio, en la dignidad, en la intuición y, a raíz de ahí, cuando tú crees en ti mismo, cuando estás bien contigo mismo, cuando te estás realizando, cuando te enfrentas, cuando luchas contigo mismo, cuando ese debate interno que todos tenemos lo aceptamos, y nos arremangamos un poco la camisa y llegas a un momento en el que estás bien contigo, puedes conocer al amor de verdad. Repito: no creo en el cuento que nos contaban de pequeños.


-Autoestima.


-Se puede encontrar el amor de verdad cuando te respetas a ti mismo. Entonces elegirás a alguien acorde con tu manera de ver la vida, de respetarte y de respetar a los demás. Cuando la autoestima está baja, cuando no te respetas, cuando estás muy influida por creencias limitantes o juicios que no te dejan ser feliz, estás enfadado o enfadada, frustrado o frustrada, entonces a lo mejor te vas con alguien que te hace la vida todavía más complicada.


Soleá Morente,

entrevista con El País en septiembre de 2021

lunes, 27 de septiembre de 2021

Libros

Con los libros ocurre lo mismo que con las personas: han de tomarse en serio. Pero precisamente por ello debemos guardarnos bien de convertirlos en ídolos, es decir, en instrumentos de nuestra pereza. En este aspecto, el hombre que no vive entre libros y acude a ellos con esfuerzo posee un capital de humildad, de inconsciente fuerza –la única que vale– que le permite acercarse a las palabras con el respeto y la ansiedad con que nos acercamos a una persona predilecta. Y esto vale mucho más que la "cultura"; más aún: es la verdadera cultura. Necesidad de comprender a los demás, actitud caritativa con los demás, que es en fin de cuentas la única manera de comprendernos y amarnos a nosotros mismos; la cultura empieza por aquí. Los libros no son los hombres: son los medios para llegar a ellos; quien ama los libros pero no ama a los hombres es un fatuo o un réprobo.

Hay un obstáculo para la lectura (es el mismo en todas las esferas de la vida): la excesiva confianza en uno mismo, la falta de humildad, la negativa a aceptar lo otro, lo diferente. Siempre nos hiere el inaudito descubrimiento de que otro ha mirado, no precisamente más lejos que nosotros, sino de manera diferente.

[ "Leer", en El oficio de vivir (1952), de Cesare Pavese ]

sábado, 17 de julio de 2021

Un viento que cerraba de golpe las puertas

Durante la última semana, sin que hubiera sucedido nunca antes, una almohada de la cama amanecía tirada en el piso, en el costado opuesto al que dormía Ezequiel -cuando dormía-, como si la energía del vacío la tirara noche tras noche. Cuando enfermó, hacía ya más de un año y medio, Ezequiel había empezado a usar sin parar la cámara del celular. Una foto. Otra foto. Secuencias. Ángulos. Retratos. Había odiado, durante mucho tiempo, la interrupción de la experiencia que producía sacar una foto. Sólo sacaba con placer durante los viajes de vacaciones, cuando se convertía en “un turista de la vida”, ironizaba. Pero ahora sacaba todo el tiempo. A sus familiares. A sus amigos. A sus perros. A cualquier objeto. Le apuntó a la almohada.

Eran las siete de la tarde, la hora de las galletitas de agua con queso fresco. De chico, cuando su padre se había quedado sin trabajo y traía unos pesos después de pasar doce horas arriba del auto como remis, su madre lo esperaba a las siete de la tarde con las galletitas de agua con queso fresco (y el mate). Ahora se sentía poco hombre, un flojo, ningún vivo. Caminaba por la calle y veía a hombres como su padre trabajando en una obra en construcción, bajando carga pesada a los negocios, manejando camiones y colectivos.

Ezequiel era periodista. “Al fin y al cabo -había leído en La fragilidad de los cuerpos- había lugares y situaciones que había descubierto mientras elaboraba un artículo. Eso era justamente ser periodista. Tener la capacidad de pasar de la ignorancia al conocimiento detallado”. Lo había disfrutado. Cada tanto, incluso, lo disfrutaba. Pero había caído en un pozo y desde abajo veía la superficie de ser periodista: la mierda y la falsedad, la vanidad yo-yo y el ego desmesurado, el postureo infantiloide de red social, las plumas de los pavos reales.

“Peor es trabajar”, había escuchado mil veces la frase en las redacciones. “Vos -se decía mientras miraba al que la tiraba- porque no laburaste en tu puta vida”. Ezequiel tampoco había trabajado tanto por fuera del periodismo. Pero su primer trabajo, las cinco horas en el fondo de una carnicería empanando milanesas, se le habían quedado impregnadas como el olor a carne podrida y lavandina destilada. Ezequiel no escribía porque de chico su padre le había inculcado el hábito de la lectura. Y dudada de aquellos que escribían “lindo”. Si no dejás un poco de vida al escribir, no sé si escribís.

Agarró el sobre y escribió en el dorso: “El sentido de la perspectiva”. Adentro había guardado la carta. La gente escucha historias que quiere que les sucedan a los demás, se dijo. Extrañaba al Ezequiel que había sido, sentirse fuerte, más calmo. Le dolía lo que no había podido ser: nada más intenso que lo que nunca sucedió. A la mierda con todo. También con el trabajo soñado: dedicarse a zaracear, una por día, para no confundirse, las etiquetas de los vinos.

Ezequiel abrió la puerta. Se cruzó con una vecina. La ignoró. Subió a la terraza. No hacía calor ni frío. Había un viento que cerraba de golpe las puertas, que retumbaba contra las ventanas, que movía las copas de los árboles. Miró hacia el oeste. A lo lejos, al chico que había sido, a la casa en la que había crecido, al barrio en el que se había criado. Sintió como si alguien le apretase la nuca con los dedos pulgares, provocándole un dolor desconocido. Dio una vuelta por la terraza. En otro momento había sido su lugar de entrenamiento, donde corría y hacía ejercicios. Había perdido la compañía de la suerte.

Sacó el celular del bolsillo de la camperita y se vio con la cámara invertida: una selfie, mirándose a los ojos. Del otro bolsillo, agarró el tarro de las pastillas, lo tiró hacia arriba y, antes de que tocara el piso, le metió un patadón. El tarro se abrió en el vuelo y las pastillas cayeron en la calle. Reacomodándose, se tanteó la cintura y se ajustó el jean. Temblaba. Sudaba helado. La última vez que había tenido un arma contra el vientre, recordó, él era Terminator y las balas eran de cebita.

Le sacó el seguro y se la llevó a la sien. “No me quiero entrometer -le dijo Ayelén-. ¿Probaste con no matar a Ezequiel al final?”. Ella tenía la capacidad de decirle palabras a su cabeza. Ezequiel se río, se río y se largó a llorar, se río y se le vencieron las rodillas, se río y se agarró el estómago del dolor, y no pudo parar.

sábado, 3 de julio de 2021

Ciclos

"La próxima vez no habrá una próxima vez". The Sopranos

-También hablás de la salud física y mental y citás el concepto de Freud, que dijo que la salud física es ser capaz de amar y trabajar. Me imagino que es un concepto con el que estás de acuerdo, pero, ¿qué significa para vos estar en buena salud física y mental? ¿Cómo hacés para tratar de mantenerla?

-Absolutamente, esa definición de Freud es muy cierta. En realidad, no soy la mejor persona para hablar de salud física y mental: en mi libro hablo de la enorme depresión que atravesé. Pero pienso que lo que le permite a uno mantener la salud física, o al menos mantenerse a flote, es estar consciente de que todas las etapas son transitorias. Puede parecer tonto y banal dicho de esa manera, pero con frecuencia dentro de las banalidades encontramos las cosas más ciertas. Hay que estar consciente de que las etapas marcadas por la controversia no son absolutas. También es importante saber que cuando pasás por un momento de mucho dolor, en algún punto lo vas a superar. Y, de la misma forma, cuando las cosas van muy bien, no está mal decirse que la buena racha no va a durar. No se trata de ser pesimista, sino de ser realista. Hay que aceptar la idea de que existen ciclos.

-A lo largo de Yoga, también das varias definiciones de meditación. ¿Cuál es tu favorita?

-Hay una que voy a citar y que es una definición que proviene realmente del budismo zen más rústico, y es: "La meditación es orinar cuando orinás y hacer caca cuando hacés caca".

-¿Por qué te gusta tanto esa definición?

-No es un hallazgo paradójico mío; es una definición clásica que quiere decir que es algo muy simple y su dificultad es precisamente hacer de eso algo simple. Solamente es hacer lo que uno está haciendo mientras lo hace, en lugar de agregar capas, comentarios y razonamientos.

Emmanuel Carrère, entrevista con la BBC en febrero de 2021

lunes, 28 de junio de 2021

Formaciones

—¿Cómo no se dieron cuenta de que no es de un equipo campeón?

Ella había tirado la pregunta como si nada pasara alrededor, mirando la foto en el celular. Tomaban mate sentados en una mesa de la plaza. Al costado, los trenes iban y venían.

Él, según ella, era “el dueño de los detalles”.

Ella tenía puesta la gorra del Mundial de Estados Unidos 94 que le había sacado a él de su casa. Le extendió el celular para que viera la foto. Era la típica formación de un equipo antes de un partido: era la selección argentina antes de la final con Alemania en Brasil 2014.

Marcos Rojo casi que está fuera de foco, hasta estira la mano para tocar a Demichelis, que grita vagamente, sin destino. A Garay parece que alguien le dijo: “Pibe, parate ahí”. Chiquito Romero ya es un héroe cansado. Mascherano mira fijo, sufre por el poco resto físico. El Pipita Higuaín tiene una mueca de felicidad, la última antes del escarnio público por los goles errados. A Enzo Pérez le brilla el pelo azabache y sabe que dará todo pero que no alcanzará. Messi tiene la cara rígida, cerrada, y clava las manos como si fueran estacas sobre las rodillas. Arriba de él, Biglia lo contiene, no vaya a ser que cruja segundos antes de que empiece la final. Zabaleta no da a basto con el abrazo de águila que les da a sus compañeros. Lavezzi es postureo. Y esto no es una publicidad de calzoncillos, Pocho: es la final del Mundial en el Maracaná y, ay, se vienen los alemanes…

...

—En cambio —dijo después— mirá esta facha.

Él la había escuchado hablar acerca de la importancia de conservar la individualidad en las relaciones. Odiaba lo que le provocaba, porque intuía lo que haría una vez más. “Para mantener un puente, las columnas tienen que estar separadas”, le había dicho después de que le preguntara qué significaban las palabras de un tatuaje que le había visto algunas veces. Siempre se preguntaban por los tatuajes. A ella le encantaba uno que él llevaba en el brazo: una mujer acostada, mirando el cielo, o el más allá, con un libro abierto sobre el pecho.

Esta vez no llovía. Cada vez hacía más y más calor, habían fumado, y ella le propuso volver para tomar unas cervezas tirados debajo del aire acondicionado. Había vuelto a su casa después del día en que se conocieron. A él le gustaba dejarse llevar por ella, como la primera vez. Y lo volvería a hacer, por última vez. Pero antes vio la “facha”: la formación de la selección argentina antes de la final con Alemania en México 86.

Con los brazos cruzados, el primero de la fila de parados de izquierda a derecha, el Checho Batista mira como preguntándose si de verdad es necesario que saquen la foto. Cucciufo y el Vasco Olarticoechea simbolizan la seguridad y la confianza. Nery Pumpido posa como posan los arqueros, abrazándose con los guantes, y de su boca sale un grito seco. El Tata Brown es un busto viviente, qué percha. Ruggeri sonríe pícaro, esperando que se vengan los alemanes. Diego se saborea, recorre con la lengua su boca, y exhibe el brazalete de capitán. Burruchaga mira un tanto inconsciente, sin saber que va a meter el 3 a 2, el gol que le dará el Mundial a la selección. El Gringo Giusti directamente esquiva la foto, los ojos hacia un costado. El Negro Enrique es un sex symbol, ya dio el mejor pase gol de la historia del fútbol, a Maradona contra los ingleses. Valdano se erige en cuchillas, las rodillas como aspas. Están apiñados, pegotéandose las pieles en el calor del Azteca, porque faltan horas para levantar la Copa.

...

“¿Querés escribir 'Detalles III'?”, le había dicho la había pinchado, según ella— hacía un tiempo, cuando habían vuelto a hablar después de largos meses de silencio, cuando se habían reencontrado otra vez, cuando la sentía más cerca. A él también los detalles le generaban amor.

Pero no se puede vivir de los detalles, aunque ahí estuviera la verdad.

Ella lo sabía.