jueves, 30 de marzo de 2017

​Debord por Merlí

-Se llama Guy Debord. Según él, el nuestro es un modelo de sociedad que convirtió la vida de la gente en un espectáculo. Para este pensador, que no conocía las redes sociales, vivimos en una especie de pantalla global donde todo el mundo quiere ser visible a cualquier precio. Dicho de otra manera: si no te muestras, no existes. Por tanto, sólo cuenta lo que proyectamos de nosotros mismos en una imagen. ¿Qué opinan? ¿Creen que si no subimos imágenes nuestras a la red no existimos?
-Todos subimos fotos en Facebook.
-Yo no. Antes de tener un perfil en Facebook, prefiero que me cague un perro encima... No, no se rían, no bromeo, no. A mí no me gusta, yo no quiero compartir mi vida con tanta gente. ¿Qué demonios es eso? ¡Es mucho narcisismo! Todos subiendo fotos. "Miren qué vacaciones pasé, miren qué hijo más lindo tengo". ¿Y a mí qué me importa? ¿De verdad que no tienen nada más que hacer que fotografiar su vida y enseñársela a todos? ¿De qué sirve que todos estemos permanentemente informados de todo lo que hacemos? ¿Qué demonios es eso? ¿Dónde está nuestra privacidad? ¿Por qué tenemos que enseñar nuestras intimidades, como si fuéramos monos de feria sacando el pene ante el público?
-Eso es verdad. Hay gente que hace foto hasta al plato que se está comiendo.
-Sí, claro. Por no hablar de los que van a un concierto y, en vez de verlo, lo graban. Dejen de mirar la vida a través de una cámara y disfrútenla con los ojos y todos los demás sentidos. ¡Cómo echo de menos los teléfonos fijos! Según Guy Debord, el hombre se convierte en espectador de sí mismo cuando se ve reflejado en cualquier pantalla. Pero también se convierte en un ser pasivo, incapaz de tomar decisiones, incapaz de vivir su propia vida. Porque en lugar de vivir las cosas, consumimos ilusiones de las cosas. 

Merlí, capítulo 8, Guy Debord

sábado, 18 de marzo de 2017

Algún día llegaría

Es -no quiero que sea, quiero que sea, sé que va a llegar- el final.

Son las 17:47, y el micro recién encara por Chacabuco, la calle del camping del Club Estudiantes de Olavarría, punto de estacionamiento. Como nunca antes, llegamos cerca de la hora del comienzo del recital. Desde el último asiento, arriba, veo ese mundo que vi -vimos- tantas veces, y con ojos aguados, vidrio de por medio, porque ahí siento que es el final.

Ya no cuando un amigo capta señal en el celular, cerca de la una y media de la mañana, después del concierto, y me dice que informan que hubo muertos por una avalancha. Trece, siete. El show había sido interrumpido cuatro veces por Indio para pedir por favor que pararan con los pisotones y que intervinieran para ayudar a los caídos, y luego había dicho, fastidiado, que así andaba con pocas ganas de seguir.

No hubo trece, ni siete. Hubo dos -una gran cagada-, ninguno por aplastamiento ni asfixia. Pero a la carroña oportunista no le importa el número (no le importa nada de la organización, los accesos, los puestos sanitarios, nada de nada). Y nada fue diferente en términos generales a Tandil, Mendoza, Junín. Fue igual, mejor o peor ese regodeo en ocasiones simbólico con la muerte -en cuerpo y en alma- asignado tantas veces a nosotros, y trasladado ahora, sin escalas, a las bocas de los comunicadores mediáticos y detractores ensillonados, con dosis racistas, prejuiciosas, gusánicas, Pamelas David.

Opino que todo el tiempo todos opinan de todo. La vida como panel de TV.

Y sí: soy un negro cabeza que según las plumas de la moral no entiendo las letras. Si mañana -o dentro de un año, dos, tres- Indio vuelve a presentarse, voy a volver a ir, y así hasta el final. Aunque el final haya sido en aquel momento, cuando mis amigos tal vez se dieron cuenta de mi angustia, y decidieron recargarme con un abrazo de ese capitán no sé qué.

No hay en estas líneas -no puedo que haya- cobertura periodística, como la de Fero Soriano. Tampoco análisis político social, como este de Martín Rodríguez
El deseo de acabar con cualquier “referencia moral” que organice conflictos, que tenga una narrativa de la fractura, es también un signo de época. Ese “plus” molesto que impide pensar al Indio como un hombre solo de la música y su industria lo complementan también sus detractores que esperan siempre que asome la hilacha, que se vea la costura de su “doble moral”, la letra chica de su contrato, las exenciones impositivas, lo que sea que derribe el peregrinar creyente de tantos chicos y chicas, adultos y adultas hacia un lugar “mítico”. Silo habla en la Montaña. El Indio toca en Salta. Porque un Juan Carr es un Juan Carr, es de todos. Es nuestro “24 horas por Malvinas” ambulante de la guerra (perdida) contra el hambre y la pobreza. Pero Solari incluye una referencia ética para sus “fieles” (ahorrémonos, por Dios, la etnografía de esas “misas”) como si eso naturalmente se emplazara contra los intereses de aquellos que sólo quieren una Argentina del comercio y que en espejo son capaces incluso de acusarte de capitalista para defender el capitalismo. Como si para hacer capitalismo hubiera que declarar la fe en él, como si hubiera escapatoria, como si en la venta de entradas no se consagrara el principio de su orden. O, también, aparecen las conciencias del taller de costura del periodismo de rock a decir que el problema de la Argentina es el “fanatismo”, que esto empezó con Illia, que el rock es paz y amor. Dicho lo cual: todos toman demasiado en serio “esto que pasa” en torno al Indio. Como si no pudieran ver la exterioridad de una, llamémosle exageradamente, “creencia”, para ver en cambio una “amenaza” desbordante.
Ni siquiera relato en primera persona, como el de Claudia Cesaroni.
Entonces, lo único que había hecho la intendencia de Cambiemos, una aplicación sobre el recital llamada "Indio en Olavarría", no sirvió para nada cuando más falta hacía algún tipo de información. En vez de celulares inútiles podría haber habido carteles, volantes, personas identificadas (no policías, que no hacían falta, porque el clima era de absoluta alegría y fraternidad) que orientaran, puestos con agua fría y caliente, mapas, tachos para la basura, lugares para cargar los celulares y usar wifi, baños químicos, puestos sanitarios. Entonces, Olavarría se transformó en un meadero y un basural a cielo abierto. Ya me imagino las fotos del domingo y el lunes, comentaba yo: miren lo que hacen estos bárbaros. No me imaginé que además morirían dos personas, y todxs nosotrxs seríamos llamados "sobrevivientes". Cuando hablamos de la selectividad del sistema penal, podríamos dar como ejemplo la enorme cantidad de contravenciones que sucedieron el sábado y domingo (orinar en la vía pública, hacer choris en cualquier lado, transformar una ruta en un estacionamiento, circular en contramano, falsificar entradas, cobrar en negro miles de cosas, vender alcohol y tomarlo en la calle, tirar basura por doquier, etc.). Mientras veía todo eso suceder, sabía que a nadie se le ocurriría ponerse a labrar infracciones. Ahora, a caballo de lo que los medios instalan como "Tragedia", acabo de ver a un señor, supongo que es un fiscal, diciendo que van a investigar "todos los delitos" que se cometieron. Son los momentos en que odio más fuertemente lo habitual al sistema penal y sus caranchismos. Después, cuando veo el modo en que lo que sucedió se presenta en algunos medios de comunicación, el odio se reparte en partes iguales. No sé qué pasará ahora. Temo que nada bueno. Yo creo que le caen al Indio por lo mejor que es, no por todo lo que no funcionó en la organización de este recital, no por las puertas que no alcanzaron, ni siquiera por las dos muertes, que no creo le sean imputables ni siquiera en la mente carancha más afiebrada.
Son, de acuerdo, marcas distintivas en el medio de la podredumbre.

Lo único que tengo claro con el paso de las horas -que tuve, que tendré- es la tristeza: mirar para atrás y llorar, tratar de no ser ingrato, no apenarme dentro de las "normas" de los hijos de puta. En todo caso, con los míos, desde adentro, comiendo nuestro dolor a veces inexplicable, vitalmente inexplicable.

viernes, 10 de marzo de 2017

El viejo y el béisbol

-Santiago -dijo el muchacho.
-Sí -respondió el viejo.
Sostenía un vaso en las manos y pensaba en muchos años antes.
-¿Puedo ir a traerte las sardinas de mañana?
-No. Vete a jugar béisbol. Yo todavía puedo remar y Rogelio tirará la red.
-Quisiera ir. Si no puedo pescar contigo me gustaría ayudarte de alguna manera.
-Ya me invitaste una cerveza -dijo el viejo-. Ya eres un hombre.

***

Se consideraba una virtud no hablar innecesariamente en el mar, y el viejo así lo creía y lo respetaba. Pero ahora muchas veces decía sus pensamientos en voz alta ya que a nadie molestaba.
-Si los demás me oyen hablando solo dirán que estoy loco -dijo en voz alta-. Pero como no estoy loco, no me importa. Los ricos en sus botes tienen radios que les hablan y les dan los resultados del béisbol.

***

-Pero los hombres no están hechos para la derrota -dijo-. Se les puede destruir, pero no derrotar.
De cualquier manera lamento haber matado al pez, pensó. Ahora vienen los malos tiempos y yo ni siquiera tengo arpón. El dentuso es cruel, capaz, fuerte, inteligente. Pero yo fui más inteligente. Quizá no, pensó. Quizá tan sólo yo tuve las armas.
-No pienses, viejo -dijo en voz alta-. Navega tu rumbo y enfrenta cada cosa en su momento.
Pero tengo que pensar, pensó. Es todo lo que me queda. Eso y el béisbol. ¿Le habría gustado al gran DiMaggio cómo le di en el cerebro? No fue gran cosa, pensó. Cualquiera podría hacerlo. Pero, ¿tú crees que mis manos hayan sido un gran contratiempo como las espuelas de hueso? No lo puedo saber. Siempre he tenido bien los talones, salvo la vez en que estaba nadando y pisé una raya que me paralizó la parte inferior de la pierna y me dejó un dolor insoportable.
-Piensa en algo alegre, viejo -dijo-. Cada minuto estás más cerca de casa. Se viaja más ligero con ochenta kilos menos.


El viejo y el mar, Ernest Hemingway, 1952
Foto: Marilyn Monroe & Joe DiMaggio.

viernes, 17 de febrero de 2017

La competencia de las palabras

Marco Anelli, "Il calcio". https://goo.gl/o2QU6l
A Ezequiel le había empezado a molestar cómo Ayelén dejaba desenrollado el papel higiénico de los animalitos. Quería ver sólo al lobo, no al león, la jirafa, el hipopótamo y la serpiente, el reptil que le aparecía siempre –y en cantidades– en las pesadillas. Lo pensaba mientras caminaba hacia la cancha junto a Ayelén, aunque en verdad sabía que lo que le zumbaba en la cabeza era saber si eso era la convivencia, y si él era un cagón al sentir miedo por compartir algo más con alguien.

–¿Sabés cómo se llama ese olor? –lo sacó de ahí ella.

Ezequiel recién entonces sintió el pelo humedecido. Respiró hondo. Algo fuera de lo normal iba a salir de la boca de Ayelén. Lo tenía acostumbrado. La otra noche, mientras cenaban y se protegía con frases cortas, había visto cómo de la nada se subía a una silla para sacar de un manotazo, con la furia de Mike Tyson, el mosquito que reposaba en la pared blanca. Dudaba, durante esos arranques, si la conocía desde primer grado o si atravesaban los primeros minutos a solas. Hasta que se reía, lo contagiaba, y ya no elucubraba nada.

–¿Sabés o no? –lo apuró.

Anochecía. En el cielo del estadio, allá, relampagueó. Caían gotones. Ezequiel se adelantó. Esquivó a un pibe que cantaba una canción revoleando la remera. Escuchó el trueno.

–Petricor –dijo Ayelén, sin esperar respuesta–. Petricor se llama ese olor que sale cuando cae la lluvia sobre la tierra seca. ¿Se entiende?

Ezequiel le sonrió de costado. Giró la cara. Había dejado de pensar en los animalitos del papel higiénico. Llovía un poco más fuerte. Quería verla desde esa perspectiva, medir el ángulo con los ojos, porque ella sabía que lo miraba, y él que llegaba la parte en que ella se desentendía por completo porque le había ofrecido una palabra de su agrado. No pidió más explicación. Qué especial que sos, se dijo. Especial, en todas las acepciones, se dijo, como para ponerse en carrera en la competencia de las palabras. Por dentro, sin embargo, comprendía que esta vez corría de atrás, que le había clavado un dagazo en el estómago, porque el amor se siente como herida descontrolada en el vientre.

Lo intuyó como la única certeza mientras pensaba en siete cosas al mismo tiempo después de que se fumaran un porro. Miraba sin ver el recital que daba el equipo. "Hablame porque me doy vuelta como una media", casi que le suplicó. Ayelén se inclinó, y le dijo en el medio de la tribuna, al oído: "Te odio mucho". Parada un escalón arriba, le apoyó la mano en el hombro.

Petricor, leyó Ezequiel días después en la oficina, cuando gugleó, es la unión de petros, que significa piedra, e ikhôr, el néctar que fluía por la sangre de los dioses para convertirlos en inmortales.

–Sé que me voy a morir –le escribió por wasap, aunque era más romano que griego–, pero también sé que mientras esté vivo soy inmortal.

Ayelén lo leyó. Qué denso, pensó. Encastró el celular en el sillón. Salió al balcón. Fumó un cigarrillo. Entró y se recostó, de espaldas al ventanal, mirando el techo. Cerró los ojos. Comenzó a dormirse con el ruido de las primeras gotas que golpeaban el techito de chapa del aire acondicionado.

lunes, 9 de enero de 2017

Jackie Robinson (o tres trilogía)

Ciudad de cristal (1985)

1) En mi trabajo se suele encontrar un poco de todo y si uno no aprende a dejar de juzgar, nunca llegaría a ninguna parte. Estoy acostumbrado a oír los secretos de la gente y también estoy acostumbrado a tener la boca cerrada. Si un hecho no tiene relación directa con el caso, no me sirve para nada.


2) Recordar la sensación que produce llevar la ropa de otra persona.


3) La consecuencia era que el comportamiento humano podía comprenderse, que debajo de la infinita fachada de los gestos, los tics y los silencios, había una coherencia, un orden, una motivación.


Fantasmas (1986)


1) Poco a poco se vuelve más audaz en su deambular. Estamos en 1947, el año en que Jackie Robinson empieza a jugar con los Dodgers, y Azul sigue sus progresos atentamente, recordando el jardín de la iglesia y sabiendo que hay algo más en ello que simplemente béisbol. Una luminosa tarde de un martes de mayo decide hacer una excursión a Ebbets Field y cuando deja atrás a Negro en su habitación de la calle Naranja, encorvado sobre su mesa como de costumbre, con una pluma y sus papeles, no siente ningún motivo de preocupación, seguro de que todo estará exactamente igual cuando regrese. Toma el subterráneo, se roza con la multitud, se siente lanzado hacia una sensación de inmediatez. Mientras toma asiento en el estadio, le choca la nítida claridad de los colores que le rodean: la hierba verde, la tierra marrón, la bola blanca, el cielo azul. Cada cosa es distinta de todas las demás, totalmente separada y definida, y la simplicidad geométrica del dibujo le impresiona por su fuerza. Viendo el partido, le resulta difícil separar los ojos de Robinson, constantemente atraído por la negrura de su cara, y piensa que debe de necesitarse mucho valor para hacer lo que él está haciendo, estar solo delante de tantos desconocidos, con la mitad de ellos sin duda deseándole la muerte. Mientras el partido continúa, Azul se descubre vitoreando todo lo que hace Robinson, y cuando el negro gana una base en la tercera entrada, Azul se pone de pie, y más tarde, en la séptima, cuando Robinson dobla contra la pared de la izquierda, él aporrea la espalda del hombre que tiene al lado de pura alegría. Los Dodgers sacan en la novena con un bombo de sacrificio y mientras Azul sale arrastrando los pies con el resto de la gente y se dirige a su casa se le ocurre que Negro no le ha pasado por la cabeza ni una sola vez.

2) Pero las oportunidades perdidas forman parte de la vida igual que las oportunidades aprovechadas, y una historia no puede detenerse en lo que podría haber sido.

3) Desear decir no es ya haber dicho sí.


La habitación cerrada (1987)


1) En última instancia, una vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito.


2) –Después de todo dije, ya hace más de un año que se fue, casi un año y medio. Tienen que pasar siete años hasta que una persona muerta pueda ser declarada oficialmente muerta. Pasan cosas, la vida continúa. Imagínate: ya hace casi un año que nos conocemos.

Para ser exactos contestó Sophie, entraste por esa puerta por primera vez el 25 de noviembre de 1976. Dentro de ocho días hará exactamente un año.
Te acuerdas.
Claro que me acuerdo. Fue el día más importante de mi vida.

3) Durante más de un mes lo único que hice fue copiar pasajes de libros. Uno de ellos, de Spinoza, lo clavé en la pared: "Y cuando sueña que no quiere escribir, no tiene la capacidad de soñar que quiere escribir, y cuando sueña que quiere escribir, no tiene la capacidad de soñar que no quiere escribir".


La trilogía de Nueva York, Paul Auster

domingo, 1 de enero de 2017

Cinco bolsas de papa

-Riquelme no me vendió nunca el pase a mí, pero tiene que figurar de esta manera para que ustedes no se confundan, porque, porque después va a quedar como que se lo vendí, y va a salir usted, o cualquier otro, a decir: "Riquelme se lo vendió al final al pase, tanto que habló por la tele que no se lo vendía".
-Bien...
-¿Me entiende lo que le digo?
-Bueno, ¿podés hacer un punto ahí y me escuchás un minuto?
-Nonono, yo lo escucho bien, pero vamos a aclarar las cosas.
-Ta bien, ta clarito, pero...
-Y le pido por favor...
-Seee...
-Que no confundamos a la gente, porque usted no se levanta a la mañana y dice: "Hoy voy a decir tal cosa".
-Buen...
-Si lo mandan, lo mandan. Entonces que le manden a decir la verdad.
-Bueh. Dame un segundito: que quede claro que no me mandan, sino que yo arriesgo diciendo una determinada cosa...
-Sí, claro, usted se levanta y dice lo que...
-¡No, no! Pará un segundito. Yo sé que estás caliente, pero pará un minut...
-Nonononono, no estoy enojado, eh. Usted sabe que el hincha de Boca...
-Estás enojado.
-Usted no sabe cuándo estoy enojado y cuándo no.
-Bueno...
-Porque yo no lo conozco a usted y usted a mí cuándo estoy contento o enojado.
-Bien, buen...
-Solamente estoy aclarando las cosas como son.
-Bien, pero...
-Te vuelvo a repetir. Yo jamás le he pedido plata al club.
-No, pero olvidate de eso...
-Pere, pere.
-Si yo no te estoy hablando de plata. ¡En ningún momento hablamos de un peso hasta acá, eh!
-¿Me escucha un segundo?
-Siii, sí, señor.
-Yo jamás le voy a pedir plata al club, ni jamás le voy a vender el pase al club. ¿Ta bien?
-Se, se, se.
-Entonces el club sabrá. ¿Vamos a empezar otra vez con toda la vuelta esta? Lo único que le vuelvo a decir es que cada vez que van pasando los días, van poniendo más piedras en el camino, y yo estoy tratando de esquivarlas todas para que esto termine bien. Si me tengo que poner a acordar lo que viene pasando hace dos meses, esto es bastante, bastante vergonzoso, a decir de una manera. ¿Sabe por qué?

El periodista, del otro lado de la línea, se ríe socarrón, como si fuese Papa Noel, con la complicidad de su colega reno en el estudio de radio, y sigue el futbolista.

-Una cosa muy clara, que ustedes, como averiguan tanto y tienen tantos amigos parece, yo no escuché que hayan aclarado el tema y decir que estuvieron durante un mes y medio diciendo de que Boca me quería ofrecer un año y medio, cuando el presidente dijo que eran tres, y yo ese día le dije a mi representante que Román quiere cuatro años y no te va a vender nunca el pase ni te va a pedir plata. A los 20 días de esa famosa reunión, a los 20 días que le dijimos a los tres años que no, eh, a los 20 días, votaron en el club para aceptar tres años. Es una cargada. ¿Cómo vas a votar algo que te dije que no hace 20 días atrás? Dígame.
-Lo que ocurre, Riquelme, y vos sabés...
-Vamos a ser sinceros con esto, porque yo soy hincha de Boca, y lo único que tengo que hacer es aclararle al hincha de Boca para que sepa la verdad. ¿Me entiende?
-Lo que ocurre, Riquelme, que vos sabés, también, como hábil negociador que sos, que te has puesto en una posición y los dirigentes tienen que llegar a esa posición, que cuando se establecen este tipo de situaciones que son tan delicadas y en las que se juega mucho dinero, cada uno tiene su estrategia para llegar...
-Nono, no se está jugando nada acá. Es cuestión de querer o no querer. ¿Ta bien?
-Bueno, pero correcto. Aunque vos quieras soslayar el dinero...
-Entonces le voy a decir una cosa clara... Recién dijo que de dinero no hablaba y ahora está hablando otra vez.
-Na, na, yo no hablo de cifras. Pero vos sabés que en el final...

El periodista toma carrera.

-Decime la verdad, Riquelme, ¿vos vas a jugar gratis para Boca? No. ¿Vos vas a jugar gratis los próximos cuatro años?
-Ya llevo doce meses. Dígame: ¿quiere que siga jugando gratis? ¿Usted trabaja gratis en el trabajo de usted?
-Yo no quiero hablar de dinero, pero quiero preguntar lo siguiente...
-Le pregunto. ¿Usted trabaja gratis?
-¡Nooo! Yo no, a mí me pagan mucha plata, si no, no trabajo.
-Yo sí trabajé, doce meses trabajé gratis.
-La cosa es así...
-Pero tampoco le estoy pidiendo el club, como dijo algo hace unos días atrás.
-Bueno, pero olvidate...
-Ja, ja. Es cuestión de olvidarse las cosas que usted dice, claro, ja... Ustedes tiran las cosas, la gente se confunde y después hay que olvidarse. No es así.
-No, no, dame un segundito...
-Yo no dejé mal parado a nadie, ni a usted ni a nadie.
-Bueeen...
-Yo solamente salgo a decir la verdad.
-Bueno, pero dame un segund...
-Vivo con la verdad y me voy a morir con la verdad. ¿Me entiende?
-Dame un segundito: en aras de esa verdad, yo quiero preguntarte si tu futuro contrato es por dinero.
-No sé qué quiere que pida, ¿cinco bolsas de papa?
-Bueno, entonces...
-¿Ve que está hablando de plata? Déjeme salir a aclarar que lo que dijo usted no es verdad, ¿ta bien? ¿Hoy estamos a jueves? El día lunes se reunió mi representante con el presidente...
-Bien, vos querés...
-Pere pere pere. Y la situación de dónde estábamos, fue para atrás. Y resulta que hoy me levanto yo, termino de entrenar porque estoy haciendo la recuperación de mi pierna, que verdaderamente no le importa ni a usted ni a nadie, porque lo que menos se habla es de mi pierna ni de fútbol, y ahora me encuentro con que tengo que poner la tele la radio que Riquelme en un 99% está arreglado. ¿Qué es esto? Si el día lunes se reunieron y las cosas fueron para atrás de dónde estábamos. Entonces yo necesito decirle al hincha de Boca esto, ¿me entiende? Nada más.
-Román... ¿Si querés seguimos charlando? Si no, no.
-No, tengo que comer, tengo que comer.
-Bueno, te mando un abrazo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Reset

PH: Tropical Toxic.
de a poco, muy de a poco
va recuperando la risa
instintiva
no piensa de qué se puede
reír y por qué
no piensa
de a pasos cortos
traga las palabras desde
la boca a la cabeza y
de ahí, a la mierda

sí, respira
porque este siguiente rato
no es el que pasó
mañana es mejor
de ir de a poco, muy
a pasos cortos
se olvida de ir
de a poco, a pasos cortos
es otra de la que era
ya, soy

jueves, 22 de diciembre de 2016

Vivir

"El hecho de que aquel hombre recordara con tal precisión objetos que sólo había visto una vez y que no habían significado nada en su vida más que por un breve instante, a A. le impresionó como algo sobrenatural. Advirtió que Ponge no hacía diferencias entre el acto de escribir y el acto de ver. Es imposible escribir algo que no se haya visto previamente, pues antes de que una palabra pueda llegar a la página, tiene que haber formado parte del cuerpo, tiene que haber sido una presencia física con la que uno haya convivido, igual que convive con el corazón, el estómago y el cerebro. La memoria, entonces, no tanto como el pasado contenido dentro de nosotros, sino como prueba de nuestra vida en el momento actual. Para que un hombre esté verdaderamente presente entre lo que le rodea, no debe pensar en sí mismo sino en lo que ve. Para poder estar allí, debe olvidarse de sí mismo. Y de ese olvido surge el poder de la memoria. Es una forma de vivir la vida en que nunca se pierde nada".

***

"Es la verdad más simple: la vida pertenece sólo a aquel que la vive; la vida misma se encargará de reclamar a los vivos; vivir es dejar vida".


La invención de la soledad, Paul Auster, 1982


***

sábado, 17 de diciembre de 2016

viernes, 11 de noviembre de 2016

Los movimientos del cinco

Sueño fútbol desde que los viernes a la noche me ponía las medias del Argentino antes de irme a dormir, para levantarme al otro día, ir al club y jugar con mi categoría la fecha del baby. Ese día fue mi segundo de entrenamiento en las divisiones inferiores de Deportivo Morón, lo que suponía el comienzo de la carrera. Había empezado con una patinada, dándome la cabeza contra el piso.

Porque estoy en pelotas, a punto de abrir la canilla de agua fría por segunda vez. Al mediodía, cuando llegué de la práctica, me bañé y comí. Pero después de tirarme en la cama y sentirme acalorado, algo sofocado, decidí volver a meterme en el baño. Al fin y al cabo es enero, y en el techo la membrana arde. Estiro la mano y la choco contra la pared sin revocar. No sé si se movió la canilla o si me moví yo. Ese mareo, me digo, se va a ir con la ducha.

Con el secador, acerco el agua a la rejilla. Lo mínimo para poder pararme en un cuadrado, secarme y ponerme el calzoncillo. Voy a volver a recostarme en la oscuridad de la pieza y, a lo sumo, poner algún partido en la tele, de fondo, para estudiar los movimientos del cinco. El primer intento confirma que la inestabilidad permanece en el cuerpo. Me encorvo, apenas; levanto el pie derecho y le erro al calzón, paso de largo y rozo la tapa de plástico del inodoro.

Antes de que lo vuelva a intentar, se corta la transmisión: el punto blanco al centro, la pantalla en negro, el silencio.

Afuera, mi vieja trabaja los detalles con perlas de un vestido de una mujer que se va a casar. Mi hermana juega en la computadora a Los Sims. Mi viejo salió a hacer el reparto con el auto. Pasa el tiempo. No salgo del baño. Llaman por teléfono. Es para mí: mi amigo Seba. Golpean la puerta, me llaman, gritan, no respondo. Mi vieja piensa que pasó lo peor y, esta vez, no está lejos del dramatismo. Mi hermana escucha y la garganta le comienza a picar. Adentro estoy tirado en el piso, el culo de costado, la espalda retorcida, un golpe en la cabeza, los dientes apretados, bañadito. La puerta está cerrada con llave. A los catorce años no está bueno que alguien entre en un descuido y, oh, te vea desnudo.

Si dormir es estar un poco muerto, tener una convulsión en bolas sobrepasa cualquier vergüenza. Las tres puertas del pasillo que conectan con el living se abren con una misma llave. La opción de tirar abajo la puerta crece a medida que mi vieja empuja la llave puesta con otra de las llaves de las puertas. A cada segundo que escucha el llanto de niña de mi hermana. En cada puteada a mi viejo porque justo en este momento está ausente. Por cada nervio que le recorre y le recuerda el abandono de su padre. Hasta que logra sacarla de la hendija, y la llave cae, rebota y choca contra mi cuerpo. Mi tía, su hermana mayor, la que la cuidaba de chica y ahora le ayuda en la casa y con los vestidos, ya está en la puerta con el vecino y su auto encendido.

–¿Puedo seguir jugando, no? –le pregunto a mi viejo cuando abro los ojos en la clínica, aún con un hilo de baba en la boca. Recién después levanto la sábana: tengo puesto el peor calzoncillo del mundo.