lunes, 4 de mayo de 2015

El número diez

Por lo que a nosotros se refiere, la pregunta es ésta: si a los bárbaros les resulta necesaria una espectacularidad de los gestos, ¿cómo es posible que hayan llegado al absurdo de eliminar precisamente el aspecto más espectacular de ese juego, es decir, el talento individual, o incluso la marca del artista, esto es, el número diez? ¿Por qué golpean precisamente el aspecto en el que ese gesto parece asumir su dimensión más elevada, más noble, más artística? No es una pregunta únicamente futbolística, porque, como a estas alturas empezarán a comprender, se trata de un fenómeno que podremos encontrar en casi todas las aldeas saqueadas por los bárbaros. Se dirigen directamente adonde se encuentra el corazón más elevado del asunto y lo destruyen. ¿Por qué? Y sobre todo: ¿qué ganan con semejante sacrificio? ¿O es violencia estúpida, pura y simplemente? En el caso del fútbol puede ser útil, de nuevo, detenerse a observar una vieja foto en blanco y negro. Sólo un vistazo, y ya veremos cómo es útil.

Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, Fútbol 2Alessandro Baricco, 2006
Nota relacionada: El enganche

miércoles, 22 de abril de 2015

Mirada

“Yo soy un enamorado del fútbol, incapaz de tener un juicio objetivo de los partidos que veo, pero además no creo en la objetividad del ojo humano. Pienso que no vemos todos de la misma manera las mismas cosas. Y que incluso las vemos de distinta manera según la hora, la época del año o la etapa de la vida. La mirada humana es muy subjetiva, y yo no me arrepiento de mis propias pasiones, aunque éste es un tiempo bastante frígido, que parece condenarnos a arrepentirnos de toda pasión y a ver las cosas con la debida distancia para poder sacar provecho de ellas. Yo no quiero sacar provecho de mis experiencias. Quiero simplemente vivirlas. Y no me interesa vivir para ganar, pero sí vivir para sentir. Por suerte, al fútbol lo sigo sintiendo muy intensamente, a pesar de que me consta que a nivel profesional tiene mucho de cochino negocio”.


Eduardo Galeano, Un caño, 2010

martes, 21 de abril de 2015

Roma

Los dueños italoamericanos presentaron la maqueta del nuevo estadio de la Roma. A los pocos días, estalló un escándalo de corrupción y mafia en el gobierno de la capital. “Quieren que Francesco Totti dé el puntapié inicial, pero, ¿qué edad tendrá cuando por fin se inaugure?”, se preguntaron los hinchas. 
En Italia, donde a menudo las lealtades familiares y regionales van en contra de la concepción nacional, nos cuenta acá el periodista Peter Simek, hay un amor compartido: el fútbol -el calcio- une a la gente. James Pallotta e Italo Zanzi piensan que la Roma es una marca global sin explotar porque identifica a un sitio turístico por excelencia. Pero se chocan con la idiosincrasia: para los ultras del club la violencia es un medio de vida y los romanos disfrutan de un semidiós de 38 años que festeja los goles chupándose el dedo gordo de la mano derecha, ya que Il Capitano es el apodo de Totti para el mundo exterior: en Roma lo llaman Er Pupone, “el bebé grande” en dialecto local. 
“Lo que los romanos ven como una forma muy sentida de autoexpresión, los estadounidenses ven como una especie de entretenimiento, como una experiencia para ganar dinero -marca Simek-. La pregunta es si esas visiones pueden, o incluso deben, coexistir”.

martes, 24 de marzo de 2015

Enterrar

-Parrottino te mato.

Pablo se descolgó de la persiana de metal del estacionamiento, la agitó sin demasiada fuerza, giró y quedó de frente al escudo de Boca que iluminaba la noche de azul y amarillo. En el medio, yo, y lo que me dijo: una sentencia nerviosa de corrido: parrottinotemato. 

Salió disparado por la calle Brandsen. Le preguntó a un pibe que se asomaba desde La Glorieta de Quique si el hombre que cuidaba los autos se había ido. Con sus palabras, casi que lo mandó a que se fijara si seguía adentro del galpón, acariciando al perro, escondido en la oscuridad del tinglado en el que guardan los autos los días de partido los empleados de Boca. Miró desde la vereda. Y no: se había rajado.

Pablo trabaja ahora como jefe de prensa del club. Hace dos años me editaba notas en el diario. Cuando terminó el partido con Defensa y Justicia y bajé a escribir al departamento de prensa, me dijo que dejara la notebook a un costado, que me sentara en su computadora. Sus compañeros se empezaron a ir mientras escribía la nota. Tardaba. Tuve que dejar unos minutos la compu para que subieran un video al canal oficial de Boca en YouTube. No es excusa. Me gusta tomarme mi tiempo. Chequear y rechequear. Agregar una palabra, citar, cortar una frase, darle un rulo al final. Cuando hay margen, soy lento. “No te la puedo creer. Otra vez me estás enterrando, Parrotta”, me jodió, y me sacó una foto sentado en el escritorio. Se la envió por WhatsApp al editor que esperaba mi texto en la redacción. “Que se apure o pego un cable de Télam”, le respondió. Enterrar, en el argot del periodismo gráfico, es la acción de tardar más de la cuenta, de sobrepasarse de la hora de cierre. Pensé que lo tendría que enterrar de verdad cuando lo escuché decir que había quedado guardado en la guantera del auto el pasaporte -y la valija en el baúl-, y que en siete horas volaba a Venezuela junto al equipo. Pablo traspiraba, hacía y recibía llamados, traspiraba más, caminaba ya por los pasillos de La Bombonera, volvía al hall, pasaba por el costado del busto de Camilo Cichero. Ensayó, en vano, una técnica de respiración oriental. Imaginó al viejo cuidacoches empinando un vaso de vino tinto en un tugurio de La Boca. Era sábado a la noche. Se intuyó explicándole a uno y a otro por qué se perdía la primera salida al exterior con Boca.

Pasó una hora. O más. Un último llamado lo calmó un poco. Igual iba y venía. Se asomó por la puerta tres, al costado de las ventanillas de Cobranzas y, entonces, vio venir a paso firme por el pasaje Juan de Dios Filiberto a Silvestre, el capataz del estadio que vive a tres cuadras, un señor de unos cincuenta y tantos, corpulento, canoso, con ropa de trabajo Pampero.

-Estaba leyendo el diario. No hay problema.

Silvestre nos condujo al cuarto de maestranza y abrió una cajita amurada a la pared en la que, nos contó, se guardan las copias de las llaves de La Bombonera. En el fondo, estaba maravillado por conocer un lugar secreto de la cancha: soy bostero. Pero era ahora el cofre de la felicidad. “Vamos a probar si andan, porque las hice hace poco”. Pablo pensó que sí, que podía pasar que se trabaran en las rendijas porque justo ese día había bajado para plastificar el cartelito que coloca en el parabrisas e identifica de quién es el auto, porque justo ese día le había caído yo y se había ofrecido a bancarme, porque por diez putos minutos, por mala suerte, según nos contó el guardia de seguridad del hall, habíamos perdido al viejo del estacionamiento. Pensé que qué bueno que el club tenga empleados que vivan cerca de la cancha; y pensé esto: no hay nada más lúgubre que La Bombonera de noche después de un partido: papeles que se aspiran, luces que se apagan, gritos que se alejan. La desolación. El vacío después del lleno.  

Cruzamos. La puerta abrió. Feliz domingo.

En el camino de vuelta, arriba del auto, sólo hablamos de lo que había pasado. “Me sentí un hijo de puta, Pablín, el peor del mundo”, le comenté. “Tendrías que haber visto tu carita en el hall”, me sorprendió. ¿Era yo el que lo miraba a él o al revés? Todavía resuena en mi cabeza: Parrottino te mato: parrottinotemato. 

Porque si había un entierro, había una muerte.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Laferrere

“Los campeonatos de penales. Está ese mito. De tres jugadores siempre se habló de eso: de la Vieja Moreno, de Ortigoza, y de Garrafa Sánchez. ¿Es verdad? ¿No es verdad? 'No, no existen más', nos decían. Bueno, después de un año, un tipo nos dijo: 'Pero el campeonato que jugaba Garrafa todavía se juega'. Empezamos a contactar a los tipos. En las afueras, en la periferia de Laferrere. Ellos les dicen 'en los kilómetros'. Entonces vamos a los tipos y primero te desconfían, piensan que sos de Chiche Gelblung. 'No, no, es por Garrafa'. 'Ah, Garrafa jugaba con nosotros. Él me ganó la final a mí'. Y entonces te empiezan a contar las historias. 'Yo hace seis años que vivo de patear penales'. Es una cosa lúgubre: se juntan a las diez de la noche y terminan a las seis de la mañana. 'Acá lo único que tenemos es potrero, acá no hay boliche, no hay bar, es la nada misma, ¿con qué nos vamos a divertir?'. Y lo loco es que si bien se juega por plata, porque Garrafa siempre se defendía diciendo eso, él decía eso y que jugaba para divertirse. Y los tipos se cagan de risa. Y si vos vas a un casino te das cuenta de la tensión, de la enfermedad de la gente. Son los cien mangos que en otro contexto un tipo se gasta un sábado a la noche en una salida. La diversión de estos tipos es salir a patear la pelota”.

Sergio "Cherco" Smietniansky, productor ejecutivo de El Garrafa. Una película de fulbo

lunes, 23 de febrero de 2015

Castañas asadas

"Y entonces, oh milagro de los milagros, oh duende o hada o ángel o vaya a saber uno qué bicho real o mitológico, fue que pasó algo. Algo concreto que se sumó a todo lo demás e hizo que eso que intentaba contener se derramara a mares hacia el lugar correcto. Algo que a veces me pasa, algo indefinible, una sensación al borde de un sentimiento que no se puede cristalizar en una expresión concreta, que necesita vueltas y vueltas del lenguaje para tomar forma, para poder asomar fantasmalmente, al menos un poco, su silueta. Algo que es desesperante pero a la vez salva de la desesperación. Eso que 'es', aunque no tengo la más remota idea de lo que digo cuando digo esto.
Pero a mí me pasa, y yo sé que a muchos les pasa: que a todos los que escribimos nos pasa, que a todos los solitarios nos pasa, que a todos los que extrañamos lo perdido nos pasa, que a todos los que lloramos por tonterías nos pasa, que a todos los que no tuvimos dónde dormir nos pasa, que a todos los que estuvimos presos, enfermos o muertos, nos pasa. A todos los que podemos contarlo, a todos nosotros, nos pasa. Y me pasó: castañas asadas. Eso fue lo que pasó. Justo cuando me levantaba para despedir al jardinero negro de barba blanca de huesos de polvo sentí el aroma. En un principio no pude definirlo, pero era perfecto, era el anticipo perfecto de algo perfecto, de 'eso' que iba a venir a visitarme, por unos pocos segundos, una vez más. Y fue justo cuando sinhá Mari me servía mi taza de café recién preparado que se completó la orquesta. Porque justo cuando miro a mi suegra, que se iba hacia el fondo, y miro al jardinero y después miro a sinhá Mari, es que suspiro chiquito, desde un lugar secreto del corazón o del alma. Ella sonrió, como sabiendo íntimamente algo que yo ignoraba.
Castanhas assadas dijo".
El camino de la luna, "Castañas asadas", Pablo Ramos, Alfaguara, 2012

domingo, 8 de febrero de 2015

Esto es Boca

-¿Qué es y qué cabe en la frase “Esto es Boca”?
-Boca es el equipo que se agranda en las malas, el que prefiere jugar de visitante. Al que le echan un jugador y se agranda. Es la pasión mezclada con la habilidad, porque históricamente Boca ha tenido grandes habilidosos. Boca aplaude el caño de Riquelme y también la patada de Krupoviesa. Es esa combinación. Es el aguante, no entendido como la tradición de los últimos años, vinculada a cierta militancia con los grupos de rock, sino el aguante, la idea de esperar al ídolo caído, el famoso “los goles que ya van a venir”, que le cantaban a Saturno, que nunca hizo un puto gol en Boca y le aplaudían la bicicleta. Es esperar hasta que se vaya Bianchi, no echarlo. Es esa cosa cargada de dramatismo que implica dar vuelta un resultado. Me acuerdo de una crónica de Osvaldo Ardizzone del ‘78, previa al Mundial, de un Boca-Chacarita que se jugó un viernes. Boca iba perdiendo 3-1 y lo dio vuelta en los últimos 15 minutos y lo ganó 4-3. La última parte empezaba así: “Los suizos nunca supieron del terror que podía despertar un reloj. La agarra Lacava Schell, las medias caídas, se la pasa…”. Tenía una carga dramática. Me acuerdo de ese partido porque el de los viernes lo transmitían. Y no me acuerdo casi imágenes, pero tengo grabada la crónica. Y eso era Boca. Ese dramatismo. Esos triunfos afuera. Ganarle al Real Madrid cuando era el equipo más importante del mundo. Y ganarle como le ganó. Tocándola, con Riquelme en su mejor momento. Esas cosas son las que más se relacionan con ser de Boca.

"Boca aplaude el caño de Román y la patada de Krupoviesa"
Sergio Olguín, 
Tiempo Argentino
2015

martes, 27 de enero de 2015

El poder de Riquelme

Román tiene once hermanos. Es el hijo mayor de la familia Riquelme. Ernesto -Cacho, o Piturro para los íntimos, por aquel personaje pícaro de la historieta cordobesa de Julio Olivera- es el padre exigente.
"Román no era de hablar mucho. Era como ahora: cuando no le gusta algo sí que habla y después no. Hoy habla un poco más porque tiene que hablar un poquito más, pero siempre fue así", cuenta Cacho, y revela características que su primogénito aplica no solo al momento de hablar, sino al moverse en la vida. "Las cosas que sentía que estaban mal las decía. Y Boca es Boca. Ahí es distinto a todo. Después fue a Europa y ahí tuvo que hablar por contrato. Cuando vos decís las cosas que pensás, esté mal o esté bien, y sea contrario a la gente poderosa, no les gusta. Pasa en todo ámbito. A veces no podés hablar porque si no te meten un voleo en el orto. A veces uno tiene que callarse. Pero él nunca se calló lo que piensa".
El poder de la villa es el Topo Gigio que le hizo en 2001 a Mauricio Macri, entonces el presidente de Boca, hoy el alcalde de Buenos Aires, en una Bombonera ardiente: las manos detrás de las orejas para que el niño rico escuche desde el palco vidriado. El poder del crack es asistir a Martín Palermo para el gol récord, el 219, el que lo convirtió en el goleador histórico del club, y eludir el abrazo del festejo para marcar que él no pacta con La Doce, la barra brava. El poder del ídolo es inclinar La Bombonera a su favor y en contra de Diego Maradona. El poder de su juego es apuntarle a Héctor Veira que no jugaría de "carrilero". El poder de su figura es que la presidenta Cristina Fernández diga, minutos después de ser reelegida en 2011, que estaba feliz como Riquelme.
El poder también fueron las decisiones del corazón: en 1996, después de un par de pruebas truncas, le dijo a Marcos Franchi, su representante, que a pesar de que River le ofrecía más del doble de dinero que Boca, no podía aceptarlo porque no entraba a la casa. Dijo lo que pensaba y, al final, el 10 de noviembre de aquel año debutó con la camiseta azul y amarilla ante Unión de Santa Fe con la ocho en la espalda. Fue dos a cero, y el segundo lo metió el Negro Fernando Cáceres después de un pase-gol de Riquelme. Ese día, La Bombonera coreó su apellido dos veces durante el partido. Fernando Pacini, el periodista del campo de juego, lo entrevistó.
-Riquelme, ¿qué se siente? La primera vez que jugás en esta cancha, ovacionado…
-No, no es la primera. Jugué en Reserva. Pero esto es impresionante, no se puede creer... La verdad que es un sueño.
-No lo podés creer, ¿no?
-No, no, es algo impresionante.
-Jugaste un partido bárbaro.
-Ah, pregúntenle eso al técnico.

martes, 6 de enero de 2015

sábado, 27 de diciembre de 2014

La Bombonera

"Fricia dice que hoy no tiene sentido hacer una cancha como se hizo la Bombonera en 1940. Es como volver a hacer el Coliseo de Roma con los mismos materiales y el mismo régimen de mano de obra con que se construyó hace casi dos mil años: inviable. Los datos surgen de la Bombonera como ráfagas de ficción. La distancia entre los bordes de las cabeceras más altas es de 180 metros y la altura es de 32 metros. Está clavada sobre 72 pilotes de 12 metros de profundidad, unas raíces monstruosas de hormigón que se hunden en la antigüedad de la tierra. Las juntas de dilatación oscilan 6 centímetros cuando los hinchas saltan sobre las tribunas, que no sufren porque el coeficiente de seguridad con que fueron hechas es casi el doble del que se utiliza en la construcción actual. Hubo una prueba de fuego el 16 de diciembre de 1962, cuando Boca dio su enésima vuelta olímpica en un partido contra Estudiantes de La Plata. Ese día entraron 83 mil personas (el doble de las que se permite entrar hoy), la mayoría acomodadas en parejas, de perfil, dándose la cara como bailarines a la espera que suene el tango.
Pero el alma arquitectónica de la Bombonera, según Gagliardo, se ve en sus 61 pórticos. Vistos en corte, son las 'costillas' que sostienen el estadio, y no todas son iguales. Cada uno -imaginemos que estamos dibujando a mano alzada ese corte- tiene un perímetro de más de cien metros. En el plano sobresale la belleza barroca de la composición. Obligados por Sulčič y sus socios a responder a la presión del terreno, insuficiente para los propósitos de gigantismo que perseguía el estadio, encontraron en la necesidad de ir hacia arriba la posibilidad de ir hacia el arte. Los tres niveles de las tribunas, que los hinchas llamamos bandejas, y quienes las construyeron llaman 'escamas', tienen la magia de la asimetría.
La ligera inclinación de la tribuna baja se agrava en la tribuna media y llega a los 44º en la tercera, un ángulo de vértigo por el que el espectador no alcanza a saber si lo que está experimentando es un ascenso, una caída o un suspenso insoportable entre ambos peligros. Lo que sostiene esas plataformas volátiles es lo que los arquitectos llaman solicitación de carga combinada, lo que hace que el esfuerzo de la estructura funcione a diferentes niveles según la cancha esté vacía o llena. La máxima expresión de ese recurso, por el que la física alcanza estatus de milagro, no está en la Bombonera sino a pocos metros, en el trampolín de la pileta, una pieza entera de hormigón, curva, por la que el ingeniero Delpini -que hizo del hormigón un mundo que podía competir con la eternidad y le dio posteridad a su nombre- creyó llegar a la perfección".

Con el corazón en la Boca, La Bombonera: intimidad del mundo exterior, Juan Becerra, Aguilar, 2014