Hagamos un recorte de la realidad, vamos: un grupo de personas que piensa que vive bajo una dictadura y que entonces clama "respeto" vocifera "andá con Néstor, la puta que te parió" -bueno, es cierto, ya no vivan el cáncer, es todo un paso- y "el que no salta es negro y K"; Patricia Bullrich sonriente junto a la orgásmica Natacha Jaitt; un cartel en las manos de un clasemediero que dice, y no es joda, lo siguiente: "Cristina: la única mujer que me maltrata y me da miedo es mi novia. Vos respetá la Constitución"; una señora paqueta -ojo, no escribí vieja de mierda, eh- con una hoja A4 todavía caliente por la impresión, porque no le dio para la cartulina colorida ni para la banderita argentina, que clava: "En Barrio Norte también tenemos hambre". Hasta acá, estimados. No más. Esto, caceroleros míos, antis K -cómo les gusta ensartar esa letra en mayúscula en cualquier pelotudés-, políticos opositores, amigos de la izquierda más izquierda que apoyan estas paparruchadas, es una máquina de producir kirchneristas. Insisto: salen en serie y, a veces, más o menos bobos. Después no digan que no les avisé.
viernes, 14 de septiembre de 2012
lunes, 13 de agosto de 2012
Los viejos vinagres según Luca
Les dicen tags
Luca Prodan,
Música,
Redondos,
Sociedad,
Sumo
viernes, 3 de agosto de 2012
El enganche
"Y se me ocurre que el enganche es el que está destinado a perder la pelota, porque es el que debe arriesgarla, el que debe meterla por el ojo de una aguja, el que debe hacerla pasar de perfil entre una maraña de botines, medias y canilleras, el que debe jugarse en la gambeta buscando el desequilibrio o la falta cerca del área. El enganche es, en suma, el que debe tallar el diamante".
Roberto Fontanarrosa, en No te vayas, campeón
Les dicen tags
Fontanarrosa,
Fútbol,
Garrafa Sánchez
martes, 17 de julio de 2012
Reencuentros
Cascos. Escudos. Rodilleras. Tobilleras. Detrás de la requisa, de apoyo, un grupo de efectivos con sus escopetas. El pabellón Nº 8 de la Unidad 23 de Florencio Varela abre su boca: es el que se traga a los presos ingresados. Allí son bienvenidos. Héctor Ricardo Sotelo está demacrado. Acaba de caer: lo detuvieron cuando conducía un camión robado. El cabo primero Jorge Daniel Guerrero, oculto bajo su uniforme, lo mira a los ojos. Sotelo no lo reconoce. Por un instante, a Guerrero se le hielan los huesos. Es, en definitiva, un reencuentro.
Foto: Daniel Baca.
Les dicen tags
Boxeo,
Guerrero,
Héctor Ricardo Sotelo,
Periodismo,
Sociedad
martes, 5 de junio de 2012
No era la de Cabrini
“Hay tantos paraísos como personas sueltas por ahí”
Eduardo Sacheri, en su última novela, Papeles en el viento
Eduardo Sacheri, en su última novela, Papeles en el viento
La camiseta de la Juventus la trajo el viejo de la esquina en un barco. “El Nono”, me decía mi papá en el barrio Santa Rosa, Castelar Sur, a tres cuadras de ese túnel que desemboca en el pesado fondo de Marina. Se la encargó cuando era un adolescente y se la compró en Italia para él. Pero por herencia, como otras tantas cosas, la recibí. Y la usé en uno de los instantes fundadores de la personalidad de un señor que nace argentino y futbolero, de un hombre en otro “país do futebol”: cuando el fútbol supura, cuando me ponía las medias azules y blancas los viernes a la noche, antes de la fecha del sábado en el Argentino de Ituzaingó o en alguna canchita de baby oculta en la extensión del Conurbano bonaerense (ganarle con la 89, en la mismísima Capital, a Social Parque, el club de los cracks del futuro, fue épico y todavía es memorable: ellos, cada una de las categorías, habían viajado a Brasil para disputar un campeonato internacional: no se presentaron, el 2-0 reglamentario en la revista, clink caja y tomá Madoni).
La camiseta de la Juventus, escribía, la vestí en uno de esos instantes mágicos, acaso medulares para la formación de una persona. Como la utilizaba para dormir -era mi pijama en los inviernos- esa lana fue mi protección, mi atajo para evitar tiritar y mi prenda infaltable a la hora de sentarme a un costado de la estufa del comedor a las cinco y media de la mañana, de frente a la televisión a perilla con cinco canales para viajar a Malasia y hacerle el aguante a esos pibes, porque le decía de esa manera, “pibes”, con ocho años. Ponía mis rodillas a la altura de la pera, me cubría y me hacía una bola de esos gloriosos colores blanco y negro de la Vecchia Signora, del equipo del francés Platini, me contaba mi viejo, y me hablaba de un Argentinos Juniors de lujo e hidalguía en Japón. Histórico. Hoy, a esa reliquia con un 3 reluciente que había cubierto mi cuerpo para cargar a los primos de River porque la Juventus era campeona de la Copa Intercontinental, y para ver el Mundial Sub 20 de Malasia 1997 que ganó la Argentina de Pekerman, a esa que me guareció aquella semana de junio en la práctica del jueves en el Argentino, a esa y no a otra ni a ninguna versión vintage, la busco con desesperación. Su recuperación me persigue.
“Es la de Cabrini”, me dijo Guido, hincha de Argentinos, cuando le hablé de mi tesoro en una entrada en calor en el predio de González Catán en el que nos formábamos para ser profesionales de Deportivo Morón. Él me dio una de la Selección modernísima, azul marino, y a cambio le presté esa, la de la Juventus. Era un intercambio, se suponía, sólo por un tiempo. No la vi más, porque en un mediodía de lágrimas profundas y caudalosas acurrucado en la cama de mi cuarto me despedí del sueño de ser jugador de fútbol y no lo vi más a Guido ni a nadie. Y, bueno, entonces ahora sí voy a ver de qué se trata esto del amor, Carolina, la chica que había llorado en el aula después de que nos besáramos en una esquina y de que habláramos de noviazgo en un viaje de colectivo para que luego decida en una tarde de Football Manager que no, que no era compatible su pelo negro con luces rojizas y la pelota.
La busco a ella, repito. A la camiseta de la Juventus, por supuesto. La busco, Guido. Tengo tu número de celular acá, a mano, escrito en un papel blanco con una birome negra guardado en la billetera. Te voy llamar mañana sí o sí y, a más tardar, la semana que viene estará conmigo, de vuelta en mis manos para abrazarla y no entregarla por nada del mundo. Para quererla. Porque, sabelo, Guido, no es ni en pedo, ni por puta la de Cabrini; es la del abuelo de la esquina, la de mi viejo, la de cada hincha de River que cargué cuando me creí Del Piero, la de Riquelme, Pablito Aimar, Romeo, Samuel e incluso la de Quintanita -sí, el chiquito de Newell´s que no creció-, la de Sánchez, el entrenador del Argentino, y la tuya, Carolina. La de cada uno de ustedes y, sobre todo, la mía. Allá voy.
La busco a ella, repito. A la camiseta de la Juventus, por supuesto. La busco, Guido. Tengo tu número de celular acá, a mano, escrito en un papel blanco con una birome negra guardado en la billetera. Te voy llamar mañana sí o sí y, a más tardar, la semana que viene estará conmigo, de vuelta en mis manos para abrazarla y no entregarla por nada del mundo. Para quererla. Porque, sabelo, Guido, no es ni en pedo, ni por puta la de Cabrini; es la del abuelo de la esquina, la de mi viejo, la de cada hincha de River que cargué cuando me creí Del Piero, la de Riquelme, Pablito Aimar, Romeo, Samuel e incluso la de Quintanita -sí, el chiquito de Newell´s que no creció-, la de Sánchez, el entrenador del Argentino, y la tuya, Carolina. La de cada uno de ustedes y, sobre todo, la mía. Allá voy.
Les dicen tags
Cabrini,
Juventus,
Los clubes,
Por el wing,
Sacheri
lunes, 30 de abril de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
Garrafa
En 1998, el Gaucho Alfredo Almirón, compañero en El Porvenir, conducía el auto con Garrafa de acompañante rumbo a la segunda final por el ascenso a la B Nacional ante Deportivo Armenio en Gerli. El presupuesto no alcanzaba para las concentraciones. A la altura de Pompeya, antes de cruzar el Puente Alsina, Garrafa le dijo que frenara. Se bajó y volvió con dos chorizos a la pomarola. “Tenemos que jugar una final. Ni en pedo me como eso”. José Luis Sánchez le respondió: “¿Quién te dijo que uno es para vos?”.Foto: elgarrafa.com
Les dicen tags
Banfield,
El Porvenir,
Fútbol,
Garrafa Sánchez,
Laferrere
jueves, 23 de febrero de 2012
El Sarmiento, nosotros y yo
Esto lo escribió mi amigo Juan Diego Britos en su Facebook. Él es de Ramos; yo de Castelar. Juan trabaja en Policiales de Tiempo Argentino; yo, Beto, en Deportes. Es algunos años más grande y jode con que es mi hermano mayor. Quizá por esto que expresa acá: que me expresa. En el Sarmiento, muchos de nosotros fuimos a estudiar a Capital, viajamos para ir a la cancha de nuestro club, nos encandilamos con una chica desde que subimos hasta que bajamos -al punto de escribirle nuestro número en el boleto y dárselo-, vimos a Charly en el furgón -ese vagón mágico-, nos compramos chocolates... Todo eso ocurre porque este tren es parte de nuestras vidas. Me da gusto no viajar, pero, a veces, añoro esa sensación. Es adrenalina. Es un deporte extremo. Es saber que no sabés lo que puede suceder. A mí también me llamaron y mandaron mensajes para ver si respiraba. Acá estoy, respiro. Como Britos y tantos más que no estuvimos entre los muertos por milagro -escribe Juan- o vaya a saber por qué carajo.
Muchos de nosotros crecimos en el ferrocarril Sarmiento. Sus vagones fueron espacio de los primeros viajes a Once: así fuimos al trabajo, a comprar ropa o buscar la entrada para algún recital en Locuras. El Oeste es el Sarmiento. Moreno, Merlo, San Antonio de Padua, Ituzáingo, Castelar, Morón, Haedo, Ramos Mejía, Ciudadela. La frontera es Liniers. Ahí comienza otro viaje. Al Sarmiento nos subimos para ir a la cancha; para volver de bailar. Allí hemos conocido mujeres y hasta nos hemos agarrado a piñas. En el furgón dormimos de regreso, nos pasamos de estación. Luego llevamos a nuestros hijos y les compramos lápices baratos para calmar la ansiedad del viaje.
Lo que pasó esta mañana atraviesa a la familia bonaerense, esa que viaja como ganado para limpiarle la casa a los porteños; la que atiende las mesas de los bares lindos de Recoleta y contesta los teléfonos de los callcenter de Microcentro. A nadie le interesa como viajamos. En los 90’ le regalaron el Sarmiento a una asociación ilícita y luego la subsidiaron. Dijeron que era deficitario y le pintaron la cara. Comenzaron a multarnos si subíamos sin pagar. Pusieron máquinas desechadas en otros países para que sacáramos los boletos. Nosotros obedecimos, como siempre. Cancelaron salidas históricas de los andenes de las estaciones.
Hoy varios de nosotros no estuvimos entre los muertos de milagro. Temprano llamó mi hermana, preocupada. Más tarde me comuniqué con amigos, todos estaban bien. Pero muchos otros lloran y son noticia. Con los días se apagarán las luces de las cámaras y otras trivialidades alimentaran las pantallas. Los diarios publicarán alguna investigación antes investigada y publicada. Nosotros, los pasajeros seguiremos esperando. Como siempre. A pocos les importa que entre las estaciones Caballito y Once las formaciones viajen al galope porque no cambian los durmientes. Ahora aparecerán los opinólogos profesionales en los canales cable para repartir culpas. Luego los funcionarios eximirán de culpas a los gobiernos que representan. La empresa TBA explicará –a través de su vocero- que lamenta lo ocurrido. Pero nada dirá sobre la falta de inversión, la desidia institucional. Nada.
Les dicen tags
Britos,
El Sarmiento,
Periodismo,
Sociedad
martes, 7 de febrero de 2012
Deformaciones
Van dos ejemplos, así, sin introducción. El incluido sabrá entenderme. Documental de CM sobre Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Esas imágenes de la intimidad en el camerino. Camerino, ajá: “¡Por qué no venís después al camerino, boludo, a tirarme cosas!”. El Indio, Skay, la Negra Poly, el periodista Claudio Kleiman, los demás integrantes. Cuando la banda sale para brillar en la plataforma, en ese paso, paso y paso, el Indio calienta la gola: "A Abbronzatissima, sotto i raggi del sole". ¿Qué entona? Un tema que el cantautor italiano Edoardo Vianello popularizó en los 60. Y nos vamos a la playa a broncearnos con PR.
Segunda demostración: Pizza, birra, faso. Película de culto, de Israel Adrián Caetano. Blog del director uruguayo hincha de Peñarol (Diego Alonso, uno de sus actores fetiche, porta en todos los capítulos de Tumberos una prenda negra y amarilla, manya. Un post, o entrada: “LOS REDONDOS pizza birra faso”. Epígrafe, o cintillo, o lo que sea, de la cinta virtual: “esta era una alternativa, pero anda a pedirle algo a los redondos". Sí, exactamente: Caetano quería esas melodías -Motorpsico, Esa estrella era mi lujo- para el tramo final del film. El comentario de por qué no sucedió es antológico. Estas son, entre otras, las deformaciones ricoteras. Las asociaciones acaso sean las profesionales. En fin: esto expone lo deforme que es uno.
Les dicen tags
Caetano,
Periodismo,
Redondos,
Vianello
viernes, 11 de noviembre de 2011
Román
Ese domingo estaba en una calle empedrada de Banfield.
A la sombra de algunos árboles.
Era noviembre.
Tenía siete años.
Mi abuela había sido derivada a una clínica de ese mundo desconocido.
Mi mamá, con ella.
Y yo con mi viejo, en la vereda, escuchando Boca-Unión por la radio.
Le pregunté: "Pa, ¿es el Riquelme de Videomatch?".
Muchas cosas cambiaron.
La magia de Román, no.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

