sábado, 26 de abril de 2014

Pausa

"No estoy seguro de querer ver cada fin de semana algo parecido a una final de intensidad suprema. A veces añoro las pausas, que, como en la buena literatura, permiten saborear el relato. Y a los genios indolentes que pasean por el césped hasta que, de repente, emprenden un vuelo vertiginoso".

Tiempos modernos, Enric González, El Mundo, 2013

jueves, 17 de abril de 2014

Lucha barro cruel

En la pantalla de led, las aves de la tapa de "Pajaritos, bravos muchachitos" vuelan de oeste a este. La foto que se sacó Indio en Bahía Mansa, Villa La Angostura, o que encontró mientras boludeaba en Google, cobra vida. Se mueve. Acá estamos embarrados hasta los tobillos. “¿Hay alguna canción que tenga la palabra ‘barro’?”, les pregunto a los pibes. Somos cinco. Ya perdimos a nueve con los que salimos de la casa alquilada en Gualeguaychú. Ninguno responde. No falta nada para que empiece el recital. Son las diez de la noche y estamos cada uno en nuestro mundo. Ansiosos y nerviosos y preguntándonos qué carajo hacemos en el lodazal. Esta vez le fallo al ritual de sentarme en el piso con las piernas cruzadas hasta que se apaguen las luces y se escuche la danza sioux. “Qué Indio hijo de puta”.
Llegamos el viernes, sin complicaciones -más allá de que uno se olvidó la entrada en Buenos Aires-, y nos alojamos en el segundo piso de un hogar familiar de un paisano, a tres cuadras de la Unidad Penal N° 2 de la ciudad, un castillo del terror que terminó con un simulacro de motín: con los internos pogueando en el techo las canciones de Los Redondos. “Si en Mendoza aguantamos los grados bajo cero y aguanieve -me digo-, esto no es nada”. Es verdad: soy proclive a suscribir a la idea de que para alcanzar el placer hay que pasar, tarde o temprano, por el túnel del sufrimiento. Pero esto lo pienso ahora, mientras escribo, y no cuando pego saltos en el lugar para ver si de una puta vez sale el vejete.
Los recitales de Indio, como los Mundiales de fútbol, se han convertido en una medida de tiempo. Con R. fui por primera vez, y a la platea del estadio, porque estábamos todo cagados en La Plata; con S. O., la amiga que dejaría de serlo por una vuelta de perilla del corazón, pasamos la tarde al pie del dique en el segundo Tandil; con M. caminé los diez kilómetros -ida y vuelta- de la combi al autódromo de Junín, bordeando la Laguna de Gómez. Y así.
“¿Si sale, canta Jijiji y nos vamos?”. La idea pendula en mi cabeza y, de pronto, se va a la mierda porque se cae la estantería. El apagón, la danza, el damas y caballeros, con ustedes, los fundamentalistas, y vas corriendo, con tus nikes, y las balas, van detrás... El décimo tema en la lista, veo ahora, es Black Russian. “Lucha en el barro/ con tus amigas”. Y el decimosegundo, Beemedobleve. “El barro se hace cruel/ nos viene a sepultar”. Con los redondos Dawi, Semilla y Sidotti, Indio cantó Ya nadie va a escuchar tu remera, una canción que garpó el viaje. Recordé que en un diccionario que heredé de él, mi primo había escrito en el lomo fechas y resultados de los partidos de River. Por ejemplo: “Riv 1-0 Rac S. A 28/4/02”. Entonces, en uno de sinónimos y antónimos, garabatee: “Tic... Tac efímero”. Ya nadie va a escuchar tu remera me -nos- enseñó a que cuidemos nuestro estado de ánimo.
A la vuelta del hipódromo, en la casa, jugamos una temporada con la Roma al PC Fútbol 2001, que había bajado Eneco la noche anterior de insomnio y larguirucho. Ganamos la liga y nos eliminó el Milan de la Copa UEFA. Ese juego y Los Redondos llegaron en aquella época con mi primo. El domingo a la tarde, cuando rajamos por la Avenida del Valle de fisuras para regresar por la Ruta 14, disfruté la melancolía de ya no ser; de lo que ya no era.

lunes, 24 de febrero de 2014

Pestañar

"¿Cómo hice para anular a Maradona en el Mundial 82? No pestañeé. Sí, así, no pestañeé. Contra Diego tenías que tener los ojos bien abiertos los noventa minutos. Si pestañabas y los cerrabas un segundo, perdías".

Claudio Gentile

domingo, 16 de febrero de 2014

Dos sos

Te sueño, últimamente, sin cara.
Tu cuerpo es blanco, y tiene salpicones de moras rojas.
Desnuda, tendida en la cama, con la cabeza recostada, y el pelo largo ocultándote.
O parada, de espalda tatuada, mirando el horizonte, y con el lago mar abrazándote.
Quizás en corpiño y short de jean, sobre piedra arenal.
Sin rostro monstruo, sino sueño.

viernes, 31 de enero de 2014

Aimar


En las últimas trece ligas españolas, sólo dos veces el Real o el Barça no salieron campeones; las dos veces fue campeón el Valencia; las dos veces jugó Pablo Aimar. Ah, y la última vez que había ganado el torneo el Valencia había sido en 1971. Ah, y en 2002, o sea mientras Aimar jugaba en el Valencia, Lionel Messi decía que se parecía a él: "Mete unas bochas...". Aimar, el pibe que usaba los botines Puma Maradona.

martes, 14 de enero de 2014

Si no, amor, nada

"Tuve momentos buenos, tuvimos momentos buenos, y ahora voy a tener que empezar otra vez a los sesenta y pico. Sola. Mi memoria y yo. Algunos versos sueltos en mi memoria, leer va a ayudarme, también recuerdo partes de esta Biblia. Y por más que tenga el don de la profecía, y hable la lengua de los hombres y de los ángeles, y conozca todos los misterios, toda la ciencia, y tenga toda la fe de manera que sea capaz de mover montañas, si no tengo amor no soy nada. Cada tanto, repito y repito esas palabras de San Pablo, muchas veces. Si no tengo amor no soy nada. Y después viene que somos amor, y después viene que el amor, al menos el verdadero, no se acaba nunca, y después viene, sin duda, que nosotros tampoco nos acabaremos nunca. Ésa es tu verdad, María, y escuchala con atención porque en estos días también se va a nublar tu mente, te vas a poblar de sombras, vas a sentir que no es justo y tentarte y tentarlos a todos pero jamás, ni una vez, este amor debe siquiera sumergirse en el barro. Este amor es más grande y más importante que cualquier duda, y toda esta vida se encaminará otra vez".


En cinco minutos levántate María, Pablo Ramos, Alfaguara, 2010

viernes, 20 de diciembre de 2013

El pase

"A mi hermano le gusta mucho el fútbol, y cada vez que termina el partido hablo mucho con él. Vemos el fútbol bastante parecido. Por ejemplo, él se enojó conmigo porque le di el pase a Escalante, y él me decía que la tenía que seguir yo y pegarle al arco. Sé que tomo decisiones equivocadas, pero si mis compañeros están en una mejor posición debo pasarles la pelota. Él se enoja porque yo disfruto más del pase para que el delantero haga el gol". Juan Román Riquelme

sábado, 7 de diciembre de 2013

Nocaut

“No es una mala sensación cuando te noquean. Es una buena sensación, en realidad. No duele, es tan sólo un mareo muy agudo. No ves ángeles ni estrellitas: estás en una nube agradable. Cuando Liston me asentó el guante en Nevada sentí durante cuatro o cinco segundos que todo el público estaba ahí en el cuadrilátero conmigo, que me rodeaban como una familia, y tú sientes afecto por todo el público presente cuando te noquean. Sientes que todos se encariñan contigo. Y quieres estirarte para besar a todo el mundo, hombres y mujeres, y después de la pelea con Liston alguien me contó que yo en efecto le lancé un beso desde el ring al público. Yo no me acuerdo. Pero creo que es verdad porque eso es lo que sientes durante cuatro o cinco minutos después del nocaut. Pero luego, esa plácida sensación te abandona. Caes en la cuenta de dónde estás y qué haces ahí y lo que te acaba de pasar. Y lo que sigue es una herida, una herida confusa, no una herida física, es una herida combinada con rabia; es la herida de qué va a pensar la gente; es la herida de que estoy avergonzado de mi propia aptitud…, y lo único que quieres es una trampa en mitad de la lona..., una trampa que se abra y te caigas por ella y aterrices en tu propio camerino en lugar de tener que salir del ring y dar la cara ante toda esa gente. Lo peor de perder es tener que salir caminando del ring y dar la cara ante esa gente”.

Floyd Patterson
El perdedorGay Talese, Esquire, 1964

miércoles, 20 de noviembre de 2013

G. I.



G. I. estaba sentado en la última fila del 166. Desde ahí escuchó cómo un pibe -voz aflautada, medias con bermuda, cara chillona- empezaba a gritar en el centro del colectivo. Algunas cabezas le obstruían la visión.
-¡Bajo acá! ¡Toqué el timbre, bajo acá! ¡Daleee, dale, abrime, bajo acá! ¡Daleee, abrime la puerta!
El padre de G. I., un tano furioso que nunca entibió el alma con canciones de Erica Mou, había trabajado veinticinco años de chofer en la línea 238, allá en el oeste conurbano; de colectivero, como decían. “Vos no te podés quejar -lo había boludeado una vez un arquitecto-, manejás un Mercedes Benz todos los días”. El pibe corrió hacia la puerta delantera y, mientras buscaba complicidad con los demás pasajeros, veía que el punto en el que tenía que bajarse se achicaba en el horizonte.
-¡Dale, loco, que te cuesta! ¡Abrimeee, hijo de puta, dale!
Sólo llegó a aclararle en un mensaje unívoco, los ojos cubiertos de gafas para protegerse del sol de Juan B. Justo, que no podía frenar ahí -el bondi avanzaba por la cinta asfáltica del metrobus- porque le podían hacer una multa. De bronca, y con los oídos supurados de la mierda que le gritaba el pibe, ahora a quemarropa, al lado, pasó de largo en la estación Pueyrredón, quizá para hacérsela caber.
-¡Hijo de putaaa! ¡Abrime, qué te cuesta, hijo de putaaa!
A G. I. se le dibujaba la mañana en la que se levantó y su madre le dijo que a papá un borracho lo había bañado en cerveza por la plaza de Ituzaingó, y que por eso estaba en casa temprano, como los sábados, que traía facturas para mojar en el café y lo llevaba a la tarde a jugar al club Argentino.
Frenó en la siguiente estación: Murillo.
El pibe le repitió que era un hijo de puta y, al traspasar la puerta, lo gargajeó.
Bajó a buscarlo, a ofrecerle que viniera a pegarle. “¡Qué me decís boliviano, vení!”, reprodujo lo que el pibe le había lanzado desde el cruce de la avenida, y que nadie había oído.
G. I., mientras los pasajeros miraban y cuchicheaban -“la sociedad está loca, enferma”, “la puta madre, voy a llegar tarde”- le ordenó a la vieja que tenía sentada a un costado, sin que lo registrara, que le mirara la mochila. Caminó hasta la puerta, bajó a la plataforma de la parada y trató de contenerlo. Con las manos en sus hombros, le dijo al oído que lo comprendía: que su viejo había dejado la columna -y el cerebro- arriba de un colectivo.
Que se tranquilizara: que él valía la pena.
G. I., antes de bajarse en Guatemala, con la sangre calabresa recorriéndole las manos y los cables cruzados, se acercó a él: “Tendría que haberlo puesto. Vos no podés; estás laburando”.
-Estaba esperando que me tirara la piña, pa; por eso puse el freno de mano -le respondió mientras bajaba la mano izquierda, ya engafado, no sin dejar de mover el cuerpo por el mal trago.