miércoles, 4 de septiembre de 2013



Siempre pasaba algo. 
La primera vez, que lo fue a buscar a la cancha de Vélez, llegó tarde. Y, en el camino al diario, se le paró el auto -un Bora gris con alfombras bordó platinado- en el medio de la vía del tren San Martín. 
-Me quedé sin batería.
El periodista, ese domingo, caminó las doce cuadras que lo separaban de la redacción para escribir su puto comentario de fútbol. 
La segunda, esta vez en la vuelta desde la cancha de Quilmes, el remisero dobló en la Avenida Mitre y rozó el auto de un chabón que, al bajarse para pedirle los datos del seguro, vio la cara del banana que iba al volante. Escuchaba "Acuyuye", una salsa que trasladó al periodista, sentado en el asiento trasero, la vista clavada en la noche, al culo de Yamila en la quinta huérfana de dueños en la que el Ale cortaba el pasto -usurpaba e invitaba a la pileta a los amigos-.
La tercera fue diferente: lo buscó en su casa de Castelar y, cuando le indicó que iba a la cancha de Gimnasia La Plata, el engelado le aclaró que primero debía dejar una valija del Ministerio de Salud en Mendoza y Arcos, Belgrano. "El barrio de las veredas soreteadas", pensó el periodista, que nunca pisó el Bosque porque estacionaron en la esquina porteña media hora antes de que empezara el partido. 
Y, sobre todo, porque con el bobina siempre pasaba algo.

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